¿Conocéis la extravagante vida del filósofo cínico Diógenes?

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Alcoseri Vicente

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May 26, 2024, 9:38:08 PM5/26/24
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¿Conocéis la extravagante vida   del filósofo cínico Diógenes? ¿Sabíais  que, siendo coherente con sus ideas,   orinaba sobre quienes le insultaban  y se masturbaba en público? ¿Y que se cuenta que Alejandro Magno y él  llegaron a conocerse en persona? Hace 2.400 años, un filósofo se propuso ignorar  por completo las opiniones ajenas y los patrones   sociales por los que se evaluaba el éxito  de una persona. Y convirtió su vida en el   ejemplo práctico de su rechazo a las costumbres  impuestas por las demás personas, así como de   su búsqueda de un retorno al estado natural  del hombre. Desde entonces, sus ideas sirven   de ejemplo cuando se habla de cuestionar el  'status quo', de no seguir ciegamente las   opiniones mayoritarias para reflexionar de manera  independiente sobre lo que es válido o virtuoso. Hablamos, por supuesto, de Diógenes el Cínico,  también conocido como Diógenes de Sinope porque   fue en esa colonia griega de la costa sur del  mar Negro, en la actual Turquía, donde nació,   en torno a los años 404 o 412 antes de Cristo.  Lo único que ha trascendido hasta nuestros días   acerca de su infancia y juventud es que su padre  era un banquero llamado Hicesias y que Diógenes   se dedicó al mismo negocio, pues fue acusado de  cometer paracharaxis, un término que puede tener   diversos significados, como la adulteración de  monedas, su falsificación o su desfiguración –es   decir, que las aplastara para dejarlas sin valor  como moneda de curso legal–. En cualquier caso,   aquello le costó el destierro de Sinope y la  pérdida de todos sus bienes y su condición de   ciudadano, si bien algunos expertos opinan  que Diógenes simplemente huyó de la ciudad,   igual que existe un debate acerca de si  el delito lo cometió él, su padre o ambos. En Sinope se han encontrado monedas de aquella  época en las que figura el nombre de Hicesias como   el del funcionario que las acuñó, así como un gran  número de monedas desfiguradas, por lo que esa   parte de su biografía tiene visos de veracidad.  Pero, antes de proseguir, es justo precisar   que conocemos muy poco acerca de la biografía de  Diógenes, y que la mayor parte de lo que conocemos   de él se basa en lo que narró, en el libro VI de  su colosal obra 'Vidas, opiniones y sentencias de   los filósofos más ilustres', el historiador griego  Diógenes Laercio, que vivió en el siglo III de   nuestra era, es decir, unos quinientos años más  tarde que su tocayo, con quien, por supuesto, no   guardaba parentesco de ningún tipo. Aunque, según  Laercio, Diógenes llegó a escribir diez libros   y siete tragedias, ninguna obra suya ha llegado  hasta nuestros días, y lo que se conoce acerca de   sus ideas, de su pensamiento cínico, indisoluble  de lo que practicaba, lo encontramos relatado de   manera dispersa en anécdotas sobre su vida que  se le atribuyen en diversas fuentes clásicas. Pues bien, según Laercio, tras ser desterrado de  Sinope, Diógenes se marchó a Atenas. Una vez en   la ciudad, se dirigió al filósofo Antístenes,  discípulo directo y fiel seguidor de Sócrates,   para que fuera su maestro. Por más veces que  este lo rechazaba, Diógenes insistía en pedirle   que le enseñase. Tan tozudo fue, que en una  ocasión, Antístenes, harto de aquel pesado,   llegó a alzar su báculo en gesto de amenaza. La  reacción de Diógenes fue colocar su cabeza debajo,   ofreciéndola para encajar el golpe, y decir:  “Descárgalo, pues no hallarás leño tan duro   que de ti me aparte, con tal de que enseñes  algo”. Aquel gesto logró por fin convencer   a Antístenes de aceptarlo como alumno, tal vez  porque lo conmovieron las ansias de conocimiento   de aquel joven o bien porque temía que su  báculo se partiera en una cabeza tan dura. Tradicionalmente se ha considerado a Antístenes  el fundador de la escuela cínica, que estableció   en un gimnasio situado fuera de las murallas  de Atenas. Ese gimnasio se llamaba Cinosarges,   que significa 'perro blanco o 'perro veloz'. Unos  expertos opinan que es de aquel nombre del que   deriva el de la escuela cínica; otros creen que,  efectivamente, los llamaban cínicos por el término   griego 'κύων', que significa perro, pero no por el  emplazamiento físico de la escuela de Antístenes,   sino por su modo de vida, semejante en algunos  aspectos al de los canes, como la indiferencia   ante las normas sociales, la desvergüenza y  falta de pudor o el estilo de vida callejero.   Por cierto, como sin duda ya sabéis, no es lo  mismo el cinismo como escuela filosófica que la   primera acepción del término 'cinismo' que recoge  el Diccionario de la Real Academia Española:   “Desvergüenza en el mentir o en la defensa y  práctica de acciones o doctrinas vituperables”. A pesar de que no existía una doctrina cínica  oficial, sí pueden enumerarse una serie de   principios fundamentales del cinismo, como la  búsqueda de la claridad mental, de liberarse del   humo mental que para ellos constituían las falsas  creencias, la presunción o la insensatez. En   opinión de los cínicos, el camino que conducía a  la felicidad era llevar una vida simple y autónoma   acorde con la naturaleza. Despreciaban  las riquezas, las posesiones y cualquier   preocupación material, ya que consideraban que el  ser humano posee de manera natural en su interior   todo lo que necesita para ser feliz. Cuantas menos  necesidades tiene una persona, más libre y más   feliz. Por tanto, debía perseguir su autarquía,  su autosuficiencia, ser capaz de valerse por   sí mismo sin necesitar nada de nadie, ser  independiente de todo condicionamiento exterior. Como decíamos, Antístenes –quien no contaba  con la ciudadania ateniense pese a ser hijo   de un ciudadano porque su madre era una  esclava tracia– fue discípulo de Sócrates,   y de él tomó el precepto ético fundamental de que  el objetivo de la existencia es la virtud y no el   placer. Pero además de alumno, Antístenes  fue amigo de Sócrates, y estuvo presente   durante la ejecución de la condena a muerte  de este por parte de la ciudad de Atenas,   discutiendo con él acerca de la  inmortalidad del alma hasta que   llegó el momento de beber la cicuta letal.  La tranquilidad que mostró en todo momento   su maestro y amigo durante su último acto  causó una profunda impresión en Antístenes. Según relató Laercio, algunas de las ideas claves  de la filosofía de Antístenes eran que la virtud   puede ser enseñada; que la virtud es suficiente  en sí misma para conseguir la felicidad,   aunque para ello se necesite la fortaleza de un  Sócrates; que la virtud reside en las acciones,   y no en las palabras ni los estudios; que el  sabio se basta a sí mismo; que la impopularidad   es un bien; que el sabio no debe regirse por las  leyes establecidas, sino por las de la virtud;   y que se ha de casar para tener hijos, y  con las mujeres más hermosas y fecundas. Antístenes vivía según su propia ley, la  que él mismo creó. Las leyes establecidas   y las convenciones sociales no le importaban:  despreciaba las normas, las instituciones,   las costumbres y todo lo que representara una  atadura para el individuo. Predicaba una vuelta   a la naturaleza como revulsivo a la domesticación  social y cultural que se imponía en las ciudades. Cuando creó su escuela filosófica, Antístenes,  a fin de prescindir de todo lo superfluo,   comenzó a llevar tan solo un  manto, un bastón y un zurrón,   en el que portaba únicamente las cosas  indispensables, como la comida. Todo lo que   no se pudiera llevar encima era innecesario.  Aquellas tres cosas –el manto, el bastón y   el zurrón– se convirtieron en el uniforme de los  cínicos, y el propio Diógenes lo adoptó para sí. Tal vez os estéis preguntando qué fue lo que hizo  que Diógenes, aquel banquero e hijo de banquero   caído en desgracia, acudiera a Antístenes para  pedirle que fuera su maestro. Una posible razón   la ofrece Laercio al contarnos que Diógenes llegó  a Atenas acompañado de un esclavo llamado Manes,   quien logró escapar de él poco después de  llegar a la ciudad. Diógenes dijo entonces:   “Si Manes puede vivir sin Diógenes, ¿por qué no  Diógenes sin Manes?”. Aquella reflexión la hizo   al darse cuenta de lo extremadamente  dependiente que era de aquel esclavo   y de que un hombre que no era capaz de  valerse por sí mismo le parecía alguien   despreciable por su impotencia. Tal vez fuera  eso lo que le hizo sentirse atraído por las   enseñanzas ascéticas de Antístenes, a quien  acabaría superando en reputación y austeridad. Según Laercio, el filósofo Teofrasto relató  sobre Diógenes que este encontró inspiración para   sobrellevar su indigencia en un pequeño ratoncillo  al que vio corretear por las calles atenienses:   el animal no temía la oscuridad, no se  preocupaba de buscar lecho ni anhelaba   el menor lujo o comodidad. Así, Diógenes llevó  al extremo la renuncia a lo superfluo propuesta   por Antístenes. Incluso destruyó el único  cuenco de madera que portaba en su zurrón   cuando vio a un niño campesino beber agua del  hueco de sus manos. “¡Qué tonto soy por haber   estado cargando todo este tiempo con algo  tan superfluo!”, se recriminó a sí mismo. Diógenes estaba convencido de que era posible  renunciar a todo para alcanzar una libertad   plena sustentada en la impasibilidad y la  autosuficiencia, pero también reconocía que   era un camino muy difícil y que requería un  duro entrenamiento. Afirmaba que la capacidad   de sufrimiento se podía desarrollar y que hacía  falta ejercitarla, tanto física como mentalmente,   para endurecerse. Es muy popular la imagen de  Diógenes empleando una gran tinaja de vino a   modo de residencia para guarecerse de las  inclemencias del tiempo, pero en verano se   revolcaba al mediodía sobre la arena caliente y en  invierno abrazaba la estatuas cubiertas de nieve,   todo en aras de acostumbrarse al sufrimiento. “Los  dioses –decía Diógenes– han dado a los hombres   una vida fácil; pero esta se oculta a los que van  buscando dulzuras, ungüentos y cosas semejantes”. Por cierto, seguramente hayáis oído  hablar del síndrome de Diógenes,   ese trastorno del comportamiento que afecta  principalmente a las personas ancianas y que se   caracteriza por un aislamiento social voluntario  en el propio hogar, el abandono de la higiene   personal y el acaparamiento de basura y todo tipo  de objetos inservibles. Y quizá os preguntéis por   qué se le llama así, siendo que Diógenes  era lo opuesto a un acaparador. Pues bien,   esa denominación, que se empleó por primera  vez en un artículo médico publicado en 1975,   responde a que el filósofo solo portaba consigo  lo que consideraba estrictamente necesario y las   personas que sufren el síndrome actúan siguiendo  el mismo principio, porque en su mente creen que   todo lo que almacenan o guardan les resultará  indispensable en algún momento. Además,   Diógenes rechazaba la influencia del exterior, las  opiniones de los demás, y no se preocupaba por su   aspecto físico. Sin embargo, al margen del debate  en torno a si se trata de un síndrome como tal,   también hay muchos psiquiatras que consideran  inapropiado bautizarlo con ese nombre,   ya que Diógenes no acaparaba objetos y,  desde luego, no se aislaba de la sociedad. Porque no creáis que Diógenes se limitó a quedarse  tirado por los rincones de Atenas meditando en   silencio en busca de su propia sabiduría y  felicidad. En absoluto. Diógenes compartía   la creencia de Sócrates de que un filósofo podía  ser como un médico para las almas de los hombres   y mejorarlas moralmente al mismo tiempo que las  despreciaba por su obtusidad. Firme defensor de   la libertad de expresión, Diógenes se dedicaba  a criticar abiertamente a todos aquellos que   se cruzaban en su camino, ya fueran músicos  –“porque afinan las cuerdas de su lira pero   tienen desafinadas las costumbres del ánimo”–;  matemáticos –“porque mirando al sol y a la luna   no ven las cosas que tienen a los pies”–; oradores  –“porque procuran decir lo justo mas no procuran   hacerlo”–; o incluso esclavos –“porque viendo la  voracidad de sus amos nada roban de la comida”–. Los únicos que, en opinión de Diógenes,  merecían alabanzas eran “aquellos que   pueden casarse y no se casan; aquellos a  los que les gusta navegar y no navegan;   aquellos que podrían ejercer el gobierno y  lo rehuyen; aquellos que tienen oportunidad   y disposición para vivir con los poderosos y no  se acercan a ellos”. Tal vez os hayáis percatado   de un punto en el que Diógenes discrepaba  respecto a las ideas de su maestro Antístenes:   el matrimonio. Mientras que Antístenes estaba  a favor, cuando a Diógenes le preguntaban   cuándo deben casarse los hombres, respondía:  “Los jóvenes todavía no; los viejos nunca”. Diógenes consideraba que los atenienses de su  época se comportaban guiados por la pretensión,   la vanidad, el autoengaño, la  artificialidad y la locura,   y el cínico no dudaba en expresar públicamente  lo que pensaba sobre los demás. Según Laercio,   Diógenes solía pasearse a plena luz del día con  una lámpara encendida por las calles de Atenas y,   cuando le preguntaban por qué lo hacía,  respondía que estaba buscando “un hombre”,   en el sentido de que todos aquellos  que le rodeaban no le parecían tales,   dado el comportamiento irracional que mostraban.  Algunas versiones posteriores de la misma anécdota   cuentan que buscaba “un hombre honesto”, pero  solo encontraba sinvergüenzas y más sinvergüenzas. Por todo ello no es de extrañar que, en general,  los antiguos griegos observaran a los cínicos con   cierto desprecio, como puso de manifiesto el  escritor del siglo II Alcifrón, al retratar   a uno de ellos con las siguientes palabras: “Es  un espectáculo horrible y penoso de ver, cuando   agita su sucia melena y te mira insolentemente.  Se presenta medio desnudo, con una capa raída,   una bolsita colgante y, entre sus manos una maza  hecha de madera de peral silvestre. Va descalzo,   no se lava y carece de oficio y beneficio”.  En este tipo de descripciones se apoyan los   eruditos que defienden la hipótesis de que  el apelativo de 'cínicos' proviene de que los   insultaran llamándolos perros. Una anécdota  cuenta que, estando Diógenes en una cena,   hubo algunos que le echaron huesos  como a un perro, y este, en respuesta,   se acercó a ellos, levantó una pierna como  hacen los perros al orinar y les meó encima. Tampoco faltaron quienes le echaron en cara su  pasado delictivo y su destierro de Sinope. Cuando   uno le recriminó: “Los sinopenses te condenaron  a destierro”, Diógenes le respondió: “Y yo a   ellos a quedarse”. A otro que le acusó de ser un  hipócrita por pretender dar ejemplo de virtud,   siendo que había hecho monedas falsas, le replicó:  “También antes me meaba encima, y ahora no”. Laercio relata que, en cierta ocasión,  Diógenes pronunció en la calle un discurso   que él consideraba muy sabio y provechoso, pero,  como nadie se detenía a escuchar lo que decía,   se puso a cantar. Entonces sí se agrupó a  su alrededor un buen número de personas,   y entonces el filósofo dejó de cantar  y les dijo: “A los charlatanes y   embaucadores atendéis diligentes, pero tardos  y negligentes a los que enseñan cosas útiles”. Las instituciones también eran blanco frecuente  de sus ataques, ya que en su opinión limitaban   la independencia de los hombres respecto de  la sociedad, lo que les impedía alcanzar una   mayor sabiduría y felicidad. En ese sentido, la  civilización resultaba perjudicial y regresiva:   cuanto más civilizado estaba el individuo, cuantas  más normas, compromisos y ataduras morales lo   encadenaban, más se alejaba de su estado natural,  aquel que lo acercaba a la virtud. Las diferentes   formas de organización sociopolítica,  la familia, los derechos de propiedad,   la reputación... Todas esas cosas lastraban  el desarrollo del ser humano. Como también   lo hacían las ideas tradicionales sobre lo  que debía considerarse decente o indecente. Y, como buen cínico, Diógenes predicaba con su  propia vida a modo de ejemplo, puesto que las   acciones son más importantes que las ideas: no  solo escupía y se tiraba pedos delante de todo el   mundo, sino que también defecaba en el teatro  y se masturbaba en público. En una ocasión,   cuando un ateniense le recriminó aquella  indecencia, Diógenes se limitó a responder:   “Ojalá fuera tan fácil desterrar el  hambre con solo frotarme el vientre”. También decía Diógenes que “muchos  distan solo un dedo de enloquecer,   pues quien lleva el dedo de en medio extendido  parece un loco, pero no si es el índice”. Otra anécdota relata que, habiéndolo llevado  un notable ciudadano a su magnífica casa,   repleta de adornos ostentosos, este le prohibió  a Diógenes que escupiese en ella. La respuesta   del filósofo, en palabras de Laercio, fue  contundente: “Arrancando una buena flema,   se la escupió en la cara, diciendo que  no había hallado lugar más inmundo”. Cuando un joven, admirado por los conocimientos de  Diógenes, le pidió que lo aceptara como discípulo,   este le entregó un trocito de queso y le pidió  que se lo llevara como porteador. El muchacho,   ofendido, rehusó hacerlo, y Diógenes le  dijo fingiéndose apenado: “Un pequeño   trozo de queso deshizo tu amistad y la mía”. A  aquellos que creían en el poder predictivo de   los sueños y se esforzaban por desentrañar  sus significados, Diógenes les espetaba:   “¡No os conmovéis por lo que hacéis despiertos,  y vais escudriñando lo que imagináis dormidos!”. Es bastante famoso el desdén que Diógenes sentía  por Platón y su filosofía abstracta. En opinión de   Diógenes, el verdadero heredero del pensamiento  socrático no era Platón, sino Antístenes,   ya que este compartía con Sócrates su desprecio  por la riqueza y la opinión. Cuenta Laercio que,   cuando a Platón se le ocurrió definir al  hombre como “animal bípedo sin plumas”,   Diógenes tomó un gallo, le arrancó las  plumas y lo lanzó en la escuela de Platón,   exclamando entre risas: “Este es el hombre de  Platón”. La respuesta de Platón fue modificar   levemente su definición de hombre: “Animal  bípedo sin plumas... y con uñas anchas”. De acuerdo a las anécdotas que se cuentan de él,   Diógenes solía exhibir un sentido del  humor mordaz, como aquella vez en la que,   al ver a un arquero muy poco hábil que  practicaba una y otra vez sin éxito,   se sentó justo delante del blanco al que disparaba  murmurando: “No vaya a ser que me hiera”. Diógenes se consideraba cosmopolita, o sea,  ciudadano del mundo, ya que en cualquier rincón   del planeta podía sentirse como en su propio  hogar. Y como creía que cualquier persona era   potencialmente capaz de experimentar ese mismo  sentimiento, opinaba que el mundo era de todos.   Como ciudadano del mundo declarado, se cree que  Diógenes no permaneció siempre en Atenas, sino que   se desplazó, con su báculo y su zurrón como únicos  acompañantes, por diferentes ciudades griegas. Según afirma Laercio, Menipo de Gadara,  un satírico cínico del siglo III a. C.,   escribió en una obra titulada 'La Almoneda de  Diógenes' que nuestro protagonista de hoy fue   hecho prisionero por piratas en el transcurso  de uno de sus viajes. Cuando sus captores se   disponían a venderlo en el mercado de esclavos de  Creta, le preguntaron qué sabía hacer, y Diógenes   respondió: “Sé mandar a los hombres. Preguntad  si alguno quiere comprarse un amo”. Cuando los   piratas le prohibieron que se sentase para que  los posibles compradores pudieran verlo bien,   respondió sin levantarse: “No importa; los peces  de cualquier modo que estén colocados se venden”. Finalmente lo compró un hombre de Corinto llamado   Xeníades, a quien Diógenes no dudo en decirle que  debía obedecerle, por más que fuese su esclavo,   “pues aunque el médico o el piloto del puerto sean  esclavos, conviene obedecerlos”. Xeníades debió de   reconocer las habilidades de Diógenes, pues le  encomendó al filósofo la administración de su   casa y la instrucción de sus hijos. A estos les  enseñó, aparte de las disciplinas tradicionales,   a montar a caballo y a tirar con arco y con  honda. También les enseñó a servir en casa,   a comer poco y a beber tan solo agua. Los  llevaba por las calles de Corinto con la   cabeza rapada a navaja, sin adornos,  sin túnica, descalzos y en silencio,   pese a lo cual los hijos de Xeníades  hablaban a su padre maravillas de Diógenes. Fue allí, en Corinto, donde supuestamente,  según cuenta la leyenda, tuvo lugar el popular   encuentro entre Diógenes y el gran conquistador  Alejandro Magno. Diógenes estaba tumbado en   el suelo del Cranio –un gimnasio cercano a  Corinto–, tomando el sol, cuando el monarca   macedonio se plantó delante de  él y le dijo: “Yo soy Alejandro,   aquel gran rey”. El filósofo respondió: “Y  yo Diógenes el perro”. Alejandro, intrigado,   le preguntó que hacía para que lo llamasen perro,  a lo que el otro replicó: “Halago a los que dan,   ladro a los que no dan, y a los malos los muerdo”.  Divertido por aquella respuesta, el conquistador   le ofreció: “Pídeme lo que quieras”. A lo que  Diógenes respondió: “Pues no me hagas sombra”. Nada se sabe con certeza sobre la muerte de  Diógenes. Unos cronistas afirman que falleció   de indigestión tras comerse crudo un pie de  buey; otros, que lo que acabó con él fue devorar   un pulpo vivo; y también hay quien relata que el  pulpo se lo estaba dando de comer a unos perros y   uno de estos le propinó a Diógenes un mordisco  en el pie que lo mató de una infección. Pero   sin duda, la versión más popular es la de  que Diógenes decidió suicidarse aguantando   la respiración. Por supuesto, esa versión no es  cierta, porque no es posible quitarse la vida   de ese modo: aun en el caso de que fueras capaz  de resistir el imperioso instinto de tomar aire,   primero te desmayarías, y tu cuerpo inconsciente  volvería a respirar. Sin embargo, esta leyenda   es la que más ha gustado generalmente a lo  largo de los siglos, porque parece reforzar la   tremenda fuerza de voluntad de Diógenes y la de  su deseo de ser siempre el dueño de su destino. Tras la muerte de Diógenes, y durante casi  un milenio, hasta la época del Renacimiento   aproximadamente, los seguidores de su filosofía  continuaron llamándose cínicos. En el siglo II   de nuestra era, el escritor satírico Luciano  había acusado a los cínicos de su época de ser   unos hipócritas materialistas y arrogantes  que habían abandonado la senda de Diógenes   y se limitaban a predicar sus enseñanzas sin  ponerlas en práctica ellos mismos. Inspirados   en los escritos de Luciano, diversos  autores renacentistas transformaron la   palabra “cínico” en un insulto que empleaban  contra sus rivales y que derivó en la primera   acepción de esa palabra que conocemos  hoy en día y que antes mencionamos. Unos relatos antiguos dicen que, antes de morir,  Diógenes mandó que arrojasen su cadáver fuera de   las murallas de Corinto, sin darle sepultura, para  que todos los animales pudiesen devorarlo. En su   honor, los corintios erigieron en su memoria  un pilar de mármol con un perro en lo alto. ¿Y vosotros? ¿Qué opináis de la filosofía  de Diógenes? ¿Creéis que es posible seguir   su estilo de vida hoy en día?

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