La masonería: ¿sociedad discreta o sociedad secreta?

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Alcoseri Vicente

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May 1, 2026, 8:34:46 PM (2 days ago) May 1
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La masonería: ¿sociedad discreta o sociedad secreta?
Desde hace siglos, la masonería ha despertado la curiosidad, el respeto y también la sospecha. Pero hoy se plantea una pregunta que divide opiniones y que toca el alma misma de nuestra orden: ¿sigue siendo una seductora sociedad secreta, o se ha convertido simplemente en una sencilla sociedad discreta? Hay quienes afirman que ya no guardamos nada que ocultar, que nuestras Logias están a la vista del mundo y que nuestros principios son conocidos por todos en cualquier página de Internet. Sin embargo, la realidad es muy distinta —y mucho más profunda— de lo que se cree a primera vista.
El artículo 23 de los Landmarks, esos principios inmutables que han guiado nuestros pasos durante generaciones, define claramente a la masonería como una sociedad secreta. ¿Cómo es posible entonces que hoy se diga lo contrario? La explicación es clara: esta idea de que sólo somos "discretos" no surgió de nuestra tradición, sino que fue impulsada por corrientes externas, por obediencias irregulares y por personas que, aunque están entre nosotros, no comprenden ni comparten la esencia de lo que somos. Han tratado de borrar una característica que no es una elección pasajera, sino parte de nuestra naturaleza misma.
Pero, ¿qué significa realmente ser una sociedad secreta? Para muchos, la expresión evoca imágenes de reuniones misteriosas, de miembros desconocidos y de planes ocultos para dominar el mundo. Sin embargo, la definición verdadera es mucho más rica y compleja. Ser una sociedad secreta significa, ante todo, que existe un tipo de conocimiento que no se entrega a cualquiera, que se transmite sólo a quienes han demostrado su disposición a recibirlo, a quienes han recorrido el camino de la iniciación y han dedicado años de vida al estudio, la reflexión y el trabajo interior. Como señala el historiador y experto en la materia José Antonio Ferrer Benimeli, "el secreto masónico no esconde algo malo, sino algo sagrado: es la protección de una enseñanza que sólo puede ser comprendida por quien está preparado para ella". No se trata de ocultar lo que hacemos, sino de guardar con cuidado lo que somos y lo que sabemos, porque hay verdades que sólo se revelan al corazón que sabe escuchar y al espíritu que sabe esperar.
También el investigador y escritor Jean Palou, uno de los más respetados en el estudio de nuestra historia, afirma que "la masonería nunca ha dejado de ser secreta, porque su secreto no está en sus acciones, sino en su esencia. Lo que ha cambiado con el tiempo es sólo la forma en que se presenta ante el mundo, pero el núcleo de misterio y conocimiento reservado sigue intacto, igual que en sus orígenes". Y tiene razón: desde los tiempos de los gremios de constructores medievales, cuando los maestros guardaban con celo los secretos de la geometría y la arquitectura —conocimientos que en esa época eran considerados casi divinos—, hasta nuestros días, el secreto ha sido el muro que protege nuestra enseñanza de la incomprensión, la manipulación y la censura.
Es cierto que muchos de nuestros principios son conocidos públicamente: hablamos de libertad, de igualdad, de fraternidad, de justicia y de perfeccionamiento humano. Es cierto también que muchos masones llevan con orgullo su pertenencia a la orden y no ocultan quiénes son. Pero eso no significa que hayamos perdido nuestro carácter secreto. Porque hay una gran diferencia entre mostrar el rostro y revelar el alma. Nuestros símbolos, nuestros rituales, nuestros métodos de reconocimiento y, sobre todo, la forma en que comprendemos y vivimos la vida, son cosas que sólo se pueden entender desde adentro. Como bien dice el historiador René Guénon, "el secreto masónico es como la cáscara de un fruto: protege lo que hay dentro, pero no impide que quien quiera comerlo tenga que abrirla primero. Quien no se toma el trabajo de romper la cáscara, nunca llegará a conocer la dulzura de lo que está adentro".
Si quitáramos a la masonería este carácter secreto, si abriéramos de par en par todas sus puertas y reveláramos todos sus misterios, ¿qué quedaría de ella? Nada más que un grupo de personas con buenas intenciones, sin ninguna particularidad, sin nada que la distinga de cualquier otra asociación o club social. Perderíamos nuestra identidad, nuestra razón de ser y, lo que es peor, dejaríamos de ser masones. Porque la masonería no es sólo lo que hacemos, sino lo que sabemos y lo que somos. Y eso no se puede mostrar a cualquiera.
Algunos hermanos han pensado que sería mejor abandonar el secreto para evitar críticas, para dejar de ser objeto de sospechas o para ganar aceptación social. Pero se equivocan profundamente. Intentar cambiar nuestra naturaleza para agradar a los demás sería el mayor error que podríamos cometer. Sería, como se suele decir, un suicidio colectivo. Porque si dejamos de ser lo que somos para ser lo que otros quieren que seamos, ya no seremos nada. Y aunque trataran de borrar nuestro secreto, aunque intentaran exponerlo todo a la luz del día, no lo lograrían del todo. Porque los secretos más profundos de la masonería no se escriben en libros ni se dicen en palabras: se llevan en el corazón, se aprenden con la experiencia y se transmiten de alma a alma. Y eso, nadie lo puede revelar ni quitar.
Durante siglos hemos sobrevivido a persecuciones, a prohibiciones, a guerras y a cambios de todo tipo. Hemos resistido porque hemos sabido guardar lo que es nuestro y porque hemos entendido que el secreto es nuestra mejor protección. Si nos hubiéramos convertido en una sociedad abierta, sin nada que ocultar y sin nada que reservar, hace mucho tiempo que habríamos desaparecido, absorbidos por la corriente de la historia o olvidados entre tantas otras organizaciones que nacen y mueren cada día. Por eso, la conclusión es clara: la masonería no puede seguir siendo sólo discreta. Tiene que volver a ser, con toda su fuerza y todo su orgullo, una sociedad secreta. No para esconderse, sino para proteger lo que es sagrado; no para engañar, sino para preservar lo que es valioso; no para separarse del mundo, sino para ofrecerle algo que el mundo por sí mismo no puede encontrar.
Para transmitir este mensaje de manera que llegue a todos, sin importar en qué parte del mundo estén ni qué tradición sigan, creo que debemos centrarnos en tres puntos fundamentales:
El secreto como respeto, no como exclusión
Debemos explicar que no guardamos secretos para creernos mejores que los demás, sino porque entendemos que hay cosas que no se pueden dar a cualquiera, del mismo modo que no se le entrega una llave maestra a quien no sabe abrir ni siquiera la puerta de su propia casa. El secreto es una forma de respeto hacia el conocimiento mismo: reconocemos que no todo está preparado para ser entendido por todos, y que cada verdad requiere de quien la recibe la disposición adecuada para recibirla.
El secreto como herencia y responsabilidad
Lo que guardamos no es sólo nuestro: pertenece a todos los hermanos que nos antecedieron, que sufrieron, lucharon y murieron muchas veces sólo para que esta enseñanza no se perdiera. Guardar el secreto es honrar su memoria y cumplir con la responsabilidad que ellos nos entregaron. Como dijo el masón y escritor Albert Pike: "Lo que recibimos de nuestros antepasados no es una propiedad que podamos usar a nuestro antojo, sino un fuego que debemos mantener encendido y entregar intacto a quienes vendrán después de nosotros".
El secreto como camino de transformación
Lo más importante no es lo que ocultamos a los demás, sino lo que el secreto hace en nosotros mismos. Al saber que hay cosas que sólo compartimos con quienes han recorrido el mismo camino, desarrollamos el sentido de pertenencia, la lealtad y la confianza mutua. El secreto nos enseña a valorar lo que tenemos, a no desperdiciar lo que es valioso y a cultivar la discreción como una virtud fundamental para la vida.
Un cuento sufí sobre el secreto y su necesidad
Había una vez un sabio sufí que vivía en una pequeña aldea y era conocido por su gran sabiduría y por tener conocimientos que nadie más poseía. Muchas personas acudían a él para pedirle consejos, pero muy pocas lograban entrar en su círculo más íntimo y conocer lo que él guardaba con mayor cuidado.
Un día, uno de sus discípulos más jóvenes, impaciente y lleno de orgullo, le dijo:—Maestro, ¿por qué guardas tantas cosas en secreto? ¿Por qué no le cuentas todo a todo el mundo? Si lo que sabes es tan bueno y tan valioso, ¿por qué no lo compartes sin restricciones? Así podrías ayudar a mucha más gente.
El sabio no respondió de inmediato. Se levantó, tomó al joven de la mano y lo llevó hasta su jardín, donde había un hermoso manzano que daba los frutos más dulces y jugosos de toda la región.—Mira este árbol —le dijo—. Todos pueden verlo, todos saben que da frutos excelentes y cualquiera puede acercarse a él. Pero dime: ¿cuándo está el fruto mejor protegido? ¿Cuando está colgado de la rama, a la vista de todos, o cuando está todavía dentro del brote, cubierto por sus hojas y cerrado a los ojos ajenos?
—Cuando está dentro del brote —respondió el joven—, porque si se deja ver demasiado pronto, el viento puede dañarlo, los pájaros pueden comérselo o alguien puede cogerlo antes de que esté maduro y así se pierda todo su sabor.
—Exactamente —dijo el sabio—. El conocimiento y la verdad son como ese fruto. Si se muestran antes de tiempo, a quien no está preparado para recibirlos, se echan a perder, se malentienden o se usan para fines equivocados. El secreto es como la cáscara que protege al fruto hasta que está listo para ser cosechado. No existe para esconder algo malo, sino para preservar algo bueno. Y recuerda esto: nadie puede valorar verdaderamente lo que no ha tenido que esforzarse por conseguirlo. El fruto que se coge fácilmente se come y se olvida rápido; pero el que se ha esperado, cuidado y protegido, se disfruta con gratitud y se recuerda para siempre.
El joven entendió entonces que el secreto no era una barrera, sino una protección, y que no se guardaba para separar a las personas, sino para unir a quienes estaban dispuestos a recorrer el mismo camino con la misma dedicación.
Alcoseri 
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