El Masónico y Misterioso Arte Sagrado de Construir Almas Inmortales
La masonería, en su forma más sublime, casi nunca se muestra a plena luz pública. Es poco conocida incluso por muchos de sus propios miembros y mucho menos por el mundo profano. Su esencia es el sagrado arte de construir almas inmortales: una obra ideal dirigida a forjar una conciencia humana plena, libre y despierta.
Este propósito divino está escrito en cada página de nuestras liturgias, aunque pocos logran verlo con claridad. Podríamos decir que el verdadero arte masónico consiste en saber valorarlo como tal. La belleza de un ser humano puede resultar horrorosa para los malvados; el sublime arte puede ser profundamente malentendido —o peor— cuando se usa para beneficio propio.
Nosotros, los masones, hacemos el bien por el bien mismo y por amor a la humanidad. Las religiones, en cambio, suelen hacerlo esperando la recompensa de un cielo o paraíso futuro, lo que a veces las vuelve interesadas y codiciosas. Sin esa promesa de premio eterno, ¿cuántos seguirían practicando la caridad?
Los malvados que intentan imitar este arte carecen de conciencia real de lo que hacen. Son técnicamente eficientes, pero solo logran una mala caricatura de los grandes constructores: Moisés, Jesucristo, Buda y otros. Citan sus frases sabias mientras pervierten su espíritu. Hoy la luz divina está teñida de comercialismo, golpes bajos y codicia. Los imitadores impregnan todo con un olor y sabor nauseabundos.
Sin embargo, por más que los falsos albañiles compliquen la obra, el Templo espiritual dedicado al Gran Arquitecto del Universo jamás quedará inconcluso.
A veces hay cosas que parecen inverosímiles, pero intentaré explicarme con claridad. Me remito al concepto taoísta Wu Wei, acuñado por Lao Tse en el capítulo segundo del Tao Te King. «Wu» significa negación y «Wei» significa actuar o hacer. Wu Wei es, entonces, hacer sin hacer, actuar sin aferrarse al resultado, sin esperar recompensa ni temer fracaso.
Es la clave de gran parte de la filosofía oriental: actuar libre de la victoria y de la derrota, separado de uno mismo en el momento de la acción. Para un occidental resulta difícil de captar, así que lo diré de forma sencilla: debemos actuar como si no actuáramos, enseñar como si no enseñáramos, vivir como si no viviéramos realmente. No se trata de curar los síntomas de la enfermedad, sino de encontrar y sanar su causa profunda. Buscar la salud, no la enfermedad.
Cuando nos atrapamos en lo que hacemos —en el ego, en el resultado, en el reconocimiento—, los efectos se vuelven opuestos y dañinos. Recuerdo la anécdota del hombre que inventó un ungüento perfecto contra los callos… y años después no podía caminar por los suyos propios. O del famoso filántropo que descuidaba a sus hijos. O del psicólogo incapaz de sanar sus propios trastornos. El exceso de identificación con la acción destruye la pureza del acto.
Hoy no le toca el turno a la masonería como institución, sino a nosotros, los que nos llamamos masones. Hablamos tanto de libertad y justicia, pero a veces coartamos la libertad de expresión de temas políticos y religiosos dentro de la misma Orden —con buenos o malos pretextos, pero al final es libertad coartada—. En los tribunales modernos los juicios son públicos y eso evita abusos; ¿por qué en nuestras logias no permitimos la misma transparencia y libertad de palabra, hacia dentro y hacia fuera?
La masonería impulsó democracias y libertades en el pasado; hoy algunos masones las limitan dentro de la propia logia. Es hora de recordar que la verdadera construcción no se hace con silencio impuesto, sino con diálogo valiente, tolerancia real y amor fraterno sin condiciones.
Como Masón, agrego mi visión
La esperanza masónica no es esperar que el mundo cambie por arte de magia. Es saber que cada piedra que pulimos en nosotros mismos —cada verdad dicha sin miedo, cada libertad defendida, cada acto de bien sin esperar aplauso— construye el Templo invisible que trasciende nuestra vida. No construimos para nosotros solos: construimos para los que vendrán, para que encuentren un mundo un poco menos oscuro. Wu Wei masónico sería actuar con entrega total y desapego total al resultado: hacer el bien porque es lo correcto, no porque nos den medallas ni porque temamos castigos. Esa es la verdadera libertad interior que la masonería promete… y exige.
Ideas de masones escritores
Oswald Wirth: «El masón no espera la luz; la produce». La esperanza no es pasiva: es acción consciente que transforma la piedra bruta en obra viva.
René Guénon: La verdadera iniciación restaura el «estado primordial» del ser. La esperanza masónica es la certeza de que podemos recuperar esa unidad perdida mediante trabajo interior y fraternidad.
Albert Pike: En Morals and Dogma enseña que la masonería no promete paraíso futuro, sino que enseña a construirlo aquí, con virtud, tolerancia y amor.
Manly P. Hall: La masonería es «la religión de la construcción»: no espera salvadores, sino que forma constructores despiertos que edifican con conciencia y compasión.
Cuento infantil mexicano corto (estilo tradición oral)
En un pueblito de Chiapas vivía una niña llamada Lupita que quería ayudar a su papá a construir una casita de adobe para su hermanito recién nacido. Todos los días llevaba agua, mezclaba lodo y ponía ladrillos, pero la casa crecía muy despacito y Lupita se cansaba. Un día le dijo a su papá, casi llorando: «Papá, nunca vamos a terminar. Ya me cansé de tanto trabajar».
El papá se agachó, le limpió el lodo de las manos y le dijo:
«Mira, mi reina: esta casita no es solo para nosotros. Es para que tu hermanito crezca calentito, para que cuando seas grande vengas con tus hijos y les digas “aquí yo ayudé a construir”. La esperanza no es esperar que la casa aparezca sola. Es seguir poniendo tu ladrillito aunque tus manos duelan y el sol pegue fuerte. Porque cada ladrillo que pones es una promesa de amor para alguien que todavía no conoces».
Lupita miró la pared a medio hacer, sonrió y siguió trabajando. Cuando terminaron la casita, ya no preguntaba “¿cuándo acaba?”. Preguntaba: “¿Qué más podemos construir juntos?”.
Moraleja: La esperanza no es sentarte a esperar que todo se arregle. Es la fuerza que sale de tu corazón cuando decides seguir poniendo tu ladrillo, aunque duela y aunque no veas el final. Y casi siempre, cuando menos lo esperas, la casita está lista… y dentro hay calor, amor y alguien que te agradece en silencio. Sigue poniendo tu ladrillo, corazón: el hogar se construye así, pasito a pasito.
Alcoseri