¿Lazaro fue sacado por Cristo de la Cámara de las Reflexiones, para iniciarlo en los Augustos Misterios?

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Alcoseri Vicente

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Feb 11, 2026, 11:20:15 PM (5 hours ago) Feb 11
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¿Lazaro fue sacado por Cristo de la Cámara de las Reflexiones, para iniciarlo en los Augustos Misterios?  
En el simbolismo masónico, la Cámara de Reflexiones representa el sepulcro donde el candidato, sumido en la oscuridad, confronta la vanidad de lo profano y medita sobre la muerte como preludio al renacimiento espiritual. Allí, vendados los ojos y rodeado de emblemas de mortalidad, el aspirante “muere” al mundo exterior para prepararse a recibir la Luz. La resurrección de Lázaro, interpretada esotéricamente, ofrece un paralelismo profundo con este rito: Lázaro no había muerto físicamente en el sentido ordinario, sino que se hallaba en el “sueño psicológico previo al despertar espiritual por medio de la iluminación iniciática”, un estado de muerte iniciática propio de las antiguas prácticas de los profetas hebreos y los esenios, similar al trance inducido en la Cámara de Reflexiones Masónica.
El proceso al que se sometió Lázaro era una forma arcaica de iniciación: su cuerpo astral se expandía hacia los mundos espirituales mientras su ego mortal quedaba dormido en el cuerpo físico. Lazaro cuando hubo culminado con éxito, había  despertado con la memoria de las esferas celestiales y la unión con el Espíritu colectivo del  colectivo humano, alcanzando el grado de “Cohen”.

La iniciación lo llevó al umbral de la muerte física, y alquímicamente fue traspasado, y el cuerpo entró en putrefacción, ya la carne de Lázaro se separaba de sus huesos . El sepulcro de Lázaro se convirtió así en una Cámara de Reflexiones prolongada más allá de lo previsto por nuestros estándares actuales , donde el candidato verdaderamente  permaneció atrapado en la oscuridad, listo ya para recibir la Gran Luz.
Cristo el Tekton (masón / albañil) interviene entonces no como un taumaturgo externo, sino como el Hierofante supremo, el verdadero Maestro Iniciador. Al decir “Lázaro, nuestro amigo, duerme; pero voy a despertarle”, revela que habla de la muerte iniciática, no del sueño ordinario. Su voz poderosa —“¡Lázaro, sal fuera!”— es el llamado ritual que rompe el trance mortal y devuelve al candidato a la vida, pero no a la antigua vida profana: Lázaro regresa transformado, con vendas y sudario que simbolizan los lazos del pasado que deben ser desatados para que “ande” libremente en la nueva existencia espiritual.
Este acto marca la transición histórica y espiritual de la antigua iniciación colectiva —limitada al recuerdo temporal del Yo eterno— a la nueva iniciación cristiana del ego individual. Cristo, el Carpintero o Tekton especulativo por excelencia, reemplaza al hierofante tradicional y, con su poder de Amor Infinito, une permanentemente el alma humana con su ego superior mientras aún vive en la Tierra. Lázaro se convierte así en el primer hombre que experimenta, a través de Cristo, la recuperación consciente de su Yo superior: “Vivo, pero no yo, sino Cristo en mí”.
En términos masónicos, Cristo saca a Lázaro de la Cámara de Reflexiones —el sepulcro de cuatro días— y lo introduce en la Logia de la vida espiritual plena. Ya no es el candidato que regresa con visiones astrales transitorias, sino el iniciado que porta en sí mismo la Luz permanente, el cáliz del Espíritu individual. La resurrección de Lázaro prefigura el misterio del Grado de Maestro: la muerte simbólica de Hiram transformada, por la Palabra sustituida y el poder del Amor Universal, en la victoria sobre la muerte y la plena conciencia del Yo eterno.
En el corazón de la tradición masónica late un profundo compromiso con el despertar de la conciencia. La Masonería no ofrece doctrinas rígidas ni verdades reveladas de forma literal, sino un camino de iniciación progresiva donde el símbolo actúa como llave que abre puertas interiores. La alegoría de la resurrección —presente en el grado de Maestro con la leyenda de Hiram Abiff— no es un relato histórico, sino una representación poderosa del paso de la muerte simbólica a la vida plena, del sueño de la ignorancia al estado de vigilia espiritual.
Cuando en los Evangelios Jesús describe a Lázaro como “dormido” antes de resucitarlo, emplea una metáfora que trasciende la muerte física: señala un estado de letargo interior, una existencia que, aunque biológicamente viva, permanece desconectada de la dimensión más profunda de la realidad. Este “sueño” representa la condición humana ordinaria: una conciencia adormecida por las ilusiones del mundo material, atrapada en patrones mecánicos de percepción y reacción. El despertar que Jesús provoca no es sólo  la vuelta a la vida corporal, sino la reconexión con la esencia espiritual, el acceso a una vitalidad auténtica y consciente.
La Masonería retoma esta misma alegoría, no como dogma teológico, sino como espejo del proceso iniciático. El candidato, vendados los ojos, experimenta simbólicamente la muerte del viejo hombre y su resurrección a una nueva percepción. Este rito no busca transmitir una creencia literal en la inmortalidad del cuerpo, sino ilustrar la posibilidad de trascender el entumecimiento espiritual y recuperar la plena lucidez interior.
Carl Gustav Jung, al analizar los símbolos de muerte y renacimiento, afirmaba que “la resurrección no es un evento histórico, sino un proceso psíquico de renovación que ocurre en el alma”. Para él, estas imágenes arquetípicas expresan la integración de la Sombra y la emergencia del Self, el centro de totalidad que despierta al individuo de su identificación exclusiva con el ego.
Alice Bailey, en su obra esotérica, describe el “sueño de la humanidad” como un estado de separación de la realidad espiritual, donde la conciencia permanece cautiva en los planos densos de la materia. El despertar, según ella, es la activación progresiva de los centros superiores, un proceso que la iniciación masónica facilita mediante sus símbolos de luz y resurrección.
P. D. Ouspensky, discípulo de Gurdjieff, insistía en que el hombre común vive en un estado de “sueño despierto”: mecánico, reactivo, identificado con sus roles y emociones transitorias. “El primer paso hacia el despertar real —decía— es reconocer que estamos dormidos”. La alegoría masónica de la muerte y resurrección sirve precisamente para ese impacto inicial: romper la identificación con el estado ordinario y abrir la posibilidad de una conciencia permanente.
J. G. Bennett, continuador de la enseñanza de Gurdjieff, hablaba del “shock de la resurrección” como un momento de reconocimiento súbito de la propia potencialidad divina. En el ritual masónico, la elevación simbólica del candidato reproduce ese shock: no como creencia dogmática, sino como experiencia transformadora que invita a vivir conscientemente.
¿Por qué la Masonería recurre a alegorías y símbolos en lugar de mensajes directos? Porque la verdad interior no puede imponerse desde fuera; debe ser descubierta por cada individuo en el momento y la medida de su propia madurez. Un enunciado literal se presta al dogma y a la aceptación pasiva; el símbolo, en cambio, es vivo, polivalente y progresivo. Exige trabajo personal, reflexión constante y apertura del corazón. Activa capas profundas de la psique que el intelecto sólo  no alcanza, y permite que cada hermano extraiga el significado acorde a su nivel de comprensión.
Así, la alegoría del “despertar de entre los muertos” no es un fin en sí misma, sino una invitación permanente: reconocer el sueño en que transcurre gran parte de la existencia humana y esforzarse por vivir en la plena luz de la conciencia.
Alcoseri
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