El Relato Sagrado Masónico oculto en Cuentos de Hadas
Reunidos bajo la luz del Gran Arquitecto del Universo, sabemos que todo lo visible guarda en su seno una verdad invisible. Detrás de cada símbolo, cada parábola y cada relato que pasa de boca en boca, late una enseñanza destinada a quien sabe mirar más allá de la apariencia. Nuestra propia Orden se nutre de historias sagradas —como la de Hiram Abiff— que no son simples crónicas antiguas, sino cuentos esotéricos vivos: narraciones que hablan del alma que lucha por la virtud, de la perseverancia ante la adversidad, de la búsqueda incansable de la Verdad y de la inmortalidad del espíritu que sobrevive a la materia. Así también, los relatos que el mundo llama "cuentos infantiles" no son simples fantasías: son lenguajes cifrados, depositarios de saberes antiguos que aguardan la mirada iniciada para revelarse.
Los cuentos, lenguaje velado de la sabiduría desde la antigüedad
Mucho antes de que se escribieran los libros, las escuelas de misterios de Egipto, Caldea y Grecia envolvieron sus enseñanzas más profundas en relatos simbólicos. En el Antiguo Egipto, los mitos de Osiris e Isis narraban muerte y resurrección no como hechos históricos, sino como el camino que cada alma debe recorrer: caer, ser fragmentada, y volver a reunirse en luz. En Caldea y Sumeria, la Epopeya de Gilgamesh —la historia más antigua conservada— relata la búsqueda de la inmortalidad para revelar que la vida eterna no se halla en una planta mágica, sino en las obras y en la sabiduría que se transmiten. En Grecia, los Misterios de Eleusis enseñaban, mediante un relato sagrado que se representaba en silencio, que el alma sobrevive a la muerte y que hay una esperanza más allá de esta vida.
El propósito de estos relatos fue siempre el mismo: ocultar la verdad a quien no está preparado, y revelarla poco a poco al que busca con corazón puro. Como decían los sabios de entonces: "Lo que se dice con palabras no puede ser lo que es verdad". La verdad se muestra, se representa, se vive; no se dice simplemente. Por eso se envolvió en cuentos.
¿Son los rituales masónicos cuentos escenificados?
Así es, en verdad. Cada ritual en nuestra Logia es un relato sagrado que se representa. La ceremonia de iniciación no es otra cosa que el camino del alma: se despoja de lo exterior, se le vela la vista, se le guía paso a paso, se le enseña que hay luz más allá de las tinieblas. Y en el Tercer Grado, la historia de Hiram Abiff —su fidelidad, su muerte, su búsqueda y su resurrección simbólica— es el cuento más antiguo y profundo de nuestra Orden: la promesa de que el espíritu no muere, y que la Palabra Perdida se recupera mediante virtud y perseverancia.
La Masonería ha sido definida como "un sistema de moralidad velado en alegoría e ilustrado por símbolos". Es decir: es un cuento que se vive. El ritual no es mera ceremonia; es la historia de nuestra propia alma, puesta en escena para que la entendamos no solo con la mente, sino con el corazón.
¿Es la Logia el lugar donde se desarrollan los mitos?
Precisamente. La Logia Masónica es, en su esencia, el espacio sagrado donde los mitos antiguos renacen una y otra vez. Así como en los templos de Egipto se recorría un camino desde la oscuridad exterior hacia la luz interior, en nuestra Logia se reproduce ese mismo viaje: de Occidente a Oriente, de la sombra a la Luz, de la ignorancia al conocimiento. La Logia es el escenario vivo donde el mito se hace presente una y otra vez, en cada iniciación, en cada tenida. No es un lugar de piedra solamente: es donde el relato sagrado se repite para que cada hermano lo reconozca como su propia historia.
¿Por qué muchos consideran los rituales cosas de niños?
Esto ocurre por una razón profunda y hermosa: la Iniciación nos devuelve simbólicamente a la infancia. En el Grado de Aprendiz, el masón tiene simbólicamente tres años: comienza de nuevo, como quien nace a la luz. Se le enseña a caminar, a hablar, a trabajar la piedra bruta. Quien mira desde fuera dice: "qué cosas tan simples, qué ceremonias infantiles". Pero no comprende que para entrar al Reino de los Cielos —y al Templo interior— hay que volverse como niños otra vez: humildes, dispuestos a aprender, sin la arrogancia de quien cree saberlo todo.
Como nos recuerda una antigua enseñanza masónica: "Los grandes misterios no están enterrados en grimorios polvorientos, sino escondidos a plena luz, disfrazados en los cuentos que nos contaban de niños". El ritual parece sencillo porque la verdad más grande se revela a los humildes, no a los sabios según el mundo. Quien se burla de la sencillez del ritual demuestra simplemente que aún no ha comprendido su sabiduría disfrazada en cuentos de hadas
Tomemos como ejemplo la historia de Blanca Nieves. Sus raíces se remontan a una joven real: María Sophia Margaretha Catharina von Erthal, nacida en 1729 en Alemania, bondadosa con los pobres, amada por los niños mineros de la región, cuya madrastra la trataba con dureza. El espejo mágico fue un espejo acústico real fabricado en su ciudad; los "siete enanitos" eran niños trabajadores de las minas, pequeños y cansados prematuramente. Los hermanos Grimm recogieron esa historia y la envolvieron en belleza para que todos pudieran verla. ¿Siete enanitos? El número siete es sagrado: siete planetas, siete metales, siete virtudes, siete etapas del alma. Cada uno representa una cualidad que debemos cultivar.
Ocurre igual con La Cenicienta. Su versión más antigua conocida procede del Antiguo Egipto: la historia de Rhodopis, una joven esclava de origen griego que vivía en Egipto, de la que un águila arrebató una sandalia mientras se bañaba y la llevó hasta el faraón, quien al verla la buscó y la hizo su esposa. Ya allí, hace miles de años, estaba el mensaje: el alma humilde que vive entre las cenizas será reconocida y elevada por su luz interior. El vestido azul es la túnica de la conciencia pura; los zapatos de cristal son la transparencia del espíritu; el príncipe es la Verdad que reconoce a quien ha permanecido fiel a sí misma.
El número siete, el anciano sabio, la madrastra que representa lo bajo, la prueba que se supera con bondad... todos estos elementos aparecen en los cuentos porque provienen de una misma fuente de sabiduría antigua: las escuelas de misterios que enseñaron desde Egipto pasando por Caldea hasta Grecia, y que hoy la Masonería conserva.
La paloma en la Logia, un relato que nos enseñó la vida
Cierta vez, una pequeña paloma entró por una ventana abierta de nuestra Logia buscando refugio. El recinto estaba silencioso, solemne, protegido... pero la Logia se reúne cada quince días. Cuando regresamos, la encontramos junto al Altar, inmóvil. Había buscado abrigo en el lugar sagrado y no halló quien la cuidara entre una tenida y otra.
Ese suceso nos dejó una enseñanza profunda: el Templo no basta si no hay presencia viva entre sus muros. La luz del recinto protege, pero la vida requiere atención continua, fraternidad activa, cuidado mutuo todos los días, no solo cuando nos reunimos. La paloma, símbolo de paz y espíritu, nos dijo con su silencio final: la Verdad no se guarda encerrada entre paredes sagradas; se alimenta, se comparte, se vive cada día.
Así, cada relato que perdura en la memoria de los pueblos no es simple fantasía: es un lenguaje cifrado, una herencia de las antiguas Escuelas de Misterios que guarda verdades eternas para quien sabe mirar con ojos de iniciado. La Logia es el lugar donde esos mitos cobran vida una y otra vez. El ritual parece cuento o ceremonia sencilla porque la verdad se revela a los corazones dispuestos a volverse humildes como niños.
Detrás de cada cuento de hadas, detrás de cada ceremonia, hay una enseñanza antigua: el alma cae, sufre, prueba, y al final se eleva y se reconoce. Ese es el camino que nos mostraron los sabios de Egipto, los sacerdotes de Caldea y los iniciados de Grecia. Ese es el camino que la Masonería nos invita a recorrer. Y como en todo buen cuento que comienza con "Había una vez...", también en nuestra vida hay un comienzo, una prueba y un final luminoso: el descubrimiento de que la Luz que buscábamos afuera, la llevábamos dentro desde siempre.
— Alcoseri