¿Conocéis la extravagante vida del filósofo cínico Diógenes? ¿Sabíais que, siendo coherente con sus ideas, orinaba
sobre quienes le insultaban y se
masturbaba en público? ¿Y que se cuenta que Alejandro Magno y él llegaron a conocerse en persona? Hace 2.400
años, un filósofo se propuso ignorar por
completo las opiniones ajenas y los patrones
sociales por los que se evaluaba
el éxito de una persona. Y convirtió su
vida en el ejemplo práctico de su rechazo a las
costumbres impuestas por las demás
personas, así como de su búsqueda de un retorno al estado
natural del hombre. Desde entonces, sus
ideas sirven de ejemplo cuando se habla de cuestionar
el 'status quo', de no seguir ciegamente
las opiniones mayoritarias para reflexionar de
manera independiente sobre lo que es
válido o virtuoso. Hablamos, por supuesto, de Diógenes el Cínico, también conocido como Diógenes de Sinope
porque fue en esa colonia griega de la costa sur
del mar Negro, en la actual Turquía,
donde nació, en torno a los años 404 o 412 antes de
Cristo. Lo único que ha trascendido
hasta nuestros días acerca de su infancia y juventud es que su
padre era un banquero llamado Hicesias y
que Diógenes se dedicó al mismo negocio, pues fue acusado
de cometer paracharaxis, un término que
puede tener diversos significados, como la adulteración
de monedas, su falsificación o su
desfiguración –es decir, que las aplastara para dejarlas sin
valor como moneda de curso legal–. En
cualquier caso, aquello le costó el destierro de Sinope y
la pérdida de todos sus bienes y su
condición de ciudadano, si bien algunos expertos
opinan que Diógenes simplemente huyó de
la ciudad, igual que existe un debate acerca de si el delito lo cometió él, su padre o ambos. En
Sinope se han encontrado monedas de aquella
época en las que figura el nombre de Hicesias como el del
funcionario que las acuñó, así como un gran
número de monedas desfiguradas, por lo que esa parte
de su biografía tiene visos de veracidad.
Pero, antes de proseguir, es justo precisar que
conocemos muy poco acerca de la biografía de
Diógenes, y que la mayor parte de lo que conocemos de él
se basa en lo que narró, en el libro VI de
su colosal obra 'Vidas, opiniones y sentencias de los
filósofos más ilustres', el historiador griego
Diógenes Laercio, que vivió en el siglo III de nuestra
era, es decir, unos quinientos años más
tarde que su tocayo, con quien, por supuesto, no guardaba
parentesco de ningún tipo. Aunque, según
Laercio, Diógenes llegó a escribir diez libros y
siete tragedias, ninguna obra suya ha llegado
hasta nuestros días, y lo que se conoce acerca de sus
ideas, de su pensamiento cínico, indisoluble
de lo que practicaba, lo encontramos relatado de manera
dispersa en anécdotas sobre su vida que
se le atribuyen en diversas fuentes clásicas. Pues bien, según Laercio,
tras ser desterrado de Sinope, Diógenes
se marchó a Atenas. Una vez en la ciudad, se dirigió al filósofo
Antístenes, discípulo directo y fiel
seguidor de Sócrates, para que fuera su maestro. Por más veces
que este lo rechazaba, Diógenes insistía
en pedirle que le enseñase. Tan tozudo fue, que en
una ocasión, Antístenes, harto de aquel
pesado, llegó a alzar su báculo en gesto de amenaza.
La reacción de Diógenes fue colocar su
cabeza debajo, ofreciéndola para encajar el golpe, y
decir: “Descárgalo, pues no hallarás
leño tan duro que de ti me aparte, con tal de que
enseñes algo”. Aquel gesto logró por fin
convencer a Antístenes de aceptarlo como alumno, tal
vez porque lo conmovieron las ansias de
conocimiento de aquel joven o bien porque temía que su báculo se partiera en una cabeza tan dura. Tradicionalmente
se ha considerado a Antístenes el
fundador de la escuela cínica, que estableció
en un gimnasio situado fuera de
las murallas de Atenas. Ese gimnasio se
llamaba Cinosarges, que significa 'perro blanco o 'perro veloz'.
Unos expertos opinan que es de aquel
nombre del que deriva el de la escuela cínica; otros creen
que, efectivamente, los llamaban cínicos
por el término griego 'κύων', que significa perro, pero no
por el emplazamiento físico de la
escuela de Antístenes, sino por su modo de vida, semejante en
algunos aspectos al de los canes, como
la indiferencia ante las normas sociales, la desvergüenza
y falta de pudor o el estilo de vida
callejero. Por cierto, como sin duda ya sabéis, no es
lo mismo el cinismo como escuela
filosófica que la primera acepción del término 'cinismo' que
recoge el Diccionario de la Real
Academia Española: “Desvergüenza en el mentir o en la defensa
y práctica de acciones o doctrinas
vituperables”. A pesar de que no existía una doctrina cínica oficial, sí pueden enumerarse una serie
de principios fundamentales del cinismo, como
la búsqueda de la claridad mental, de
liberarse del humo mental que para ellos constituían las
falsas creencias, la presunción o la
insensatez. En opinión de los cínicos, el camino que conducía
a la felicidad era llevar una vida
simple y autónoma acorde con la naturaleza. Despreciaban las riquezas, las posesiones y cualquier preocupación
material, ya que consideraban que el ser
humano posee de manera natural en su interior
todo lo que necesita para ser
feliz. Cuantas menos necesidades tiene
una persona, más libre y más feliz. Por tanto, debía perseguir su
autarquía, su autosuficiencia, ser capaz
de valerse por sí mismo sin necesitar nada de nadie, ser independiente de todo condicionamiento
exterior. Como decíamos, Antístenes –quien no contaba con la ciudadania ateniense pese a ser
hijo de un ciudadano porque su madre era una esclava tracia– fue discípulo de
Sócrates, y de él tomó el precepto ético fundamental de
que el objetivo de la existencia es la
virtud y no el placer. Pero además de alumno, Antístenes fue amigo de Sócrates, y estuvo presente durante
la ejecución de la condena a muerte de
este por parte de la ciudad de Atenas, discutiendo con él acerca de la inmortalidad del alma hasta que llegó
el momento de beber la cicuta letal. La
tranquilidad que mostró en todo momento su maestro y amigo durante su último acto causó una profunda impresión en Antístenes. Según
relató Laercio, algunas de las ideas claves
de la filosofía de Antístenes eran que la virtud puede
ser enseñada; que la virtud es suficiente
en sí misma para conseguir la felicidad,
aunque para ello se necesite la
fortaleza de un Sócrates; que la virtud
reside en las acciones, y no en las palabras ni los estudios; que
el sabio se basta a sí mismo; que la
impopularidad es un bien; que el sabio no debe regirse por
las leyes establecidas, sino por las de
la virtud; y que se ha de casar para tener hijos, y con las mujeres más hermosas y fecundas. Antístenes
vivía según su propia ley, la que él
mismo creó. Las leyes establecidas y las convenciones sociales no le
importaban: despreciaba las normas, las
instituciones, las costumbres y todo lo que representara
una atadura para el individuo. Predicaba
una vuelta a la naturaleza como revulsivo a la
domesticación social y cultural que se
imponía en las ciudades. Cuando creó su escuela filosófica, Antístenes, a fin de prescindir de todo lo
superfluo, comenzó a llevar tan solo un manto, un bastón y un zurrón, en el
que portaba únicamente las cosas
indispensables, como la comida. Todo lo que no se
pudiera llevar encima era innecesario.
Aquellas tres cosas –el manto, el bastón y el
zurrón– se convirtieron en el uniforme de los
cínicos, y el propio Diógenes lo adoptó para sí. Tal vez os estéis
preguntando qué fue lo que hizo que
Diógenes, aquel banquero e hijo de banquero
caído en desgracia, acudiera a
Antístenes para pedirle que fuera su
maestro. Una posible razón la ofrece Laercio al contarnos que Diógenes
llegó a Atenas acompañado de un esclavo
llamado Manes, quien logró escapar de él poco después de llegar a la ciudad. Diógenes dijo
entonces: “Si Manes puede vivir sin Diógenes, ¿por qué
no Diógenes sin Manes?”. Aquella
reflexión la hizo al darse cuenta de lo extremadamente dependiente que era de aquel esclavo y de
que un hombre que no era capaz de
valerse por sí mismo le parecía alguien
despreciable por su impotencia.
Tal vez fuera eso lo que le hizo
sentirse atraído por las enseñanzas ascéticas de Antístenes, a
quien acabaría superando en reputación y
austeridad. Según Laercio, el filósofo Teofrasto relató sobre Diógenes que este encontró inspiración
para sobrellevar su indigencia en un pequeño
ratoncillo al que vio corretear por las
calles atenienses: el animal no temía la oscuridad, no se preocupaba de buscar lecho ni anhelaba el
menor lujo o comodidad. Así, Diógenes llevó
al extremo la renuncia a lo superfluo propuesta por
Antístenes. Incluso destruyó el único
cuenco de madera que portaba en su zurrón cuando
vio a un niño campesino beber agua del
hueco de sus manos. “¡Qué tonto soy por haber estado
cargando todo este tiempo con algo tan
superfluo!”, se recriminó a sí mismo. Diógenes estaba convencido de que era
posible renunciar a todo para alcanzar
una libertad plena sustentada en la impasibilidad y la autosuficiencia, pero también reconocía
que era un camino muy difícil y que requería
un duro entrenamiento. Afirmaba que la
capacidad de sufrimiento se podía desarrollar y que
hacía falta ejercitarla, tanto física
como mentalmente, para endurecerse. Es muy popular la imagen
de Diógenes empleando una gran tinaja de
vino a modo de residencia para guarecerse de las inclemencias del tiempo, pero en verano
se revolcaba al mediodía sobre la arena caliente
y en invierno abrazaba la estatuas
cubiertas de nieve, todo en aras de acostumbrarse al sufrimiento.
“Los dioses –decía Diógenes– han dado a
los hombres una vida fácil; pero esta se oculta a los que
van buscando dulzuras, ungüentos y cosas
semejantes”. Por cierto, seguramente hayáis oído hablar del síndrome de Diógenes, ese
trastorno del comportamiento que afecta
principalmente a las personas ancianas y que se caracteriza
por un aislamiento social voluntario en
el propio hogar, el abandono de la higiene
personal y el acaparamiento de
basura y todo tipo de objetos
inservibles. Y quizá os preguntéis por qué se le llama así, siendo que Diógenes era lo opuesto a un acaparador. Pues
bien, esa denominación, que se empleó por
primera vez en un artículo médico
publicado en 1975, responde a que el filósofo solo portaba
consigo lo que consideraba estrictamente
necesario y las personas que sufren el síndrome actúan
siguiendo el mismo principio, porque en
su mente creen que todo lo que almacenan o guardan les
resultará indispensable en algún
momento. Además, Diógenes rechazaba la influencia del exterior,
las opiniones de los demás, y no se
preocupaba por su aspecto físico. Sin embargo, al margen del
debate en torno a si se trata de un
síndrome como tal, también hay muchos psiquiatras que
consideran inapropiado bautizarlo con
ese nombre, ya que Diógenes no acaparaba objetos y, desde luego, no se aislaba de la sociedad. Porque
no creáis que Diógenes se limitó a quedarse
tirado por los rincones de Atenas meditando en silencio
en busca de su propia sabiduría y
felicidad. En absoluto. Diógenes compartía la
creencia de Sócrates de que un filósofo podía
ser como un médico para las almas de los hombres y
mejorarlas moralmente al mismo tiempo que las
despreciaba por su obtusidad. Firme defensor de la
libertad de expresión, Diógenes se dedicaba
a criticar abiertamente a todos aquellos que se
cruzaban en su camino, ya fueran músicos
–“porque afinan las cuerdas de su lira pero tienen
desafinadas las costumbres del ánimo”–;
matemáticos –“porque mirando al sol y a la luna no ven
las cosas que tienen a los pies”–; oradores
–“porque procuran decir lo justo mas no procuran hacerlo”–;
o incluso esclavos –“porque viendo la
voracidad de sus amos nada roban de la comida”–. Los únicos que, en
opinión de Diógenes, merecían alabanzas
eran “aquellos que pueden casarse y no se casan; aquellos a los que les gusta navegar y no navegan; aquellos
que podrían ejercer el gobierno y lo
rehuyen; aquellos que tienen oportunidad
y disposición para vivir con los
poderosos y no se acercan a ellos”. Tal
vez os hayáis percatado de un punto en el que Diógenes discrepaba respecto a las ideas de su maestro
Antístenes: el matrimonio. Mientras que Antístenes
estaba a favor, cuando a Diógenes le
preguntaban cuándo deben casarse los hombres,
respondía: “Los jóvenes todavía no; los
viejos nunca”. Diógenes consideraba que los atenienses de su época se comportaban guiados por la
pretensión, la vanidad, el autoengaño, la artificialidad y la locura, y el
cínico no dudaba en expresar públicamente
lo que pensaba sobre los demás. Según Laercio, Diógenes
solía pasearse a plena luz del día con
una lámpara encendida por las calles de Atenas y, cuando
le preguntaban por qué lo hacía,
respondía que estaba buscando “un hombre”, en el
sentido de que todos aquellos que le
rodeaban no le parecían tales, dado el comportamiento irracional que
mostraban. Algunas versiones posteriores
de la misma anécdota cuentan que buscaba “un hombre honesto”,
pero solo encontraba sinvergüenzas y más
sinvergüenzas. Por todo ello no es de extrañar que, en general, los antiguos griegos observaran a los cínicos
con cierto desprecio, como puso de manifiesto
el escritor del siglo II Alcifrón, al
retratar a uno de ellos con las siguientes palabras:
“Es un espectáculo horrible y penoso de
ver, cuando agita su sucia melena y te mira
insolentemente. Se presenta medio
desnudo, con una capa raída, una bolsita colgante y, entre sus manos una
maza hecha de madera de peral silvestre.
Va descalzo, no se lava y carece de oficio y
beneficio”. En este tipo de
descripciones se apoyan los eruditos que defienden la hipótesis de
que el apelativo de 'cínicos' proviene
de que los insultaran llamándolos perros. Una
anécdota cuenta que, estando Diógenes en
una cena, hubo algunos que le echaron huesos como a un perro, y este, en respuesta, se
acercó a ellos, levantó una pierna como
hacen los perros al orinar y les meó encima. Tampoco faltaron quienes le
echaron en cara su pasado delictivo y su
destierro de Sinope. Cuando uno le recriminó: “Los sinopenses te
condenaron a destierro”, Diógenes le
respondió: “Y yo a ellos a quedarse”. A otro que le acusó de ser
un hipócrita por pretender dar ejemplo
de virtud, siendo que había hecho monedas falsas, le
replicó: “También antes me meaba encima,
y ahora no”. Laercio relata que, en cierta ocasión, Diógenes pronunció en la calle un
discurso que él consideraba muy sabio y provechoso,
pero, como nadie se detenía a escuchar
lo que decía, se puso a cantar. Entonces sí se agrupó a su alrededor un buen número de personas, y
entonces el filósofo dejó de cantar y
les dijo: “A los charlatanes y embaucadores atendéis diligentes, pero
tardos y negligentes a los que enseñan
cosas útiles”. Las instituciones también eran blanco frecuente de sus ataques, ya que en su opinión
limitaban la independencia de los hombres respecto
de la sociedad, lo que les impedía
alcanzar una mayor sabiduría y felicidad. En ese sentido,
la civilización resultaba perjudicial y
regresiva: cuanto más civilizado estaba el individuo,
cuantas más normas, compromisos y
ataduras morales lo encadenaban, más se alejaba de su estado
natural, aquel que lo acercaba a la
virtud. Las diferentes formas de organización sociopolítica, la familia, los derechos de propiedad, la
reputación... Todas esas cosas lastraban
el desarrollo del ser humano. Como también lo
hacían las ideas tradicionales sobre lo
que debía considerarse decente o indecente. Y, como buen cínico,
Diógenes predicaba con su propia vida a
modo de ejemplo, puesto que las acciones son más importantes que las ideas:
no solo escupía y se tiraba pedos
delante de todo el mundo, sino que también defecaba en el
teatro y se masturbaba en público. En
una ocasión, cuando un ateniense le recriminó aquella indecencia, Diógenes se limitó a
responder: “Ojalá fuera tan fácil desterrar el hambre con solo frotarme el vientre”. También
decía Diógenes que “muchos distan solo
un dedo de enloquecer, pues quien lleva el dedo de en medio
extendido parece un loco, pero no si es
el índice”. Otra anécdota relata que, habiéndolo llevado un notable ciudadano a su magnífica
casa, repleta de adornos ostentosos, este le
prohibió a Diógenes que escupiese en
ella. La respuesta del filósofo, en palabras de Laercio, fue contundente: “Arrancando una buena
flema, se la escupió en la cara, diciendo que no había hallado lugar más inmundo”. Cuando
un joven, admirado por los conocimientos de
Diógenes, le pidió que lo aceptara como discípulo, este
le entregó un trocito de queso y le pidió
que se lo llevara como porteador. El muchacho, ofendido,
rehusó hacerlo, y Diógenes le dijo
fingiéndose apenado: “Un pequeño trozo de queso deshizo tu amistad y la mía”.
A aquellos que creían en el poder
predictivo de los sueños y se esforzaban por
desentrañar sus significados, Diógenes
les espetaba: “¡No os conmovéis por lo que hacéis
despiertos, y vais escudriñando lo que
imagináis dormidos!”. Es bastante famoso el desdén que Diógenes sentía por Platón y su filosofía abstracta. En
opinión de Diógenes, el verdadero heredero del
pensamiento socrático no era Platón,
sino Antístenes, ya que este compartía con Sócrates su
desprecio por la riqueza y la opinión.
Cuenta Laercio que, cuando a Platón se le ocurrió definir al hombre como “animal bípedo sin plumas”, Diógenes
tomó un gallo, le arrancó las plumas y
lo lanzó en la escuela de Platón, exclamando entre risas: “Este es el hombre
de Platón”. La respuesta de Platón fue
modificar levemente su definición de hombre:
“Animal bípedo sin plumas... y con uñas
anchas”. De acuerdo a las anécdotas que se cuentan de él, Diógenes
solía exhibir un sentido del humor
mordaz, como aquella vez en la que, al ver a un arquero muy poco hábil que practicaba una y otra vez sin éxito, se
sentó justo delante del blanco al que disparaba
murmurando: “No vaya a ser que me hiera”. Diógenes se consideraba
cosmopolita, o sea, ciudadano del mundo,
ya que en cualquier rincón del planeta podía sentirse como en su
propio hogar. Y como creía que cualquier
persona era potencialmente capaz de experimentar ese
mismo sentimiento, opinaba que el mundo
era de todos. Como ciudadano del mundo declarado, se cree
que Diógenes no permaneció siempre en
Atenas, sino que se desplazó, con su báculo y su zurrón como
únicos acompañantes, por diferentes
ciudades griegas. Según afirma Laercio, Menipo de Gadara, un satírico cínico del siglo III a. C., escribió
en una obra titulada 'La Almoneda de
Diógenes' que nuestro protagonista de hoy fue hecho
prisionero por piratas en el transcurso
de uno de sus viajes. Cuando sus captores se disponían
a venderlo en el mercado de esclavos de
Creta, le preguntaron qué sabía hacer, y Diógenes respondió:
“Sé mandar a los hombres. Preguntad si
alguno quiere comprarse un amo”. Cuando los
piratas le prohibieron que se
sentase para que los posibles
compradores pudieran verlo bien, respondió sin levantarse: “No importa; los
peces de cualquier modo que estén
colocados se venden”. Finalmente lo compró un hombre de Corinto llamado Xeníades,
a quien Diógenes no dudo en decirle que
debía obedecerle, por más que fuese su esclavo, “pues
aunque el médico o el piloto del puerto sean
esclavos, conviene obedecerlos”. Xeníades debió de reconocer
las habilidades de Diógenes, pues le
encomendó al filósofo la administración de su casa y
la instrucción de sus hijos. A estos les
enseñó, aparte de las disciplinas tradicionales, a
montar a caballo y a tirar con arco y con
honda. También les enseñó a servir en casa, a
comer poco y a beber tan solo agua. Los
llevaba por las calles de Corinto con la
cabeza rapada a navaja, sin
adornos, sin túnica, descalzos y en
silencio, pese a lo cual los hijos de Xeníades hablaban a su padre maravillas de Diógenes. Fue
allí, en Corinto, donde supuestamente,
según cuenta la leyenda, tuvo lugar el popular encuentro
entre Diógenes y el gran conquistador
Alejandro Magno. Diógenes estaba tumbado en el
suelo del Cranio –un gimnasio cercano a
Corinto–, tomando el sol, cuando el monarca macedonio
se plantó delante de él y le dijo: “Yo
soy Alejandro, aquel gran rey”. El filósofo respondió:
“Y yo Diógenes el perro”. Alejandro,
intrigado, le preguntó que hacía para que lo llamasen
perro, a lo que el otro replicó: “Halago
a los que dan, ladro a los que no dan, y a los malos los
muerdo”. Divertido por aquella
respuesta, el conquistador le ofreció: “Pídeme lo que quieras”. A lo
que Diógenes respondió: “Pues no me
hagas sombra”. Nada se sabe con certeza sobre la muerte de Diógenes. Unos cronistas afirman que
falleció de indigestión tras comerse crudo un pie
de buey; otros, que lo que acabó con él
fue devorar un pulpo vivo; y también hay quien relata que
el pulpo se lo estaba dando de comer a
unos perros y uno de estos le propinó a Diógenes un
mordisco en el pie que lo mató de una
infección. Pero sin duda, la versión más popular es la de que Diógenes decidió suicidarse
aguantando la respiración. Por supuesto, esa versión no
es cierta, porque no es posible quitarse
la vida de ese modo: aun en el caso de que fueras
capaz de resistir el imperioso instinto
de tomar aire, primero te desmayarías, y tu cuerpo
inconsciente volvería a respirar. Sin
embargo, esta leyenda es la que más ha gustado generalmente a
lo largo de los siglos, porque parece
reforzar la tremenda fuerza de voluntad de Diógenes y la
de su deseo de ser siempre el dueño de
su destino. Tras la muerte de Diógenes, y durante casi un milenio, hasta la época del
Renacimiento aproximadamente, los seguidores de su
filosofía continuaron llamándose
cínicos. En el siglo II de nuestra era, el escritor satírico
Luciano había acusado a los cínicos de
su época de ser unos hipócritas materialistas y
arrogantes que habían abandonado la
senda de Diógenes y se limitaban a predicar sus enseñanzas
sin ponerlas en práctica ellos mismos.
Inspirados en los escritos de Luciano, diversos autores renacentistas transformaron la palabra
“cínico” en un insulto que empleaban
contra sus rivales y que derivó en la primera acepción
de esa palabra que conocemos hoy en día
y que antes mencionamos. Unos relatos antiguos dicen que, antes de morir, Diógenes mandó que arrojasen su cadáver fuera
de las murallas de Corinto, sin darle sepultura,
para que todos los animales pudiesen
devorarlo. En su honor, los corintios erigieron en su
memoria un pilar de mármol con un perro
en lo alto. ¿Y vosotros? ¿Qué opináis de la filosofía de Diógenes? ¿Creéis que es posible
seguir su estilo de vida hoy en día?