La Espantosa historia de un buen Masón

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Alcoseri Vicente

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Jul 24, 2026, 4:42:32 PM (11 days ago) Jul 24
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La Espantosa Historia de un Buen Masón

¿Qué pasa cuando realmente hay un masón Libre y de Buenas Costumbres? 

En Logia  juramos masónicamente , tolerar a los demás hermanos masones,  pulir la piedra bruta, vivir en fraternidad sin dobleces hipócritas  y caminar siempre en la Luz del amor fraternal . Pero hay una verdad que nunca se dice en Logias Masónicas: nada nos aterra tanto como ver a alguien que cumple al pie de la letra lo que decimos profesar como masones.

 

Llegó entre nosotros el Francmasón  Enderle Díaz . Sin títulos, sin ínfulas, sin saber moverse entre las sombras de las alianzas y las vanidades propias de masones. Sólo traía lo que la Orden pide: un corazón limpio, una mano siempre tendida y la firme idea de creer que la Escuadra sirve para medir la propia conducta y no como la mayoría  de los masones creen que la Escuadra sirve solamente para medir la conducta de los demás masones.

Asi es Enderle era realmente un hombre Libre y de Buenas Costumbres.

 

Y al instante varios masones que lo observaban supieron que el QH  Enderle era un peligro.

 

Empezaron  a llamarlo a sus espaldas  “el idiota”. Con esa sonrisa educada que se usa para ocultar el desprecio hacia un Buenazo, se burlaban de su franqueza.  Pero ¿Por qué daba tanto miedo? Porque él no negociaba la hermandad. No miraba el rango antes de saludar. No callaba la verdad por miedo al qué dirán. Y cada vez que actuaba como un verdadero masón, a todos desnudaba ante ellos mismos: si él podía ser así, entonces todos nosotros éramos los que habíamos traicionado el juramento masónico, y lo más terrible muchos tendrían que convertirse  en personajes como el francmasón Enderle Díaz .

 

Intentaron   “reeducarlo”. Le dijeron  que “hay formas”, que “hay que ser práctico”, que “la perfección se busca, no se vive”. Pero Enderle Díaz  no entendía de medias tintas: seguía perdonando cuando  muchos  le guardaban rencor, seguía uniendo cuando los demás dividían , seguía siendo fiel al espíritu masónico aunque todos se quedaban sólo en la letra muerta y el discurso fingido .

 

Y entonces, sin que nadie lo dijera en voz alta, arrastrados por la cobardía a un acto imperdonable: tuvieron  que crucificarlo simbólicamente, supuestamente por el bien de la Orden y de ese Taller Masónico en Particular, poque qué tal si lo de Enderle fuera contagioso , y al cabo de unos años los masones tendían que ser legítimos cono Enderle  y no fingidos como ellos.

 

Enderle Díaz el auténtico y legitimo masón , no fue crucificado con clavos de hierro, sino con el silencio de la Logia. Le pusieron  trabas en su trabajo propio del Taller, el Venerable Maestro no le concedía el uso de la palabra en logia, sus trazados quedaban bajo resguardo del mallete , para finalmente ser archivados o tirados a la basura , interpretaron sus mejores gestos fraternos  como errores, lo aislaron  hasta que ya no tuvo lugar en la mesa del ágape de los hermanos. Lo hicieron así,  porque su sola presencia condenaba las componendas, la hipocresía cómoda, un Templo levantado sobre palabras vacías y NO sobre la virtud y el honor . Lo llamaron EL  LOCO para no tener que admitir que él era el único cuerdo y prudente  que había bien entendido la lección de la verdadera masonería.

 

¿Y qué fue del francmasón Enderle Díaz ?

Un día, sin reclamar nada, sin una sola palabra de reproche, tomó su mandil y se fue. No lo expulsaron, no irradiaron : simplemente le hicieron  sentir que ya no pertenecía a un lugar donde la verdadera  luz estorba. Se marchó llevando consigo la única verdad que nos habíamos empeñado en olvidar: que la verdadera Masonería no se aprende repitiendo automáticamente  fórmulas, sino viviéndolas.

 

Y desde entonces, en cada silencio incómodo, en cada mirada que bajamos, en cada vez que nos decimos “así son las cosas”, seguimos crucificándolo  a Enderle y a otros masones auténticos como él, así una y otra vez… porque sabemos que él se fue, pero su espejo sigue aquí, devolviéndonos nuestra propia imagen.

 

Así sea… o así nos duela reconocerlo.

 

Hagamos un análisis de todo esto

 

Últimamente me he sentido muy incómodo con la hipócrita  persona en la que me transformo para poder llevarme bien con los demás. Esto me llevó a preguntarme qué pasaría si intentas ser realmente bueno en un mundo que parece castigar esa sinceridad. Para entender por qué me siento tan cansado moralmente, decidí leer El idiota, la novela de Fiódor Dostoyevski.

Lo que encontré fue una explicación muy clara y dura de por qué las personas que actúan con bondad auténtica suelen tener tantas dificultades en la vida real. En 1868, Dostoyevski creó una especie de experimento literario: puso a un hombre incapaz de hacer daño en medio de la alta sociedad rusa para ver qué sucedería. Y el resultado fue que el mundo terminó destruyéndolo por completo. Quizás eso sea lo que nos pasa a muchos cuando nos cansamos de intentar actuar con decencia.

Dostoyevski tenía un propósito muy ambicioso: quería crear lo que llamó "el hombre verdaderamente bueno". No se trataba de un santo alejado de la realidad, ni de un personaje hecho sólo para dar una lección moral, sino de una persona real, que vive en el día a día y cuya bondad es parte esencial de su forma de ser.

El protagonista es el príncipe Lev Nikoláievich Mishkin, que regresa a Rusia después de pasar varios años en un sanatorio en Suiza, tratando una epilepsia muy grave. Él no sabe cómo funcionan las relaciones calculadas ni las estrategias sociales que aprendemos casi sin darnos cuenta. Para todos nosotros, buscar un beneficio en cada encuentro es algo automático; para él, es imposible. Sencillamente, no es capaz de hacer daño, igual que ninguno de nosotros puede volar sólo con la voluntad. Fíjate bien: no es que elija no ser malo como una meta de superación personal, ni que se proponga ser bueno y luego lo abandone. Es que literalmente no puede pensar en engañar, sacar ventaja o mentir para quedar bien o proteger su posición.

Cuando conoce a alguien, ve a esa persona tal cual es. Si alguien le cuenta algo, le cree sin dudar, sin esa desconfianza que todos hemos ido aprendiendo con el tiempo. Si ve sufrimiento, siente compasión de inmediato, sin preguntarse si esa persona "merece" su ayuda o si le va a costar algo. Y por eso, desde las primeras páginas, todos lo tratan como si tuviera algún problema mental: la familia que lo recibe le habla como a un niño o a alguien con limitaciones; sus conocidos hablan de él como si no estuviera ahí; los desconocidos piensan que pueden engañarlo sin dificultad. Pero Mishkin no es tonto: al contrario, habla con mucha claridad, conoce muy bien el arte y la filosofía de Europa, y es capaz de entender a las personas con tanta precisión que a veces las hace sentir incómodas.

¿Por qué entonces lo consideran alguien que no está bien? Porque le faltan las tres cosas que nuestra sociedad considera indispensables para convivir: saber ser astuto, calcular qué nos conviene y mentir para cuidarnos a nosotros mismos. Él confía en los demás sin necesitar razones para hacerlo; cree en el bien aunque todo parezca indicar que sólo buscamos nuestro propio beneficio; y no se defiende cuando lo atacan, porque no piensa que las relaciones sean una competencia donde hay que ganar a costa de perder al otro.

En la lógica de nuestro mundo —no sólo el de la Rusia del siglo XIX, sino el de siempre—, esa forma de actuar no se ve como una virtud, sino como algo peligroso que hay que controlar. El sociólogo Émile Durkheim explicaría años después que existen las "normas sociales": maneras de actuar que se imponen a todos sin que nos demos cuenta. Mishkin no puede cumplir con esas reglas básicas de mentir, cuidarse o ser duro cuando hace falta, y por eso la sociedad lo clasifica como alguien enfermo.

Dostoyevski nos obliga a ver una verdad que solemos ignorar: hemos construido un mundo donde la bondad sincera y desinteresada se considera una anomalía, para así poder seguir diciendo que somos buenos mientras actuamos con frialdad en nombre del sentido común, la prudencia o el cuidado de los nuestros.

Piensa en una reunión de trabajo donde se deciden cosas importantes: ¿Alguna vez has dicho que sí a algo que no te parece bien porque no querías causar problemas o quedar mal? ¿Has elogiado ideas que no te convencían para mantener la buena convivencia? ¿Te has callado cosas obvias porque no convenía decirlas? Eso no es ser cínico ni débil: es lo que llamamos "saber comportarse", lo que separa a quienes logran salir adelante de quienes se quedan en el camino por ser demasiado ingenuos. Así es como vivimos: mezclando lo que pensamos con lo que nos toca decir. Pero imagina a alguien que en esa misma reunión dice exactamente lo que piensa, cree lo que le dicen sin buscar segundas intenciones y no entiende por qué todos fingen estar de acuerdo. Lo primero que pensaríamos es que algo le pasa, que no va a poder sobrevivir ahí. Y quizás tengamos razón. Porque lo que Dostoyevski plantea es una pregunta muy profunda: ¿Y si toda nuestra forma de convivir está hecha para que todos finjamos ser buenos mientras buscamos nuestro propio beneficio? Quien no participe en esa actuación rompe todo el sistema.

Cuando Mishkin llega a la alta sociedad de San Petersburgo, se encuentra con un mundo lleno de reglas estrictas, de caridad que sólo se ve en público y de charlas sobre moralidad que nunca cambian nada. Todos dicen preocuparse por los demás, siempre y cuando no tengan que dejar de tener lo que tienen; hablan de hacer el bien, siempre y cuando no les afecte personalmente. El sociólogo Thorstein Veblen hablaría después de cómo las clases altas muestran su poder a través de gastos ostentosos; pero Dostoyevski ve algo más: también muestran su "bondad" de cara a la galería, para ganar prestigio, sin hacer sacrificios reales.

Pero cuando se encuentran con la bondad verdadera de Mishkin —cuando él trata a la mujer despreciada como a cualquier otra dama, cuando perdona ofensas sin esperar nada a cambio, cuando quiere a las personas sin calcular qué le darán a él—, su verdadera forma de ser sale a la luz: son crueles cuando hace falta para no perder nada, calculan cada paso y sólo son generosos cuando no les cuesta nada.

Hay una escena muy clara al principio de la novela: Mishkin visita la casa de una familia donde todos se tratan con mucha cortesía, pero todo es falso. Gania, un joven que quiere subir de posición, está siendo presionado por su familia para casarse con Anastasia Filipovna: una mujer cuya reputación quedó dañada hace años, pero que ahora tiene una dote muy grande que salvaría a la familia de la ruina. Todos saben que es un negocio, pero todos lo llaman amor y honor. Nadie lo dice en voz alta. Y Mishkin sólo mira: ve que están vendiendo a su propio hijo y ve la humillación de esa mujer que sólo quiere ser tratada como persona. Al decir lo que todos callan, rompe el acuerdo secreto que mantiene ese mundo en pie. Es como cuando todos saben que el rey va desnudo pero nadie se atreve a decirlo: quien lo dice, aunque sea verdad, se convierte en el problema.

Anastasia es quizás el personaje más conmovedor de la novela. De niña fue acogida por un hombre rico que, bajo el pretexto de educarla, la preparó para aprovecharse de ella. Ahora lleva la etiqueta de "mujer perdida" que la sociedad le puso y nunca le quitará: los hombres la desean por su belleza pero la desprecian por su pasado; las mujeres la evitan pero en el fondo le tienen envidia. Está en un lugar intermedio: nadie la ignora, pero nadie la trata como igual. Nadie la respeta como persona... excepto Mishkin. Él ve primero su dolor, no su fama ni su apariencia. Cuando hablan, la trata como a alguien que ha sufrido y merece respeto. Y eso es algo que ella no puede soportar: durante toda su vida sólo han querido algo de ella, así que el amor sincero le parece algo extraño y peligroso. Cuando él le dice que la ama sin condiciones, ella piensa que es lástima; cuando le ofrece casarse con ella en igualdad de circunstancias, cree que se está burlando de ella; cuando le perdona sus malos tratos, piensa que es débil. Por eso elige a Rogozhin: un hombre que la quiere con pasión desbordada y posesiva, alguien que ella sabe que es peligroso, pero que al menos habla el lenguaje que el mundo le enseñó. El amor puro es algo que no ha aprendido a entender.

Muchos de nosotros hemos visto esto: personas que no pueden aceptar una relación tranquila y buena porque han vivido siempre con dolor y engaño; que piensan que ser amable es ser débil, que la calma es aburrida y que si algo no duele, no es real. La sociedad las ha roto tanto que ya no pueden reconocer lo único que podría ayudarlas... y luego las critica por no querer cambiar.

La presencia de Mishkin hace que todos muestren su verdadero carácter. La familia de Aglaya, una de las chicas más distinguidas, al principio lo acepta porque es un príncipe, aunque sea sencillo y humilde. Pero cuando él se pone del lado de Anastasia y dice que merece respeto igual que todos, esa familia empieza a hablar mal de él, a decir que está desequilibrado y que no le conviene a su hija. Y lo hacen convencidos de que están protegiendo a los suyos. Dostoyevski nos muestra que la crueldad de las personas que se dicen buenas es la más difícil de combatir, porque siempre tiene una justificación moral.

Mishkin ve el sufrimiento detrás de cada máscara: ve el miedo de Gania a no ser lo que quiere ser, ve la herida profunda de Anastasia bajo su indiferencia, ve la angustia de Rogozhin bajo su celo. Y lo único que hace es reconocer ese dolor sin juzgar, sin dar consejos innecesarios: "Veo que estás sufriendo; no estás sólo". Pero a veces eso parece una falta de respeto: todos nos esforzamos por mostrar una cara al mundo, y cuando alguien ve más allá sin pedir permiso, aunque sea con la mejor intención, se siente como una invasión. Si tú estás pasando por un momento muy difícil pero tratas de llevarlo adelante, y alguien te dice de repente "no estás bien", aunque sea verdad y te lo diga con cariño, sientes que ha roto un límite que tú pusiste para cuidarte. Mishkin no entiende eso: su compasión surge sola, sin poder evitarla, y por eso muchos terminan rechazándolo, no a pesar de su bondad, sino precisamente por ella.

Y aquí está la verdad más dura de la novela: con toda su bondad, Mishkin no logra salvar a nadie. Anastasia muere a manos de Rogozhin; este último es condenado a trabajos forzados en Siberia; Aglaya se casa con alguien que la engaña y la abandona; Gania sigue en su puesto mediocre, sin cumplir sus sueños; el joven Hipólito, que está enfermo de muerte y dice que la vida no tiene sentido, muere sin cambiar de opinión. Todos a quienes él intenta ayudar terminan mal o se alejan de él. La bondad de una sola persona no puede cambiar estructuras hechas de egoísmo y crueldad.

Dostoyevski rompe con la idea que todos nos gusta creer: que al final la bondad gana, que el amor lo soluciona todo, que basta con ser buena persona para que las cosas salgan bien. La realidad es que puedes hacer todo lo posible por actuar bien y aun así ver sufrir a quienes quieres. La bondad deja de ser una garantía de éxito y se convierte en una elección: decides actuar así aunque sepas que quizás no sirva de nada.

Quien ha vivido unos años sabe bien esto: muchas veces hemos tenido que dejar de lado principios que creíamos inquebrantables, hemos tenido que ser duros o callar cuando queríamos hablar. No por maldad, sino porque hemos aprendido que mantener una conducta totalmente recta tiene un precio muy alto: quedarse sólo, perder oportunidades, sufrir mucho más. Y la mayoría de las veces no estamos dispuestos a pagarlo.

La epilepsia de Mishkin también tiene un significado especial: antes de que le dé un ataque, él siente una claridad y una felicidad tan grandes que dice que daría toda su vida por vivir esos momentos. Pero no sabe si son algo divino o sólo el efecto de su enfermedad. Y Dostoyevski no lo aclara: lo importante es que para llegar a esa forma tan pura de ver la vida, él tiene que pagar con sufrimiento y con perder la razón. Es como si la santidad y la cordura tal como las entendemos no pudieran ir juntas.

Pasa igual con todas las personas que viven según sus principios sin hacer concesiones: los activistas que se desviven por una causa, las personas religiosas que viven con sencillez, los artistas que no cambian su forma de crear por dinero. Siempre hay un costo, y la sociedad los llama soñadores o gente poco práctica. Los admiramos cuando los vemos lejos, pero no queremos ser como ellos.

Hipólito, el joven enfermo, escribe un texto donde dice que si no hay nada más allá de la vida, todo carece de sentido y la bondad es sólo una invención humana. Se lo lee a Mishkin esperando que le diga que está equivocado, pero él no hace discursos: sólo le dice que su dolor es real y que no va a fingir tener respuestas que no tiene. Eso es lo que diferencia la bondad verdadera de la que sólo busca parecer buena: la primera sólo acompaña, no intenta ganar una discurso ni arreglar todo de inmediato.

Durante una fiesta en casa de la familia de Aglaya, Mishkin sufre un ataque en público. Hasta entonces todos lo toleraban como una curiosidad, pero al verlo perder el control, le dan la espalda de inmediato. La sociedad acepta lo diferente sólo mientras sea algo que se pueda mostrar y controlar; cuando la dificultad es real y requiere ayuda de verdad, se aleja. Decimos que todos merecen respeto, pero cuando tenemos que dar tiempo y esfuerzo a quienes lo necesitan de verdad, nos damos cuenta de que ser compasivo es mucho más difícil que poner una publicación en redes sociales.

Cuando Anastasia muere a manos de Rogozhin, todos esperarían que Mishkin se enfade o lo culpe. Pero él se queda junto a él toda la noche, le toma la mano y lo acompaña en su dolor. No hay nadie más para verlo. Y nos preguntamos: ¿es bondad o es locura? ¿Es respeto o es no saber poner límites? Quizás la verdadera empatía siempre parezca extraña para quienes nos hemos acostumbrado a dividir el mundo en buenos y malos. Mishkin ve en Rogozhin a una persona que fue arrastrada por sentimientos que no pudo controlar, no a un monstruo. Entiende que cualquiera de nosotros podría haber estado en su lugar en otras circunstancias. Esa es la comprensión que más asusta: porque si todos podemos hacer cualquier cosa, nadie puede sentirse totalmente seguro de ser mejor que los demás.

Al final, Mishkin regresa al sanatorio, ya sin poder hablar con claridad ni reconocer a los suyos. El intento de vivir con bondad absoluta en este mundo lo ha destruido. La novela no nos da un final feliz: todos siguen con sus vidas, ya sean mediocres o tristes, y nadie sale beneficiado. El mensaje es claro: no se puede tener una vida normal y seguir al pie de la letra los principios más nobles. O nos adaptamos y hacemos concesiones, o nos rompemos.

Entonces surge la pregunta: si no podemos ser perfectamente buenos, ¿qué clase de bondad sí podemos tener? ¿Dónde está el límite entre cuidarnos a nosotros mismos y dejar de ser quienes queremos ser? Dostoyevski no nos da una lista de pasos a seguir. Sólo nos muestra que ser bueno no es algo que se consiga y se guarde para siempre, sino algo que se elige una y otra vez, sabiendo que nos equivocaremos muchas veces. Quizás la única forma honesta de ser bueno es reconocer que también somos capaces de hacer daño, que no tenemos todas las respuestas y que no somos mejores que nadie.

Mishkin no logró salvar a nadie, pero lo intentó. No apartó la mirada del dolor de los demás. Siguió tratando a las personas con respeto aunque no le saliera bien. Y tal vez, en un mundo donde ser totalmente bueno es casi imposible, ese intento sea lo único que podemos hacer. La pregunta no es cómo ser perfecto, sino cómo seguir intentando ser decente aunque sepamos que no nos van a recompensar y que quizás no sirva de nada. La única respuesta que hay es seguir intentándolo, porque dejar de hacerlo sería rendirse ante un mundo que ya tiene suficiente crueldad.

Dostoyevski no resuelve nada: Mishkin está perdido, Anastasia ha muerto, Rogozhin está condenado. Pero la novela sigue estando ahí, y hace que cada uno de nosotros se pregunte por qué es tan difícil actuar bien. No nos da instrucciones, sino que nos hace entender mejor lo complicado que es ser humano. Y quizás en esa comprensión compartida, en reconocer que todos andamos perdidos, esté la única forma real de cuidarnos unos a otros. Dostoyevski no nos da una lección de moral: nos muestra por qué la bondad sincera no suele sobrevivir en la vida real. Y quizás esa verdad sea más necesaria que cualquier consuelo fácil.

Alcoseri 

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