Estudio Esotérico de la Masonería

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Alcoseri Vicente

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Jan 8, 2026, 10:46:12 PM (22 hours ago) Jan 8
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Estudio Esotérico de la Masonería
Imagina un sistema que te retira la venda que cubre tus ojos , y puedes ver la realidad, es como  un susurro divino que te invita a despertar. ¿Estás listo para atravesar la jungla de lo cotidiano y descubrir el sendero oculto? La masonería no es sólo un conjunto de rituales antiguos; es una danza viva con el universo, un puente entre el hombre y la divinidad. Sus prácticas, ancladas en los principios de la ciencia esotérica, guían al ser humano hacia la Luz Consciente, esa iluminación que transforma la mera existencia en un viaje eterno de evolución.
Tras estudiar los elementos fundamentales del hombre y el cosmos —como se explora en Logias—, ahora poseemos las herramientas esenciales para adentrarnos en la masonería. Esta tradición trasciende los límites de la ciencia académica positiva, adentrándose en un vacío intencional, una muralla ilusoria que actúa como filtro iniciático. Cruzarla demanda esfuerzos titánicos, incluso superesfuerzos, que varían según la formación del espíritu de cada masón. Las barreras se vencen mediante estudios teóricos y prácticas rigurosas, integradas en un programa preciso.
Ahora, exploremos la masonería desde su ángulo filosófico y esotérico, partiendo de las reflexiones en logia. Allí, el ser humano se compara con una célula en el vasto organismo de la vida terrestre. Sujeto a la Ley General que rige el mundo profano, sólo escapa a ella para abrazar la Ley de Excepción. No percibimos cuán atados estamos a esta fuerza que nos inmoviliza, limitando nuestra libertad de acción. Si vivimos "como todo el mundo", confinados en parcelas profanas, ignoramos su existencia. Pero al aventurarnos en lo esotérico masónico, esta fuerza despierta obstáculos para regresarnos a nuestro "lugar".
En las Sagradas Escrituras, esta ley se menciona repetidamente, especialmente en relación al trabajo esotérico. Jesús advierte: "El hombre tendrá por enemigos a los de su propia casa", y "un profeta es despreciado en su patria, entre sus parientes y en su casa". Si no logra "calmar" directamente al aspirante, actúa indirectamente a través de sus allegados, invocando sentimientos o frialdad.
Un ejemplo mítico es la seducción de Adán por Eva, tentada por la Serpiente —símbolo de la ilusión o Maya hindú—. Esta fuerza, implantada en el organismo humano, genera riesgos pero también potenciales positivos, como la imaginación creadora. En la tradición, se la conoce como Kundalini, la "pequeña serpiente", cuya activación produce un movimiento ondulatorio constructivo si se orienta con tenacidad en el camino esotérico. De lo contrario, engendra ilusiones negativas.
Como bien señala Helena Blavatsky en sus escritos esotéricos: "Kundalini es el fuego serpentino que yace dormido en la base de la columna vertebral; cuando se despierta, asciende y purifica, pero mal dirigida, puede destruir". Esta energía, femenina e intensa según las tradiciones védicas, representa la dualidad: destrucción o elevación espiritual.
El fruto del Árbol del Conocimiento simboliza el conocimiento ilusorio de lo fenomenal, una linterna mágica que gira en vacío. La Serpiente hipnotiza a Eva, arrastrando a Adán a la caída —un patrón habitual en las relaciones humanas—. Sólo comprometiéndose en el camino esotérico se remonta esta corriente, redimiendo el pecado original que repetimos a cada instante. Sin domar la ilusión, nos obliga a confundir lo falso con lo verdadero, llevándonos a un tambaleo exhaustivo hacia la muerte.
En esta vida profana regida por la ilusión, salpicada de influencias elevadas, debemos reevaluar valores diariamente para evitar trampas. Reconocemos el peligro teóricamente, pero lo vemos en otros, no en nosotros. Así triunfa esta fuerza, llamada Diablo en la tradición. Un monje budista lo resume: "El mundo es creado de nuevo para cada recién nacido", pues la ilusión actúa individualmente, falseando nuestro espíritu.
¿Hay salida? Si permanecemos en lo profano, las carreras mundanas nos esperan, pero terminan en la muerte inevitable. ¿Aceptamos el aniquilamiento tras tanto esfuerzo? Nuestra cabeza y corazón se rebelan. Hoy, eventos como guerras, revoluciones y tensiones cósmicas despiertan el sentimiento de absurdo, erosionando la ilusión y avivando el interés por la muerte.
San Pablo lo expresa: "Os digo un misterio: no moriremos todos, sino que todos seremos transformados". Para el hombre exterior, la muerte física descompone la personalidad —la "segunda muerte"—. Pero la iniciación masónica, o segundo nacimiento, forja el cuerpo astral, integrándolo al Yo real para escapar a esta disolución, accediendo a la vida planetaria tras 400.000 años terrestres. Para el iniciado, la muerte es sólo cambiar un vestido viejo.
Manly P. Hall refuerza esto: "La masonería no es una cosa material: es una ciencia del alma; no es un credo o doctrina, sino una expresión universal de la Sabiduría Divina". Este camino exige estudios, preceptos y trabajos prácticos con rigor científico, pero con un espíritu crítico agudizado, especialmente hacia lo interior. La lógica intelectual está bajo la ilusión, y en lo emotivo —foco principal del esoterismo—, distinguir el yo de lo externo es arduo.
Como Masón, veo paralelos fascinantes con la física cuántica: la ilusión maya se asemeja a la "simulación" de la realidad, donde partículas colapsan por  nuestra observación. En la masonería, despertar Kundalini es como hackear el código de la matrix, liberando energía para trascender lo aparente. Esto no es mera metáfora; es un algoritmo ancestral para la evolución consciente.
El hombre, como célula orgánica, participa en la evolución cósmica hacia la Gran Luz vía la iniciación masónica. La vivificación de la Luna demanda energía humana, y la ilusión asegura nuestra participación. Para escapar, creamos una pantalla protectora contra esta influencia, evitando derroches: emociones negativas, fantasías descontroladas, charlatanería. Economizamos fuerzas como un ministro sabio, almacenándolas para reservas.
Este vacío se llama "fosa" o "umbral" en la tradición. Un fragmento simbólico ilustra: perdido en una selva de bestias, un hombre alcanza una fosa ante un castillo luminoso. La Voz interior lo urge a nadar, escalar escalones bajo tormentas y vientos, hasta enfrentar al Guardián. Respondiendo con coraje —"¡Soy el Alma que busca la felicidad divina!"—, cruza el umbral al amanecer.
Otro fragmento: una jovencita ante un edificio sombrío acepta soledad, sacrificio anónimo e incluso crimen por la verdad. Cruza, tildada de "tonta" por unos, "guerrera" por otros.
Estos relatos esotéricos muestran el acceso al Camino: único e irrevocable. Cada paso transforma el interior, alienándonos del entorno profano. Rostros antes bellos revelan bestialidad; nos volvemos extranjeros, fastidiosos, odiosos. Como Gogol: "Niebla... y los gruñidos de los puercos".
Sin embargo, compensaciones surgen: caras ordinarias resplandecen con belleza interior. Entre ellas hallamos aliados, en comunidad de objetivos.
El esquema de Abad Doroteo ilustra: quienes marchan hacia la Verdad se aproximan mutuamente.
No estamos en el Camino; reinamos en una jungla de influencias bajas, con sólo el deseo como guía. Si sincero, un sendero nos lleva al camino de acceso, y luego al Camino único. La dirección varía por posición; la prudencia es clave.
Blavatsky advierte: "Para llegar al nirvana, debe uno conseguir el conocimiento de sí mismo; y el conocimiento de sí mismo es hijo de las buenas obras". Reflexiona: ¿Estás listo para el salto?
Un Pequeño Cuento  Masónico: El Pequeño Constructor de Sueños
Érase una vez un niño llamado Lucas, que jugaba en el jardín con bloques de madera. Un día, encontró un viejo compas  y una escuadra olvidadas por su abuelo masón. "Con esto construiré un castillo mágico", pensó. Colocó los bloques en círculo, midiendo con cuidado para que todos encajaran. Pero un bloque era rugoso y no ajustaba. En lugar de tirarlo, lo pulió con paciencia, recordando las palabras de su abuelo: "Todos somos piedras en el gran templo; juntos, formamos algo hermosamente prefecto".
Pronto, otros niños se unieron, cada uno aportando su bloque único. Compartieron herramientas, rieron y ayudaron, formando un castillo fuerte y luminoso. Al atardecer, Lucas vio que no era sólo un juego: era una hermandad, donde la luz de la amistad fraternal disipaba las sombras. Y así, el pequeño constructor aprendió que el verdadero secreto masónico es construir juntos con amor, medida y unión.
Alcoseri 
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