La Logia De Las Tinieblas de los Nazis

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Alcoseri Vicente

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Aug 3, 2026, 9:10:13 PM (24 hours ago) Aug 3
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 La Logia De Las Tinieblas de los Nazis

Nazis vs Masones
El café humeante en la cafetería de la Logia, el olor a madera vieja y a jabón de trastes  , el ruido de tazas contra platos… Alguien abre la charla:
—Siempre me pregunté: ¿por qué tanta saña de los nazis contra nosotros los masones? No éramos enemigos armados, ni un partido político…
Otro, con voz pausada, remueve el azúcar de su taza de café .
—Es que chocamos con todo lo que ellos querían imponer. Empecemos por lo básico: aquí nos reunimos hombres de cualquier origen, creencia o condición, unidos por la fraternidad. Para ellos, eso era una aberración: el mundo debía dividirse por sangre, por raza, por lealtad exclusiva al Führer. En Mi lucha, Hitler mismo escribió que la masonería “paraliza el instinto nacional” y que, supuestamente, está al servicio de una conspiración mundial judía. Claro, todo basado en esos Protocolos de los Sabios de Sión que ya se sabía que eran falsos… pero les sirvió perfecto como excusa.
—Y además —interviene un tercer masón —, aquí en Masonería cada uno piensa por sí mismo, tenemos nuestras propias convicciones, no repetimos consignas políticas , ni de razas y menos de religiones. Eso es algo que un régimen totalitario no soporta: espacios donde nadie manda sobre la conciencia ajena. Göring lo dijo bien claro: “No hay lugar para la francmasonería en la Alemania nacionalsocialista”. Y Hitler fue más tajante: “O nosotros, o la Iglesia, o la masonería: sólo quedará  uno”.
—Y en lo esotérico… ahí también hubo una ruptura total —agrega el masón más anciano , señalando unos libros sobre la mesa, que un masón trajo para consulta —. Grupos como la Thule o la Logia Vril buscaban un “conocimiento racial” que nosotros nunca hemos tenido. Para ellos, nuestra fraternidad universal era una corrupción del “verdadero camino”. Himmler llegó a requisar todos nuestros archivos, ritos y símbolos… pero no para comprenderlos, sino para robar lo que le sirviera y desechar el espíritu que los da sentido: la igualdad, la tolerancia.
—¿Y qué pasó en la práctica? —pregunta el masón más joven—. ¿Sólo palabras?
—No, para nada —responde el primero—. En 1933 ya nos presionaban para cerrar “voluntariamente”. En mayo del 34 prohibieron ser masón a cualquier funcionario o militar. El 28 de octubre de ese año nos declararon “enemigos del Estado”. Y el 17 de agosto del 35: orden de disolución total. Se llevaron bienes, registros, muebles, emblemas… y después, en toda Europa ocupada: miles de hermanos arrestados, enviados a campos de concentración, asesinados. Muchos sin saber siquiera por qué, más allá de llevar el mandil .
Se hace un silencio breve. Alguien deja la taza sobre la mesa, era el masón Narcial Duran  dispuesto a leer unas hojas mecanografiadas sobre el asunto Nazi vs Masonería:
—La razón final es simple: nosotros representábamos la libertad de ser y pensar, sin más vínculo que la fraternidad. Y eso era exactamente lo que ellos querían borrar del mundo.
El anciano masón, señaló : “Esto no fue otra cosa que una Guerra Psíquica o Mental entre masones y nazis” recordemos que eran masones Winston Churchill, Franklin Delano Roosevelt, Harry S. Truman  entre otros eran masones y fueron los que acabaron con Hitler .
El Masón Narcial Duran comenzó a leer las hojas mecanografiadas :
«Estoy fundando una orden —confió Adolf Hitler a Hermann Rauschning—. Estableceré los burgos sagrados donde se consumará la segunda fase de la creación de una raza nueva. De allí nacerá la mutación definitiva: ¡el Hombre-Dios!»
Tras esas palabras latía la sombra de Karl Haushofer: maestro de la Doctrina Secreta, estudioso de la Atlántida y artífice de la mística biológica que impregnó el nacionalismo socialista. Fue él quien inició a Hitler en los arcanos ocultos en la fortaleza de Landsberg, y quien dio vida a la Logia Luminosa del Vril, surgida en Berlín como círculo iniciático reservado sólo a quienes portaran grados elevados en la ciencia secreta.
En su seno convergieron lamas tibetanos, maestros de Japón, Cachemira, India y Ceilán; discípulos directos de Gurdjieff y Ouspensky, herederos de la Orden del Alba Dorada , rosacruces y adeptos de la Ordo Templi Orientis de Aleister Crowley. Su fin no era otro que despertar en la sangre aria los poderes latentes que la ciencia materialista negaba: restaurar la energía del Vril —fuerza vital que se expande al ampliar el cuerpo etéreo— y transformar al ser humano en una entidad de voluntad y poder sin límites.
La inspiración brotó de una obra casi olvidada: La Raza que Viene, de Edward Bulwer-Lytton, masón y rosacruz que reveló en ella verdades iniciáticas que el Tercer Reich pervirtió para sus fines de dominio. Willi Ley, físico de cohetes que huyó de Alemania en 1933, fue el primero en dar cuenta al mundo de aquellos ejercicios de concentración y visión que los adeptos practicaban observando la metamorfosis de plantas —siguiendo la senda que Goethe había recorrido al percibir directamente el organismo etéreo de la naturaleza, don que le permitió anticipar catástrofes y percibir sucesos a miles de kilómetros.
Haushofer poseía esa misma clarividencia: durante la Primera Guerra Mundial predecía con exactitud horas y lugares de batallas y bombardeos, facultad obtenida tras ser uno de los dos únicos occidentales admitidos en la Sociedad del Dragón Verde de Japón. Allí aprendió a acelerar el crecimiento de una semilla hasta la floración en minutos, mediante el dominio del chakra umbilical y la obediencia a leyes que la ciencia moderna rechazaba como “judío-marxista y liberal”. Para los iniciados del Vril, la verdadera ciencia era la nórdico-nacional, basada en la cosmología secreta que bajo el manto público de la Welteislehre (Doctrina del Hielo Mundial) ocultaba enseñanzas venidas del Tíbet hace nueve mil años, ecos de los Vedas y la filosofía Samkhya.
El universo se concebía como un organismo vivo: el macrocosmos reflejado en el microcosmos humano, la Tierra con su propio cuerpo etéreo, y la evolución regida por el ritmo de expansión y contracción del “organismo del tiempo”. Según sus cálculos, al finalizar la Era Oscura o Kali-Yuga, hacia 1909, se produciría el despertar de la magia —el mismo año en que Hitler contempló por primera vez la Lanza de Longinos en Viena.
Hitler tomó esas visiones y las llevó al extremo: el siglo XX sería el punto crítico donde la humanidad pasaría por una “pubertad evolutiva”. El nuevo hombre poseería el “ojo del cíclope” —la glándula pineal activada de forma natural—, viajaría por el tiempo, dominaría elementos y climas, y sólo la sangre aria tendría acceso a esas fuerzas cósmicas. Las demás razas —aseguraban Haushofer, Himmler y el propio Führer— eran vestigios degenerados tras la caída de la Atlántida; algunas ni siquiera pertenecían a la misma especie, por lo que su eliminación no era un crimen, sino una “limpieza evolutiva”.
Para los ocultistas nazis, la humanidad había sido desviada por dos potestades adversas al orden divino: Lucifer, que incitó al ego a alzarse contra la guía espiritual, y Ahriman, que encerró la conciencia en la materia pura, reduciéndola a medida, peso y número. Tras la caída atlante, dos ramas iniciáticas se apartaron del camino recto: una buscó el poder luciférico, la otra el dominio ahrimánico, y ambas sobrevivieron en los mitos de Tule y en las cavernas sagradas del Tíbet: Agartha, vía de la derecha que aspiraba a guiar la voluntad humana hacia una falsa divinización, y Shamballa, vía de la izquierda que profundizaba en el materialismo y el control elemental.
Haushofer envió expediciones al Tíbet entre 1926 y 1942 buscando aliarse con ambas. Sólo los adeptos de Agartha —conocidos en Alemania como la “Sociedad de los Hombres Verdes”— aceptaron el pacto; los de Shamballa ya trabajaban en Occidente afianzando el dominio de la materia. Siete maestros del Dragón Verde japonés se unieron a ellos, y una colonia tibetana se estableció en Berlín, Múnich y Núremberg. Himmler, fascinado, creó el Ahnenerbe —la Oficina de Ocultismo Nazi— integrando a miembros de la Sociedad Thule, el Vril y círculos de Crowley dentro de la Orden Negra de las SS. Se impuso a oficiales de élite el estudio de meditación y arcanos; el propio Himmler llegó a imaginar una religión mundial donde la cruz sería sustituida por la esvástica.
Pero la derrota en Stalingrado rompió el vínculo. Los lamas tibetanos fueron olvidados y tratados como prisioneros; al caer Berlín, los soviéticos hallaron sus cuerpos alineados, con puñales rituales en el abdomen —el suicidio ceremonial que preferían a la rendición.
En Nuremberg, aliados y jueces se burlaron o callaron: nadie quería reconocer que no se trataba sólo de locura política, sino de una guerra espiritual. Wolfram von Sievers, jefe del Ahnenerbe, subió al patíbulo sin arrepentirse: en su celda recibió la visita de Friedrich Heischler, iniciado de grado superior al de Haushofer, consejo oculto de Hitler y verdadero arquitecto espiritual de los “burgos” donde se gestaría la raza luciférica. Ante los guardias atónitos, Heischler celebró una misa negra, consagrando el alma del condenado a las potestades de las tinieblas.
Si el Eje hubiera triunfado, el Hombre-Dios no habría sido el fin de la evolución, sino el cáliz vivo de las legiones de Lucifer: seres de apariencia humana, vasos de fuerzas demoníacas destinados a imponer un reino donde el “yo” absoluto y la materia sin alma habrían sepultado para siempre la chispa divina en el hombre.
El Masón Narcial Duran terminó de leer las hojas mecanografiadas, todos callaron en ese momento , uno de los masones presentes en la cafetería de aquella Logia propuso ¿qué tal si esto lo tratamos dentro de Logia? Todos asintieron y se dirigieron a su Templo , para abrir los trabajos y tratar más a profundidad sobre el Tema.
Alcoseri

 
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