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Del YO Profano al Nosotros Masonería Este comunicado es un testimonio personal, es el relato de ese vínculo indestructible que me une a Otros sean masones o no masones, esos seres que me atraen y me fascinan por su solidaridad conmigo, pero que también pueden resultarme insoportables cuando se hunden en la bajeza, la intolerancia o caen en lo intolerable. ¿Cuándo comenzó todo? ¿En qué momento tomé conciencia de que esos Otros tenían su propio universo, distinto al mío? ¿Cuándo di esos pocos pasos que me separaban de ellos y empecé a concederles verdadera importancia? ¿Cuándo dejé de girar exclusivamente alrededor de mí mismo —mis reglas, mis intereses, mi pequeño mundo— para aceptar que los otros también son propietarios del mundo que habito, del paisaje que contemplo y de la luz que nos ilumina a todos? ¿En qué instante dejé de ser sólo “yo” para convertirme en “nosotros”? No tengo respuestas precisas a estas preguntas, y en realidad no me importan demasiado. Lo esencial es que ese cambio ocurrió. La puerta de un Templo Masónico se abrió para mí. El encuentro tuvo lugar en una Logia Masónica , donde todos éramos distintos entre sí . La idea de este nuevo comunicado surgió hace poco, aunque estas preguntas me habían rondado durante años. Era mediado de los años 80´s . Estaba sentado a lado de un rio bajo Sabinos y una fresca sombra matinal me acariciaba mi rostro. El perfume de las flores flotaba en el aire. En una vereda, jóvenes mujeres conversaban sonriendo, mientras los niños reían persiguiendo a un perro que ladraba alegremente mientras jugueteaban todos , y yo solamente observaba la escena , mientras mantenía mi atención en mis manos , tratando de usar este sensación como ancla, para mantenerme presente e incrementar mi Estado de Consciencia Objetiva. Sentí de pronto una paz extraña, profunda, casi desconocida. No sabía explicarla, pero intuía que algo esperado desde hacía mucho tiempo acababa de suceder… De pronto, una voz fría y aséptica me sacó de ese estado de presencia . La voz en la radio como la de un despertador anunciaba, sin emoción, la explosión en San Juanico en México , donde un una planta de gas licuado había estañado : al menos 500 muertos y más de 2000 heridos. Mi estado bienestar se evaporó. Quedó sólo el mal sabor de la realidad cruda que entraba por las ondas. Estábamos a años luz de cualquier paraíso en la Tierra . Recordé entonces conversaciones con mis familiares, amigos y compañeros de trabajo. Algunos decían que en un mundo sereno y feliz nos aburriríamos. Esa mañana, yo habría dado cualquier cosa por escuchar que el último foco de contaminación había sido controlado, que en el Sahel se había detenido el avance del desierto, que por primera vez en la historia celebraríamos juntos la gran fiesta de la Fraternidad. No, definitivamente no me habría aburrido. No me aburro cuando camino por boulevares, calles o pueblos y las construcciones que han sobrevivido a los siglos me interpelan: desde la humilde casa hasta la majestuosa catedral o las misteriosas pirámides. En cada una de ellas late el deseo humano de construir juntos algo que trascienda nuestra breve existencia. No me aburro cuando entro en un museo y contemplo obras que responden directamente a la vida: desde el arte primitivo, cargado de vitalidad intensa, hasta las pinturas atormentadas de Van Gogh. Tampoco cuando viajo a través de la música —barroca, clásica, jazz, rock, o canciones norteñas de Mexico— y esas notas me liberan por un rato de la pesadez del mundo. Y la literatura… esa inmensa profusión de palabras que nos cuentan Otros que fue, que es y que será. Libros que devoré, capítulo tras capítulo, bajo la luz tenue de la lámpara, porque no podía soltarlos. ¿Cómo podría permanecer indiferente ante esos Otros capaces de crear con pintura, sonidos y palabras? ¿Cómo ignorar esa capacidad inagotable de imaginar, sentir y transformar el mundo? Sí, a veces dudo de esos Otros, sobre todo cuando miro nuestra historia sangrienta. Somos capaces de lo mejor y de lo peor. La misma inteligencia que levantó catedrales y compuso sinfonías también inventó armas de destrucción masiva, justificó esclavitud y diseñó campos de exterminio. La misma mente que sueña con fraternidad puede construir teorías de odio y superioridad racial. Sin embargo, sigo creyendo que vale la pena apostar por la cara luminosa del ser humano: su fuerza creadora, su deseo de construir un “nosotros” más justo y hermoso. Como Masón, añado: la verdadera grandeza del paso del “yo” al “nosotros” no está en eliminar el ego, sino en trascenderlo. No se trata de anularse por el otro, sino de ampliarse gracias a él. La masonería lo entiende perfectamente: no construimos templos de piedra para nosotros solos, sino para que otros, mañana, encuentren en ellos refugio, belleza y sentido. Ese es el milagro masónico: convertir el “yo” en un “nosotros” que trasciende el tiempo y el mismo espacio. La esperanza no reside en un mundo perfecto donde nadie sufra nunca, sino en la decisión diaria de seguir tendiendo la mano, de seguir construyendo, aunque sepamos que la obra nunca estará del todo terminada. Porque cada piedra puesta con consciencia Lucida es una victoria contra la oscuridad. Al final, lo que realmente importa no es si el mundo se vuelve perfecto, sino si nosotros nos volvemos un poco más humanos cada día. Y eso sólo ocurre cuando dejamos de mirarnos el Ego y empezamos a ver en el rostro del Otro un reflejo de nosotros mismos. Y ahí me di cuenta que en Masonería no existe el Yo egoísta , sino el Nosotros somos Masonería. Alcoseri