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El Viaje, el Camino, la Meta Partir rumbo al perfeccionamiento El Grado de Compañero nos da con una reflexión sobre los pasos del compañero: «El compañero no se limita a caminar hacia el Oriente; quiere conocer el mundo en su totalidad… estudiar el bien y el mal, la luz y las tinieblas, la virtud y el vicio, la vida y la muerte. De cada valor positivo busca su complemento negativo y, con su inteligencia, reduce a la unidad los términos contrarios». En el mismo sentido, a la pregunta «¿Por qué el compañero recibe un salario más alto?», se responde: para avanzar con mayor ardor por el sendero del perfeccionamiento. Tras la inmovilidad silenciosa del Aprendizaje, al convertirme en Compañero, me impulsa la tradición del compañerismo de oficios: va de taller en taller, fortalece la mano que maneja las herramientas, aprende de los mejores artesanos, te abre a nuevas técnicas, reconoce tus lagunas y debilidades. En resumen: enriquece y perfecciona tu arte, y regresa mostrando la prueba de tu maestría con la presentación de tu obra maestra. Para profanos e iniciados por igual, partir es un llamado poderoso y atractivo: ir a ver más allá, subir a cielos desconocidos desde el fondo del océano de estrellas nuevas. ¿No somos todos nómadas de origen remoto, curiosos de otros horizontes que alimentan nuestros sueños, ansiosos por admirar las maravillas del vasto mundo, sentir mil emociones nuevas y apropiarnos de secretos grandes y pequeños? El viaje que debo emprender no es un permiso vacacional, una pausa de ocio en mi búsqueda, ni una huida para olvidarme o hacerme olvidar. Su esencia está en la definición es: «El viaje es la prueba del hombre; es a la vez una necesidad de su condición, el medio de su emancipación, la ocasión de probarse, de descubrir otros aspectos del mundo y de sí mismo». Así, mi viaje es un trabajo estructurado y estructurante a lo largo del sendero del perfeccionamiento. El Viaje El viaje comienza con un alejamiento: abandonar referencias y certezas habituales. Luego, es un medio para aprender y perfeccionarme en mi oficio de hombre, al contacto con nuevas dimensiones geográficas y humanas. Finalmente, es la ocasión —la prueba— de explorar espacios interiores desconocidos en mí mismo. Mi programa de viaje y su resultado deben ser mi propia transformación. Estos aspectos me remiten a los viajes simbólicos que realicé como impetrante y Aprendiz en el Templo: al salir del gabinete de reflexión, el Maestro de Ceremonias me guía en tres viajes de purificación por agua, tierra y fuego. Como dice el catecismo del Aprendiz, simbolizan la magnífica ascensión hacia la luz; disolución y coagulación con el mundo y conmigo mismo me convierten en Aprendiz Masón. Más tarde, en compañía de mis hermanos , revivo nuevos viajes: subir cinco escalones de reconstrucción y recentrándome a la luz de la Estrella Flamígera. El motivo y el viático de mi viaje: el viaje es el fundamento de la evolución masónica, el medio para pasar de un estado a otro; una prueba seguida de transformación. Mi viaje no puede ser sino una prolongación de los viajes rituales. Una trans-formación: partir hacia un «allá» (¿luz, perfección, verdad, paraíso?) que debo buscar, descubrir o crear. Partir para instruirme: formarme, reformarme, transformarme. El destino no es un lugar físico, sino un nuevo estado de conciencia nacido de mi transformación. No hace falta ir lejos: el mundo entero está ante mi puerta, y desde cualquier sitio se ve el cielo estrellado. Este viaje —acción dinámica por excelencia— es, en esencia, estático. El Camino Pronto comprendí, aunque más lento acepté, que nadie me indicaría la ruta. Debía partir sin mapa ni itinerario; sin camino trazado. Era yo quien debía crearlo al andar. Avanzar sin cuestionar en cada cruce cuál es la ruta buena, la más directa o cómoda. El Loco (El Mat) del tarot me sugería: todos los caminos son mi camino, porque importa caminar, para extraer nueva energía de la belleza de los espacios que se abren al moverme, en un tiempo reconstruido al ritmo de mis pasos. Elegí primero el camino de la libertad recuperada: la página en blanco donde inscribir un presente nuevo; el que me une a las fuerzas vibrantes de la tierra y el cielo, donde corazón y razón ya no se oponen, sino se equilibran y potencian, liberando una fuerza creadora que despierta la conciencia de sí y empuja a superarme. El espíritu abierto y liberado por este modo de caminar favorece el despertar de mis pensamientos. Como inspiraban las acciones en logias , en donde el pensamiento surge del asombro —estado de inocencia para concebir y sentir— y de la admiración: interrogación activa de imágenes observadas, hombres encontrados, eventos vividos. Miré con mirada ingenua y curiosa, de niño, el paisaje y las personas. Hice contar lo que encontraba mediante un cuestionamiento fecundado por el asombro y la admiración. En cada parada comenzaba el trabajo: dar peso y sentido al diálogo con los otros y, en el mismo espíritu, dialogar conmigo como con un otro. Me esforcé por entender qué cuenta y qué pesa, reconocer lo bueno y lo malo, identificar lo común y lo diferente, aceptar contradicciones, combinarlas hacia un mejor nivel de Ser. La Prueba Este camino pasaba naturalmente por los otros, pero también por mi interior, descendiendo a lo más profundo. VITRIOL: bajar al fondo de la caverna, a la matriz, al origen, donde —se enseña— el alma aún contacta con el Uno. El verdadero itinerario era interior, y lo temía: Amargo saber, el que se saca del viaje! El mundo, monótono y pequeño, hoy, ayer, mañana, siempre, nos muestra nuestra imagen: ¡Una oasis de horror en un desierto de aburrimiento! Debía aceptar el miedo a ese interior feo y repulsivo en tantos aspectos; vencerlo y liberarme para sentirme libre, sereno y generoso. Sólo entonces podría acercarme a un estado de sabiduría y plenitud. Debía hallar armonía conmigo y con los otros. Tomar el camino que me permita comulgar, en un nuevo estado de conciencia, con todas las presencias en mí y fuera de mí. La Vía Este Loco del Tarot que tomé como modelo podía ser también el del loco, ebrio de libertad salvaje que se basta sola, viendo en el viaje sólo el camino. Ciertamente, quien quiere pensar en grande debe errar en grande, decía Heidegger. Con riesgo de errancia perpetua: perderse sin llegar, sin retorno posible. Singular fortuna donde el fin se desplaza y, no estando en ningún lado, puede estar en cualquiera! La razón me susurraba: no todos los caminos se toman; debo elegir entre ellos una vía. En sentido abstracto, la vía es una conducta, una serie de actos orientados a un fin, considerada como camino que se puede seguir . La vía es una conducta finalizada; el camino, el medio. Tomar una vía es adoptar una conducta para alcanzar un objetivo. ¿Cuál es esa finalidad y qué conducta lleva a ella? ¿Qué finalidad? Reformulando lo anterior: el fin primero del viaje es aumentar el conocimiento de las herramientas y la materia sobre la que actúan. Este conocimiento, puesto en práctica, contribuye a elaborar una forma perfecta —simbólicamente, la piedra pulida— que, bien trabajada, se integra armónicamente al templo que construimos. La herramienta dominada aplicada a uno mismo revela nuevos valores, nuevos modos de actuar y ser mediante despojos laboriosos. Realizada esta transformación, se recupera la unidad del ser, disperso en la multiplicidad de deseos y renuncias. Esta finalidad , esta Meta—difícil, quizá imposible de alcanzar plenamente— se acerca cumpliendo con plenitud los deberes de hombre en armonía consigo y con los otros. Partir para cumplir y para cumplirse. ¿Qué conducta? La que hace de cada paso una ocasión de conocerse para superarse. No hay cumplimiento sin superación , ni superación sin esfuerzo. El primer esfuerzo: mantener una atención sostenida para descubrir, levantar el velo (en sentido etimológico). Detrás, hay que discriminar: hábitos y pensamientos de prejuicios e intolerancias que hay que expulsar; otros enterrados y debilitados por malas mezclas que hay que rescatar a la luz de la conciencia para renacerlos, crecerlos y fortalecerlos. Concentrarse en sí mismo a través de mil caminos de sensaciones, emociones e ideas; dejar venir la intuición pura; combinarla con el logos para armarse de una acción más eficaz y justa sobre sí y el mundo. Luego, repetir este flujo y reflujo: de abajo arriba, de la periferia al núcleo de las cosas y de uno mismo, hasta el encuentro de la coherencia armónica —reflejo del Jardín del Edén, del sentido verdadero. ¿Qué medios usar? Esta búsqueda de sentido se hace con el lenguaje simbólico privilegiado. Los viajes del Aprendiz y del Compañero son referencias inmediatas. Pero la alegoría del laberinto me parece más viva, quizá por estar más anclada en mi memoria antigua. El laberinto apela al aspecto femenino, intuitivo e irracional de la personalidad —hesitaciones, compromisos, retornos—. Es camino necesario para comprenderse y, por ende, al universo y a los dioses. Simboliza la búsqueda del secreto de la vida y del sentido de la humanidad. Expresa las dos grandes dificultades del opus alquímico: acceder a la cámara interior y salir de ella. Vencer los obstáculos del dédalo para llegar al centro; luego, salir. El centro es la imagen del yo profundo, enterrado en las tinieblas del inconsciente, revelando su naturaleza oculta. Allí se recupera la unidad perdida, dispersa en deseos múltiples. Hay que traer esa imagen a la conciencia —a plena luz— para adquirir plena conciencia de sí, que es la de la luz inicial, y hacerla irradiar de nuevo en el mundo. El hombre perfectible, llegado al centro de sí, percibe la luz prisionera en formas tenebrosas de sus profundidades. No basta mirarla: debe vencer las tinieblas del caos para traer esa antorcha al día. No encontrar el retorno es quedar preso de las sombras: no aceptar dominar la imagen reprimida en el inconsciente. El Regreso ¿Qué traigo de este viaje en el viaje? Ante todo, una certeza: el viaje iniciático —forma masónica del peregrinaje— es una vía hacia el conocimiento: de sí mismo y, por extensión, «del universo y de los dioses». Este conocimiento construye una vida interior libre y armónica. Esta vida apaciguada sólo será perspectiva de cumplimiento si se comparte con los otros, que la consolidarán y mantendrán. Ese es el sentido de la bella frase que cierra los trabajos: La armonía por la fraternidad. No traje mi obra maestra, porque creo que este viaje no ha terminado ni probablemente terminará. Hay que hacerlo y rehacerlo para que crezca el hombre nuevo que germina lentamente en mí. A cada regreso, un nuevo compartir con mis hermanos que me dará impulso y fuerza para el próximo partir. Se subraya que la iniciación masónica es una transmisión real de influencia espiritual que permite restaurar el «estado primordial» del ser, liberándolo de las limitaciones profanas. El viaje del Compañero no es mero desplazamiento, sino regeneración: pasar de lo individual a lo supra-individual, hacia la unidad perdida. Oswald Wirth, en sus obras sobre el Compañero, ve en la Estrella Flamígera (al final del quinto viaje) el símbolo de la unidad hombre-Creador: el compañero debe convertirse en esa estrella, irradiando luz interior mediante el trabajo simbólico y el perfeccionamiento constante. El viaje masónico del Compañero es, en esencia, una metáfora viva del heroísmo interior: no un turismo espiritual, sino una odisea alquímica donde se disuelve lo viejo para coagular lo nuevo. Hoy en un mundo de GPS y rutas prefabricadas, el masón recuerda que el verdadero mapa está en el corazón. El camino no lleva a un destino fijo, sino que construye al caminante. Cada paso es una oportunidad de trascender el ego, integrar opuestos (luz-tinieblas, bien-mal) y contribuir a la fraternidad universal. No se trata de llegar, sino de ser en movimiento constante hacia la perfección inacabada. La Meta La Meta principal del Compañero Masón se resume en una idea central, profunda y progresiva: alcanzar el perfeccionamiento integral mediante un viaje simbólico e interior que integra opuestos, cultiva la inteligencia, y prepara para contribuir armónicamente al templo colectivo (individual y fraternal). El compañero recibe un "salario más elevado" para avanzar con mayor ardor por el sendero del perfeccionamiento. No es solo técnico (perfeccionar un oficio), sino existencial: tallar la piedra bruta del yo para que se convierta en piedra pulida, apta para integrarse al Templo Universal. Como señala Oswald Wirth en sus escritos sobre el grado de Compañero, este nivel representa la etapa de la virilidad espiritual: pasar de la pasividad del Aprendiz (recepción pasiva de la luz) a la acción consciente, donde el masón se convierte en constructor activo de sí mismo y del mundo. El viaje como medio y metáfora El compañero no se queda quieto: debe partir, viajar, explorar. El mensaje enfatiza que el viaje no es turismo ni escape, sino prueba estructurante que implica: Alejamiento de certezas habituales. Aprendizaje en contacto con lo nuevo (geográfico, humano, interior). Exploración de espacios internos desconocidos (VITRIOL: Visita Interiora Terrae Rectificando Invenies Occultum Lapidem). Culmina en transformación : no llegar a un lugar, sino alcanzar un nuevo estado de conciencia. La meta no es acumular saber, sino armonizar contradicciones mediante inteligencia y admiración (asombro + interrogación activa. El compañero dialoga consigo mismo como con un "otro", acepta contradicciones, las combina hacia un "mejor ser". Esto prepara para la cooperación voluntaria y la fraternidad como fin último: la armonía por la fraternidad, frase que cierra el mensaje y que resuena con la enseñanza clásica de que el Compañero es el "obrero de la inteligencia constructora", solidario y cooperante. Preparación para la maestría El grado no es fin en sí: es puente hacia el Maestro. El compañero cultiva virtudes (rectitud, prudencia, filantropía), domina herramientas de medición (regla, nivel, escuadra) para equilibrar pasiones y actuar con justicia. En rituales del REAA y otros, los cinco viajes simbólicos desarrollan: sentidos → artes liberales → filosofía → aplicación social → contemplación del templo como universo (Estrella Flamígera con G: Gnosis/Generación/Geo-metría). La meta es desarrollar actitudes favorables al conocimiento continuo, estar abierto a la adquisición perpetua de sabiduría, para luego dirigir y enseñar (paso a Maestro).
Mi visión como masón para reforzar la idea En el fondo, la meta del Compañero no es "llegar" a la perfección (imposible en esta vida), sino convertirse en un ser en perpetuo devenir armónico. Es el grado del equilibrio dinámico: integrar la dualidad humana (razón-corazón, individual-colectivo) para irradiar luz en vez de absorberla. En un mundo fragmentado por polarizaciones, el Compañero masón encarna la respuesta: no elegir un lado, sino reducir opuestos a unidad mediante trabajo interior y fraternidad exterior. El viaje nunca termina (como admite el grado de compañero: "no ha terminado ni probablemente terminará"), pero cada ciclo de partida-regreso construye al "hombre nuevo" que germina. Es una espiral ascendente: perfeccionarse para servir mejor, servir para perfeccionarse más. En palabras simples: la meta es ser un constructor consciente y solidario, capaz de tallar su propia piedra y ayudar a que las de los demás encajen en el gran Templo de la Humanidad. Alcoseri