Una Iniciación Masónica Muy Deseada
La Masonería no es un santuario de poderes fáusticos, ni una red de influencias terrenales, ni un camino de glorias fáciles. Es la Escuela de la Luz, donde el Aprendiz toma el cincel y el mazo para trabajar sobre la piedra bruta de su propio ser. Sus columnas no sostienen imperios, sino la voluntad de quien busca la Verdad; sus herramientas no dominan a los demás, sino que ordenan el caos interior. Y como nos enseñaran los masones que nos antecedieron, aquí en logias no hay regalos: todo fruto se cosecha con el esfuerzo consciente, con la lucha contra el sueño mecánico que nos mantiene atados a las apariencias.
EL HERMANO Y LA PIEDRA BRUTA
Así desde sus 15 años, Alejandro Gordon soñó con cruzar las puertas del Templo e iniciarse. Imaginaba reuniones donde se tejían alianzas de poder, donde se manejaban corrientes invisibles que movían negocios y gobiernos, donde las palabras tenían fuerza para alterar el destino. Escuchó rumores de que en las logias había hombres con cargos públicos y fortunas inmensas —y al fin, cuando recibió la luz de la Iniciación, su corazón latía con la esperanza de acceder a ese mundo oculto que su mente había construido.
Pero la realidad fue distinta. Esos hombres poderosos sí estaban inscritos en las listas de las Logias , pero rara vez aparecían en los augustos trabajos ; cuando lo hacían, se reunían en lugares apartados, lejos del círculo común de los hermanos, hablando de negocios y acuerdos políticos que nada tenían que ver con la fraternidad; si era posible contactar con Masones políticos y empresarios, pero llevaría tiempo y esfuerzo, y el QH Alejandro quiera fuera de inmediato. Y en el centro del Templo, no hubo fórmulas mágicas ni tratos de poder mundano: había libros Masónicos antiguos que exigían paciencia infinita para ser comprendidos; trabajos manuales y simbólicos que requerían disciplina diaria; lecciones de humildad, fraternidad y dominio de sí mismo que le mostraban, día tras día, cuán lejos estaba de la perfección que anhelaba. Cada sesión o tenida era un recordatorio: la Orden no te da nada, te muestra lo que debes construir en ti.
El francmasón Alejandro se sentía perdido. "¿Dónde están las fuerzas que creí poder dominar? ¿Dónde están las inmediatas conexiones políticas en Masonería que me prometieron las voces del mundo?", se preguntaba. Recordaba las palabras sabias de un hermano masón : "El profano ordinario no puede hacer nada; todo le sucede" —y ahora comprendía que la Masonería es el arte de aprender a "hacer" para que no le sucedan cosas por el simple accidente de la vida, rompiendo asi la inercia que nos arrastra. Otro hermano masón de su logias le había advertido que la verdadera evolución exige ir contra la corriente de la comodidad, contra el deseo de obtener sin dar. Y él, que esperaba encontrar llaves para abrir las puertas del poder mundano y material, se hallaba frente a la única puerta que importaba: la de su propia conciencia, cerrada por el ego y la ilusión.
Ahora se encuentra en el umbral: ¿seguirá cargando el mazo y el cincel, aceptando que el verdadero poder es el de transformarse a sí mismo? ¿O volverá al mundo de las apariencias, donde el "Poder" no es más que una sombra sin sustancia? Todo a final de cuentas es decisión del QH Alejandro Gordon
LA PARÁBOLA DE LA RELIGIÓN DE LAS BANANAS
Un Chimpancé supo de la existencia de las bananas en una ceremonia ritual propia de la selva donde vivía, ya que en su remota selva las bananas o plátanos , simplemente no existían . Esa parte del rito despertó en él un deseo indomable: algún día probaría una de esas frutas que, según se decía, contenían la esencia misma de lo maravilloso, que comerlas sanaría enfermedades , y algunos decían que comerlas daría poderes formidables .
Durante años viajó con esa llama en el pecho, sorteando peligros y fatigas, sólo con la certeza de que existían. Hasta que un día llegó al huerto donde unos monjes budistas cultivaban bananeros con paciencia y entrega. Recordó la advertencia del ritual: sólo se comen cuando están amarillas y dulces, maduradas por el tiempo y la luz. Esperó. Y cuando llegó el momento justo, quitó la cáscara tal como marcaba la tradición.
Pero al dar el primer bocado, comprendió la verdad: su sabor no era distinto al de las manzanas, las peras o las papayas que crecían en su propia selva. Dulce, suave, sencillo… nada en ella tenía algo extraordinario que no hubiera probado antes. Sin embargo, en su mente surgió una decisión: ella sería extraordinaria. Porque el viaje, la espera, el deseo de lo oculto merecían un fruto a su altura. Y así, su voluntad convenció a sus sentidos: esas frutas eran únicas, sagradas, diferentes a todo lo conocido.
Regresó a su selva con el corazón lleno de esa nueva convicción. Reunió a todos sus hermanos y, con ese lenguaje chimpancesco que sólo su especie conoce, les contó no lo que había probado, sino lo que había decidido que era: una fruta de sabor divino, fuente de sabiduría y fuerza. Les dibujó el camino, les enseñó el rito de su cosecha y su consumo —y así nació la Religión de las Bananas, tejida enteramente con el poder de la ilusión compartida.
Los demás chimpancés, al escuchar y sentir su relato, se llenaron de asombro y devoción. Creyeron en esa maravilla sin cuestionar, y pasaron de unos a otros la leyenda, hasta que el tiempo fue apagando su brillo… hasta que un nuevo Chimpancé sienta nuevamente el deseo, emprenda el viaje, y decida si la fruta es tal cual es, o tal cual su corazón quiera verla.
Alcoseri
