Masonería, Judaísmo y Cábala
Lazos espirituales, históricos y doctrinarios
Antes de adentrarnos en la narración, conviene trazar el hilo que une la Orden Masónica con el Judaísmo y la Cábala, y aclarar su relación con el sionismo. La Masonería ha bebido de múltiples fuentes de sabiduría antigua: una de las más profundas es la tradición judía, especialmente la Cábala —la “Tradición Recibida”, que explora los misterios del universo, la esencia de Dios y el alma—. Desde sus orígenes simbólicos, la Orden ha tomado del relato del Templo de Salomón su metáfora central: construir un templo espiritual interior, reflejo del santuario de Jerusalén. Muchos de sus grados, símbolos y enseñanzas se nutren directamente de la Cábala, compartiendo su visión de un recorrido desde la oscuridad hacia la Luz, desde lo material hasta lo Divino. En cuanto al sionismo, es importante distinguir: la Masonería no es el sionismo ni es una herramienta suya. El sionismo es un movimiento político y nacional surgido en el siglo XIX en torno al renacimiento de una patria judía en la Tierra de Israel; la Masonería, en cambio, es una Orden iniciática, filosófica y fraterna, abierta a personas de distintas creencias y orígenes, que no se confunde ni se reduce a ningún proyecto político. Históricamente hubo masones que apoyaron el sionismo y otros que no; la Orden como tal no lo creó ni lo dirige. La relación es de personas, no de instituciones. Con esto claro, sigamos.
¿Podemos imaginar alguna influencia de la Masonería en el Judaísmo?
Cuando el Gran Templo de Jerusalén, dedicado al Gran Arquitecto del Universo, fue terminado, el Rey Salomón dudó si consagrarlo o no. Dos razones lo abrumaban: la primera, la muerte de Hiram Abiff, el Maestro constructor; la segunda, que con él se había perdido la Palabra de la Maestría y el modo de emplearla. Por ello, Salomón convocó un Secreto Concilio, a las doce en punto, reunido precisamente en la cámara bajo el Sanctasanctórum. Este Consejo estaba compuesto por el propio Salomón, Hiram, Rey de Tiro; el Sumo Sacerdote del Templo, Sadoc; Melquisedec; y Benalán, Capitán de la Guardia. Allí, Salomón lamentó profundamente la pérdida de Hiram y, con él, la desaparición de la Palabra sagrada. Entonces hizo llamar al profeta Natán, esperando que él remediara aquella desgracia; pero se supo que Natán había muerto. En ese momento, se tuvo noticia de que Abdemón, un iniciado en los antiguos misterios, se hallaba de visita en el reino de Israel, y fue llevado a la presencia del Rey.
Abdemón fue reconocido por el Secreto Concilio como un digno depositario del conocimiento oculto, poseedor de las claves secretas del antiguo arte de la sabiduría egipcia. Había recorrido todas las etapas de la iniciación. Durante cierto tiempo, participó en la redacción de un nuevo modo de reconocimiento entre iniciados y propuso una palabra sustituta, pues la original se había perdido —aunque no por ello dejara de ser posible recuperarla—. En el transcurso del Concilio, Abdemón reveló muchos misterios velados concernientes a la iniciación y explicó las razones por las cuales no debían difundirse entre los hombres no iniciados. Enseñó entonces:
“Antes de nacer de mujer, el alma habita en una morada espiritual. Al encarnar, debe atravesar una serie de pruebas que nadie puede eludir. Tanto la madre como el niño sufren: ella por los dolores del parto, él por el trauma de nacer a la luz. Del mismo modo, quien desea iniciarse debe someterse a pruebas duras y severas, para alcanzar así el Segundo Nacimiento.”
Hoy, la iniciación masónica es apenas un pálido reflejo de aquellas antiguas pruebas donde la vida misma corría auténtico riesgo. No por ello deja de exigir al iniciado atravesar obstáculos, silencios y contrariedades hasta alcanzar la liberación interior. Cuando la memoria despierta lo suficiente y la percepción interna se abre, el masón recuerda su existencia en las esferas superiores antes de este nacimiento mortal, y reconoce que su alma es emanación de la Divinidad: en su esencia original, es pura, verdadera y sabia. El iniciado pleno se siente entonces uno con toda la humanidad, con la naturaleza y con Dios. Lamentablemente, hoy muchos hermanos sonríen con desdén o se burlan cuando se menciona el término “Ciencia Oculta” junto a los Augustos Misterios; sin embargo, si no hubiera sido por el Secreto Masónico custodiado en esas ciencias, la Orden sencillamente no existiría. Hay enseñanzas que dejaron de transmitirse en muchos talleres, pero que hoy se recuperan en otros; gracias a ello, el Secreto de la Gran Maestría perdura, y muchos hermanos han recuperado la Palabra perdida, dejando atrás la sustituta.
Influencias recíprocas entre Judaísmo y Masonería a lo largo de los siglos
Al observar la historia, surge una pregunta profunda: ¿el Judaísmo influyó en la Masonería, o fue la Masonería la que influyó en el Judaísmo? La respuesta es que hubo un intercambio fecundo. Desde los orígenes de la Orden, la tradición judía —y sobre todo la Cábala— aportó su simbología, su visión del Templo y su comprensión del alma y los mundos superiores. Con el paso del tiempo, sin embargo, la Masonería también devolvió esa influencia, actuando como puente de ideas, valores y formas ceremoniales.
Su impacto en la evolución religiosa del Judaísmo durante el siglo XIX fue considerable. La Reforma judía, tanto en su estética como en su doctrina, se acercó notablemente a los ideales que profesaba entonces la Masonería. Se aprecian parentescos en las referencias simbólicas, en el retorno a las raíces orientales y en el uso mismo del término “Templo” para designar la casa de oración: una referencia clara al Templo de Salomón, herencia compartida por ambas tradiciones. El discurso del Judaísmo liberal también lleva el sello masónico: su apuesta por el universalismo, por una fe que una a toda la humanidad y por tender puentes entre tradiciones religiosas encuentra resonancia directa en los ideales de fraternidad, libertad e igualdad.
Numerosos rabinos reformistas del siglo XIX fueron masones. Tal es el caso del Gran Rabino Elie Aristide Astruc, en Bélgica, o de Samuel Hirsch, quien perteneció a la Logia “Los Hijos de la Concordia Fortificada” en Luxemburgo, de la que fue orador entre 1845 y 1854, y más tarde Gran Rabino de ese país. La influencia masónica se hizo visible también en la renovación litúrgica: nueva estética en los templos, mayor uso de símbolos, recuperación de inspiraciones orientales y una forma solemne y simbólica de llevar la ceremonia religiosa que no se limitaba a imitar modelos cristianos, sino que respondía también a inspiraciones masónicas. Incluso la ceremonia de iniciación juvenil que comenzaron a practicar comunidades judías modernistas mostraba rasgos propios de los ritos de paso de la Orden.
La Logia que acogió a Samuel Hirsch, “Los Hijos de la Concordia Fortificada”, fundada en 1803, ha funcionado sin interrupción desde entonces —salvo en tiempos de conflicto— y ha sido cuna de personalidades destacadas que han servido a la Orden con honor. Es comprensible que, al renovar sus formas de culto, las comunidades reformadas tomaran elementos de otras tradiciones; pero más allá de ello, hay en esas ceremonias un espíritu de iniciación, de paso y de compromiso interior que revela su inspiración masónica.
Reacciones del Judaísmo tradicional ante la presencia de judíos en la Masonería
El Judaísmo, a diferencia de la Iglesia católica, no ha sido una institución centralizada ni jerárquica; por ello, nunca emitió un pronunciamiento único ni decretó excomuniones por pertenecer a la Orden. Su postura fue, en gran medida, de silencio: muchos rabinos y líderes comunitarios eran masones, y no se consideró esto un problema. Sin embargo, entre los sectores más tradicionalistas del siglo XVIII y principios del XIX, hubo recelo. Algunos veían con desagrado que judíos participaran en una Orden que trascendía fronteras religiosas y que podía parecer un sustituto de la fe comunitaria. A esto se sumaba que la Masonería de entonces conservaba en sus ritos símbolos y referencias de raíz cristiana, lo que alejaba a muchos judíos observantes, no tanto por enemistad, sino por respeto a su propia identidad.
Con el avance de la emancipación, la integración social y la apertura de las logias, las cosas cambiaron. Lamentablemente, en Alemania, a partir de su unificación, muchas logias conservadoras intentaron imponer un carácter exclusivamente cristiano y excluir a los judíos, recurriendo incluso a prejuicios raciales y sociales. Aquellas cláusulas de restricción religiosa, que se presentaban como principio doctrinario, resultaron ser ante todo un pretexto para excluir a quienes no se ajustaban al modelo dominante. Con el paso del tiempo, esa máscara cayó: el supuesto carácter cristiano esencial de la Masonería demostró ser una postura histórica y local, no universal. Hoy, esa restricción ha desaparecido.
La Masonería como espacio de integración y fraternidad
Durante el nazismo, las logias alemanas que se oponían a recibir judíos fueron superadas por la tragedia: la Masonería fue prohibida y perseguida. En cambio, en Europa occidental, en el Mediterráneo y en América Latina, la Orden pudo cumplir su vocación de ser un puente: un espacio donde judíos, cristianos y personas de diversas creencias se reconocían como hermanos, más allá de cualquier diferencia. La Masonería acompañó así el camino de los judíos hacia su plena integración social y humana, sin pedirles renunciar a su fe ni a su identidad.
La historia nos enseña que la relación entre la Masonería y el Judaísmo es de herencia y de intercambio: la primera recibió del segundo su símbolo mayor —el Templo de Salomón—, su comprensión oculta de la vida y la Cábala; y a su vez, la Masonería devolvió al Judaísmo inspiración, formas, valores y una visión más universal de la fraternidad. En cuanto al sionismo, conviene repetirlo: la Masonería no lo creó ni lo dirige; ha habido masones sionistas y masones que no lo son, pero la Orden como tal no se confunde con ningún proyecto político. Lo que une a ambas tradiciones es más profundo: la convicción de que existe una Palabra perdida que se ha de recuperar, un Templo que se ha de edificar en lo interior y una Luz que, aunque velada, jamás se ha apagado. A ella aspiramos, más allá de credos y de banderas.
Alcoseri