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El Sonido de la Respiración El Nombre de Dios que llevamos en cada aliento Casi sin darnos cuenta, automáticamente respiramos unas 20.000 veces al día, no necesitamos esforzarnos o hacerlo intencionalmente. Pero ¿sabías que, según antiguas tradiciones, enseñanzas esotéricas y reflexiones que se comparten hoy en redes sociales, cada una de esas inspiraciones y espiraciones es en realidad pronunciar el nombre mismo de Dios? Esta verdad oculta conecta la cábala, los misterios antiguos, la sabiduría masónica y las enseñanzas de grandes maestros como Gurdjieff y Ouspensky, y revela que el secreto para comprenderlo todo está simplemente en estar conscientes de nuestra propia respiración. Ahora en esta nueva publicación te presento todo este conocimiento, para que descubras lo que siempre ha estado al alcance de tu mano, o mejor dicho: de tu aliento. Según la doctrina cabalista, el gran misterio ha sido siempre la pérdida del divino Nombre: «LA PALABRA PERDIDA», o más exactamente, el conocimiento de su pronunciación correcta. Para la tradición judía, este nombre estaba formado por cuatro letras hebreas: YOD, HE, VAV, HE, presentado como YHWH —que siglos después se leería comúnmente como Jehová o Yahvé. Se decía que era una Palabra Omnífica: al ser el nombre de Dios, contenía en sí misma el poder para comandar y mover todas las fuerzas de la Naturaleza. Sólo el Sumo Sacerdote podía pronunciarla una vez al año, en el día de Yom Kipur, el día de la purificación, en el interior del Lugar Santísimo dentro del Templo de Salomón. Pero tras la destrucción del Templo y el exilio del pueblo, la forma exacta de decirla se perdió para siempre. Las letras, las consonantes, se conservaron en los textos sagrados; pero los signos de las vocales, imprescindibles para darles su sonido verdadero, se olvidaron. De hecho, el sistema actual de signos vocálicos del idioma Hebreo que usamos hoy fue creado recién en el siglo X d.C., miles de años después de que se escribieran los libros antiguos de la Torá . Y esto no es sólo un dato histórico: es una alegoría profunda sobre la condición humana. Nos dice que, al descender al mundo material y sumergirnos en la existencia física, hemos olvidado nuestra verdadera naturaleza, y sólo conservamos la forma externa, la «cáscara» o apariencia de las cosas —así como quedaron sólo las consonantes, sin la voz ni el espíritu que les da vida. Tanto es así que, incluso al leer las Escrituras, nunca se decía el nombre verdadero. Cada vez que aparecía escrito YHWH, se sustituía en voz alta por Adonai, que significa «mi Señor». De hecho, la palabra moderna «Jehová» es una creación posterior: se formó simplemente colocando las vocales de Adonai entre las consonantes de YHWH, para recordar al lector que debía leer el sustituto y no intentar decir el nombre sagrado. Sin embargo, la tradición siempre mantuvo la esperanza: cree que llegará un tiempo en que recuperaremos esa pronunciación exacta. Y cuando eso ocurra, el ser humano habrá madurado lo suficiente para volver a su origen, capaz de usar ese conocimiento sagrado y despertar las fuerzas divinas que ya habitan dentro de él. Todo este saber está unido a la doctrina del Logos, la Palabra de Dios, explicada maravillosamente por el filósofo Filón de Alejandría y conocida por todos los cristianos desde las primeras frases del Evangelio de San Juan: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios». Pero esta enseñanza no nació aquí: viene directamente de los Misterios antiguos de Egipto, de donde proviene toda esta corriente de sabiduría. Lo más sorprendente es que el verdadero Tetragrámaton —el nombre de cuatro letras— no era sólo una palabra hebrea, ni un conjunto de letras escritas: era algo mucho más antiguo, algo que los iniciados de los grados más altos siempre han guardado como secreto. En la simbología masónica, especialmente en el Rito Escocés, esto se representa en una joya especial que llevan los altos oficiales y dignatarios de la Masonería Azul: es el símbolo de que esa verdad no está escrita, sino que se vive y se conoce. Bajo la antigua alianza, la palabra se perdió; aunque se dijo que se recuperó tras descubrirla en una bóveda secreta bajo los cimientos del antiguo templo, su pronunciación exacta siguió oculta, incompleta, como algo que se vislumbra pero que aún no se alcanza del todo. Pero con la nueva alianza, se añadió una letra más, en el mismo centro: la letra SHIN, cuyo sonido es «sh», símbolo del fuego divino y del Espíritu Santo. Así, el nombre se transformó: de YHWH pasó a ser YHSHWH, que corresponde al nombre de Jesús. Y esto también es una alegoría perfecta: significa que el único modo de recuperar la Palabra Perdida es encontrar al Autentico Cristo Interior, la conciencia divina, en nuestro propio corazón. Sólo entonces recuperamos el conocimiento de ese secreto eterno: el misterio de nuestro propio ser, que ha estado escrito siempre en la «cruz del sacrificio» —la unión de cielo y tierra— y guardado oculto en lo más profundo de cada ser humano. Esta es la esencia de los Misterios Judíos, cuya tradición pasó primero a Roma, luego a las escuelas y colegios antiguos, después a las fraternidades medievales, y finalmente se plasmó en los rituales masónicos del siglo XVIII: en el Sublime grado de Maestro Masón y en todos esos símbolos que hoy conservamos. Y todo esto nos revela algo clave: los tres grados de la masonería son el recipiente que guarda todo lo que queda de los Misterios Mayores y Menores de Egipto, la fuente original de todo conocimiento iniciático. ¿Será el nombre de Dios el sonido de tu respiración? En redes sociales, foros y enseñanzas espirituales, hay una verdad que se comparte y se repite porque es sencilla, hermosa y transformadora: el nombre de Dios no es una palabra extraña, ni difícil, ni lejana: es el sonido natural de tu respiración. El nombre YHWH viene del verbo hebreo hayah, que significa «ser», «existir», «vivir». Es la respuesta que Dios dio a Moisés: «YO SOY EL QUE SOY». Y lo más fascinante: sus letras no tienen vocales, y sus sonidos son todos aspirados, sonidos que se producen simplemente al pasar el aire, sin cerrar la boca ni tocar el paladar. Inhalas: suena suave como Yah… Exhalas: suena profundo como Weh… Así, cada vez que nacemos, lo primero que hacemos es respirar, y al hacerlo, pronunciamos el nombre de Dios. Y lo último que hacemos al morir también es respirar, diciéndolo de nuevo. El Salmo 150:6 lo resume perfectamente: «Todo lo que respira alabe a Yah. ¡Aleluya!». Porque vivir es decir su nombre, aunque no lo sepas. Es el sonido que te da vida, que te sostiene, que está en ti desde siempre. Muchos comentarios en redes dicen: «¡Qué maravilla! No necesito ir a ningún lado ni aprender nada: ya lo digo cada segundo». Pero también agregan: «Sólo falta una cosa: hacerlo atención y con consciencia». ¿Pero qué es exactamente respiración consciente y con Atención según : las enseñanzas de Gurdjieff y Ouspensky? Para decir verdaderamente el nombre, no basta con respirar: hay que estar presente en esa respiración. Y aquí entran las enseñanzas del maestro G.I. Gurdjieff y su alumno P.D. Ouspensky, quienes desarrollaron el llamado Cuarto Camino, un método práctico para despertar de la vida automática y mecánica que solemos llevar. Para ellos, la respiración consciente no es una técnica para modificar, acelerar o profundizar el aire —eso lo dejaban claro desde el principio: alterar el ritmo natural puede dañar al cuerpo y confundirlo. Su enseñanza es distinta y mucho más profunda: No se trata de respirar diferente, sino de observar cómo respiras. Debes poner toda tu atención en el aire que entra y sale, sin forzar nada, tal como sucede. Esa simple atención rompe la costumbre de vivir «en piloto automático» y te hace estar aquí y ahora. La división de la atención: la clave del recuerdo de sí. Ejercicio central: divides tu atención en tres puntos al mismo tiempo: Sientes cómo entra y sale el aire. Mantienes activa tu mente, tu pensamiento claro. Pones tu conciencia en el centro del cuerpo, en el plexo solar. Así, dejas de ser sólo cuerpo o sólo mente: te vuelves un ser completo, consciente y unido. Esto es lo que llamaban «acordarse de sí mismo», despertar del sueño en el que vivimos la mayor parte del tiempo. Respirar conscientemente = pronunciar el nombre con verdad. Aquí se une todo: sólo cuando respiras con plena atención, estás diciendo el nombre de Dios tal como debe ser dicho. Porque la palabra sagrada no es sonido vacío: es presencia, es vida, es consciencia. Respirar sin atención es sólo mover aire; respirar con atención es invocar la presencia divina que eres tú mismo. Como decía Gurdjieff: «Me enseñaron los Sufíes a respirar… ¿Te parece poco?». Porque todo el conocimiento, todo el poder y todo el misterio están ahí, en ese simple acto que haces cada instante, pero que casi nunca miras. El Templo, la Palabra Perdida, el secreto de los iniciados, el nombre de Dios… nada está lejos, nada está oculto ni perdido. Todo está aquí: en tu respiración. Cada vez que respiras con atención, reconstruyes el templo dentro de ti, recuperas la palabra perdida y te unes a todo lo que existe. No necesitas buscar en libros antiguos ni viajar lejos: sólo necesitas recordar estar presente, aquí y ahora, en cada aliento. ¿Te has dado cuenta antes de esto? ¿Vas a empezar hoy mismo a respirar con atención, sabiendo que estás pronunciando el nombre de Dios? ¡Cuéntame tu experiencia! Alcoseri