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¿Cómo llevamos las ideas masónicas a la práctica? Vivimos en un tiempo de cambios profundos, donde las certezas de ayer se desvanecen y las estructuras que dieron forma a la sociedad durante siglos muestran grietas cada vez más grandes. Pero, ante todo, enfrentamos una pregunta fundamental: ¿cómo hacer realidad los principios que la Masonería ha defendido desde hace siglos —libertad, igualdad, fraternidad, razón— en un mundo que, en su mayoría, sólo parece entender el lenguaje del dinero y el poder? No hay respuestas sencillas, ni soluciones mágicas: como bien se sabe, nada valioso se obtiene sin esfuerzo, y no existe "comida gratis" ni para individuos ni para naciones. Lo que sí es evidente es que el mapa político y social se está reconfigurando de manera irreversible. La izquierda, tal como la conocimos durante el siglo XX, pierde terreno día a día, sus propuestas pierden fuerza y su capacidad de convicción se debilita. En medio, el llamado "centro" no es más que un espacio inestable: el hilo del equilibrista, donde nadie se siente completamente cómodo ni representado, y donde las decisiones suelen ser tímidas o carentes de visión. Por otro lado, la tendencia dominante se desplaza hacia la derecha —y esto no es una opinión, sino una realidad que se percibe en todos los rincones del planeta—. Sin embargo, esta derecha no es un bloque unido ni virtuoso: se ha convertido en un sistema donde sólo quienes tienen recursos pueden aprovechar los beneficios de la globalización, mientras que la mayoría queda al margen, excluida de sus ventajas. Pero este escenario también tiene sus contradicciones fatales. Junto con la caída gradual pero ineludible de la izquierda —incluida esa "izquierda disfrazada" que se esconde detrás de discursos nobles pero prácticas interesadas—, la derecha también está condenada a transformarse o desaparecer. Porque hoy manipula la realidad con el poder del dinero, convencida de que su camino es el único válido; pero lo que ignora es que su propio modelo lleva dentro las semillas de su propia destrucción. Y el neoliberalismo, que durante décadas se presentó como la fórmula definitiva para el progreso, no escapa a esta regla. Su fundamento teórico se basa en la idea del "libre mercado y la competencia", que supone la existencia de múltiples actores que luchan en igualdad de condiciones. Pero lo que vemos en la práctica es muy diferente. Lo que se ha llamado "Nueva Economía del Siglo XXI" —un nombre nuevo para disfrazar las mismas viejas prácticas— favorece cada vez más los monopolios naturales, las grandes corporaciones que dominan mercados enteros, los oligopolios que fijan precios y condiciones a su antojo, y los cárteles que actúan como verdaderos gobiernos privados. Se habla de "productividad" y "reducción de costos", pero lo que esto ha traído es la concentración extrema: grandes complejos industriales donde, desde una misma línea de producción, salen productos idénticos que luego se venden con marcas diferentes, haciéndonos creer que hay elección cuando en realidad no la hay. El resultado es paradójico: el mismo sistema que promete mayor libertad y oportunidades termina reduciendo la cantidad de competidores, eliminando puestos de trabajo y creando brechas cada vez más amplias entre quienes tienen y quienes no. La exclusión no es un efecto secundario, sino su consecuencia inevitable. Tanto es así que incluso figuras clave como Alan Greenspan, uno de los máximos defensores de este modelo durante décadas, terminó reconociendo que no lograba entender cómo funcionaba realmente, ni cómo resolver sus fallas. La contradicción es tan evidente que terminará por derrumbar este sistema, tal como ha sucedido con todos los modelos que han puesto el beneficio por encima de la dignidad humana. Quizás la izquierda se da cuenta de este vacío, o al menos percibe que su época de predominio se acaba, y trata de ocupar espacios que antes le eran propios. Pero el problema es que, hoy en día, el dinero manda sin oposición: como dice el refrán, "poderoso caballero es don dinero", y sus reglas parecen ser las únicas que importan. Sin embargo, hay una fuerza más poderosa que el oro: la modernidad y la tecnología. La globalización es un proceso imparable, que nadie puede detener, y que cambia la forma en que vivimos, pensamos y nos relacionamos. Y esto no es algo pasajero: es un cambio generacional, profundo y permanente. ¿Podemos seguir vendiendo a las nuevas generaciones las mismas consignas de la izquierda que ya no responden a la realidad? Quizás a los jóvenes que están por terminar sus estudios todavía se les pueda convencer, pero muchos de los mejores y más brillantes terminan siendo absorbidos por la derecha: se les ofrecen sueldos cómodos, condiciones de vida aceptables y la promesa de seguridad, todo a cambio de que acepten el sistema tal como es y se queden callados. Pero ¿hasta cuándo durará esto? No mucho tiempo, creo yo. Sólo hasta que la globalización mercantilista, construida sobre los cimientos del neoliberalismo, deje de sostenerse. Sólo hasta que instituciones como la Organización Mundial del Comercio, el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo y el Fondo Monetario Internacional se vean obligadas a cambiar —y ese cambio es urgente, inminente y necesario—. Pero la pregunta crucial es: ¿hacia dónde cambiaremos? ¿Será que sólo veremos el rescate de la derecha, del neoliberalismo y del dólar como moneda dominante? Esa es la tendencia más fuerte hoy, sin duda, porque allí se encuentran los poderosos, los dueños de grandes fortunas y los funcionarios bien pagados que dirigen esas instituciones internacionales, los representantes de los bancos centrales y los ministerios de economía de todo el mundo. Pero si ese es el único escenario posible, el futuro es sombrío. Por eso es fundamental que participen otras voces, otras visiones y otros valores en este debate histórico. Si no, el resto de la humanidad quedará afuera, observando desde lejos las decisiones que determinarán su destino. Pero no debemos quedarnos ahí con banderas antiguas, ni con discursos que ya no convienen. Nuestra bandera debe ser la de la Globalización Sustentable: una propuesta que no excluye a nadie, que no condena a nadie, ni siquiera a quienes hoy ocupan posiciones de poder. Al contrario, ellos también serán actores fundamentales, pero con una condición indispensable: deben abandonar su mentalidad puramente mercantilista y especuladora, para adoptar una nueva forma de pensar, basada en la responsabilidad, el compromiso y la construcción de bienestar común. La globalización no debe ser un equilibrio perverso, donde unos ganan todo y otros pierden todo. Debe ser un equilibrio virtuoso, donde el progreso de uno sea el progreso de todos. Y esta propuesta de Globalización Sustentable es, en esencia, una visión masónica liberal: busca reemplazar el viejo paradigma del "libre mercado de la competencia" —que divide y excluye— por el del "libre mercado de la cooperación", o lo que podríamos llamar "cooperación competitiva". Un modelo que no deja a nadie fuera, que reconoce el valor de cada ser humano y que pone la riqueza al servicio de la vida, y no al revés. Pero este cambio no sucederá sólo, ni por arte de magia. Requiere, ante todo, transformar la educación. La educación masónica liberal tiene un papel central aquí: debe formar hombres y mujeres capaces de entender estas nuevas realidades, de pensar más allá de los intereses inmediatos y de actuar con visión de futuro. Es un trabajo que llevará generaciones, sin duda, porque cambiar mentalidades es mucho más difícil que cambiar leyes o gobiernos. Pero no podemos esperar más: los masones debemos empezar hoy mismo, ya, a promover estos cambios de paradigma fundamentales. Porque, como dice el dicho, "la oportunidad no se espera, se crea". Y aquí surge otra pregunta clave: ¿cuáles son los fundamentos técnicos de la izquierda actual? Si no los hay, si sus propuestas no se basan en análisis sólidos ni en comprensión profunda de cómo funciona el mundo, entonces no tienen viabilidad. Ningún modelo político, económico o social puede sostenerse a largo plazo si no se apoya en la realidad, en la razón y en el bienestar colectivo. Lo que debemos entender de una vez por todas es que la verdadera riqueza no está en el dinero acumulado ni en los bienes materiales. Está en los seres humanos —su inteligencia, su capacidad, su creatividad— y en los recursos naturales que son la base de toda actividad productiva. Si seguimos creyendo en la falsa idea de que "dar dinero a los pobres es la solución", sin atacar las causas profundas de la desigualdad, aprenderemos la lección demasiado tarde: cuando el planeta se esté agotando, cuando los recursos se acaben y cuando la vida tal como la conocemos esté en peligro. ¿Es eso lo que queremos? Lo que hemos presentado hasta aquí es sólo la punta del iceberg. Hay mucho trabajo realizado, muchas reflexiones profundas y mucho camino recorrido. Pero queda aún más por hacer, y muy poco tiempo para hacerlo realidad. El Nuevo Orden Mundial no es una amenaza lejana: es una necesidad urgente, y depende de nosotros —de los masones, de todos los hombres y mujeres de buena voluntad— darle la forma que debe tener: una forma basada en la libertad, la cooperación y la sustentabilidad. ________________________________________ Como masón , y basándome en la reflexión compartida, quiero proponer tres ejes fundamentales para que estas ideas lleguen a todos los hermanos y se conviertan en acciones concretas: 1. Recordar que la Masonería es, ante todo, una escuela de pensamiento y de vida Nuestra orden no es un partido político ni una institución económica, pero tiene algo más valioso: principios y valores que pueden transformar cualquier actividad humana. Debemos recordar siempre que nuestro trabajo empieza por educarnos a nosotros mismos: estudiar, reflexionar y comprender cómo funcionan el mundo y la sociedad, para luego poder actuar con conocimiento y responsabilidad. Como suele decirse: "No se puede enseñar lo que no se sabe, ni guiar a otros si uno mismo no sabe hacia dónde va". Sólo si somos capaces de entender las contradicciones del mundo actual, podremos proponer soluciones verdaderas. 2. Transformar la forma en que entendemos la riqueza y el éxito Hoy en día, se nos enseña que el éxito se mide por la cantidad de dinero que tenemos o la posición que ocupamos. Como masones, debemos ser portadores de una nueva definición: el verdadero éxito es la capacidad de vivir con dignidad, de contribuir al bienestar de los demás y de dejar un mundo mejor que el que encontramos. Debemos demostrar con el ejemplo que se puede ser próspero sin ser egoísta, que se puede tener poder sin abusar de él y que se puede competir sin destruir a los demás. Esto es lo que significa la "cooperación competitiva": buscar el propio progreso, pero siempre de manera que también avance el conjunto. 3. Trabajar desde adentro para cambiar las estructuras, sin caer en el rechazo o la violencia El cambio verdadero no se logra alejándose de la realidad ni atacando lo que existe, sino participando en ella y transformándola. Los masones debemos estar presentes en todos los ámbitos de la sociedad: en la política, en la economía, en la educación, en la cultura. No para imponer nuestra voluntad, sino para aportar nuestra visión, nuestros valores y nuestra capacidad de análisis. Debemos ser la voz que recuerda que hay cosas más importantes que el dinero, que hay valores que no tienen precio y que el progreso sólo es real si incluye a todos. Estas son las ideas que pueden unirnos y guiarnos. El camino es largo, pero el tiempo apremia. Pero, como siempre hemos dicho: "Lo que uno sólo no puede lograr, muchos unidos lo harán posible". Y la Masonería, con su historia, sus principios y sus mujeres y hombres, tiene la fuerza necesaria para llevar a cabo esta gran tarea. Alcoseri