Dios El Gran Arquitecto del Universo, Un Principio Simbólico de la Construcción Cósmica y Humana
Una recomendación que se le podría hacer a un recién iniciado en los Augustos Misterios de la Orden Masónica, es que olvide todos los conceptos previos que tenga sobre Dios, para que no contamine con sus imágenes de que Él se tengan, y comience a percibir a Dios sin dogmas o ideas preconcebidas , y luego de unos meses, vuelva a evaluar su conceptos de Dios previos a ser masón y los compare con las ideas que de Dios a percibido en Logias Masónicas. Y es que en Masonería comienzas a percibir a Dios con más claridad.
En la tradición masónica, el Gran Arquitecto del Universo no se presenta como una entidad dogmática impuesta, sino como un símbolo supremo que invita a la reflexión profunda sobre el orden cósmico y la potencialidad creativa del ser humano. Este concepto trasciende las interpretaciones literales de las tradiciones monoteístas, funcionando más bien como un arquetipo universal que representa el principio organizador de la realidad, accesible a través de la experiencia interior y el trabajo simbólico. La Masonería lo emplea no para definir una deidad específica, sino para evocar la aspiración del iniciado a recuperar una armonía primordial con lo divino, entendida como fuente de luz, verdad y perfección.
El ser humano, según esta visión simbólica, porta en su esencia una chispa de esa poderosa naturaleza constructora. La narrativa de la "caída" —alegoría de la separación de la conciencia superior por la dominación de impulsos inferiores— ilustra cómo el ego, entregado a ilusiones y percepciones limitadas, se aleja de su origen. El trabajo masónico consiste precisamente en pulir esta "piedra bruta" interior, cultivando virtudes como la tolerancia, la caridad y la perseverancia, para restablecer la alineación con ese principio creador. No se trata de una recuperación literal de una "imagen divina" perdida, sino de un proceso de trascendencia que eleva la conciencia más allá de lo material hacia planos superiores.
Carl Gustav Jung describía este proceso como la realización del Self, el arquetipo de la totalidad que integra los opuestos y reconecta al individuo con el inconsciente colectivo: "El Self es el centro y la circunferencia de la psique, un símbolo de la divinidad inmanente que el hombre lleva en sí mismo". En la Masonería, el Gran Arquitecto del Universo opera como tal arquetipo, no como figura externa, sino como proyección de esa completitud interior que el iniciado debe actualizar mediante el ritual y la reflexión.
James George Frazer, en su análisis comparativo de mitos, observaba cómo las narrativas de creación y caída se repiten en todas las culturas como expresiones de un anhelo universal por el orden cósmico frente al caos. El símbolo del Arquitecto evoca esos patrones primordiales, recordando que el hombre participa en la construcción del mundo no sólo físicamente, sino espiritualmente, mediante actos que restauran el equilibrio perdido.
Carlos Castaneda, en sus exploraciones de la percepción ampliada, enfatizaba la necesidad de disolver las fijaciones del "tonal" —la realidad cotidiana limitada— para acceder al "nagual", el ámbito de lo infinito y lo creativo. El trabajo masónico sobre los "bajos instintos" y las ilusiones del ego resuena con esta idea: sólo al trascender las percepciones ordinarias se revela la esencia inmortal, alineada con el principio constructor universal.
J. G. Bennett, influido por las enseñanzas sobre niveles de conciencia, veía en el acto creativo divino un modelo de "trabajo intencional" que el ser humano debe emular para elevarse. "La verdadera creación implica una voluntad superior que ordena el caos en armonía", afirmaba, subrayando que el Gran Arquitecto no es un ser antropomórfico, sino el Inteligencia Cósmica que invita al hombre a co-crear su destino espiritual.
¿Por qué, entonces, la Masonería recurre a símbolos y alegorías en lugar de proclamas directas? Porque lo divino y la verdad interior son inefables: un enunciado explícito limitaría la experiencia a lo intelectual, imponiendo interpretaciones fijas y dogmáticas. El símbolo, en cambio, es vivo y multifacético; activa capas profundas de la psique, permite interpretaciones progresivas acordes al desarrollo del iniciado y despierta una comprensión intuitiva que trasciende las palabras. Como alegoría, la figura del Gran Arquitecto del Universo no exige creencia literal, sino participación activa: invita a cada masón a construir su propio templo interior, reconectándose con esa fuente eterna mediante la práctica constante de la virtud y la búsqueda de la luz.
Así, la Masonería se revela como un sistema iniciático que, mediante el velo simbólico, guía hacia la realización de que el hombre puede devenir co-creador consciente, reflejando en su ser la armonía del cosmos.
Alcoseri
