La Terrorífica Historia de un Masón que se transformó en un Ave del infierno
En el seno de nuestra Orden, sabemos que la Iniciación no es un fin en sí misma, sino un umbral sagrado. Abre puertas que conectan con fuerzas ocultas, pero no garantiza por sí solo la rectitud del corazón. La Luz que recibimos puede iluminar el camino del bien, o, si la voluntad se desvía y el deseo propio se impone a la Ley Universal, convertirse en sombra que consume al que la maneja. Porque el poder sin virtud no eleva: corrompe.
En muchos Hermanos masones, al cabo de un tiempo, no se activa en ellos aquello que debería ser positivo y constructivo. Me consta, y seguramente les constará a otros tantos Hermanos que han observado con atención, cómo un buen masón, dedicado y comprometido en un principio, puede tornarse poco a poco en un ser negativo, maligno y, lo que es más inquietante, dotado de ciertos poderes que podríamos llamar sobrenaturales.
Creo —y así lo confirman las enseñanzas de muchas escuelas esotéricas— que, tras cierto tiempo, el discípulo que ha accedido a los secretos de la Orden iniciática a la que pertenece puede decidir, por su propia cuenta y riesgo, utilizar esos conocimientos no en beneficio de la Humanidad, como es su deber, sino de forma egoísta, para satisfacer sus pasiones o imponer su voluntad. Relatos como este se han transmitido a lo largo de los siglos y, aunque parezcan extraños, ejercen sobre nosotros una atracción inevitable, como si nos advirtieran de un peligro latente.
El siguiente relato es sólo una parte de la historia de un francmasón cubano que residió en Monterrey, México, a mediados del siglo XX, y que logró ascender en el conocimiento gracias al estudio de ciertos aspectos del Ocultismo Masónico. Todo esto me lo refirió un buen Hermano francmasón, quien fue testigo directo de parte de estos hechos extraordinarios —y, hay que decirlo, verdaderamente terroríficos—; el resto se lo contó el propio Hermano cubano.
Por mi parte, no deseo llevarme a la tumba todos estos relatos sorprendentes ni las experiencias que he vivido a lo largo de tantos años. Por eso, poco a poco, iré compartiendo con ustedes estas historias, tal como hago ahora.
El que me contó este suceso era un viejo masón, y lo hacía con una seriedad y una honestidad que no admitían dudas. Ya no está entre nosotros; hoy ocupa su lugar en la Columna del Oriente Eterno.
Me contó que supo que aquel Hermano francmasón cubano yacía en el Lecho del Dolor, y decidió visitarlo para darle socorro Masónico. No comprendía cómo, de un día para otro, podía encontrarse en tal estado de gravedad, pues apenas horas antes lo había visto caminar con paso firme, rebosante de salud y energía.
Al llegar a su casa, lo recibió la esposa, agotada tras haber velado y cuidado a su marido durante toda la noche. Pero al saber que eran buenos amigos, y que además el Hermano que llegaba era un médico de gran prestigio, le franqueó el paso.
Lo que vio a continuación fue la mayor sorpresa de su vida. El Hermano no parecía enfermo por dolencia natural, sino cubierto de golpes, contusiones y moretones que le recorrían prácticamente todo el cuerpo, como si hubiera luchado contra una fuerza descomunal. Alarmado, se inclinó y le preguntó:
—¿Qué te ha sucedido? Esto no tiene nada de normal.
Entonces, el francmasón, con voz entrecortada y llena de amargura, le explicó:
—Tú, que eres mi vecino, debes haber notado que hace tres días apareció en este barrio un ave enorme, de plumaje blanco como la nieve, que daba vueltas y se posaba en lo alto de los árboles. Pues bien, algunos vecinos, llenos de curiosidad y miedo, comenzaron a lanzarle piedras; niños y adultos se unieron para golpearla, hasta dejarla casi sin fuerzas. Pero, de forma increíble, consiguió alzar el vuelo y escapar.
El masón mexicano asintió, recordando el alboroto de aquel día en la calle de Juan Ignacio Ramón:
—Sí, lo recuerdo perfectamente; todo el barrio hablaba de ello.
—Pues bien —continuó el Masón cubano, con una mirada que parecía mirar más allá de las paredes—, esa ave blanca y grande... era yo. Y te advierto: aquellos que me hirieron pagarán caro su acto. Pronto sentirán el peso de mi maldición.
El relato concluye aquí, pero el Hermano que me lo contó añadió con solemnidad:
—Y lo que pronunció se cumplió tal cual. Uno tras otro, aquellos que arrojaron piedras cayeron enfermos y murieron en poco tiempo. Y lo más terrible de todo: cada golpe y cada herida que recibiera el ave se plasmaron, como por magia oscura, en el cuerpo del Hermano, dejándolo marcado y sufriendo tal como lo vimos.
Así es como el poder que debía servir para elevar el espíritu, cuando se desvía del camino de la Ley, se convierte en cadena, en dolor y en una sombra que persigue a quien se atreve a cruzar los límites sagrados.
Alcoseri
