¿Es la Masonería la Cuna de la Magia Negra Moderna?

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Orlando Palacios

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Aug 11, 2026, 8:37:05 PM (12 hours ago) Aug 11
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¿Es la Masonería la Cuna de la Magia Negra Moderna?

Masones han fundado religiones e instituciones de todo tipo, pero también Masones han creado movimientos tenebrosos.
 
Existe una fuerza magnética, casi irresistible, que arrastra a muchos hacia la Masonería: una fascinación oscura, una atracción hacia lo que se dice prohibido, hacia la sombra que se intuye detrás de sus puertas cerradas. Analicemos este fenómeno con valentía: ¿qué hay en verdad detrás de ese velo?

 
Es semejante a aquella atracción que siente quien se acerca a alguien tachado de misterioso, siniestro, oscuro… casi diabólico. Así miran muchos a nuestra Orden: la asocian con el abismo, con el pacto sombrío. A esto se suma el antiguo antagonismo entre la Iglesia Católica y la Francmasonería: para muchos, la una es la Luz absoluta y la otra, las Tinieblas absolutas. No es sólo la Iglesia: otras religiones señalan a las Orden Masónica como la institución demoníaca por excelencia. Basta escuchar la palabra “francmasón” para que en la mente colectiva surja la imagen de quien ha sellado su destino con el mismísimo Demonio.
 
Sin embargo, la realidad es un laberinto de espejos. Mientras unos huyen de lo oscuro, otros lo buscan; así, existe un grado masónico —el Caballero del Sol, Grado 28º— que a primera vista parece un tratado sublime de angelología divina… y sin embargo, muchos ojos inquietos leen en él una alusión directa a la Serpiente del Edén: aquella que tentó, que prometió conocimiento, que se disfrazó de libertadora. Lo que para unos es ascensión angélica, para otros no es más que demonolatría masónica cuidadosamente velada.
 
Y aquí surge la duda que perturba: ¿Fue acaso la Masonería, por mano de uno de sus iniciados, la que engendró la magia negra moderna? Pensemos en el francmasón Aleister Crowley: ese inglés, iniciado en tierras mexicanas, quien tomó los símbolos, la estructura , el fuego interior de la Orden y a su libro más emblemático le llamo "El Libro de la Ley" en alusión a lo Masónico, todo para torcerlos hacia un camino de voluntad desatada, de magia ritual y oscuridad consciente. ¿Fue él una desviación… o acaso la semilla que ya dormía en la sombra del propio templo? ¿Un error en la luz… o la luz revelando su otra cara?
 
A lo largo de mi vida, dentro y fuera de las Logias, muchos han mirado en mí algo siniestro. Yo me veo como un hombre sencillo: padre, esposo, abuelo, que no desea mal a nadie, sino iluminar el camino de sus hermanos Masones uno Masones. Y sin embargo, la sombra se adhiere al símbolo.
 
Recuerdo una historia en mi propia Madre Logia: Dr. Eusebio Guajardo N.º 48, en Monterrey, del Rito Escocés Antiguo y Aceptado. Allí se gestó la idea de formar Logias del Rito York. Yo no fui invitado; al preguntar la razón del rechazo, un Hermano masón me respondió con franqueza temible: “Tus ideas, ligadas a la escuela de Gurdjieff —ese armenio autor del libro Relatos de Beelzebú a su nieto— son vistas como algo peligroso, una mala hierba venenosa en el seno de la Orden”. Para ellos, aquel que exploraba lo más oscuro del ser traía consigo un aire de perversión… aunque revelara verdades profundas. Luego surgieron corrientes políticas que dividieron, separaron y se perdieron en la historia… pero la sombra de la sospecha permaneció.
 
Esa dualidad, luz y sombra, la llevo en la sangre. En mi familia, una rama era profundamente católica; la otra… vivía en trato con lo que llamaban “El Rey Demonio”. De ambos lados heredé efluvios que aún circulan por mis venas. Aunque hoy me siento más allá del bien y del mal, de pronto resurgen en mí: los destellos de luz y las sombras densas.
 
Guardo en la memoria imágenes de infancia, en el centro de Ciudad Guadalupe, Nuevo León. Visité a parientes paternos que, con extremo cariño, hablaban entre sí de cosas que helaban la sangre: relatos de brujería, de presencias, de pactos. No eran católicos; criticaban con dureza a la Iglesia Católica y a la ciencia médica, a la que llamaban farsa. Mi madre hija de una madre judía conversa al catolicismo, era devota y bondadosa como una santa. Mi padre, sabio y próspero, nunca se sumó a esas creencias… pero callaba, como quien ha visto demasiado.
 
Yo, niño temeroso por naturaleza, aún así escuchaba fascinado, sin espanto. Ellos hablaban de El Rey Demonio: una Serpiente de Fuego que descendía y se manifestaba físicamente. Recuerdo a mi tía, la que parecía guiar aquella corriente: un día en blusa sin mangas, vi sus brazos descubiertos, vi en su piel tatuajes de serpientes retorcidas. Al preguntar a mi madre, del por qué de sus tatuajes ella me dijo con voz baja: “Ella un día amaneció así nadie humano la tatuó, si las marcas de tatuajes hubieran aparecido solas”.
 
Hoy comprendo el sentido profundo: la Serpiente del Edén no es sólo tentación… es promesa de conocimiento. La que dijo: “Seréis como Dios, conociendo el bien y el mal”. Y en esa promesa —¿maldición o liberación?— se mueve la sospecha eterna: ¿es la Masonería heredera de esa sabiduría antigua, prohibida, que la Iglesia condena?
 
En los últimos siglos, hemos redescubierto principios que ecos de antiguas corrientes —como los ofitas, que veneraban a la Serpiente como símbolo de liberación— guardaban en su seno. Se habla de un Mesías arquitecto, Maestre Hiram Abiff, constructor del Templo, ligado a la estirpe de quienes erigieron pirámides bajo el signo de la serpiente sabia.
 
La historia de Fausto, inmortalizada por Goethe, resuena con fuerza aquí: el hombre insatisfecho con la luz oficial, que busca en la magia lo que la fe le niega. El pacto con Mefistófeles: entregar el alma a cambio de poder y conocimiento. Y allí surge la idea perturbadora: el ángel caído no destruye… impulsa. Mefistófeles empuja al hombre a vivir, a conocer, a caer y levantarse. La inocencia es quietud… pero el pecado, el conocimiento, es el fuego que hace al hombre crecer. Hegel lo vio claro: hay algo afirmativo en la oscuridad. Para ser libre, hay que atravesar el abismo.
 
Así, la imagen de Lucifer se transforma: ya no es sólo el demonio maligno, sino el rebelde contra la tiranía de un Dios que prohíbe. Desde Milton y su Paraíso Perdido, Satanás cobra grandeza: indómito, hermoso en su rebeldía, símbolo de libertad frente a un Creador que impone límites. Poetas como Baudelaire, Blake, Shelley, lo vieron: “Satanás posee la belleza viril más perfecta”. Y la pregunta que quema: ¿es la Masonería, con su culto a la libertad, una continuación de ese espíritu rebelde? ¿Es el francmasón, sin saberlo, hijo espiritual de ese Lucifer que busca liberar al hombre de cadenas impuestas?
 
Y aquí retorna la sombra de Crowley: iniciado en la Masonería en suelo mexicano, tomó sus símbolos, sus grados, su estructura… y los orientó hacia una magia de voluntad absoluta, hacia el “Haz lo que quieras”. ¿Fue una perversión… o acaso la consecuencia extrema de llevar la libertad masónica hasta sus últimas consecuencias? ¿Crea la propia búsqueda de luz, al profundizar demasiado, su propia sombra? ¿Nace así la magia negra moderna: cuando la luz se olvida de su equilibrio y se vuelve fuego devorador?
 
Muchos ven en la Orden un refugio de sabiduría; otros, la puerta entreabierta hacia lo prohibido. ¿Somos acaso los guardianes de una luz que puede deslumbrar hasta cegar? ¿Es verdad que, al buscar más allá del bien y del mal, se corre el riesgo de convertirse en lo que se juzga?
 
La historia sigue abierta… y la duda, como la Serpiente, sigue enroscada en el centro del jardín.
 
 
 
Alcoseri


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