Masoneria y Satanismo
Escrito por:Sigfredo Fuentes
(Mensaje original) Enviado a el Foro Secreto Masónico el :
15/12/2006
http://groups.google.com/group/secreto-masonico/browse_thread/thread/f24022064b71b294
"La leyenda que habla de la masonería como de una Academia Satánica se
remonta a los últimos años del siglo XIX, y tiene su origen en una
tremenda impostura llevada a cabo por un señor que se hacía llamar Leo
Taxil, seudónimo de quien realmente fue Gabriel Jogand Pagés, un
francés nacido en 1854 en el barrio del Puerto Viejo de Marsella.
Vista con el obligado desapasionamiento que el sentido común exige, la
historia es tan jugosa que debemos considerarla como una auténtica
obra maestra de la mixtificación de todos los tiempos; y a su autor,
como un verdadero genio del engaño, y hasta como un cachondo y un
humorista. Como tantos otros célebres estafadores, Taxil debió de ser
un hombre con bastante talento, un profundo conocedor de la estupidez
humana y un agudo observador de las miserias del hombre. Éstas son las
tres virtudes que deben tener todos los farsantes, pues sin ellas
nunca podrían localizar a una víctima entre una concurrencia. Con un
simple golpe de vista, el embaucador reconoce enseguida al pardillo
que ha de ser limpiado. La víctima lleva en la cara su propia ñoñería
y su propio fanatismo, esa retorcida inocencia tan emperifollada, esa
credulidad insana que le lleva a pensar que todo cuanto le dicen es
cierto. Y a eso se agarra el sablista. Veamos cómo. El último tercio
del siglo XIX fue una época convulsa en muchos sentidos y, por tanto,
muy propicia para el medro de los timadores. No olvidemos que son los
años del positivismo, que considera a la metafísica y la teología como
sistemas de conocimiento imperfectos o inadecuados; son los años del
naturalismo y, sobre todo, son los años del determinismo biológico de
Charles Darwin y del determinismo económico de Karl Marx. Todas estas
corrientes de pensamiento van a provocar un arraigado sentimiento
anticlerical en la sociedad, que junto a las tensiones políticas y las
malas condiciones de vida, producen una bomba de rencor y odios
profundos hacia la Iglesia Católica, como uno de los pilares
fundamentales en los que se asienta la sociedad. Uno de los eslóganes
más famosos y repetidos de esos años era éste: “¡El clericalismo, he
ahí el enemigo!” En tales condiciones, es lógico que un arribista del
talento de Taxil viera en ello una oportunidad muy jugosa para medrar.
Se comprenderá cuál fue su razonamiento por aquel entonces: ¿Cuál es
el fanatismo que mueve a las gentes en la actualidad? ¿Cuál es ahora
la moda? ¿El Anticlericalismo? Bien, seamos entonces anticlericales.
Una vez captado el lado comercial del asunto, Leo Taxil montó una
Librería Anticlerical y comenzó a publicar libelos contra la iglesia y
ensayos combativos que hicieron las delicias del fanatizado público
que estaba contra todo lo que sonara a religión, y nuestro hombre se
hizo de oro con títulos tan sugerentes y tendenciosos como: ¡Abajo los
curas!, Las sotanas grotescas, Las pícaras religiosas y Los amores
secretos de Pío IX. Por supuesto, no han faltado los historiadores que
consideran que todos estos títulos son obra de una perversa conjura
masónica, atribuyéndole a Taxil la condición de masón, e incluso de
furibundo adepto, miembro del Gran Oriente de Francia. Yo no he
encontrado en los historiadores serios de la Orden ninguna referencia
a la supuesta masonería de Taxil, pero todo podría ser. De acuerdo,
qué más da; concedámoslo. Leo Taxil era masón y por eso escribió lo
que escribió. Sigamos. Como todos sabemos, las modas no suelen durar
demasiado, son caprichosas y aparecen y desaparecen con facilidad, van
y vienen como las olas, y muy pronto disminuyó el rencor anticlerical.
Para 1885, el filón se había prácticamente agotado entre las clases
medias y el negocio disminuyó considerablemente. El 20 de abril de
1884, como hemos visto anteriormente, el Papa León XIII había
promulgado una nueva bula contra la masonería, la encíclica Humanum
genus, y la atención de los fanáticos de siempre pasó de estar
concentrada en la Iglesia Católica para estarlo ahora en la
Institución masónica, identificada con los fines del naturalismo, de
carácter maligno según la curia vaticana. ¿Cuál era ahora la moda que
se imponía? ¿Dónde estaba ahora el negocio? ¿En la masonería?
Perfecto: escribamos, entonces, contra los masones. Inmediatamente,
Taxil se arrepintió de todos sus pecados anteriores y volvió al seno
de la Iglesia. Su conversión fue muy sonada, pues desde ese momento
comenzó a publicar una serie de libros contra la francmasonería, como
años antes lo había hecho contra el clero, con títulos igual de
originales: Los Hermanos Tres puntos, Las Hermanas masonas, Los
asesinatos masónicos y otros tantos, a los que después se unieron los
de otros autores relacionados con Taxil, que escribieron obras tan
simpáticas como La masonería luciferina, La mano del diablo o la
masonería, Satán y Cía, y uno con ínfulas filosóficas titulado La
Francmasonería, sinagoga de Satán. Según Taxil, ahora los masones eran
adeptos del diablo, esclavos de Lucifer, brujos enmascarados y con
delantales que ofrecían sacrificios humanos y asesinaban a los niños.
En las logias femeninas, claro, se practicaban la pornografía y la
prostitución, y los rituales masónicos estaban inspirados por el
demonio. A todo este culto demoníaco se le llamó “Paladismo” y, para
sostener la farsa, Taxil y sus colaboradores se inventaron, en Las
hermanas masonas, la figura de una Gran Maestra del Paladismo llamada
Sophia Walder, que además, y se dice pronto, era la bisabuela del
Anticristo. Aunque todo esto parece una coña, la verdad es que la
gente se lo creyó a pies juntillas, y tan perfecta era la
mixtificación montada por Taxil, que incluso surgieron seguidores del
Paladismo en otros países, sobre todo en Estados Unidos, donde
entraron en contacto con las sectas creadas a partir de las teorías
ocultistas del famoso Albert Pike, un adorador de Satanás que en sus
años mozos también habría coqueteado con la masonería, por supuesto.
Toda esta campaña de desprestigio contra la masonería le proporcionó
una enorme notoriedad a Taxil, además de unos importantes dividendos,
llegando incluso a ser recibido en una audiencia personal por el Papa
León XIII, quien lo felicitó efusivamente por la labor que estaba
realizando. Pero no acaba aquí la historia. Leo Taxil se sacó de la
manga a otra importante Paladista, llamada esta vez Diana Vaughan, que
era hija de un demonio llamado Bitru, y que había sido entregada
sexualmente, con tan solo diez años, al famoso demonio Asmodeo, aquel
del que se habla en el Libro de Tobías del Antiguo Testamento. Pues
bien, el tal Asmodeo le concedió a la señorita Diana Vaughan un poder
extraordinario, que ella utilizó para ser una fecunda escritora. Salió
al mundo y comenzó a predicar la buena nueva del Paladismo, y en una
de éstas se encontró con Taxil que, como editor, le propuso publicar
sus memorias con el título de Memorias de una Paladista, que salió
bajo la lucrativa forma del fascículo mensual entre 1895 y 1896. La
cuestión llegó a tal grado de exaltación y tal paroxismo que incluso
uno de los órganos oficiosos del Vaticano, la Civilta Cattolica, llegó
a felicitar por escrito, a través de Taxil, a Diana Vaughan, ahora
considerada una noble combatiente de la verdad por cuanto estaba
revelando sobre las supuestas intenciones satánicas del Paladismo y,
por extensión, de la masonería. Todo el mundo quería conocer a Diana
Vaughan. Su celebridad en la época podría compararse a la de un
futbolista de los tiempos presentes. Y cuando la Vaughan hizo un
jugoso donativo a la Iglesia para ganarse aún más su amistad, el
cardenal Parochi de Roma le envió su bendición apostólica en nombre de
León XIII. Por fin, con el donativo de la antigua paladista se montó
en la ciudad de Trento, en septiembre de 1896, un Congreso
antimasónico al que asistieron importantes delegaciones de todos los
países europeos, entre las que destacaron las delegaciones de Austria
y Francia, pero también las de Hungría, Alemania y, por supuesto,
España, que llegó a mandar, entre los asistentes, al pretendiente al
trono español, uno de los célebres impulsores de las guerras carlistas
en el país, el llamado Carlos VII, que fue recibido con honores
reales. Por supuesto, el protagonista indiscutible durante aquel
Congreso antimasónico fue Leo Taxil, que tanto había contribuido a la
causa. Eso sí, por parte de la delegación de Alemania, dirigida por
monseñor Gratzfeld, hubo ciertos reparos, al considerar, con muy buen
sentido, que todo el tinglado montado por Taxil era un fraude, y
exigir una prueba concluyente de la existencia de Diana Vaughan, que
no se había presentado en el Congreso tal y como todos habían estado
esperando. Cuando Taxil intervino en la tribuna de los oradores,
resolvió la cuestión mostrando a la concurrencia una foto en la que
aparecía una señora que él identificó con Diana Vaughan. Pues bien,
después del lógico revuelo, los católicos alemanes continuaron con su
enérgica oposición, y exigieron que se esclareciera totalmente este
asunto nombrando una Comisión que investigara a Taxil y a la célebre
paladista. Pero el caso se cerró, como otras tantas veces, con una
sentencia salomónica: ni a favor ni en contra, todo estaba en el aire
y todo podía ser. Sin embargo, pocos meses más tarde, el 19 de abril
de 1897, y para asombro del mundo, Taxil convocó una asamblea en la
Sociedad Geográfica de París. Supuestamente iba a dar una conferencia
sobre el culto paladista, pero lo que ocurrió realmente, sin previo
aviso, fue una sorpresiva confesión de que todo aquello había sido una
tremenda impostura, y que durante doce años había estado engañando a
la Iglesia Católica de un modo formidable, llevando a cabo la más
portentosa mixtificación de todos los tiempos, al haber conseguido dar
una apariencia de realidad a lo que no era más que una invención, pues
la tal Diana Vaughan nunca había existido. El relato que hizo Taxil
durante la conferencia no tiene desperdicio. Para que el lector se
haga una idea de los términos con los que se dirigió a su expectante
público, entresaco ahora algunos párrafos memorables. Vean ustedes
mismos si no es para quitarse el sombrero: “Tal vez, tras estas
explicaciones, cuya hora finalmente ha sonado, esos colegas católicos
no cesarán en sus ataques ante mi pacífica filosofía; pero si mi buen
humor, en lugar de clamarles, les irrita, les aseguro que nada me hará
abandonar esa placidez de alma que he adquirido desde hace doce años y
en la que soy infinitamente feliz”. “Todos sabemos juzgar lo que es
serio, y lo examinamos con la gravedad necesaria, sin cólera; pero no
nos enfademos cuando el hecho que se nos somete es ante todo
divertido. Más vale reír que llorar, dice el proverbio”. O esta otra,
dirigida a los sacerdotes presentes, verdadera obra maestra del
sarcasmo: “No os enfadéis, mis reverendos Padres, reíd más bien de
buena gana, al saber hoy que lo que ocurrió es exactamente lo
contrario de lo que habéis creído. No hubo, en modo alguno, ningún
católico que se dedicara a explorar la Alta Masonería del palladismo.
Sino al contrario, hubo un librepensador que para su provecho
personal, en modo alguno por hostilidad, vino a pasearse por vuestro
campo, no durante once años, sino doce; y... es vuestro servidor”. Que
Leo Taxil fue un cínico consumado y un sinvergüenza sin escrúpulos, no
puede negarlo nadie. Que no carecen de sentido del humor sus palabras,
tampoco. Personalmente, me parece una brillante autoridad en el noble
arte de tomar el pelo. Supo ver el lado risible del asunto y eso basta
para que el personaje me parezca simpático. Se dio cuenta de los
distintos intereses creados alrededor del asunto de la masonería y los
utilizó en su propio beneficio. Le presento mis más rendidos respetos
por ello. Así son las cosas de este mundo. Mientras jugó a contar la
historia como a una de las partes implicadas le interesaba que fueran
y no como realmente eran, se ganó la estima y consideración de esa
parte. En cambio, cuando descubrió el montaje y contó por fin la
verdad, o simplemente su verdad, se granjeó la animadversión de todos.
¡Porca miseria! Pero éstos son los riesgos que a menudo corren la
lucidez y la independencia, y todo aquél que sepa, como en su vida Leo
Taxil, y lo diré parafraseando a otro genio, que el fraude es la vida
del comercio, el alma de la religión, el cebo que se utiliza en
cualquier cortejo y la base de todo poder político. Por supuesto, y
finalmente, se montó un escándalo monumental, y comenzaron a
publicarse libros sobre el caso Taxil, con interpretaciones varias,
opuestas, contradictorias y realmente divertidas, por lo
desconcertadas ante un fraude tan perfecto. Cómo no, los partidarios
de engordar la leyenda negra de la masonería, menos simpáticos que el
propio Taxil, tienen su propia versión de los hechos. No aceptan lo
evidente, que todo fue una astuta bribonada y punto, y que la historia
de los hombres está preñada de episodios similares. Se resisten a
creerlo y se empeñan en continuar aceptando las fantasmadas. Hay dos
posturas mayoritarias entre los detractores de los masones a este
respecto. Según los más ingenuos, aunque es verdad que Taxil fue un
embustero que se había reído de la Iglesia Católica, su última
actuación fue como lanzar un balón fuera, y, esencialmente, todo lo
que contaba era verdad. Según los más fanáticos, la historia inventada
por Taxil es rigurosamente verídica, y su confesión última se debió a
una conjura masónica que conspiró contra él coaccionándolo para que se
retractara de todo lo dicho durante años. Pues bueno. Pues vale."
Saludos Fraternales Sigfredo Fuentes
Nota:
La Masonería no se presta a la interpretación subjetiva, sino que
existen textos donde se basan mis observaciones, y las cuales plasmo
en mis post; como lo he dicho antes no son meras apreciaciones mías,
no es que de pronto se me ocurriera vincular o desvincuar al
Satanismo con la Masonería o viceversa, de hecho esto no es mío, lo
he sustraído de los Grandes Libros Masónicos. Es verdad
autodenominarse masón es un atrevimiento, en Masonería se nos enseña a
no hacerlo de impulso propio –, pero son tantos años de pertenecer a
esas escuelas masónicas que de pronto olvido las reglas más básicas.
Para muchos llegar al nivel de Verdadero Masón es una aspiración que
muy pocos pueden alcanzar. Lo mismo para llegar algún día a ser
realmente masón es por el reconocimiento de otros muchos masones. En
ocasiones ignoramos, el efecto de “Impacto” tanto en el mundo profano
como en el Masónico – y los sentimientos de gran influencia que nos
despiertan ciertos libros sobre masonería , son el motivo que de
pronto veamos una intensa luz que a menudo nos deja más que
perplejos.
Por otro lado: Los escritos de apertura mental hacia todos los puntos
que nos expone el propio Jalaluddin Rumi, así como el Libro “Los
Sufis” de Idries Shah donde vincula a la Masonería con el Sufismo,
siendo este libro el más leído de todos los tiempos en cuanto a
sufismo se refiere (un autentico Bestseller en materia Islámica) el
libro obligado para cualquier estudioso de sufismo islámico. Así, el
sufismo se presenta como una autentica acusación contra el dogmatismo
islámico, y es por ello del encono con cual se me atacan los
fundamentalistas islámicos de este foro. Rumi el Sufí, alguna vez
dijo: ¿Cómo tiene que ser tratado esto, Oh Musulmanes? , pues yo mismo
no me conozco argumenta Rumi; pues no soy ni cristiano, ni judío, ni
adorador del fuego, ni mucho menos musulmán, ni oriental, ni
occidental, ni de la tierra ni del mar, ni de este mundo ni del
siguiente; ni del Cielo ni del Infierno,,,, mi lugar es sin lugar. Mi
meta no tiene meta. .. No hay cuerpo, ni hay alma; pues yo procedo del
Alma de las Almas. Aquí Rumi, si bien aparentemente lineal en la
expresión , el efecto es devastador y escandaloso para un musulmán de
Mezquita que pretenda adentrase en las profundidades insoldables del
sufismo.
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