¿Es El Piso Ajedrezado De Un Templo Masónico La Representación De Los Opuestos O Hay Algo Más?
Al cruzar el umbral del Templo Masónico, el primer paso se posa sobre un suelo que no es mero adorno: es un tablero de ajedrez vivo, tejido con los dos opuestos extremos de todo lo que existe, o al menos es lo que muchos señalan . René Guénon nos recordaba que esta disposición no responde al azar: refleja la estructura misma del universo, donde todo surge de la alternancia —el ritmo que une el cielo y la tierra, la luz y la sombra, lo manifiesto y lo oculto. Aldo Lavagnini añade que este pavimento es la primera lección que recibe el neófito: la verdadera masonería no borra las diferencias, sino que las armoniza. Y entre los hermanos masones circula una antigua creencia: que estas casillas no son sólo piedra o madera, sino el trazado de un portal interdimensional, un punto donde los planos de la existencia se tocan, y donde el camino que recorremos aquí abajo se conecta con sendas que trascienden nuestro tiempo y espacio.
Caminar sobre el piso ajedrezado por él en sentido dextrógiro —siguiendo el movimiento del sol y de la vida— es aprender que ante la Ley todos somos iguales: Dentro de Logias Masónicas el joven de veintidós años dialoga con el anciano de noventa y cinco; el gobernante y el artesano se miran como hermanos; quien profesa una fe se sienta junto a quien sigue otra; quien defiende una visión del mundo encuentra la mano de quien piensa distinto. Aquí desaparecen las jerarquías humanas y las rencillas políticas, porque todos compartimos el mismo suelo de contrastes, todos buscamos la misma Luz Central.
El orden nace del caos, lo sagrado emerge de lo profano, la verdad se desvela tras el velo de la apariencia, y la luz nace siempre de la oscuridad que la precede. En esta alternancia, el morbo por las diferencias se desvanece: comprendemos que el Ser abraza todos los opuestos en una unidad profunda.
¿Hay mayor contraste que entre el blanco y el negro? Y sin embargo, como en el Yin y el Yang, cada uno lleva en su seno una chispa del otro. El blanco no es un color: es la suma de todos ellos, la imagen del Todo. El negro tampoco es un color: es su ausencia, la imagen de la Nada. Juntos, dibujan el tránsito eterno: nueve meses de noche en el vientre materno antes de ver la luz del nacimiento; la oscuridad de la cámara de reflexión, donde el candidato “muere” a su identidad ordinaria para renacer como iniciado; el vestido blanco de la novia que cruza hacia una nueva vida, y el negro del luto que, en la tradición masónica de la Viuda, no es final, sino gestación de una nueva luz.
Como en los cuentos infantiles que guardan sentidos ocultos iniciáticos , observamos que, la senda del iniciado transcurre entre la pureza inicial y las pruebas que forjan el espíritu: hay que atravesar el desierto, la sombra y el vacío para descubrir quiénes somos realmente. El negro, que asusta al profano como abismo o caos, también es la tierra fértil del antiguo Egipto, el vientre donde todo se regenera, la noche que guarda la promesa del amanecer y el invierno que prepara la primavera.
Pero la pregunta sigue latiendo en el corazón de todo masón: ¿Este suelo está aquí sólo para enseñarnos el dualismo? ¿O acaso su simetría activa en nosotros una percepción que dormía? ¿Es blanco sobre negro o negro sobre blanco? ¿No será esta perfecta alternancia la llave que abre —entre una casilla y otra— puertas a dimensiones paralelas, a tiempos donde los hermanos de antaño siguen caminando el mismo camino? Hay quienes dicen que quien transita con la mirada limpia y el corazón recto puede, por un instante, sentir que sus pasos se unen a los de todos aquellos que, a lo largo de siglos, han recorrido ese mismo piso a manera de tablero ajedrezado .
La leyenda de Hermes nos muestra el camino: ante el caos de las dos serpientes —una blanca, una negra— no las destruyó, sino que plantó su vara entre ellas, y ambas se entrelazaron en orden. Así también el masón aprende a no anular los opuestos dentro de sí, sino a dar a cada uno su lugar, convirtiéndose en el artífice de su propia armonía. No se trata de hacer desaparecer el conflicto, sino de transmutarlo en fuerza para avanzar hacia la Luz.
La leyenda de la casilla que cambió
Cuentan de un hermano masón llamado Octavio que, tras años de asistir a la logia, jamás sentía nada especial al pisar u observar el suelo ajedrezado: para él no eran más que baldosas bien puestas y sin sentido . Una noche, al finalizar una Tenida, guardo todos los arreos móviles y paramentos ,y se quedó solo en el templo y, cansado, se sentó justo en el centro del templo junto al Ara, y observó la línea que separaba una loza negra de una blanca. Cerró los ojos y, sin querer, murmuró en voz alta: “¿Acaso todo esto es sólo un dibujo ajedrezado sin un sentido oculto?”.
En ese instante, el silencio se volvió denso. Abrió los ojos y vio que, en la loza negra bajo su vista, la sombra no era oscuridad vacía: era el reflejo de él mismo cuando era aprendiz de masón , aprendiendo a caminar entre dudas. Y en la casilla blanca, brillaba la imagen de quien sería años después, un maestro masón , con la paz que antes de ser masón aún no conocía. Sintió entonces que el suelo no era estático: latía, como el corazón del universo, y cada paso que daba allí había sido también dado por otros hermanos, en otros tiempos, en otros lugares.
Cuando recapacitó , todo parecía igual… pero él ya no caminaba igual sobre el piso ajedrezado de una logia . Porque comprendió que el piso ajedrezado no separa: une. Y que esa puerta a otra dimensión no está lejos, ni en el espacio exterior: está en el momento en que dejamos de ver los opuestos como enemigos y empezamos a reconocerlos como los dos lados de una misma verdad , pero lo más importante entendió también , que otros masones verían en el piso ajedrezado otras diferentes cosas que él.
Alcoseri