La Masonería activa la Gran Luz que mora en nosotros
La Masonería no nos promete la verdad envuelta en fórmulas fáciles ni en apariencias brillantes. Nos invita a buscarla donde siempre ha estado: más allá de lo que los ojos ven y las manos tocan, en esa realidad profunda que el mundo exterior apenas refleja. Desde los albores de nuestra Orden, cuando los primeros hermanos se reunían en la vieja Logia de Kilwinning, Escocia —cuna de la Masonería especulativa, donde se conservan los registros más antiguos que atestiguan cómo se transitó del trabajo con la piedra al trabajo sobre el espíritu—, se nos enseñó que hay dos templos: el que se levanta con manos y materiales, y aquel otro, oculto y eterno, que se construye en la conciencia. Kilwinning nos recuerda que nuestra sabiduría no nació de la nada: es herencia de quienes comprendieron que la obra visible solo tiene sentido si responde a un modelo invisible, trazado en el interior del ser.
El universo para el masón no se agota en lo que nos muestran los cinco sentidos. No es únicamente la escena exterior. Jamás lo es, porque la realidad se construye siempre en el encuentro entre el mundo y quien lo contempla. No nos limitamos a percibir este suelo firme ni aquella luz distante en la inmensidad: captamos también significados, comprendemos verdades que la materia no puede encerrar, reconocemos lo familiar bajo una luz nueva y presentimos su esencia profunda. Y entonces sentimos, con igual intensidad, el gozo y el pesar que esa revelación despierta en nosotros.
Esa verdad más honda nos llega como un don, pero también como una experiencia que se vive y se transforma. En su escala mayor, está más allá del alcance de los sentidos; solo puede descubrirse en lo íntimo, mediante la comprensión que nace del silencio interior. Y es entonces, al iniciarse en este camino, cuando se abre en el corazón un reino que no responde a las leyes del mundo exterior, pero que lo ilumina y lo interpreta. Entonces nos baña la Gran Luz: claridad sin sombras, experiencia pura, donde se desvanece la dureza de nuestro propio ser y comprendemos con certeza lo que siempre estuvo ahí, esperando que aprendiéramos a ver.
Palpamos, pero sin esa separación que impone el contacto físico. Nos reconocemos en lo profundo sin necesidad de palabras, libres del espejo de nuestra apariencia cotidiana. Cada encuentro con esa Luz nos revela lo que somos: nos recuerda aquello que siempre supimos pero que habíamos olvidado. Comprendemos, al fin, que esa es la meta que perseguimos desde siempre —la plenitud, la dicha, la unión— y que jamás la hallaríamos buscándola en cosas externas, en caminos que no llevan a ninguna parte. Esa unión, esa concordancia entre lo que somos y lo que vemos, es el sentido oculto de nuestras vidas, la respuesta a esa búsqueda que nos hace sentir incompletos hasta que la descubrimos.
¿Cómo se obtiene esa Gran Luz? ¿Cómo se logra esa unión? ¿A través de qué se manifiesta? ¿Dónde debemos abrir paso para que brille?
La respuesta ha sido siempre la misma en nuestra Orden: hay que buscarla dentro de uno mismo. El masón debe penetrar hasta lo más hondo de su ser, con la misma precisión y valentía con que quien labra la piedra define cada ángulo. Pero no basta con analizarse o juzgarse: hay que verse tal como se es, sin adornos ni excusas, como algo nuevo que se descubre cada día. Esa claridad interior no es la conciencia cotidiana; es otra forma de ver, más profunda, más serena, que requiere que apartemos cuanto nos engaña.
Y lo que más nos engaña es la imaginación sin freno: creemos ya poseer esa Luz, nos fabricamos una imagen de ella y nos conformamos con la sombra en lugar de la realidad. Esa presunción es el obstáculo más poderoso: nos detiene antes de empezar. Por eso es preciso ejercitarse constantemente, como quien sostiene un instrumento delicado, para distinguir lo verdadero de lo imaginado. Y ese esfuerzo es mayor que cualquier trabajo del mundo; por eso olvidamos tan fácilmente y perdemos lo que habíamos comenzado.
Antes de avanzar, hay que comprender que el universo tiene un aspecto oculto, una realidad profunda que solo se percibe mediante sentidos interiores. Hay que reconocer que vivimos volcados hacia afuera, cautivados por los efectos mientras ignoramos las causas que los originan, causas que pertenecen a misterios que la sola razón no puede resolver. Y hay que saber también que llevamos dentro estados y posibilidades que ni siquiera sospechamos.
Cuando vivimos sometidos solo a los sentidos, hemos invertido el orden natural: creemos que lo externo es lo primero y que la comprensión viene después. Y entonces todo se vuelve violento: si lo material es lo único real, se puede forzar, dañar o destruir. Por eso el materialismo es tan peligroso: cierra la puerta al desarrollo interior y lo explica todo al revés —como si la casa se hiciera por los ladrillos sin que nadie la hubiera concebido, como si el universo se redujera a partículas sin propósito ni sentido.
La finalidad de la Masonería ha sido siempre devolvernos la perspectiva correcta: dar Luz al hombre para que comprenda su lugar y su obra. Porque cada ser humano es, en sí mismo, una Logia donde se comunican el cielo y la tierra. Llevamos dentro el modelo y la capacidad de construirlo. Las grandes catedrales que levantaron nuestros hermanos operativos —esos maestros constructores que custodiaban el secreto de las proporciones y la armonía— fueron reflejos hermosos, pero incompletos, de lo que el hombre debe ser. Y entonces comprendimos: no debemos construir templos de piedra para que habite la Luz, sino convertirnos nosotros mismos en el Templo vivo donde ella brille para siempre.
Alcoseri