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¿Cuál es la función del Ritual Masónico? No pretendo ofrecer una explicación fría y distante, sino un testimonio personal de mis vivencias en la masonería. Invito a mis hermanos a reflexionar juntos sobre esta hipótesis fascinante: ¿podría el ritual ser el vehículo perfecto para sintonizarnos con una vibración superior, expandiendo nuestra conciencia hasta sus límites más profundos? En el corazón de la fórmula masónica, cada participante se concentra intensamente, fusionándose con los demás para dar vida a un poderoso egregor, esa entidad colectiva que amplifica nuestra energía compartida. El ritual nos arranca del caos cotidiano, liberándonos como espíritus independientes, y nos permite envolver el mundo en una luz etérica, actuando desde un plano superior. Sin embargo, no acepto que su poder transformador sea automático o meramente "mágico" por defecto. Requiere años de disciplina y práctica para que el ritual masónico revele su verdadera potencia operativa. Como bien señala Aleister Crowley en su libro Magia en teoría y práctica: “La magia es la ciencia y el arte de provocar que se produzca un cambio de conformidad con la voluntad”. Aquí, el ritual no es un acto pasivo, sino una ciencia deliberada de la voluntad alineada, donde cada gesto y palabra debe ejecutarse con precisión intencional para invocar cambios reales. ¿Cómo conecta el ritual con el símbolo para unir los planos de la existencia? Proyecta una firma macrocósmica en lo microcósmico, permitiendo que lo inferior ascienda a lo superior y viceversa: “así como arriba, es abajo”. Mediante palabras ordenadas, gestos precisos y sonidos resonantes, invocamos una realidad trascendente, descubriéndola no sólo afuera, sino en lo más profundo de nosotros mismos. El ritual es, ante todo, una herramienta maestra —quizá la más sofisticada de las tradiciones iniciáticas—. Nos impulsa a erigir un templo interior y colectivo, representando el camino hacia la trascendencia. Somos piedras vivas en esa construcción: algunas toscas, otras pulidas, cúbicas o curvas; el ritual las integra en armonía, conectando no sólo al individuo con lo divino, sino a los hermanos entre sí en una fraternidad sagrada. Con tu colaboración, hermanos, abriremos la logia. Con nuestra voluntad unida, consagraremos este espacio y tiempo, transmutándolo de lo profano a lo sagrado, del tiempo lineal al eterno sincrónico. Redescubriremos los orígenes primordiales: de la mónada al dúo, del caos al cosmos, entrando en el universo mágico de la masonería. ¡Silencio en logia! Un silencio profundo, cósmico, que nos permite recomenzar el viaje. Partimos del microcosmos individual para expandirnos al macrocosmos, construyendo un templo compartido que une nuestros santuarios interiores con los de la eternidad. Vibremos en unidad, manifestando la pluralidad desde el Uno. Hagamos el ritual operativo, como el cabalista en meditación o el alquimista ante su atanor. Desde el mediodía, cuando el sol alcanza su zenit, clavamos la estaca perpendicular: sin sombra, pura verticalidad. Así inicia la obra del templo. Los masones abren sus trabajos precisamente al mediodía, simbolizando que el aprendizaje comienza con la rectitud moral y espiritual. La orientación se traza con la sombra creciente, deduciendo lo horizontal de lo vertical. Como la escuadra sigue al compás, sumamos los números pitagóricos: 3 + 4 + 5 = 12, desplegando el punto en círculo, línea y plano. Hasta la medianoche, el egregor se completa en el cuadrado largo, revelando la proporción áurea en ritmos ocultos, donde la geometría se convierte en emanación vibrante del Uno. La Cábala, a través de la gematría, asocia nombres divinos con números universales, guiando la arquitectura hacia la armonía perfecta. Así, la construcción se eleva, aérea y divina, transformando al participante en comunicante con lo bello, lo verdadero y lo bueno —sabiduría, fuerza y belleza—. En logia, el Venerable verifica la consagración y asigna roles: cada uno ocupa su sitio preciso. Dedicamos tiempo a la obra, mediadores entre mundos como un axis mundi, puente entre cielo, tierra e inframundo. El ritual transforma el caos en orden: ordo ab chao. Construir el templo reintegra los niveles del Árbol de la Vida —Assiah (cuerpo), Yetzirah (alma), Beriah (espíritu) y Atziluth (divino)— centrados en el amor universal. Espíritu y materia se unen en compás y escuadra, captando energías cósmicas y telúricas, potenciadas por el Libro Sagrado. La posición de estas herramientas define el grado: aprendiz, compañero o maestro. El hombre se sitúa entre cielo y tierra, mediador de influencias recíprocas —el Aleph aspirando arriba, el Daleth anclado abajo—, reflejo primordial de lo divino. Los tres golpes del mallete vibran, consagrando el espacio y fecundando el altar y las columnas J y B. Sincronizan nuestros corazones, erigiendo la muralla energética del egregor. En este espacio sagrado, cada movimiento es un viaje cósmico: de Oriente a Occidente, Norte a Sur, cenit a nadir. Recorrer la logia redibuja la creación a escala humana; un hermano es un microcosmos del universo. Como apunta Joseph Campbell: “Un ritual es la representación de un mito. Y, al participar en el ritual, participas en el mito.”. El ritual masónico nos pone en sintonía con la sabiduría profunda de nuestra propia psique, recordándonos verdades eternas. Desde mi perspectiva como Masón , este proceso resuena con patrones universales de transformación: el ritual no sólo une hermanos, sino que agita y activa la conciencia colectiva, creando un campo de energía que trasciende al individuo. Es como un algoritmo ancestral para elevar la vibración humana, probado a lo largo de siglos. P.D. Ouspensky, en su exploración de la conciencia superior, nos recuerda que “La consecución de la conciencia está relacionada con la liberación gradual de la mecanicidad.”. El ritual masónico nos despierta de la mecanicidad diaria, exigiendo presencia plena para acceder a estados elevados. Los oficiales encarnan fuerzas planetarias: el Guardatemplo custodia lo profano; los Vigilantes catalizan armonía y fuerza; el Maestro de Ceremonias enlaza como Mercurio; otros condensan, consuelan y fertilizan energías. En la alternancia de movimientos celestes, los símbolos binarios —columnas, pavimento de mosaicos en ajedrez— nos invitan a adaptarnos eternamente, evolucionando en disciplina simbólica. Al participar, renovamos la unidad de los mundos, identificándonos con el espíritu creador. Como decía Campbell sobre el viaje del héroe: una magnificación de ritos de paso —separación, iniciación, retorno— que nos transforma. ¡Que la sabiduría ilumine nuestros ritos! Alcoseri