Masones Brujos

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Alcoseri Vicente

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Feb 22, 2026, 10:04:10 PM (23 hours ago) Feb 22
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Masones Brujos
Frausto, un maestro masón con varios años en la logia, rebosaba entusiasmo: por fin su hermano menor, Felipe, se iniciaría en la masonería. Felipe se había quedado en el pueblo natal de ambos, una remota villa mexicana en las sierras de Nuevo León, cuidando a su madre mientras Frausto, a los 15 años, emigraba a Estados Unidos. Allí, en Texas, Frausto completó su carrera de ingeniero, se inició en la masonería y prosperó, pero el precio fue el distanciamiento familiar. Apenas los visitaba en ocasiones especiales; sólo enviaba dinero y hablaba por teléfono  y últimamente por teléfono móvil o celular. Felipe el hermano de Fraustro, atraído por lecturas sobre masonería en internet, le pidió ayuda para ingresar.
La noticia sorprendió a todos: ni la madre ni la hermana sabían de las intenciones de Felipe. Frausto viajó en auto para llevarlo a Texas, instalarlo en su casa, conseguirle trabajo y estudios, y, claro, iniciarlo en la logia. Al llegar al pueblo, notó el kiosco de la plaza central, un lugar que su memoria infantil había olvidado, como había olvidado otros tantos detalles de su familia inclinada a la brujería. Las calles estaban desiertas, como si un velo de silencio las cubriera. Detuvo el auto en la tiendita de la plaza para comprar regalos. Don Abel, el anciano tendero, lo miró sin reconocerlo, con ojos hundidos que parecían ocultar un secreto ancestral.
Minutos después, Frausto llegó a la casa familiar. Los recuerdos afloraron: el patio polvoriento, el techo de teja... y el insistente mandato de su madre de entrar antes del anochecer. Tocó la puerta. Felipe abrió con una sonrisa radiante, y se abrazaron. La hermana, una joven de 19 años de belleza etérea, apenas lo reconoció. Frausto la abrazó, pero ella tembló violentamente, no de emoción, sino de un terror palpable que erizó la piel de su hermano. "Es el frío", murmuró ella, pero sus ojos decían otra cosa.
Felipe lo llevó ante la madre, que parecía congelada en el tiempo: el mismo rostro arrugado, los ojos penetrantes. Hubo abrazos, lágrimas y sonrisas, pero pronto la madre se quedó inmóvil, clavando la vista en Frausto como si viera un fantasma. Él la besó en la mejilla, pero la hermana observaba con pánico, como anticipando una catástrofe. En la cocina, en vez de charlar sobre los años perdidos, la madre sólo preguntó por qué se había alejado tanto. Frausto, herido, respondió: "No te preocupes, mamá. No me iré más. Quiero llevarte a Texas conmigo, y a ti también, hermana. La casa es enorme; te quiero en mi vida".
La hermana no contestó; sólo una lágrima rodó por su mejilla. Frausto, confundido, se retiró a su antigua recámara, intacta como un mausoleo. Se durmió exhausto, pero ruidos en el techo lo despertaron en la noche profunda. Pisadas humanas, inconfundibles, retumbaban arriba. Se asomó por la ventana: una figura humana volaba en la oscuridad, riendo con una carcajada gutural que helaba la sangre, como el aullido de un nahual en las leyendas antiguas. Frausto reconoció el rostro: era su madre, con ojos brillantes como brasas, surcando el cielo como las brujas voladoras de las sierras mexicanas, esas que, según el folclore de Puebla y Tlaxcala, se transforman en bolas de fuego para chupar la sangre de los infantes.
Quiso gritar, pero el terror lo paralizó. "Es un sueño", se dijo, cerrando los ojos. Un toque en el hombro lo despertó: Felipe, con expresión grave. "Debes regresar. Pronto será la noche eterna y no podrás escapar".
Felipe reveló la verdad: su madre era la bruja mayor del pueblo, una "tlahuelpuchi" como las de las leyendas tlaxcaltecas, que se arranca las piernas para volar y alimentarse de almas inocentes. La luna llena se acercaba, y con ella la "noche del diablo", un aquelarre donde brujas de la región —convertidas en guajolotes o bolas de fuego, como las de los cerros de Los Dinamos en Ciudad de México— se reunían para rituales de magia negra. "Por eso te alejaron de niño: portas una luz potente, una energía que repele la oscuridad. Mamá te teme, y los brujos locales te ven como amenaza. Podrían matarte. Nuestra hermana está marcada para sucederle; si hay dos brujas mayores, una debe morir".
Al amanecer, Frausto y Felipe huyeron a Texas. Felipe se inició en la masonería, absorbiendo sus símbolos de luz y construcción espiritual, pero con un velo de conocimientos oscuros sobre brujería que lo perseguían en sueños. Nunca volvieron al pueblo, ni supieron de la madre y la hermana. Frausto prosperó como ingeniero, y Felipe como aprendiz masón, pero una sombra los acechaba: ecos de carcajadas nocturnas y visiones de bolas de fuego cruzando el cielo.
Años después, en una noche de luna llena en Texas, Frausto recibió una carta anónima: "La luz no puede huir eternamente. Ven al kiosco de la plaza. Tu hermana te espera". Intrigado y aterrorizado, convenció a Felipe de regresar. El pueblo parecía un cementerio viviente: calles vacías, un viento gélido que susurraba maldiciones. En la plaza, bajo el kiosco iluminado por antorchas, encontraron a la hermana, transformada: su belleza ahora era siniestra, con ojos que brillaban como los de su madre, rodeada de figuras encapuchadas que flotaban ligeramente sobre el suelo.
"Bienvenidos, hermanos masones", dijo la madre, emergiendo de las sombras como una nahuala prehispánica, mitad mujer, mitad ave de presa. "La luz que portas, Frausto, viene de nuestro abuelo: un masón que hizo un pacto con el diablo para proteger a la familia, fusionando la escuadra y el compás con la sangre de los antiguos nahualli. Pero el pacto se rompió cuando te fuiste. Ahora, para restaurar el equilibrio, uno de vosotros debe unirse a nosotras... o morir".
El reencuentro estalló en caos: bolas de fuego descendieron de los cerros, como en las leyendas de Huichapan y Aculco, revelando brujas que se despojaban de extremidades para volar y chupar almas. Felipe conocedor de brujería y también de masonería, invocando símbolos masónicos —la luz del Gran Arquitecto del Universo  contra la oscuridad del nahual—, dibujó un pentáculo en el suelo con cal viva . Frausto, recordando su "luz interior", enfrentó a la madre en un duelo espiritual: sus ojos emitieron un resplandor cegador que disipó las sombras.
La hermana, dividida entre lealtades, rompió el pacto: "No seré como tú, mamá. La luz de Frausto me salvó". Con un grito infernal, la madre se transformó en una bola de fuego y ascendió, dejando un rastro de plumas quemadas. Las brujas huyeron, disolviéndose en la niebla. La hermana Magdalena, liberada, se unió a sus hermanos en Texas, donde la masonería mixta le ofreció un nuevo camino de luz, pero su esencia de bruja nunca desapareció realmente, a final de cuentas Magdalena y Felipe eran masones brujos, eso jamás se deja atrás.
Pero el aclaración final fue escalofriante: el pacto familiar no era sólo brujería; era una fusión esotérica con la masonería mexicana antigua, influida por ritos prehispánicos como los de Tezcatlipoca. Frausto descubrió que su "luz" era herencia de un abuelo masón que, en la independencia de México, usó magia negra para combatir opresores... pero el precio era eterno: cada generación debía elegir entre luz y oscuridad.
Y en las noches de luna llena, Frausto aún siente el vuelo de sombras sobre su techo, susurrando: "La sangre llama a la sangre". ¿Era libertad... o sólo el comienzo de un ciclo interminable?
Alcoseri


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