LA MASONERÍA Y EL AMOR

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Sofia

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Aug 3, 2011, 7:57:46 PM8/3/11
to SECRETO MASONICO
“Si no puedes prodigar amor como fueran tus deseos, prodiga en este
caso la sublime elocuencia del silencio y del no menor y elocuente
alejamiento de todo aquello que pueda constituir un estorbo para el
engrandecimiento de tu vida. Para algunos el sembrar odio y discordia
es una distracción que les produce placer; esto naturalmente mientras
su estado abúlico no les haga ver su insensatez.



No odies. Si te odian, si de ti se alejan y te olvidan, tú sigue
amando y siempre perdonando y cuando en tu vida o camino se lleguen a
encontrar, que vean siempre en tus labios la sonrisa del amor, y en
tus palabras la miel de tu perdón.



Atravesamos el mundo con nuestro ideal de Amor y Justicia: dichosos
dentro de la pobreza; resignados ante el desengaño y firmes ante la
adversidad. Y como el Quijote, siempre hambrientos de generosidad y
humanismo, deseando morir con nuestra quimera tan bella como la razón,
ya que el corazón tiene convicciones que a la razón extraña.



En una palabra, somos soñadores, ya que soñar es pensar, sentir y
accionar.



Amemos, porque el Amor engalana la vida con muchos sueños.



Amemos, porque el Amor idealiza la realidad para embellecerla y
convertirla en una caricia interminable.



Amemos, porque el Amor engendra la riqueza espiritual del ser.

Amemos, porque el Amor, afirma Hesiodo en su Teogonía, es el más
hermoso de los inmortales, que reina así entre los dioses como entre
los hombres, enternece las almas, cambia el corazón y se antepone a
las resoluciones más sabias.



Amemos, porque sin el Amor, alimento de corazones, la vida no es
posible.



Amemos, porque el Amor es el único capaz de engendrar un alma
apasionada de justicia, de grandeza, de hermosura y de verdad.



Amemos, porque el Amor embellece el deseo cuando aspira a un poco más
de felicidad y de dicha en la vida, admirando en él su pureza y
capacidad.



Amemos, porque el Amor, según cantar de los trovadores, es un himno
universal que en la flor se revela en el aroma, en el pájaro con el
cantar, en el hombre con la poesía.



Amemos, porque el Amor es un canto sobrio no aprendido todavía, que
nos empuja a vivir con dignidad y a morir sin cobardía.



Amemos, porque la alegría del Amor crece a medida que el alma
ennoblece.



Amemos, porque el Amor transforma las lágrimas en un fondo de dulzura.



Amemos, porque el Amor es la voluntad que aspira a vivir en un ser
distinto y nuevo para la perpetuidad de la especie”.


Tomado de un texto Masónico.



Los dos momentos, polos de la existencia humana, encierran el misterio
de una mujer: Cuando el niño forcejea por entrar al mundo, ella siente
el dolor; y cuando el hombre lucha agónicamente por salir del mundo,
ella sufre la agonía de la separación. Sin esa función y encanto
femeninos, sellados por el dolor, sin la acogida o maternal, o
esponsal, o fraternal, el ser humano se experimenta abandonado. Sin
ese amor no se concibe ni biológica ni sicológicamente la vida. La
madre, primera relación personal del infante, le brinda protección y
alegría de vivir, sentimiento de seguridad y calor afectivo; le enseña
el arte clave de la vida, el amor.



Las demás relaciones con la mujer serán trasunto de esa primera.
Cuántos psiquismos destrozados, cuántos matrimonios fracasados, porque
no hubo madres a la altura de su misión.



El amor, clave de la existencia, plantea al hombre el interrogante de
su sexualidad. Ni es para tomarse a la ligera, ni mucho menos con el
chascarrillo procaz que delataría inmadurez. La sexualidad, que no
equivale a genitalidad, es el conjunto de especificaciones que
tipifican cada uno de los polos componentes de la especie humana. Su
culminación es el amor, que inicia la vida, la motiva y le da sentido.
La vida no se entiende, se paraliza, se hace absurda sin amor.



Partamos de un análisis del amor, no en abstracto, sino en la vivencia
personal de cada uno. Al despertar a la vida, nos encontramos con el
primer amor hecho sonrisa y ternura maternal. Mas tarde experimentamos
lo indefinible del amor: amamos y fuimos amados. No fue una simple
sensación. Algo indescriptible, misterioso, sacudió nuestro ser. Era
alguien, no una cosa, que aparecía en el horizonte de nuestra vida;
que nos llamaba y a quien llamábamos; que nos atraía y a quien
atraíamos; que nos respondía porque le respondíamos. Fue el encanto
que hizo saltar la chispa misteriosa del amor. Despertó nuestro ser
bajo el hechizo de una persona. Libremente respondimos, porque, pese a
pareceres ajenos y a sin número de obstáculos, nos entregamos
libremente y recibimos a quien se nos entregaba de igual manera.
Cualquier duda sobre la espontaneidad de esa entrega, nos hubiera
hecho sentir que traicionábamos o que nos traicionaban.



El amor es el acto más libre y por lo tanto, más humano de nuestro
ser; el más profundo, porque compromete la intimidad de la persona; y
el más integral, porque abarca todo nuestro ser. Se da y recibe una
persona, una vida. Y porque es entrega de personas no admite tercero,
es exclusiva. Intercambio o diálogo de existencias que incluye respeto
mutuo y comprensión; por eso, perfecciona, enriquece, promueve, hace
felices. Un dar que implica salirse de sí, generosidad y, al mismo
tiempo, un recibir que requiere apertura y comprensión. No es cosa, lo
impersonal, objeto de posesión o dominio.



Es encuentro, entrega amorosa y aceptación comprensiva. Exige pues,
sinceridad y confianza mutua, en cuyo seno se obra la intimidad
personal. La armonía, fruto de la comprensión, hace alegre el
sacrificio generoso y enriquece progresivamente. Tan apremiantes
atributos del amor humano exigen honestidad, vale decir, fidelidad con
la persona. Así el amor, engrandece, no esclaviza; promueve al hombre.
Al hombre, que en su papel protagónico en la historia, no tiene
sustitutos, porque el hombre no solamente se reconoce en la
producción, sino en la estructura de consumo, en la estructura
política y en la estructura cultural.



En un mundo estrangulado por los conflictos sociales, perforado por el
grito desgarrador de los hombres; en un mundo ensangrentado y sacudido
por las bombas, el terrorismo y los ensayos atómicos; en un mundo
donde la explosión demográfica amplía este escenario del hambre, donde
la polución y la contaminación ambiental amenazan la vida, debemos
practicar todos, Masones de todo el mundo, el lenguaje del Amor.



El verdadero espíritu masónico está fundamentado en el Amor. El, debe
ser el único que debe inspirar nuestros trabajos, iluminar el corazón
de los hermanos y mantener en ellos el amor a la humanidad entera.


ANONIMO

SECRETO MASONICO

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Jun 8, 2021, 3:57:38 PM6/8/21
to SECRETO MASONICO
LA PALABRA PERDIDA

 

La tradición judeo-cristiana alude a la desgraciada pérdida, caída u ocultación de “algo” que debe ser encontrado. Así, tras la Caída, Adán y Eva perdieron el estado de inocencia originaria y fueron expulsados del Paraíso terrenal. También en Babel, el orgullo de los hombres ocasionó la pérdida de la lengua común y provocó su confusión y desencuentro. Todos estos temas se prolongaron en el argumento de la pérdida del nombre secreto de YAHVEH tras la destrucción del Templo de Jerusalén. En efecto, para la tradición judía, el verdadero nombre de Dios (Shem ha Mephorash) permanece tan oculto que nadie sabe cómo se escribe. Por eso se recurre a representaciones alternativas o sustitutivas como Elohim, Adonai o El Shaddai. Incluso el nombre YHVH es también un nombre sustitutivo. Tampoco nadie sabe ya cómo se pronuncia. Además, dado que la escritura hebrea carece de signos vocales, las consonantes no pueden reflejar la verdadera pronunciación del nombre de Dios si antes no se ha oído. No obstante, según la tradición judía, sólo el sumo sacerdote de Jerusalén conocía cómo se escribía y se pronunciaba el verdadero nombre de Dios, pues había recibido ese secreto de su antecesor y debía transmitirlo a su sucesor. El era el único que podía entrar una vez al año en el Sancta Sanctorum y pronunciar su sagrado nombre. Sin embargo, la transmisión de ese secreto acabó por interrumpirse en cierto momento de manera que ya nadie sabía cuál era y cómo se pronunciaba el verdadero nombre de Dios.

Pues bien, la masonería denominó a este tema la “búsqueda de la Palabra perdida”, es decir, el nombre de Dios. Varios grados masónicos se basan en este leitmotiv y ofrecían una “palabra reencontrada” o un “nombre sustituto”.

 

El interrogatorio ante el umbral: ¿Ma ha Boneh?

Durante el rito de elevación a la maestría, en el momento del abrazo por los cinco puntos, el venerable maestro comunicaba al recipiendario una frase hebrea que aludía a la palabra sagrada del grado. Con los años, el desconocimiento de la lengua hebrea deformó tal palabra sagrada en otras fonéticamente similares que aparecen documentadas en los rituales masónicos y textos divulgativos: Macbenac, Mahabone, Matchpin, Magboe, Maughbin, etc.

¿Qué significado tenía la citada palabra del maestro masón?

En realidad, la palabra sagrada es una pregunta, dado que Ma significa qué o quién. Por tanto, de nuevo nos encontramos con el argumento del guardián del umbral que pide una palabra para permitir la entrada. Con esta escena se cerraba el itinerario espiritual del masón que había comenzado con el rito de iniciación y sus tres circunambulaciones en torno a la logia, al final de cada una de las cuales, se topaba sucesivamente con el segundo vigilante, el primer vigilante y el venerable de la logia quienes, como guardianes de sus puertas respectivas, le franqueaban el paso al obtener la respuesta adecuada. Finalmente, al llegar al umbral de la última cámara del templo de Salomón (el interior del alma) en donde residía la Presencia de Dios, se le preguntaba “¿Ma ha Boneh?”, frase hebrea que significa “¿Qué (o quién) es el Constructor?”. La respuesta a tal pregunta no era el nombre del maestro Hiram, sino que se trataba de la Palabra pérdida o, al menos, uno de sus nombres sustitutivos. Según un ritual masónico del año 1745, la antigua palabra del maestro masón era “Jehová”, la cual, durante la ceremonia de exaltación a la maestría, era escrita sobre la tumba del maestro Hiram o Adonirán. Sin embargo, “la palabra fue cambiada tras el asesinato de Adonirán” (Adon-Hirán, literalmente, el señor Hiram) a manos de los tres desleales compañeros. En sustitución se utilizaría la citada pregunta que se pronunciaba al oído del nuevo maestro mientras se ejecutaban los cinco puntos de la maestría para provocar su regeneración. Dada la similitud fonética de bonai (constructor) con bone (hueso), los masones enmascararon la pregunta original Ma ha Boneh mediante la frase Mac Benac, que se traduce por una expresión alquímica, “la carne se desprende de los huesos”, la cual, como hemos indicado, sirvió para encubrir la verdadera palabra Ma ha Boneh. Advirtamos que la respuesta a tal pregunta era otra palabra sustitutiva; YHVH. En efecto, resulta muy significativo que la pregunta contuviera explicitamente la respuesta dado que, en lengua hebrea, la frase Ma ha Boneh (¿qué es el Constructor?), o mejor Mi ha Boneh (¿quién es el Constructor?) ה נ ו ב ה י contiene intercalado el Tetragramma (הוהי) YHVH.

         
       


Diploma del Arco Real; el maestro masón desciende por la sumidad de la bóveda buscando la Palabra perdida

 
   
 Además, los rituales de elevación a la maestría prescribían que, en el instante en que se sujetaba al candidato para levantarle del suelo, el venerable maestro debía decir: “venerables hermanos, ¿no sabéis que nada podéis sin mí, y que juntos lo podemos todo?”. Efectuados los agarres por los cinco puntos y transmitida la palabra sagrada, se le entrega una ramita de Acacia mientras escuchaba el discurso del Orador de la logia. En suma, la secuencia del proceso de regeneración o resurrección del cadáver de Hiram Abí era el siguiente:

1º Muerte ritual del candidato mediante tres golpes.

2º Circumabulaciones rituales en torno a su cadáver.

3º Alzamiento del cadáver (regeneración o resurrección).

4º Agarre por los cinco puntos (porque “juntos lo podemos todo”).

5º Transmisión de una pregunta como palabra sagrada.

6º Entrega de la ramita de Acacia (símbolo del mystes).

Pero dicho proceso ritual procedía de la tradición judía o, si se prefiere, judeo-cristiana. Respecto al alzado del cuerpo, hay que remitirse al Evangelio de san Juan 2, 28 y 15, 5: “Les dijo Jesús: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy, y que no hago nada por mi propia cuenta; sino que, lo que el Padre me ha enseñado, eso es lo que hablo”. Y más adelante, en 15, 5; “Yo soy la vid [el árbol de la Acacia], vosotros los sarmientos [de la Acacia]; el que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer”. Reparemos en que, para los judíos, Hijo del Hombre es la persona que ha alcanzado el estado de Adán antes de ser expulsado del Jardín de Edén, que ha renacido de entre los muertos para nunca más morir (Salmos 16, 8-10) y regresa al Padre con la gavilla en la mano (Lev 23, 10). De nuevo, el ritual y simbolismo masónico se inspiraba en la tradición judeocristiana para indicar que su meta última era la recuperación de aquel estado edénico que, in illo tempore, disfrutaban los amigos de Dios.
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