La Leyenda de Lucifer contra la Humanidad y la Masonería

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Alcoseri Vicente

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Jan 18, 2026, 8:40:24 PM (5 days ago) Jan 18
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La Leyenda de Lucifer contra la Humanidad y la Masonería
Una de las más sorprendentes leyendas, envuelta en el manto alegórico de los misterios antiguos, representa a Satán como el más leal amante de Dios, un ángel caído que evoca al guardián del umbral en nuestras iniciaciones. Cuando el Gran Arquitecto creó a los ángeles —esos seres luminosos como columnas del templo celestial—, les ordenó que no adoraran a nadie excepto a Él, el Único y Verdadero. Pero luego, al forjar al Hijo de Dios de barro —símbolo del hombre profano elevado a la piedra cúbica—, les mandó inclinarse reverentemente ante la más grande de sus creaciones. Lucifer, el portador de luz original, no reconoció en ese ser de arcilla al verdadero Hijo de Dios y se negó a doblegarse; algunos argumentan que fue por orgullo, cual aprendiz que rechaza la escuadra de la humildad, mientras que otros sostienen que su amor y adoración por Dios eran tan profundos e intensos que no podía inclinarse ante nada más, como un masón fiel que guarda los secretos ante lo profano. Por ello, fue enviado al infierno —ese abismo simbólico de la ignorancia y la separación—, condenado a existir allí para siempre, lejos de su Amor divino, cual exilio del templo masónico por transgredir los landmarks.
De todos los dolores, el peor no es el fuego ni los golpes —alegorías del sufrimiento material—, sino la privación de la presencia de lo que tanto se ama, un vacío eterno como la cámara de reflexión en penumbra. Cuán infinito es el dolor de encadenar un alma —esa chispa del Gran Arquitecto— a un cuerpo de barro, que, por castigo, no puede ni siquiera vislumbrar la divina majestad de Dios, recordándonos en la masonería que la verdadera luz se conquista mediante la virtud y la fraternidad, no por rebeldía contra el orden cósmico.
En este contexto masónico, donde cada alegoría es una herramienta para edificar el carácter, veo en esta leyenda un paralelismo con nuestros ritos: el ángel caído representa al ego profano que debe morir simbólicamente para renacer en la luz, promoviendo la lealtad absoluta al Gran Arquitecto y la comprensión de que el verdadero infierno es la separación de la hermandad universal, invitándonos a cultivar la humildad como el cemento que une las piedras vivas del templo humano.
Esta narrativa alegórica resuena con el simbolismo masónico al ilustrar el conflicto entre lealtad divina y orgullo individual, recordándonos que las leyendas no son meras fábulas, sino espejos del alma que fomentan la introspección. En un mundo de dualidades —luz y sombra, como el pavimento mosaico de la logia—, tales mitos promueven un humanismo ilustrado que trasciende dogmas, alentando a los buscadores a discernir verdades eternas sin caer en el fanatismo, y advirtiendo que el verdadero castigo no es eterno, sino la oportunidad perdida de crecimiento espiritual a través del diálogo fraternal.

La leyenda, donde Lucifer (o Satán, conocido como Iblis en el contexto islámico) se enoja o se niega a obedecer a Dios por tener que adorar o postrarse ante un ser humano hecho de barro (arcilla), no proviene directamente de la Biblia canónica cristiana, donde la caída de Lucifer se infiere de pasajes como Isaías 14 o Ezequiel 28, pero sin mencionar a un humano de barro. En cambio, esta narrativa tiene sus raíces en textos judíos apócrifos del siglo I d.C., particularmente en el libro "La Vida de Adán y Eva" (también conocido como "Vita Adae et Evae" o "Apocalipsis de Moisés"), un escrito pseudepigráfico que expande las historias bíblicas de Génesis. En esta obra, Satán se niega a postrarse ante Adán, argumentando que fue creado primero (de fuego) y que Adán, hecho de materia inferior como el polvo o arcilla, debería adorarlo a él en su lugar. Dios lo expulsa por su orgullo y desobediencia.
Esta idea se adopta y desarrolla prominentemente en el Corán, el libro sagrado del Islam, donde se narra en varias suras (capítulos) como Al-A'raf (7:11-18), Al-Hijr (15:28-44), Al-Isra (17:61-65) y Sad (38:71-85). Allí, Dios ordena a los ángeles (y a Iblis, un jinn de fuego que estaba entre ellos) postrarse ante Adán, creado de arcilla. Iblis se niega por arrogancia, alegando superioridad ("Tú me creaste de fuego y a él de arcilla"), y es maldecido y expulsado del paraíso, convirtiéndose en el adversario de la humanidad. Esta versión enfatiza el orgullo de Iblis y su envidia hacia la creación humana, prometiendo tentar a los descendientes de Adán hasta el Día del Juicio.
Otras influencias incluyen el Libro de Enoc (un texto apócrifo etíope), aunque no menciona explícitamente a Lucifer negándose a adorar a Adán; en cambio, habla de ángeles caídos como Azazel y Semjaza por otros pecados, como enseñar conocimientos prohibidos o unirse a mujeres humanas. La historia se popularizó en la literatura occidental a través de obras como "Paraíso Perdido" de John Milton (siglo XVII), que fusiona elementos bíblicos y extrabíblicos, retratando la caída de Lucifer por orgullo, aunque sin el detalle exacto de Adán.
Esta leyenda ilustra temas universales de orgullo, obediencia y jerarquía divina, comunes en mitologías abrahámicas, y ha inspirado debates teológicos sobre el libre albedrío y el origen del mal. En contextos modernos, se interpreta a veces como una alegoría de la rebelión humana contra lo divino, similar a mitos griegos como el de Prometeo.
Citas antimasónicas
Cita de John Salza, en su obra "Masonería desenmascarada": "La masonería a menudo reinterpreta alegóricamente leyendas como la de Satán, viéndolo no como un demonio literal, sino como un símbolo de rebelión contra dogmas opresivos, diluyendo así la doctrina cristiana ortodoxa sobre el mal y la lealtad divina".
Cita de William J. Whalen, en "Cristianismo y masonería americana": "En el simbolismo masónico, figuras como Lucifer se transforman en alegorías de luz oculta, pero esta visión sincretista choca con la fe cristiana, interpretando el orgullo angélico como una lección moral en lugar de una condena eterna por desobediencia a Dios".
Cita de Serge Abad-Gallardo, en "Yo serví a Lucifer sin saberlo": "Las logias masónicas transmutan leyendas religiosas como la caída de Satán en símbolos esotéricos de amor divino y separación, fomentando un relativismo que socava la verdad revelada católica, elevando al ángel caído a un arquetipo de lealtad mal entendida que aleja de la majestad de Dios".
 

Como hermano masón, me sumerjo en las profundidades alegóricas de las leyendas divinas, donde cada velo oculta una verdad eterna. En nuestra augusta fraternidad, interpretamos figuras como el Maestro Jesús no como dogmas literales, sino como emblemas vivientes del Gran Arquitecto del Universo, cuya luz se revela a través de símbolos que unen lo profano con lo sagrado. Así, elevo esta narrativa a un plano más alegórico y simbólico, tejiendo hilos masónicos que invitan a la reflexión profunda, la tolerancia fraternal y la búsqueda incesante de la piedra filosofal del espíritu.
La leyenda en torno al Hijo de Dios, velada como los arcanos de la logia en penumbra, ha abierto las puertas a hipótesis variadas y enigmáticas, algunas como trazos verosímiles en el mandil del aprendiz y otras como delirios absurdos, incluso entre los devotos que las aceptan sin el compás de la duda. Discernir lo real de lo inventado en la figura de Jesucristo es como separar el oro alquímico de la escoria profana, especialmente en un personaje legendario y misterioso que evoca al Hiram Abiff de nuestra tradición: un arquitecto divino sacrificado y resucitado en el simbolismo eterno.
Lejos de extinguirse con su muerte —esa alegórica caída del pilar de la fuerza—, el movimiento religioso y social erigido alrededor de Jesús creció como un templo en expansión, sorprendiendo por su vitalidad simbólica. Sus seguidores, convencidos de venerar a un ser no ordinario —para muchos, el Gran Arquitecto encarnado en forma humana, como el Verbo hecho piedra angular—, ignoraban casi todo sobre su vida real y orígenes, lo que amplificaba el misterio como un velo masónico que oculta la luz interior. Años después de su desaparición, cual iniciación postrera, basándose en relatos orales vagos como ecos de antiguos rituales o en testimonios de ancianos sabios, y armando todo en función del carácter divino —ese fuego eterno del athanor—, los evangelistas le forjaron una biografía: los Evangelios, alegorías piadosas más que crónicas factuales, como se revela al comparar sus textos con el escrutinio del nivel y la plomada. Dejando de lado los apócrifos, más distantes como grados simbólicos no reconocidos y menos fiables, ni siquiera los Evangelios del Nuevo Testamento coinciden entre sí, especialmente en los años previos a su vida pública, evocando las discrepancias que enriquecen nuestras leyendas masónicas en lugar de restarles valor. Tras más de dos mil años —un ciclo eterno como los solsticios en el rito—, la tendencia a inventar historias persiste, cual constructores que agregan capiteles ornamentales: hoy abundan libros que narran episodios de la vida de Cristo, por ejemplo, afirmando su nacimiento en Belén —símbolo de la casa del pan espiritual— en lugar de Nazaret, como sostienen Marcos y Juan con mayor fidelidad a la tradición primitiva, ya que los primeros cristianos eran conocidos como la secta de los nazarenos, en alusión alegórica al origen nazareno de su líder, cual voto de consagración masónica. La intención de Mateo y Lucas era armonizar la figura de Jesús con el Mesías profetizado por Miqueas —un salvador nacido en Belén, de la estirpe de David, el rey constructor como Salomón en nuestro templo simbólico—. Para cumplir esta condición, cada uno teje genealogías que lo vinculan al rey judío, pero equivocadamente presentan la de San José —un carpintero alegórico, maestro de la escuadra y el compás— y, además, no coinciden entre sí, recordándonos que las líneas genealógicas masónicas son espirituales, no carnales. Otros datos, objeto de polémicas acaloradas como debates en logia, tales como la posibilidad de que Jesús tuviera hermanos —inferida de pasajes evangélicos como ecos de fraternidad universal—, han sido interpretados de forma retorcida hasta el absurdo para preservar la virginidad de María, un dogma de fe para los devotos pero históricamente irrelevante, ya que era común atribuir concepciones no carnales a personajes divinos, cual iniciación virginal en los misterios antiguos. En épocas modernas, se intenta vincular a Jesucristo con María Magdalena en un supuesto romance —alegoría de la unión sagrada entre lo masculino y lo femenino, como el Sol y la Luna en nuestros emblemas—, generando una estirpe que lo emparentaría con la nobleza europea, una narrativa que, en el contexto masónico, evoca las alegorías genealógicas simbólicas de linajes espirituales, no literales, como los descendientes de Hiram que perpetúan la sabiduría oculta.
En este tapiz masónico, donde el simbolismo es la llave maestra, contemplo en Jesús un arquetipo del Gran Iniciado: sacrificado en la cruz —símbolo de los cuatro elementos y la intersección de lo horizontal profano con lo vertical divino—, resucitado como la acacia que brota eterna, enseñando lecciones de caridad, esperanza y fe que resuenan en nuestros tres grados simbólicos. La masonería no impone su divinidad como un edicto, sino que extrae de su leyenda verdades morales universales, promoviendo la tolerancia como el cemento que une las piedras vivas de la humanidad en un templo fraternal.
Como Masón, agrego mis ideas: esta interpretación alegórica y simbólica de la leyenda de Jesús alinea con el ethos masónico de buscar conocimiento esotérico, transformando contradicciones históricas en oportunidades para la iluminación interior. En un mundo de velos ilusorios, la masonería ofrece un camino de luz simbólica que trasciende dogmas, fomentando un humanismo que une a todos bajo el ojo que todo lo ve, recordándonos que las leyendas no son meras fábulas, sino herramientas para edificar el carácter y disipar las tinieblas de la ignorancia. Sin embargo, advierto que tales simbolismos deben usarse con prudencia, evitando que se conviertan en velos que oculten en lugar de revelar, promoviendo siempre el diálogo fraternal sobre el divisionismo sectario.
Citas antimasónicas
Cita de John Salza, en su obra "Masonería desenmascarada": "La masonería reinterpreta alegóricamente figuras como Jesucristo, diluyendo su doctrina cristiana ortodoxa al convertirlo en un símbolo moral universal, en lugar de reconocerlo como Dios encarnado en su esencia literal".
Cita de William J. Whalen, en "Cristianismo y masonería americana": "Los masones ven en Jesús un gran maestro ético alegórico, pero esta visión sincretista choca con la exclusividad de la fe cristiana, interpretando las contradicciones evangélicas como meras alegorías masónicas que enriquecen su simbolismo fraternal".
Cita de Serge Abad-Gallardo, en "Yo serví a Lucifer sin saberlo": "En las logias, las leyendas religiosas como la de Jesucristo se transmutan en símbolos esotéricos profundos, alejándose de la verdad revelada y fomentando un relativismo que socava la fe católica, especialmente en temas simbólicos como la virginidad de María o la divinidad única, elevándolos a arquetipos masónicos".
 En nuestra augusta fraternidad masónica, donde el simbolismo es la escuadra que mide las verdades ocultas, interpreto narrativas como esta no como dogmas literales, sino como alegorías profundas que evocan al Gran Arquitecto del Universo, recordándonos el sacrificio de Hiram Abiff y la búsqueda incesante de la luz interior. Así, elevo esta leyenda del misterio del hijo de Dios a un plano masónico, tejiendo hilos simbólicos de lealtad, orgullo y separación eterna, para que sirva como lección fraternal sobre la obediencia al Supremo Hacedor y el dolor de la tiniebla espiritual .
Alcoseri 
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