El Reino que no está en los cielos, el Reino está en nuestro interior
¿Dónde reside ese Reino que buscan místicos, Iniciados Masones, sabios y Esotéricos de todos los tiempos? ¿Es un lugar lejano al que se accede sólo tras cruzar la sombra de la muerte, ese "Eterno Oriente exterior" que nombramos en nuestros rituales Masónicos? ¿O es un estado de consciencia que llevamos oculto en lo más profundo de nosotros, esperando ser descubierto mientras aún caminamos sobre la tierra?
Sorprende constatar que ni en los textos fundacionales de nuestra Orden Masónica, ni en las liturgias de los distintos ritos, ni siquiera en el Libro de la Ley o Biblia se exprese este concepto con la claridad meridiana que merece. Más bien, se ha ocultado entre giros lingüísticos, traducciones desviadas y velos que sólo la iniciación puede levantar. Pero las huellas están ahí, grabadas en la piedra simbólica de nuestra tradición.
La chispa divina olvidada dentro de nosotros
Sócrates ya enseñaba que la verdad no se impone desde fuera, sino que se despierta de dentro, como quien extrae una joya de la tierra. Carl Gustav Jung, que supo ver más allá de los prejuicios, lo llamó con exactitud: «El Ser Interior... podría ser igualmente llamado el “Dios dentro de nosotros”». Incluso Sigmund Freud, hermano de la Orden en la logia B'nai B'rith, nos abrió las puertas de ese océano ignoto al señalar que el inconsciente —ese reino que está detrás de cada palabra, cada deseo, cada acto— es la verdadera extensión de nuestro ser.
El Evangelio de Tomás, ese texto de sabiduría oculta que el tiempo quiso borrar, lo proclama sin rodeos:
«Si os dijeren que el Reino está en el cielo, las aves os preceden; si en el mar, los peces van delante. Mas el Reino está dentro de vosotros y fuera de vosotros. Cuando os conozcáis a vosotros mismos, seréis conocidos: sabréis que sois hijos del Padre Viviente. Si no os conocéis, vivís en la miseria y sois la miseria misma.»
Lo mismo encontramos en el Evangelio de Lucas, donde una mala traducción ha desviado el sentido durante siglos. El griego original "Entos Humôn" significa inequívocamente "dentro de ti", no "entre vosotros". Se prefirió una interpretación comunitaria y externa a la verdad revelada: el Reino no es algo que venga de afuera, es algo que ya vive en nosotros, aunque no lo veamos. Los nombres cambian —Eterno Oriente, Cielo, Paraíso, Nirvana, Tlalocan, Monte Meru— pero todos apuntan a la misma cima: la patria interior.
Deus Meumque Jus: el lema de la soberanía interna
Es aquí donde brilla con luz propia el lema que distingue nuestros grados más elevados: Deus Meumque Jus. Traducido comúnmente como "Dios y mi derecho", su sentido masónico va mucho más allá de la historia política o la simple rectitud moral. En clave iniciática, significa: Dios en mí, y el derecho a gobernar mi propio reino.
No se trata de reyes terrenales, sino de ser el soberano legítimo de cuanto habita en nosotros: ordenar el caos de las pasiones, someter lo inferior a lo superior, reconocer que la chispa del Gran Arquitecto reside en el centro de nuestro ser. La Logia no es más que el espejo donde aprendemos a estructurar ese orden invisible: al organizar el espacio ritual, al respetar las columnas, al seguir el camino de Oriente a Occidente, estamos aprendiendo a trazar los planos de nuestro propio templo interior. Sólo quien ha conquistado su derecho a gobernarse a sí mismo puede aspirar a trascender los límites de la materia y responder a su verdadera naturaleza divina.
La visión de Ouspensky: el desarrollo de la consciencia
Al adentrarnos en Psicología de la posible evolución del hombre, encontramos una luz que confirma este camino. P D Ouspensky nos recuerda que el ser humano, tal como lo conocemos, no está terminado: es una semilla que puede florecer o quedarse para siempre en la tierra. Según su enseñanza, no tenemos una sola conciencia estable, sino que vivimos dispersos en mil "yoes" contradictorios, sin un centro que los una.
Ese "centro" es precisamente el Reino Interior. Ouspensky nos dice que la evolución no consiste en cambiar de entorno, sino en cambiar la calidad de nuestra consciencia:
- Solo con el trabajo constante sobre sí mismo podemos pasar de la existencia mecánica a la conciencia despierta.
- La "cuarta dimensión" que menciona no está en el espacio exterior, sino en la profundidad del ser: es la capacidad de vernos a nosotros mismos desde fuera, de reconocer nuestra ignorancia y transformarla.
- Al igual que en la Masonería, para él el verdadero conocimiento no se recibe como un regalo: se conquista mediante la observación, el esfuerzo y la renuncia a cuanto nos ata a lo superficial.
Así, el Reino Interior no es algo que ya está hecho: es lo que construimos, piedra sobre piedra, a medida que evolucionamos.
La Masonería no nos pide que busquemos al Gran Arquitecto del Universo en templos lejanos ni en cielos inalcanzables: nos enseña que debemos levantar el velo en nuestra propia conciencia. Buscar el Reino Interior es reconocer que llevamos en nosotros la medida de todas las cosas, la ley que ordena el universo y la fuerza para cumplirla. Como buenos constructores, sabemos que no hay obra más noble que la del propio ser: cuando ordenamos nuestro interior, reflejamos el orden del mundo; cuando hacemos brillar la luz que llevamos dentro, iluminamos también el camino de nuestros hermanos.
El Reino no vendrá desde fuera: ya está aquí, esperando que nos atrevamos a entrar en él.
Alcoseri
