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En Búsqueda de la Luz
En las profundidades de un bosque, donde los árboles retorcidos susurraban maldiciones olvidadas y las estrellas parpadeaban como ojos vigilantes en la noche eterna, habitaba un hombre llamado Benjamín, un alma atormentada y devorada por la amargura. Benjamín era un erudito caído en desgracia, con ojos hundidos que reflejaban abismos de duda, manos temblorosas marcadas por años de búsqueda infructuosa, y un corazón que latía con un anhelo por salir de su desgracia , todo por tratar de desentrañar secretos que ningún mortal debería conocer. Siempre había soñado con verdades prohibidas, pero más que nada, codiciaba el poder terrenal, esa codicia que devoraba las almas y revelaba horrores inimaginables más allá de lo que pudiera soportar un mortal. Una noche fue a la ciudad, y atraído esta vez por una luz que emanaba de un templo oculto entre callejuelas y barrios , Benjamín se acercó, su pulso acelerado por un terror excitante que le erizaba la piel, era Benjamín como la polilla atraído por la luz de una farola . De pronto, una voz grave y ominosa retumbó desde las sombras de la entrada: "¡Alto, profano! Detén tus pasos imprudentes". Era el guardián Oliver, un gigante encapuchado con ojos que ardían como brasas infernales, una espada oxidada en mano que goteaba promesas de muerte, y una presencia que exudaba una frialdad sepulcral. Oliver, con labios curvados en una sonrisa siniestra que no llegaba a sus ojos, escrutó a Benjamín con una mezcla de desprecio y piedad retorcida, aunque su juramento era inquebrantable. "De aquí no pasarás, intruso. Tu pie profano no hollará este suelo ajedrezado, repleto de tesoros que todo hombre codicia hasta la locura". Benjamín, con sudor frío perlando su frente y un nudo de pavor en la garganta, sintió un escalofrío que le helaba los huesos, pero no retrocedió. Oliver prosiguió, su voz temblando con una pasión desbordada por lo que custodiaba: "Aquí yacen los tesoros más valiosos que un alma pueda concebir, más valiosos que la sangre de los inocentes. Con esta espada y mi propia existencia, mis hermanos y yo los defenderemos, porque son más preciosos que nuestras almas. Jamás permitiremos injurias ni calumnias, ni intrusiones que hagan dormir lo que aquí está en vigilia constante . Aquí no saciarás tu curiosidad con fábulas conspirativas, oh no. No devoramos infantes ni conspiramos contra la humanidad...como muchos creen; sólo erigimos nuestro propio templo de grandes lucces, pero con ferocidad unida, nos alzaremos ante cualquier profanación de nuestro sagrado templo ". Con un suspiro que resonaba como un lamento de ultratumba, Oliver añadió: "¡Enemigos tenemos legiones, espectros como la ignorancia que ciega, la injusticia que desgarra, la opresión que asfixia, la falsedad que envenena y la ambición disfrazada de guías falsos que se alimentan de las tinieblas para extinguir la luz eterna! Te repito, alma perdida: tu curiosidad es una afrenta aquí. Gira sobre tus talones y huye, que aún es tiempo, antes de que el terror te envuelva en sus garras inescapables". Pero Benjamín, con el pecho oprimido por un pavor abrumador y lágrimas de desesperación surcando su rostro demacrado, respondió con voz quebrada pero desafiante: "Mi estimado señor Oliver, he sido arrastrado por esa luz tan potente , como una polilla a la llama devoradora. Mis intenciones son puras, o eso juraría ante los abismos, claras y de fe ciega. Si en verdad custodian la luz, ¿por qué me repelen? ¡Mi alma grita por unirse a esta noble institución !". Oliver, perturbado por la sinceridad que destellaba en los ojos de Benjamín como un relámpago en la tormenta, sintió un torrente de inquietud en sus venas heladas. "Es mi deber, mi deber impuesto, expulsar toda indiscreción del templo. Pero detecto al menos en ti una pequeña chispa de luz en tu mirada, un fuego que no miente. Es arduo engañarme, pero eres genuino, aun que seas un desdichado. Tu apariencia habla de un hombre íntegro, tu atuendo de un sabio atormentado y tus manos de uno que no teme derramar su propia sangre por el conocimiento. Así que, te someteré a interrogatorios, con el alma en vilo". Con voz suave pero cargada de visiones funestas, Oliver explicó, con sus ojos nublados por visiones del horrible pasado del postulante: "Debo advertirte que en el templo no hallarás riquezas terrenales, ni poderes que corrompan, ni superioridad sobre los mortales. Serás un igual entre tus iguales , pero obedecerás y laborarás en la erección de un mundo mejor, repleto de alianzas fraternales . Tu recompensa será sólo el salario justo de tu agonía, un tesoro pero en tu interior. Una vez dentro, si sobrevives a la admisión, los tesoros serán tuyos, pero inútiles si los robas o los entregas a los cerdos. Serás marcado con una maldición eterna, y no podrás enfrentar la mirada de ningún hermano sin que el terror te consuma. Ahora inquiero... ¿persistes Benjamín en tu deseo de entrar, con todo el pavor y la agonía que conllevaría para ti?". "¡Sí, señor! Lo ansío más ahora, con mi corazón martilleando de fervor exaltado", proclamó Benjamín, su cuerpo temblando de anticipación. "Bien, alma osada. Deberás demostrar tu valía, con tu propia vida en la balanza. Enfrentarás pruebas y abismos que te arrancarán gritos de desesperación y estímulos por la victoria que no deberán llevarte a la vanagloria , todo para probarnos tu resolución inquebrantable. ¿Persiste tu deseo?", inquirió Oliver, su voz resquebrajándose con una emoción extraña . "¡Más que nunca, mi señor! ¡Mi esencia aúlla de expectación!", replicó Benjamín, con lágrimas de resolución goteando como sangre. "Pues adelante... Penetra en esa caverna abisal, infortunado si consideras que estarás dentro unos cuantos minutos, ya que en el plano de la realidad estrás dentro por décadas enteras . Por negra que sea, no retrocedas, esa es la cámara donde deberás reflexionar por años y años. Allí hallarás las pruebas, y con un atisbo de fortuna... a ti mismo. Sólo al confrontarte, en medio del horror y la luz devoradora, podrás salvarte... o condenarte", murmuró Oliver, extendiendo una mano gélida en un gesto que olía a muerte inminente . Transcurrieron días de agonía interminable, envueltos en un suspenso que devoraba el lugar con murmullos de locura. Al tercero, Benjamín surgió transformado de la cámara de las reflexiones, su piel pálida como la muerte, su rostro contorsionado por una euforia indescriptible que aterrorizaba a los observadores presentes a la salida de la cámara de las reflexiones . Oliver, con gotas de sudor helado surcando su rostro, lo aferró del brazo con fuerza férrea, le cubrió los ojos con una venda y lo arrastró al templo, su alma estallando en una fraternidad ominosa. En el umbral, una voz ritual retumbó como un trueno maldito: "¿Quién va?". El experto, un astuto masón llamado Fox, con ojos que ocultaban abismos de saberes y una presencia que rezumaba intriga, respondió: "Es un profano que anhela la iniciación". "¿Quién nos responde por él?", interrogó el vigilante. "Yo, que soy su conductor", contestó Fox con voz temblorosa de responsabilidad masónica, avalando la integridad de Benjamín ante la asamblea, como un pacto sellado en sangre. "¡Bienvenido, hermano!", exclamó Oliver, apuntándole al pecho una espada que susurraba promesas de muerte si lograba atravesar su corazón . "Ahora nada te amenazará, las espadas que te apuntan al corazón , ahora apuntarán a tus enemigos ... tus propios demonios. Te concederemos tu espada para custodiar celosamente los secretos, sustituyendo la tiza por el buril para inscribir tus visiones en el grimorio de la eternidad. La tiza se borra, pero el buril graba para siempre, como las cicatrices de nuestra cofradía. Recuerda los juramentos que has de cumplir; tu palabra eres tú, un lazo de honor que nos une en gritos de agonía y risas divinas". Como el visionario Edouard Schuré nos advierte con palabras que perforan el velo: "El propósito de toda iniciación es el mismo: proporcionar un camino por el cual el individuo pueda transmutarse de una persona de visión limitada en alguien que ve el mundo tal como es, iluminado por la luz de la sabiduría... aunque esa luz revele horrores que quiebran la mente". Y el enigmático Papus, con su eco de fervor oculto, añade: "La única iniciación que predico y busco con todo el ardor de mi alma es aquella por la cual podamos entrar en el corazón de Dios, y hacer que el corazón de Dios entre en nosotros, formando un matrimonio indisoluble que nos hace amigos, hermanos y esposos de nuestro divino Redentor... mas ¿y si ese Redentor es un pastor de almas?". Benjamín, ahora integrado en la hermandad de constructores –con alegorías intrigantes, masones susurradores de secretos y guardianes de saberes ancestrales –, Benjamín ya no hollaba suelo sagrado con el alma rebosante de un terror infinito, ahora era feliz entre sus hermanos de luz. Juntos erigían no sólo templos de piedra fría, sino fortalezas de amor, combatiendo las sombras con ideas que devoraban la ignorancia . ¡Oh, qué luz la de la masonería, donde cada prueba era un descenso al infierno y un asenso a la luz, y es que tan profundo como hayas bajado, es como tendrás derecho a tan alto subir , cada secreto un impulso en el corazón, y cada hermano un aliado eterno! La vida de Benjamín que se marchitaba con ecos de pavor y susurros de desesperación, ahora era una vida luminosa recordándonos que la verdadera luz nace del coraje forjado en medio de la adversidad, la pureza corrompida de Benjamín que antes era arrastrado por la perdición, ahora Benjamín subía escalón por escalón por la escalera de la evolución del alma. Alcoseri