La Historia de cuando Mefistófeles visitó una Logia Masónica

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Alcoseri Vicente

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Jun 22, 2026, 11:17:02 PM (9 days ago) Jun 22
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La Historia de cuando Mefistófeles visitó una Logia Masónica
Hace ya más de treinta y cinco años, en un Oriente que guardaré en el silencio por respeto a los que aún allí trabajan, pero que llamaremos el Oriente Norteado, corrió un rumor que se extendió como sombra por entre los muros del Templo. La historia era que  llegaría un hermano masón visitante. No era un hermano cualquiera. Se decía que traía consigo la autoridad que habían perdido, la firma que les devolvería el estatus, la llave que, creían, abriría de nuevo la puerta hacia la Luz.
La noticia se anunció con tanto bombo y platillo  que parecía la llegada de un emisario de los cielos. Pero bajo esa euforia se ocultaba un miedo antiguo y silencioso: en el fondo, todos sabían que hacía tiempo habían dejado de ver el Rayo de la Verdad. Recitaban el ritual con una precisión mecánica, como quien repite palabras en un idioma que ya no entienden; vestían mandiles bordados con hilos de oro, usaban joyas pulidas y brillantes, pero sentían que dentro de ellos todo estaba vacío. Alguien, tiempo atrás, les había susurrado al oído una sentencia helada: “Ustedes no son masones. Han perdido el hilo de la tradición, han roto el vínculo con lo Invisible. No alcanzan ni siquiera el rango de lo irregular; son simplemente una sombra que imita gestos”.
Esa duda se había convertido en una herida que supuraba en silencio. Por eso, cuando se anunció la visita, la emoción rayó en la demencia colectiva. Algunos hermanos sufrieron desmayos, otros hablaban sin control, como si una fuerza extraña agitara sus mentes. Pero en medio de ese desorden, prepararon todo: limpiaron cada rincón, encendieron las luces con esmero, dispusieron los símbolos en sus lugares, sin saber que estaban adornando el escenario donde la mentira vestida de verdad iba a tomar forma. Creían que el problema era externo: que les habían robado el secreto, que alguien les había quitado la legitimidad masónica . No imaginaban que lo que llegaba no venía a devolverles nada, sino a consumir lo poco que aún les quedaba.
La llegada bajo la sombra
Llegó el día señalado. El sol se ocultaba tras las montañas, y una bruma fría comenzó a rodear el edificio del Templo. A la hora exacta, se detuvo en la puerta una limusina negra, tan oscura que parecía absorber la luz de las farolas. Cuando se abrió la puerta, descendió el visitante. Vestía un esmoquin largo, impecable, y sobre él un mandil de un blanco cegador, bordado con símbolos que parecían moverse lentamente bajo la luz tenue, como si tuvieran vida propia. Lo acompañaba un séquito de figuras silenciosas, que caminaban sin hacer ruido y mantenían la mirada fija y vacía.
Al verlo, los hermanos sintieron una mezcla de admiración y un escalofrío que les subía por la espalda. No sabían por qué, pero el aire se había vuelto más denso, más difícil de respirar. Sin embargo, su deseo de ser reconocidos era más fuerte que cualquier advertencia interna. Lo recibieron con honores, lo condujeron hasta el centro geométrico del Templo —ese punto donde se cruzan las energías y donde, según la tradición, sólo  debe reinar la Verdad— y le invitaron a ocupar el sitial más digno en el Oriente de aquella Logia.
Una vez iniciados los trabajos augustos, con los golpes de mallete que resuenan como latidos en el silencio, el visitante tomó la palabra. Su voz era grave, melódica, y parecía no salir de su boca, sino rodear el recinto:
—“Queridos hermanos —dijo con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Soy vuestro hermano, Mefistófeles García Cantú. He recorrido todos los caminos, he cruzado los umbrales que pocos se atreven a tocar, y traigo conmigo lo que tanto anhelan: la conexión, el reconocimiento, la validez masónica que han perdido. Mirad esto.”
Y alzó entre sus manos un pergamino enrollado, cubierto de sellos de cera roja que brillaban como sangre seca.
—“Este es el Pergamino de la Legitimidad. Con él, dejarán de ser una copia para convertirse en masones verdaderos, regulares, aceptados en todos los rincones del mundo. Se los entrego como regalo; no les costará ni una moneda.”
Al oírlo, el templo estalló en aplausos y vivas. Pero en ese mismo instante, quienes tenían un oído más fino podían percibir un murmullo muy bajo, como el de miles de voces lejanas, que parecían reírse en las sombras.
Mefistófeles esperó a que el ruido cesara, y entonces sus palabras bajaron de tono, volviéndose más dulces y más cortantes:
—“Sin embargo, para que este vínculo no se rompa —porque lo que se da también debe mantenerse—, cada uno de ustedes abonará una cuota mensual de $53 dólares. Además, la Logia pagará una contribución fija de $1.000 dólares al mes a la Confederación Masónica que presido. Mientras esto se cumpla, seguirán siendo masones. Si se interrumpe el pago, el vínculo se corta automáticamente, y volverán a ser lo que eran: nada más que gestos vacíos.”
La respuesta fue unánime, ciega y desesperada:
—“¡Lo pagaremos! ¡No importa el precio! Preferimos entregar lo que tenemos antes que seguir siendo una farsa.”
En ese momento, algo cambió en la mirada de Mefistófeles. Sus ojos se encendieron con un resplandor extraño, amarillento y frío, como el de las brasas que quedan en una hoguera apagada. Era la mirada de quien sabe que acaba de cerrar un trato que no tiene vuelta atrás.
El engaño en el lenguaje de los símbolos
Lo que siguió fue una lección aterradora sobre lo que significa confundir la forma con la esencia. Mefistófeles habló largo rato, pero nunca mencionó el trabajo interior, la búsqueda de la verdad, la construcción del templo en el alma, ni la luz que ilumina la conciencia. Su discurso era una red tejida con palabras de poder, pero vacías de contenido espiritual.
Mostró catálogos: mandiles de todo tipo, joyas grabadas, bandas de colores, libros con títulos grandilocuentes, recuerdos con el compás y la escuadra. Todo tenía un precio. Y les explicó, con una lógica que parecía impecable, que “el valor de la Orden se mide por lo que se invierte en ella”.
Lo más inquietante fue cómo utilizó el simbolismo masónico para invertir su sentido:
El mallete, que sirve para llamar al orden y despertar la atención, lo presentó como una varita mágica: “Con un sólo  golpe, borraré su pasado y les daré un nuevo nacimiento”. Pero el verdadero nacimiento iniciático no viene de un golpe externo, sino de la muerte simbólica de los vicios y el renacimiento de la virtud.
El punto geométrico, centro de toda armonía, se convirtió bajo su presencia en un punto de succión, donde parecía concentrarse toda la energía, todo el deseo y todo el miedo de los presentes.
El pergamino, que debía representar la Palabra Perdida escrita en el corazón, se transformó en un contrato de esclavitud voluntaria.
Como saben los auténticos y legitimos iniciados —como se dice : —, “el mal no viene siempre en forma de monstruo, sino a menudo vestido con los mismos ropajes de lo sagrado, para que no lo reconozcas hasta que ya es demasiado tarde”. Y: “Quien busca la validación  y el reconocimiento masónico fuera de sí mismo, entrega las llaves de su propia conciencia a cualquiera que se las prometa”.
Mefistófeles lo sabía perfectamente. Él no luchaba contra la Masonería; la imitaba, la desviaba, la vaciaba de contenido hasta convertirla en su propia imagen. No destruía el ritual, sólo  cambiaba su significado: hacía creer que pagar era equivalente a progresar, que tener un papel llamado pergamino era igual a tener sabiduría, que el reconocimiento de otros sustituía a la transformación interior.
El precio de la falsa legitimidad
Al terminar su alocución, golpeó el mallete tres veces. El sonido retumbó por todo el recinto, y por un instante pareció que las sombras de las esquinas se alargaban hasta tocar a cada hermano. Se abrazaron, lloraron de alegría, se sentían más unidos que nunca, sin darse cuenta de que lo que los unía ahora era una cadena invisible que ellos mismos habían aceptado.
Se entregó el cheque, se firmaron actas, se tomaron fotografías que parecían capturar más sombras que rostros. Se vendieron grados masónicos —cada uno más caro que el anterior—, con la firma de Mefistófeles como único aval. Se vendían libros autografiados, botellas de vino con el escudo de la Orden, recuerdos de todo tipo. El Templo, espacio reservado para la ritualización masónica , la meditación y el trabajo espiritual, se había transformado en un mercado, pero un mercado donde la moneda no era sólo  dinero, sino también energía, fe y consciencia.
Mefistófeles se despidió con una reverencia profunda, prometiendo que siempre estaría ahí para vigilar su estatus. Subió a su limusina negra y desapareció en la niebla, dejando tras de sí un olor a incienso dulce y empalagoso que tardó días en desvanecerse.
El desenlace silencioso
Años han pasado desde entonces. Aquella Logia sigue abriendo y cerrando trabajos, usando los mismos símbolos, recitando las mismas palabras. Pero el famoso Pergamino Sagrado fue guardado en una caja de metal, bajo llave, y con el tiempo, nadie recuerda ya dónde quedó. Las cuotas dejaron de pagarse hace mucho, y cuando Mefistófeles envió nuevos emisarios para reclamar lo “acordado”, encontraron una apatía profunda: ya no les importaba ser reconocidos o no, porque en el fondo habían sentido que nada había cambiado realmente en su interior.
Pero lo más aterrador es comprender la lección esotérica que encierra esta historia: Mefistófeles no es un personaje externo, es una fuerza, una tendencia que habita en cada lugar donde se confunde la apariencia con la realidad. Él sabe que la humanidad busca desesperadamente que le digan quién es, que le den un título, una etiqueta, un reconocimiento,  un sello. Sabe que es más fácil creer que un papel te hace masón, que trabajar toda una vida para construir tu propio templo interior.
Como se dice en las enseñanzas más antiguas: “Lo que se recibe sin esfuerzo, se pierde sin dolor; pero lo que se entrega voluntariamente por una mentira, se lleva consigo una parte de tu propia luz”.
Mefistófeles sigue ahí, inmortal, recorriendo los Orientes, las religiones, las instituciones, esperando siempre el momento en que la duda y la vanidad abran la puerta. No rompe la Tradición; sólo  espera a que nosotros mismos la vaciemos de sentido, para ocupar su lugar con su propia sombra.
Y así, el misterio se mantiene: la verdadera Masonería nunca ha estado en los pergaminos, ni en los sellos, ni en los reconocimientos. Está en la llama que se mantiene encendida en el interior, incluso cuando todo a nuestro alrededor parece oscuro y falso. Quien guarda esa llama, nunca necesita que nadie le diga si es masón o no: lo sabe en su propia conciencia, y esa es la única legitimidad que ninguna cuota, ningún engaño y ninguna sombra podrá arrebatarle jamás.  
Alcoseri 

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