Al Oriente del Edén

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Alcoseri Vicente

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Mar 17, 2026, 11:44:13 PM (2 hours ago) Mar 17
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Al Oriente del Edén
«Las ideas no dirigen el mundo, pero nada humano perdura ni crece sin ellas.»
Según el mismo Libro de la Ley en Génesis 3:23-24, tras la caída del hombre, Dios expulsó a Adán y Eva del huerto y colocó querubines y una espada flamígera  encendida al oriente del Edén para proteger el camino que lleva  al Árbol de la Vida. Esto simboliza la separación entre la humanidad y la presencia directa de Dios El Gran Arquitecto del Universo debido a la desobediencia, marcando el inicio del trabajo forzado y la mortalidad.
Vivir al oriente del Edén representa vivir en el mundo profano, es la pérdida del paraíso y la vida fuera de la comunión directa con Dios, llevando a Adán a cultivar la tierra de la que fue tomado.
Los querubines y la espada flamígera que giraba indicaban una barrera infranqueable, impidiendo al hombre comer del árbol de la vida y vivir para siempre en su estado caído.
La expresión se ha convertido en una metáfora del exilio, la pérdida de la inocencia y la lucha humana en un mundo caído.
Pero, al ingresar un masón a la Logia , retorna al Eden mismo.
Al proponer los principios de Educación y Transmisión en Logia como primer tema de trabajo, queremos impulsar a nuestra obediencia a una reflexión siempre vigente, cuyas conclusiones sirvan realmente a la familia masónica universal . Debemos ir más allá de la pura especulación intelectual: comprometer nuestro trabajo en la acción y honrar así nuestra herencia operativa.
En Masonería pensamos con sacudir el confort de las conciencias, desbloquear tradiciones anquilosadas y, ¿por qué no?, influir en decisiones concretas. Nuestras sociedades parecen agotadas de proyectos y horizontes; por eso los extremos ocupan el terreno baldío de la conciencia y la espiritualidad. Necesitamos redescubrir las riquezas del sueño, el mito y la utopía.
Si aspiramos a que la política escuche nuestra reflexión, podríamos proponer un concurso nacional: Imaginemos la ciudad ideal. Entre los proyectos de arquitectos, los masones podríamos aportar nuestra visión original, espiritual y universal, para reconstruir mentalidades, comportamientos y reglas de convivencia humana.
A todo esto, necesitamos un marco claro para las preguntas que estudian nuestras logias: una organización, un método y un modelo común. Ese modelo —una perspectiva compartida— será la Utopía, la ciudad ideal que cada hermano y hermana enriquecerá con su piedra.
Cada intervención debe tener siempre presente esta finalidad: pensar el modelo ideal de vida, de ley y de convivencia en una ciudad que aceptamos sin pudor como mítica y, por tanto, utópica.
La Génesis, las historias de los orígenes, para revelar sus fallas, desórdenes y errores que deberían habernos hecho más lúcidos. En esta ocasión, juntos, intentaremos descifrar un pasado mítico para esbozar los contornos de un futuro utópico.
Elegí la primer pareja de la humanidad, el primer embrión de sociedad y la primera familia: Adán y Eva.
Hay mil formas de analizar los fracasos de su educación y transmisión —o más bien su ausencia—. Por gusto personal, me inclinaba por la filosofía y la exégesis, pero por la finalidad de nuestro compromiso elegí un enfoque sociológico y, a veces, psicoanalítico.
Vivimos tiempos de desilusión, como en los orígenes. Como dice el profeta Jeremías: heredamos sólo  mentiras de nuestros padres. Eva, engañada por la serpiente, miente a Adán; Adán se miente a sí mismo; juntos mienten por omisión a sus hijos Caín y Abel: niños sin amor, sin caricias, sin reglas, sin educación.
Quizá por eso los hijos sueñan con autonomía absoluta, inventan sus propias leyes idealizadas, sus códigos y lenguajes, y lacran, humillan y rechazan las reglas básicas que los mayores enseñan.
Es un vértigo de independencia que lleva al aislamiento, a la revuelta. Esa revuelta se viste de libertad, pero es sólo  una imitación pálida: inmoviliza en el rechazo obstinado y en la trampa de un nuevo engaño.
Primera lección: hay que romper el círculo infernal del engaño (de maestros, padres, dirigentes) que genera revueltas estériles y encierros en quimeras mentirosas.
Estamos lejos de Rousseau, que le dice a su viejo preceptor: «Sigue siendo el maestro de los jóvenes maestros. Aconséjanos, guíanos, seremos dóciles. Mientras viva, te necesitaré más que nunca ahora que empiezo mis funciones de hombre. Tú cumpliste las tuyas; guíame para imitarte y descansa, ya es tiempo.» ¡Cuánto habría querido decirle eso a mi padre y oírlo algún día de mis hijos!, pero en Logia siempre tenemos a quien los guie.
Pero no soñemos en exceso. Abramos modestamente una ventana al futuro de esta ciudad utópica a la que Francis Bacon llamó en su Libro la Nueva Atlántida y que sirvió de modelo para la Masonería moderna .
Sin piadoso ingenuo, volvamos a la historia y a textos que narran éxitos hermosos y fracasos dramáticos: errores, mentiras y traiciones de aquellas familias lejanas, quizá contadas para que inventemos, en sus silencios, una forma auténtica de seres humanos.
Este retorno a la memoria no sería regresión si se sostiene en un proyecto espiritual y abierto a todas las culturas —conforme a la masonería misma .
Hay paradoja: queremos liberarnos del pasado opresivo y, al mismo tiempo, recuperar en su pureza las intuiciones originales. Regresar a una tradición muerta podría ser caer en la misma zanja de siempre, ya que no se acoplaría  al ideal del presente siglo XXI .
No temamos romper con un pasado reciente para reconectar con uno más antiguo, rico en enseñanzas y ejemplo de vidas bajo velos simbólicos.
Un exégeta recordaba: en el    Libro de la Ley o  la Biblia, Moisés no habla del alma, su inmortalidad, vida futura, paraíso o infierno. Se ocupa sólo  de esta vida, la sociedad actual, el bienestar terrenal. Desnudemos las realidades sensibles para sentir el peso real de las cosas, que siglos de abstracción habían diluido.
Estudiemos entonces a la humanidad del sexto día: masculina y femenina a la vez, sexualmente indefinida, universalmente indiferenciada.
La ruptura de esa «entente sexual cordial» origina, desde el séptimo día, una individualización narcisista y asesina.
«Adamicidad» es vocación, camino y virtualidad, no esencia. Adán no es padre de la humanidad: es la humanidad misma, anterior al tiempo.
Aunque le prometen vida eterna, vive 130 años. ¿Sabía que al transgredir la Ley se condenaba a muerte?
El texto es paradójico: describe a Adán mal en su soledad y, con lujo de detalles, las incompatibilidades de ese primer embrión social.
¿A quién imputa la culpa? ¿Al proyecto divino, al deseo de Adán, a la gula de Eva, a la serpiente, o a los árboles provocadores plantados al oriente del Edén?
Ante esta provocación, buscamos respuestas. Abramos el testamento: la primera herencia fue un fatal atractivo por el asesinato y un gusto morboso por la muerte, más allá de cualquier vínculo, incluso fraternal.
Este primer borrador de familia humana revela, en su desunión, la imposibilidad de convivir con el otro: la mecánica infernal del «mata-hermano».
El texto es enigmático: a veces Adán es nombre propio, a veces «el Adán» (la humanidad). El destino se conjuga en femenino: la mujer es el destino del hombre. El embrión de humanidad necesitaba un complemento para existir. Como si Adán, en su soledad narcisista en el jardín, necesitara romper el espejo y sumergirse en aguas turbias que deforman el reflejo egoísta.
La individualidad surge inmediatamente después de la humanidad. Adán es el nombre genérico de la primera generación; sus hijos revelan la individualidad en la segunda. El plan no es social: cada quien por sí y Dios sabe para quién.
Hubo una primera pareja, vivido como primera dificultad de convivencia; luego una primera familia, proyecto fallido desde su concepción.
Eva dice: «He adquirido un varón con el Eterno» (literalmente, un hijo con Dios). Luego: «Además engendró a su hermano Abel».
Caín nace como semi-dios en un jardín ya marchito, de padre incierto pero hijo de la mujer. Abel, cuyo nombre significa «insignificancia» o «soplo», llega como añadido: «Además…» asi Abel es un nombre masculino de origen hebreo (Hével o Hevel) que significa principalmente "aliento", "vapor" o "efímero", simbolizando la fragilidad de la vida. Bíblicamente, es el segundo hijo de Adán y Eva, conocido por ser un pastor justo y bondadoso, cuyo sacrificio fue aceptado por Dios, convirtiéndose en un símbolo de inocencia, virtud y martirio tras ser asesinado por su hermano Caín
Uno es esencial, destinado a dominar la creación; el otro, superfluo. Abel pudo ser un segundo aliento para esa familia en descomposición, pero se impuso la jerarquía: el amo razona, el esclavo ejecuta.
Podrían complementarse; se vuelven antagonistas.
Abel, transhumante, impone su ley al ganado dócil; Caín, labrador, sufre la ley caprichosa de la naturaleza vegetal.
Paradoja: Abel se aleja del suelo y del hermano para preservar pureza; Caín se enraíza cada vez más en el exilio, entregado al vértigo de un trabajo sin principios: producir cantidad, no calidad.
Caín cree que ser hijo de Adán es trabajar; ignora que su labor debe completar la Creación, parecerse al divino. Al identificarse con su función, convierte su incompletitud en perversidad: trabajo por trabajo, idolatría de la función.
Abel evade todo contacto; está siempre en otra parte.
Entre el apetito verde y turbulento de Caín y la exigencia absoluta de Abel, sólo  hay choque e incomprensión.
Caín, con su asesinato, pretende decidir por la fuerza quién posee la esencia adámica.
Abel cree que le conviene desligarse de padres fallidos; se emancipa de su autoridad, quema la etapa humana del séptimo día.
Caín es prematuro: vive en el estadio vegetal del tercer día. Su trabajo es doblemente azaroso: ser incompleto en suelo inadecuado.
Cuando no hay reflexión ni palabra, surge el asesinato como árbitro.
«Caín dijo a Abel… y lo mató.» Cuando intenta dialogar, Abel responde con desprecio. Sólo  furia y desesperación hablan al oriente de Edén. Ambos son culpables.
Nuestro mundo sigue muriendo de esa incomprensión fatal.
La fraternidad es un desafío inmenso; este primer encuentro fraternal es su contraejemplo perfecto, seguido por Isaac-Ismael, Jacob-Esaú, José y sus hermanos: saga de hermanos enemigos.
El malentendido nace porque Caín ve a Abel como alter ego exitoso; confunde dominación con posesión. Abel ve sólo  un cultivador, no un hermano; Caín ve ovejas que estorban sus campos.
La historia no favorece a ninguno: la tierra, mal curada del caos primordial, repugna el orden. El Adán, salido del polvo, resiste la fascinación de volver al polvo.
Surge la pregunta: ¿Está la humanidad entera en la aventura de Caín? Si sí, el futuro se reduce a fracaso absoluto o supervivencia sin ilusiones, mecida por moralismos que evitan lo peor pero no saben dar sabor al presente.
La primera generación cohabita en silencio; la segunda se aísla en ausencia de comunicación.
El primer versículo de la Biblia plantea el caos; el prólogo de Juan responde: al principio era la Palabra.
Entre esos dos tiempos, la palabra (y la Palabra) se ofrece como vínculo entre culturas y generaciones.
Pero Abel muere y con él su posibilidad. Caín errará; su descendencia se volverá cada vez más errática hasta borrarse en el diluvio.
¿Cuál era el recurso posible? La Biblia habla de Alianza como solución a las crisis.
Adán recibe el soplo de vida que revela su identidad. Pero ¿qué hacer con ese «yo»? El anti-pareja Caín-Abel rompe esa identidad en inhumanidad.
Sólo  somos «hombres» en la medida en que no somos ni Caín ni Abel.
Lo único común en el Edén es cuidar el jardín.
El hombre, sacado del suelo, debe trabajarlo y guardarlo. ¡Gloria al trabajo, decimos en masonería!
Pero el trabajo de Caín es cíclico, repetición sin renovación ni utopía. Ignora que debe guardarlo para transmitirlo.
«Yo no sabía que era guardián de mi hermano»: primera falla de transmisión no asumida. Caín hereda la «posesividad» de Eva: tomar posesión sin guardar.
Adán falla en vigilancia: su desinterés desorganiza todo. El suelo es maldito por él.
La falta es desorganización: suelo caótico, pareja desarticulada, generación sin reglas.
¿Qué ofrece la naturaleza para escapar al terrorismo que opone humano a inhumano?
El exilio del Edén no era fatal; surge cuando se renuncia al rol de «vigilantes  ». Entonces domina la «serpiente»: la animalidad sobre la hominización.
Mientras no haya aniquilación total, la reparación (tikún, redención) es posible.
Caín, en su voracidad, elimina la temporalidad: prefiere finitud antes que incertidumbre.
Abel imita y pierde su potencial. Su nomadismo se vuelve autista.
La ofrenda de Caín (frutos, no primicias) es rechazada no por decreto, sino por constatación: arrogancia bajo celo. La de Abel (primogénitos) es aceptada porque, como dice el cabalista Charles Mopsik, «toda verdadera subsistencia reside en su filiación».
Caín se agota en idolatría funcional; Abel evade responsabilidad.
Rousseau: «Si quisiéramos ser siempre sabios, raramente necesitaríamos ser virtuosos. Pero tendencias fáciles nos arrastran a situaciones peligrosas…»
Y en política: «La frecuencia de suplicios es signo de debilidad o pereza del poder. Un gobierno fuerte no tiene malo que no pueda hacer bueno para algo.»
El desaire a Caín es silencio: no hay nada que aprobar.
¿Qué dicha infantil tuvieron esos niños? ¿Apretaron la mano de sus padres al dormir? ¿Escucharon cuentos? ¿Se lastimaron rodillas en el jardín? ¿Grabaron iniciales en árboles?
¡Imposible imaginar herencia tan grande tan vana!
Abandonados en los laberintos de Edén, sin autoridad, enfrentaron el problema eterno de la constitución colectiva.
Al discurso profano: «¿Cómo pensar la sociedad si no puedes pensarte a ti mismo?», responde la máxima masónica: «¿Cómo construir el Templo de la Humanidad si no puedes pulir tu piedra?»
Salgamos del estado de piedra bruta, hablemos, reinvirtamos la palabra y dejemos el engaño o el pensamiento prefabricado mortífero.
Hay un tiempo posible entre palabra mentirosa y silencio asesino.
La serpiente no está condenada a morderse la cola.
Tras barrer los errores de nuestros ancestros, interpretar silencios de un texto actualísimo y calcar la Génesis en nuestros hechos cotidianos, tenemos el deber de extraer lecciones y soñar despiertos un proyecto: la ciudad ideal, Utopía.
Utopía es un gran jardín réplica de Edén: árboles, ríos, animales, gente. Todo lo previsto originalmente.
¿Entonces qué queda por imaginar? Nada. Pero queda todo por hacer.
La verdadera revolución, mesiánica, está en la acción: poner en práctica los planos de la plancha ideal.
El infierno no está pavimentado de buenas intenciones: consume a quienes no convierten intención en acción.
Propuestas concretas:
Utopía sería una ciudad-jardín cuya ecología trascendiera discursos vacíos.
En su corazón, una escuela de la vida con tres clases:

Educación: los alumnos serían los padres. Los niños darían Cursos Elementales de Educación: enseñarían pureza, verdad, entusiasmo, juego espontáneo. Los adultos reaprenderían a amar y respetar la vida.
Transmisión: abuelos y padres impartirían Cursos de Transmisión Práctica. Los niños recibirían experiencia vivida, tradición renovada, sabiduría de los años, autoridad amorosa e inteligente.
Ciencia-ficción: imaginar cómo nacer al mundo a los 60 años y terminar con sonrisa de bebé. Vida al revés: empezar con experiencia para evitar errores juveniles, avanzar con fuerza adolescente y acabar en inocencia.

Y, por supuesto, recreos donde gritar sin ironía: «¡Todos son bellos, todos son buenos!»
Es posible jugar sin trampas, reír sin cálculo, acercarse sin herir, preferir generosidad a envidia, amor a violencia, verdad a mentira.
Es posible valorar estar bien para devolver sentido a la palabra «valor».
Son piedras rudamente talladas, ideas en bruto.
Termino como empecé: «Las ideas no dirigen el mundo, pero nada humano perdura ni crece sin ellas.»
La caída adámica representa la pérdida del «estado primordial»: la transmisión fallida rompe el vínculo con la Tradición. La utopía masónica no es evasión, sino restauración de ese estado mediante trabajo simbólico y fraternidad real.
Masones del siglo XXI verían en Caín y Abel la dualidad no integrada: el sedentario (materia, razón) y el nómada (espíritu, intuición). La fraternidad masónica busca su síntesis en el Compañero que equilibra ambos.
J.J. Rousseau (Emilio) defiende una educación natural que preserve la bondad innata y prepare para la ciudadanía virtuosa, eco de la necesidad masónica de pulir la piedra bruta desde la infancia.
La historia de Caín y Abel no es sólo un mito antiguo; es diagnóstico actual de sociedades donde la transmisión falla por omisión.
Alcoseri 


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