El Ángel en la Prisión de la Materia

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Alcoseri Vicente

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Jul 19, 2026, 8:38:15 PM (2 days ago) Jul 19
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El Ángel en la Prisión de la Materia
Para el que sabe leer entre líneas, el mundo donde vivimos: es el lugar donde se escribe el destino de los iniciados.
En la senda masónica, se nos enseña desde el primer grado que el ser humano no debería ser una hoja arrastrada por el viento del azar, ni un juguete de las circunstancias de un accidentado  destino . Somos los masones literalmente obreros con herramientas propias, arquitectos de nuestro propio templo , y por tanto destinados a ser dueños absolutos  de nuestro destino —y para levantar lo que es eterno, primero hay que derribar lo que nos ata a la ignorancia. Como dice el texto antiguo: “Quien no se atreve a cruzar el umbral de lo desconocido, jamás encontrará la verdad que habita en su interior”. Esta es la historia de quien se atrevió a cruzarlo, y halló algo más allá de lo que buscaba.
El que renunció al azar
Jésus  Ben- Yusef no aceptaba que su vida dependiera de lo que los hombres llaman suerte. Era un hombre de manos hábiles, maestro carpintero en la vieja escuela de las colinas de Galilea, y había aprendido que una viga mal asentada derrumba todo el edificio. ¿Por qué habría de ser distinto con su existencia?
—Soy chispa de la Luz Eterna —se decía cada noche ante el fuego—, pero me muevo como la arena que lleva el viento. No quiero ser más quien recibe lo que el destino quiera darme: quiero saber por qué y cómo se teje lo que nos sucede y asi controlar mi futuro, dejando de lado lo que nos acontece por simple capricho del destino .
Recordó las palabras de los Grandes Maestros: “No busques refugio en el pan que te dan los hombres, sino en la Fuente que lo hace brotar”. Decidió entonces abandonar el techo que compartía con su padre y el sustento que le daban sus vecinos. No volvería a pedir ayuda a nadie, ni aceptaría nada que no viniera directamente de la Mano que rige los cielos y la tierra. Como había aprendido a confiar en la madera y el hierro cuando construía, ahora confiaría sólo  en el Poder Invisible del Gran Arquitecto del Universo.
Caminó hacia el desierto de Judea, con la certeza de que “cuida el cielo al cuervo y al lirio, ¿cómo no habría de cuidar al que busca su rostro?”.
El regalo de las aguas
Al octavo día, mientras el sol se alzaba sobre el río Jordán, Jésus  se inclinó para beber. Allí, entre las cañas que se mecían con la corriente, vio algo que brillaba levemente: era un bulto envuelto en hojas de loto y atado con fibras de palma, que pesaba lo justo para caber en sus dos manos.
Al desatarlo, un delicioso aroma dulce y desconocido llenó el aire.
—Es el alimento del cielo, el divino maná  —susurró—. La Providencia no olvida a sus hijos.
Al día siguiente, a la misma hora, apareció otro. Y al siguiente, y al siguiente. Cada mañana, el regalo llegaba flotando hasta él. Jésus  comía con gratitud aquel manjar y decía jamás haber comido algo tan delicioso , pero su espíritu inquieto no descansaba: “No puede ser que caiga así sin más. Si sé de dónde viene, quizás pueda llevarlo a todos los que mueren de hambre”.
Siguió la corriente río arriba, durante cuatro días enteros. Y al quinto, entre las rocas que nadie visitaba, apareció ante sus ojos una construcción que no parecía hecha por manos humanas: un templo de piedra grisácea, que parecía ocultarse a la vista de quien no supiera buscarlo.
El guardián del umbral
A la orilla esperaba un ermitaño de cabellos como espinas y manto de lana áspera, que lo miró como si hubiera estado esperándolo desde hacía siglos.
—La paz sea contigo —dijo Jésus .
—Paz para el que sabe entrar —respondió el hombre—. ¿Buscas lo que hay dentro? Allí hay un ser celestial, preso desde antes de que nacieran nuestros abuelos. Nadie lo ve, nadie lo libera: el templo es invisible a los ojos del profano.
—Tengo que entrar —insistió Jésus —. He venido por la verdad.
—Recita el Nombre Sagrado tres veces, y medita hasta que tus ojos vean lo que está oculto —fue la única respuesta.
Jésus  se sentó ante las puertas durante tres días más, sin comer apenas, sólo  repitiendo el nombre que le habían enseñado en los círculos iniciáticos. Y en la tercera noche, el cielo se abrió ligeramente: vio una figura de luz inmensa, que señaló la Estrella Polar y luego dejó caer al río uno de aquellos fardos.
—Allí está el origen —exclamó—. Es el Ángel mismo quien lo envía.
En un instante, la orilla desapareció. Se halló en un reino de luz blanca, y ante él se alzaba una forma antigua: mitad hombre, mitad serpiente, con ojos que contenían todo el tiempo del mundo.
—Soy el que custodia los secretos —dijo la aparición—. He escuchado tu llamada. Todo lo que ves aquí, y todos los reinos de la tierra, pueden ser tuyos si te quedas conmigo. También te daré el secreto de hacer pan de las piedras. ¿Qué prefieres?
—Prefiero liberar al que está preso —respondió Jésus  sin dudar.
—Recuerda —advirtió el guardián—: la verdad se revela sólo  hasta donde el corazón puede soportarla. No hay más allá de lo que tu espíritu puede contener.
—Dame toda la que pueda recibir —dijo él—. Y si es para bien de todos, que sea aún más.
La figura asintió. En la mano de Jésus  apareció una llave de luz pura.
La verdad que nadie esperaba
Las puertas del templo se abrieron sin ruido. Al fondo, sobre un lecho de piedra, estaba el ser que había visto en la visión: el Ángel Portador de la Luz, con cadenas que brillaban como cristal pero que no se rompían con ninguna fuerza humana. Al verlo entrar, las cadenas cayeron solas al suelo.
—Gracias —dijo el Ángel, y su voz sonó como el agua que cae en la montaña—. No sólo  me liberas a mí: rompes el lazo que mantiene atrapado el sustento de todo el mundo. Pide lo que quieras como recompensa: nada te será negado.
—Sólo  quiero saber la verdad —dijo Jésus —. ¿Por qué ese alimento cae al río así? ¿De dónde viene realmente?
El Ángel antes Prisionero sonrió, y en su sonrisa había una picara sabiduría tan antigua como las estrellas:
—Lo que tú  llamas “maná”, lo que crees alimento bajado del cielo… es el residuo que cae de mi retrete , cuando jalo la palanca, para ti es alimento para mi es mi excremento. Si , lo que sobra de mi digestión  de lo que yo comí antes, lo arrojo al río cada día. Ahora que soy libre, ese alimento caerá sobre toda la tierra, sin fin. Pero escucha bien: cada hombre, cada mujer, cada niño lo tomará según su capacidad. El que tiene ojos para ver, verá la luz; el que sólo  busca pan, sólo  hallará pan.
Jésus  guardó silencio. Comprendió entonces lo que los maestros decían: “El mismo sol madura el trigo y quema la hierba: todo depende de cómo lo reciba la tierra”.
Cuarenta días después regresó a su hogar. Su madre no lo reconoció al principio: su mirada ya no era la de un carpintero, sino la de alguien que ha visto lo que hay detrás del telón del mundo. Desde entonces, aquel alimento que el Ángel dejó caer se convirtió, para los que saben entenderlo, en su propia carne y su propia sangre: la verdad que se entrega a quien se atreve a buscarla.
Alcoseri 

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