Del Altar Católico al Ara Sagrada Masónica
Existe una pregunta que ha recorrido generaciones y ha resonado en cada rincón donde se levanta un Templo Masónico: ¿es la senda de la Luz de la Razón y la senda de la Fe caminos que se alejan para siempre o que pueden hallarse en la cumbre? Quien mira desde fuera ve muros y desconfianza; quien entra con sinceridad descubre que ambas ascienden hacia lo Alto, aunque por laderas distintas. La aparente contradicción entre la Iglesia y la Masonería no es el final de la verdad, sino el comienzo de una comprensión más profunda: dos formas de amar lo Divino —una a través de la Revelación recibida, otra a través de la Razón y Búsqueda incesante—. Y en ese respeto mutuo, cuando hay valentía y humildad, nace la reconciliación.
La Sombra que se ha Alargado
Durante mucho tiempo se ha sostenido que la visión masónica y la enseñanza de la fe católica son irreconciliables. Se ha dicho que la Orden propone una manera de pensar donde ninguna verdad se cierra del todo, donde dogmas no atan, donde hombres y mujeres de todas creencias se unen más allá de sus confesiones para trabajar por la justicia y la fraternidad. Se ha señalado que quien ingresa a la Orden Masónica entra en una dinámica que transforma cómo concibe la certeza: lo que era entrega absoluta se convierte en búsqueda compartida; lo que era único se abre a la riqueza de lo diverso. Y esto, para quien ha recibido la fe como don revelado, se ha sentido como un peligro.
Se ha expresado con claridad que la pertenencia a la Orden resulta incompatible con la comunión plena. Se ha enseñado que quien se inicia Masón no puede participar al mismo tiempo en la plenitud de la vida sacramental, porque la lógica interior de la Masonería —donde cada símbolo admite interpretación personal, donde la verdad se construye paso a paso— transforma la estructura misma del acto de fe. También se ha señalado que la enseñanza masónica se transmite en el silencio del Taller Masónico, reservada a quienes han demostrado estar dispuestos a recibirla, mientras el Evangelio se proclama a todos sin excepción. Esa diferencia de estilo —una que invita a entrar, otra que sale a encontrar— ha alimentado recelo durante demasiados Siglos.
Se ha llegado incluso a afirmar que la pertenencia a una Logia coloca a la persona en estado de pecado grave, impidiendo la recepción de la Eucaristía. Se ha dicho que la Masonería relativiza el bien y el mal, la verdad y la enseñanza, colocando todas las creencias en un mismo plano, debilitando así la adhesión a lo que la Iglesia ha custodiado como Verdad entregada por el mismo Dios. Se ha expresado preocupación por el carácter reservado de sus enseñanzas, por su simbolismo propio, por su forma de reunirse y por la idea de que la fraternidad masónica pudiera sustituir a la comunión eclesial.
Dos Caminos, pero con Mucho en Común
Sin embargo, a medida que se avanza con limpieza de corazón, aparecen puntos de encuentro que las posturas extremas suelen ocultar. Tanto la Iglesia como la Masonería colocan en el centro la dignidad inviolable de cada ser humano, el servicio a los más necesitados, la búsqueda de la justicia, la tolerancia activa, la educación de las conciencias y la construcción de una fraternidad universal. Ambas afirman que existe un Principio Supremo que origina y sostiene todo lo que existe; la Orden lo llama Gran Arquitecto del Universo; la Iglesia lo nombra Dios, Padre de todos. Y en el fondo, muchísimas personas —católicas y masónicas— buscan lo mismo: amar, servir, mejorar, dejar el mundo más luminoso de como lo encontraron.
Cuentan que en una Logia de Monterrey en México, un Hermano Masón vivía con inquietud: amaba su fe católica y también amaba el trabajo en el Taller Masónico. Un día compartió con un sacerdote católico lo que hacía y aprendía en Logias Masónicas: la práctica del silencio, el examen de conciencia, la ayuda desinteresada a los demás, el respeto a toda creencia que eleva al ser humano. El sacerdote guardó silencio y luego dijo: —Lo que describes no contradice el Evangelio. El lenguaje es distinto, pero el espíritu de servicio es el mismo. Esa conversación no borró las diferencias, pero abrió una puerta: la de reconocer que el bien no tiene una sola bandera.
En otra Logia Femenina, una Hermana Masona compartió con sus hermanas: —¿Por qué he de elegir entre amar a Dios en la oración en la iglesia y servir a la humanidad en la obra Masónica. Se le respondió: —No se trata de elegir, sino de no confundir. Una cosa es la Verdad que se recibe; otra, la luz que se cultiva. Son caminos distintos, pero no enemigos.
Diferencias que merecen Respeto, No Enemistad
No se trata de fingir que todo es igual. La Iglesia sostiene que la Verdad se ha revelado plenamente en Cristo; la Masonería enseña que la realidad divina es infinita y que siempre hay más por descubrir. La Iglesia ofrece certeza entregada; la Orden. Masónica invita a búsqueda incesante. La Iglesia confía en la Palabra proclamada a todos; la Masonería confía en la luz que cada quien hace crecer en su interior. Quien intente mezclarlas, las debilita a ambas.
Pero tampoco se trata de mantenerlas separadas por hostilidad, sino por respeto. Reconocer que son caminos distintos no significa que uno sea enemigo del otro. Significa que cada una tiene su naturaleza, su misión, su lenguaje. Y que una persona puede valorar lo que cada una aporta sin forzar una unión que no les corresponde.
Hoy, en este tiempo, hay quienes desde la fe católica y desde la Orden Masónica buscan entenderse. No para que una desaparezca en la otra, sino para colaborar en lo que importa: aliviar el sufrimiento, promover la dignidad, defender la paz. Cuando la Iglesia y la Masonería se enfrentan, quienes pierden son los que esperan ayuda. Cuando se respetan y colaboran, toda la humanidad gana.
No somos enemigos porque busquemos la luz de manera distinta. El sol no compite con la lámpara; la lámpara no pretende sustituir al sol. Cada una brilla según su naturaleza, y ambas sirven a la misma obra: iluminar el camino de la humanidad. Que llegue el día en que, sin renunciar a lo que somos, nos reconozcamos como compañeros en la construcción de un mundo donde la verdad no oprima, la fe no excluya y la fraternidad sea la piedra angular. Que el Gran Arquitecto del Universo ilumine a quienes le adoran en el altar y a quienes le buscan en el Taller; que un día, más allá de todas las palabras, nos encontremos en la Luz que a todos nos sostiene.
Alcoseri
