EL PODER DE LOS MASONES

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Orlando Palacios

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Nov 25, 2022, 4:10:36 PM11/25/22
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EL PODER DE LOS MASONES - POR SERGIO OCAMPO MADRID 

Una venda en los ojos, un lazo en el cuello, el hombro izquierdo por 
fuera de la camisa y el pie derecho apenas cubierto por una alpargata 
de fique. 

El hombre camina inseguro y se adivina que está nervioso. Va 
custodiado por un grupo en atavíos de ceremonia, con gorros de fieltro 
como de turco viejo y delantales de faena, a la usanza del albañil 
medieval. Avanzan por esos sótanos donde el frío sobrecoge y no se 
escucha nada diferente al traqueteo de los zapatos de cuero. Es la 
hora del crepúsculo y ya campea la oscuridad. 

Finalmente lo dejan en una suerte de mazmorra a la que debe entrar con 
la espalda muy arqueada pues la puerta de acceso tiene apenas un metro 
con veinte. Alguien la cierra. Él se retira el vendaje y en la 
penumbra se enfrenta a un espectáculo macabro. Las paredes están 
tapizadas con lápidas y losas mortuorias. Aquí y allá hay letreros 
intimidantes sobre la vanidad, la envidia, la ira… Cada pecado capital 
tiene su nicho. Y en el centro del recinto hay un ataúd que contiene 
una momia amortajada a medias y con una expresión dolorosa en la cara. 
El ambiente se llena de una bruma pesada y el frío se intensifica pues 
el viento ha empezado a soplar. En la pared derecha suena la madera de 
un sarcófago que se está saliendo de su bóveda. 

“Si tu alma siente pavor, no prosigas”, reza un cartel que se ubica 
justo encima del único asiento en este sitio desolador. 

Unos 3.000 colombianos han vivido esta experiencia escalofriante y 
pasaron la prueba, con lo cual ingresaron en la orden masónica. El 
rito puede tener unos setecientos años, y por medio de su simbolismo 
se va de la oscuridad a la luz, se acepta humilde cuán efímera es la 
existencia humana y se entra a esa hermandad universal misteriosa, 
vilipendiada durante siglos, perseguida por reyes y príncipes, 
excomulgada 19 veces por los papas desde 1738 y prohibida por algunos 
gobiernos. 

Y aún así, este grupo esotérico muestra en sus archivos una lista muy 
larga de miembros ilustres que poco parecen tener en común. Hay allí 
hombres de guerra como Napoleón y Churchill; pero también pacifistas 
plenos como Gandhi y Luther King; padres fundadores como Bolívar, 
Washington y Juárez; genios de la música universal como Mozart, Bach y 
Beethoven, o de las letras como Shakesperare y Göethe. También están 
Sigmund Freud, Walt Disney, Cantinflas, dos de los tres astronautas 
que fueron a la Luna por primera vez, y cuatro de los últimos cinco 
presidentes de Estados Unidos, incluido Obama. 

Si hubiera que arriesgar una definición de la masonería habría que 
decir que es una organización mundial de carácter secreto, 
exclusivamente de hombres, en la búsqueda de un conocimiento superior, 
intelectual y metafísico, que se agrupa en logias con símbolos y ritos 
herméticos que los acercan a los arcanos de la antigüedad pagana. 
Tienen unos códigos de conducta sometidos a las leyes y a la 
institucionalidad de cada país donde funcionen, y se consideran 
hermanos en solidaridad y en el objetivo de avanzar hacia la 
perfección individual y social. 

“Somos básicamente una fuerza moral –dice Cesáreo Rocha, masón grado 
33, venerable maestro de la gran logia de Colombia de 1975 a 1979, y 
ex gobernador del Tolima–. Aplicamos como normas la tolerancia y la no 
aceptación de ningún dogma. La condición absoluta para ser masón es 
creer en algún Dios, llámelo como lo quiera llamar. Por eso uno de 
nuestros símbolos son las letras A.L.G.D.G.A.D.U. que significan A La 
Gloria Del Gran Arquitecto Del Universo. Una de las mentiras que se 
cuenta sobre nosotros es que somos ateos”. 

En Colombia, el inicio de esta organización se ubica en la gesta de 
independencia con Bolívar y Santander a la cabeza. El siglo XIX y la 
primera mitad del XX fueron su edad dorada en lo referente a cercanía 
con el poder. Así, entre sus cuentas aparecen 42 presidentes desde 
José Miguel Pey hasta Alberto Lleras Camargo, incluidos Darío Echandía 
y Eduardo Santos. También, un hombre que estuvo cerca de serlo: 
Horacio Serpa. Jorge Eliécer Gaitán logró ser admitido pero fue 
asesinado un mes después, y a Carlos Lleras Restrepo también le dieron 
el visto bueno antes de llegar al poder, pero doña Cecilia de la 
Fuente, su esposa, se declaró en desacuerdo y el político prefirió 
declinar antes que tener líos familiares. César Gaviria nunca lo ha 
sido, pero su padre y su abuelo sí, e inclusive están enterrados de 
pie, como corresponde a los librepensadores. 

Mientras que países como Chile o Argentina y la mayoría de 
latinoamericanos tienen una sola Gran Logia, en el país hay seis que 
agrupan a 76 logias. La más numerosa funciona en Bogotá, tiene 
alrededor de mil miembros registrados en ocho departamentos y se 
denomina Gran Logia de Colombia. Las demás están en Cali, Cartagena, 
Barranquilla, Bucaramanga y Cúcuta. Hubo una en Santa Marta pero fue 
declarada irregular hace cuatro años, y una en Montería que se 
dispersó. ¿Y Medellín?, ¿Por qué Medellín no cuenta con una gran 
logia, y los dos grupos que existen allí dependen de Bogotá? 

“La masonería en Antioquia ha sido muy complicada por la estructura 
profundamente católica de la sociedad paisa y por el conservatismo”, 
responde Luis Eduardo Botero, masón grado 33, ex magistrado del 
Consejo Nacional Electoral hasta hace tres años y uno de los dos 
únicos antioqueños que en 87 años han sido venerables maestros de la 
Gran Logia de Colombia. El otro paisa en ese cargo, que es la cabeza 
máxima de la masonería, es el ex ministro y ex congresista Jorge 
Valencia Jaramillo, quien lo ocupa en la actualidad. 

Exceptuando Antioquia, donde la hermandad tuvo serios problemas con la 
Iglesia Católica en la primera mitad del siglo XX, con amenazas de 
obispos y cruzadas en su contra que lograron casi desaparecerla y 
volverla clandestina, y sin contar algunos ataques duros de Laureano 
Gómez en los años cuarenta, la masonería colombiana no ha sido 
particularmente perseguida ni señalada. Los únicos casos de 
hostigamiento o algo similar en tiempos recientes se dieron con la 
expulsión hace cinco años de dos profesores de la Universidad La Gran 
Colombia, regida por José Galat, un conservador ultramontano. Los dos 
docentes eran masones de la Gran Logia de Colombia. Un año después, en 
ese mismo claustro fue nombrado como profesor Guillermo Montoya 
Ocampo, maestro masón, pero cuando las directivas se enteraron de eso 
no le permitieron posesionarse. 

Pero si hay una universidad enemiga, también hay una profundamente 
amiga: la Universidad Libre tiene un fuerte acervo masónico desde su 
fundación en 1922 por iniciativa del general Benjamín Herrera, masón 
grado 33. “No puede decirse que la universidad sea de la orden, pero 
sí comparte la filosofía de librepensamiento y antidogmatismo que 
están en la esencia de la masonería”, admite el rector Nicolás Zuleta. 
De los 39 rectores que ha tenido el plantel en 87 años, 25 han sido 
masones, incluido Zuleta. 

La cercanía de esta institución con la logia es tan estrecha que en el 
museo de la universidad, sede de La Candelaria, funciona una gran sala 
masónica a la que se accede cruzando unas columnas jónicas de piedra 
como las que debe tener todo templo de la hermandad. Allí pueden verse 
los monogramas primordiales del esoterismo masón: el A.L.G.D.G.A.D.U., 
y el S.F.U. (Salud, Fuerza y Unión). Con este último se saludan entre 
ellos en un protocolo gestual tan discreto que nadie nota, pero que se 
constituye en una clave para identificarse en cualquier lugar del 
mundo. También se aprecian los distintos ornamentos del ceremonial: el 
mandil (delantal de trabajo), el collar del grado 33, el fez (gorro 
cónico), la banda bordada en hilos de oro, el mallete (martillo) para 
abrir y finalizar las sesiones. 

Si bien en Colombia, la organización ha disfrutado de una relativa 
tranquilidad a lo largo de un siglo, en el resto del planeta las cosas 
han sido a otro precio. Casi desde su nacimiento oficial en 1717 
comenzó a construirse una leyenda negra que les atribuye poderes 
alquímicos y ocultos, vínculos con el satanismo, ritos que implican 
sacrificios de bebés e inclusive participación en un gran complot 
mundial para acabar con los sistemas religiosos y políticos y retornar 
al hombre a la naturaleza y a la razón. 

En un barrido por Internet es posible hallar señalamientos que van 
desde la condena a muerte al rey Luis XVI de Francia por un tribunal 
masón, hasta la participación de astrólogos de la logia en la 
planeación de la caída de las torres gemelas, pasando por unos 
supuestos simbolismos masónicos en el crimen contra John F. Kennedy, 
el asesinato del archiduque Francisco Fernando que detonó la primera 
guerra mundial, y la teoría de que Jack el destripador era un masón 
enloquecido al servicio de la reina Victoria. 
En la década de los años ochenta, Italia fue sacudida con el escándalo 
de la quiebra del Banco Ambrosiano, propiedad del Vaticano, y el 
asesinato de Roberto Calvi, su presidente. Y detrás de los crímenes 
estaba un grupo siniestro denominado P2, de la masonería irregular. 
Hace 15 años fue asesinado Jesús Posadas Ocampo, cardenal de 
Guadalajara, y Carlos Salinas, mandatario de México, acusó a los 
masones de ser los responsables. 

“Eso ocurre por dos cosas –explica Julio Roberto Galindo, masón grado 
32 y miembro de la Academia Colombiana de Historia–. Por un lado, el 
hermetismo y el uso de símbolos ayudan a alimentar fábulas. Por el 
otro, la presencia numerosa de masones (como individuos más que como 
logias) en episodios importantes, a veces actuando contra tiranías, 
despotismos, regímenes opresivos, nos ha ganado muchos enemigos. Hasta 
Bolívar, que era masón, nos proscribió al descubrir que en la 
conspiración septembrina había trece masones”. 

El contradictor número uno de la hermandad ha sido el catolicismo. 
Luego del Concilio Vaticano II y debido a las posturas liberales de 
los papas Juan XXIII y Paulo VI, en los años sesenta y setenta, se 
pensó que el Vaticano había levantado la excomunión de casi tres 
siglos. Sin embargo, un documento del 26 de noviembre de 1983, firmado 
por el cardenal Jozeph Ratzinger (futuro Benedicto XVI) cuando era 
prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, confirmó que 
“los fieles que pertenezcan a asociaciones masónicas se hallan en 
estado de pecado grave y no pueden acercarse a la santa comunión”. 

La masonería, por su lado, no considera incompatible ser católico y 
masón. El ex magistrado Botero, por ejemplo, acepta que es bautizado y 
en ocasiones va a la iglesia. “No comulgo, pero por respeto al 
catolicismo que cree que no debo hacerlo”, afirma él. 

Inclusive, en los registros de la Gran Logia de Colombia aparecen 
inscritos dos sacerdotes católicos en ejercicio que son masones 
activos y cotizantes. “Es seguro que si sus obispos se enteran van a 
tener problemas”, asegura un miembro que pide reserva de su nombre. 

La sede de la Gran Logia de Colombia es una enorme casa de los años 
veinte ubicada en la calle 18 con carrera quinta, que perteneció al 
fundador de Bavaria, Leo Kopp (masón 33), y donde vivió unos años el 
ex presidente Alfonso López Pumarejo. Contiguo hay un viejo edificio 
blanco donde funcionan ocho templos, en cuatro plantas. El principal 
es imponente, con su piso de parqué ajedrezado, las banderas de las 46 
logias integrantes, un atril de madera con una Biblia en el centro y 
sobre ella una escuadra y un compás, símbolos fundamentales de la 
organización. Al fondo, una especie de sitial de honor sobre un dosel 
(como un trono) donde preside el venerable gran maestro. Arriba de su 
cabeza, un escudo con un ojo enmarcado en un triángulo perfecto, el 
antiquísimo signo esotérico de la divinidad que todo lo ve, símbolo 
presente también en el billete de un dólar. 

La forma en que están organizados los masones mundialmente es una 
intrincada red de jerarquías en las que se va ascendiendo a través de 
dos grandes etapas. La primera se llama simbolismo y está compuesta 
por tres grados: aprendiz, compañero y maestro. El grueso de la 
hermandad se queda en este trayecto que es la masonería básica, aunque 
el título de maestro es la gran aspiración de todo iniciado. Inclusive 
el ritual para llegar a este nivel puede ser aún más espeluznante que 
el de la primera iniciación, ya que el hermano debe yacer un rato en 
un féretro y salir de él como hombre nuevo, como alguien que murió a 
lo que era. 

Luego del simbolismo viene una segunda fase que se denomina 
‘Escocismo’ pues proviene del llamado Rito Escocés Antiguo y Aceptado. 
Esta va del grado cuarto hasta el 33, que es el máximo. El ascenso se 
produce con el paso de los años por medio de un complejo sistema de 
méritos que se obtienen básicamente por estudios y trabajos 
presentados ante el grupo y por la constancia de permanecer en la 
logia y asistir sagradamente a las reuniones. Es un camino de 
conocimiento y de inmersión profunda en los misterios de la orden, que 
casi nunca dura menos de veinte años. 

En los templos hay actividad todos los días con las reuniones 
semanales de las distintas logias que operan en la ciudad. Para poder 
conformar una de estas se requiere que mínimo existan siete masones de 
grado tres. Los miembros restantes pueden ser hasta 50 personas de 
grados uno y dos. Algunos de los nombres de esas logias son Cosmos 50, 
Murillo Toro, Estrella del Tequendama, Amistad, Forjadores de 
Igualdad, Tomás Cipriano Mosquera, Pitágoras 28, Hermética 25, Juan el 
Bautista, Caballeros Hermes Trimegisto, Filantropía Bogotana. Hasta 
comienzos de 2000 hubo una integrada solo por extranjeros que se 
llamaba Welcome Lodge. 

¿Qué se hace en esos encuentros? “Se analizan problemas nacionales e 
internacionales, se discute, se presentan trabajos de investigación y 
ensayos. Lo único que está excluido es tratar de política proselitista 
o de convicciones religiosas”, asegura Cesáreo Rocha. El rigor del 
protocolo en estas reuniones es draconiano, al punto de que un 
aprendiz no puede hablar si no se le permite y no puede pedir la 
palabra directamente si no a través de intermediarios. Nadie puede 
ausentarse ni siquiera al baño sin autorización del maestro. El 
silencio es norma extrema. 

Aunque en Colombia hay 90 masones grado 33, por estatutos sólo pueden 
existir 33 con carácter activo. Ellos conforman el Supremo Consejo 
Colombiano del Grado 33. Los demás que ostentan el mismo nivel se 
denominan honorarios y están a la espera de que alguna de las 33 
sillas quede vacía para adquirir el derecho de pertenecer al Consejo. 
La sede del Escocismo queda en el barrio La Soledad, en la calle 39 
con carrera 21. Su presidente es Hugo Melo quien recibe el título de 
Soberano Gran Comendador. Si bien cada logia es autónoma y nadie se 
puede inmiscuir en sus asuntos internos, sí existe una forma indirecta 
de autoridad y sujeción. Cada logia debe estar adscrita a una gran 
logia y esta debe estar reconocida por la Gran Logia de Inglaterra, la 
madre de toda la masonería básica. Si no es reconocida se considera 
irregular, o sea por fuera de la orden. El escocismo, por su parte, 
tiene una casa madre en Washington, donde opera el Supremo Consejo Sur 
de Estados Unidos. 

El 24 de junio de cada año hay elecciones masónicas para elegir al 
maestro de cada logia y al gran maestro de cada gran logia. Como 
buenos colombianos, a menudo son muchos los que quieren mandar y esto 
ha generado refriegas importantes y tensiones en las hermandades. 
Algunas, inclusive, han terminado en rupturas. 

La más conocida en los últimos tiempos fue la que ocurrió en 
Barranquilla hace tres años. Allí, David Name, miembro del cuestionado 
clan político, se presentó a elecciones para repetir como gran maestro 
y fue derrotado. No aceptó la decisión y optó por montar su propio 
grupo luego de arrastrar a varios integrantes de la Gran Logia 
Nacional de Colombia (no confundir con la Gran Logia de Colombia, que 
es la de Bogotá). 

Después de un proceso breve, él y sus seguidores fueron declarados 
irregulares, pero Name consiguió el reconocimiento del Gran Oriente 
Francés, que es una logia masónica universal de otro rito y 
considerada espuria por la de Inglaterra. La discrepancia no se detuvo 
ahí. A finales de 2007, la comunidad del barrio Villa Santos en 
Barranquilla se opuso a la construcción de una sede masónica en un 
terreno que hasta entonces era un parque. El alcalde anterior, 
Guillermo Hoenigsberg (hoy en la cárcel), a través de sospechosos 
movimientos legales, logró cambiarle el uso a esa zona verde para 
volverla urbanizable y cederla a la cofradía de Name. 

Frente a eso, Ramiro Arteta, gran maestro de la gran logia, tuvo que 
romper su silencio para aclarar por comunicado que la agrupación 
metida en el lío del parque no es de la masonería regular. En un 
párrafo dice textual: (nuestra logia) “no participa en procedimientos 
que eventualmente vayan en contra del ordenamiento legal de nuestra 
República o en contra de los intereses de la comunidad”. Aunque no lo 
mencionó, obviamente se refería a la hermandad de Name. 

Con todo, el cisma más profundo de la masonería colombiana se produjo 
en Bogotá en 1983, también por razones electorales internas. En este 
caso el enfrentamiento fue de alto nivel porque se dividió el Supremo 
Consejo del Grado 33 que terminó enfrentado con la Gran Logia de 
Colombia. La fractura empezó a contagiar varios sitios del país y se 
organizaron logias irregulares en el Eje Cafetero y en Barranquilla 
coordinadas por los masones grado 33 que terminaron expulsados. 

“Como la ruptura era entre los escocistas hubo que apelar a Washington 
–cuenta Gustavo Medina, grado 33–. Un total de 217 masones colombianos 
viajó a Panamá citado por el Supremo Consejo Sur de EE.UU. Allí se 
reunieron en plena zona del canal, todavía en manos norteamericanas. 
Todos tuvimos que renunciar previamente a los grados que teníamos y 
allí de nuevo nos los asignaron”. 

Sin embargo, ninguno obtuvo el grado 33 que se perdió por los 
perjuicios de la pelea. En junio, se protocolizó en Washington el fin 
del cisma y la mayoría de los grados 33 obtuvo nuevamente su antigua 
jerarquía. Hubo otra vez reconocimiento de regularidad para el 
escocismo colombiano. 

Otro proceso que significó un fuerte remezón para la orden se produjo 
en la década de los noventa y tuvo como protagonista el famoso proceso 
8.000. Por estatutos, todo masón que se vea involucrado en procesos 
judiciales y llegue hasta la etapa de juzgamiento debe ser separado 
del grupo. Con el 8.000 terminaron saliendo de la masonería Fernando 
Botero Zea, Eduardo Mestre, David Turbay y Alberto Santofimio. Poco 
después y por otras razones que incluyeron condena por estafa, Carlos 
Alonso Lucio también fue separado de la logia. 

El caso Santofimio ha sido complejo por las consecuencias negativas 
que ha debido soportar la masonería. En noviembre del año pasado, por 
ejemplo, cuando el político tolimense fue absuelto por el asesinato de 
Luis Carlos Galán, una columna del periodista Héctor Rincón dejó 
sugerido que tras la libertad de Santofimio estaba la logia, en 
particular el magistrado del Consejo de la Judicatura Hernando Torres 
Corredor, a quien señalaba de masón. 

“Eso no lo hacemos nosotros. En el mundo profano cada quien responde 
por sus culpas –asegura el ingeniero Córdoba, actual secretario de la 
Gran Logia de Colombia e hijo de un tataranieto de José María Córdoba, 
héroe de Ayacucho–. Además, para ese momento Santofimio ya no hacía 
parte de la masonería, y en nuestros registros no aparece el señor 
Hernando Torres”. 

El actual vicepresidente, Francisco Santos Calderón, manifestó su 
profundo interés en ingresar a la hermandad. Lo hizo hace unos meses 
durante el descubrimiento de un busto de su tío bisabuelo, Eduardo 
Santos, en la casa de la Gran Logia de Colombia. La masonería se 
mostró complacida de recibirlo y es probable que la entrada se 
verifique en las postrimerías de este Gobierno. Ahora hay miembros 
activos como Carlos Restrepo Piedrahíta, uno de los juristas más 
importantes del siglo XX en Colombia y el abogado Antonio José 
Cancino, famoso por haber defendido a Ernesto Samper en el proceso 
8.000, el general Luis Ernesto Gillibert y general Édgar Peña, ambos 
ex comandantes de la Policía, el general Camilo Zúñiga, ex comandante 
de las Fuerzas Militares. El único general activo en la masonería es 
Freddy Padilla de León, pero hace parte de la masonería irregular, o 
sea de la disidencia formada por David Name en Barranquilla. 

A punto de agotar la primera década del siglo XXI, y ya sin la 
clandestinidad ni el riesgo de terminar en la pira, los masones siguen 
dando de qué hablar, de qué especular, de qué imaginar. Eso les 
mantiene un rescoldo de magia en un mundo que se quedó sin misterios. 


DIEGO IVÁN BETANCUR LONDOÑO

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Nov 26, 2022, 4:33:09 AM11/26/22
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Lautaro Liajoff

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Nov 26, 2022, 8:16:59 PM11/26/22
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DIEGO IVÁN BETANCUR LONDOÑO

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Nov 27, 2022, 3:08:29 AM11/27/22
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