El Simbolismo Masónico Y Su Relación Con Los Arquetipos Junguianos

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Alcoseri Vicente

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Feb 8, 2026, 1:02:16 AM (2 days ago) Feb 8
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El Simbolismo Masónico Y Su Relación Con Los Arquetipos Junguianos

Cuando nos iniciamos masones, una de las primeras preguntas que nos hacemos es ¿Qué es todo esto del simbolismo masónico? ¿cómo opera? , y pasan los años en Logias y muchas cosas del simbolismo masónico quedan sin respuestas , pero van pasando las décadas en Logia y se comienza a clarificar lo del potencial que el simbolismo tiene de impacto en nuestra psique profunda.

En este momento vamos a analizar este tema a profundidad.  

Un Lenguaje para despertar tu potencial dentro de ti

En el vasto panorama de las tradiciones iniciáticas, la Masonería se distingue por su empleo magistral del simbolismo como vehículo privilegiado de transmisión del conocimiento. No se trata de un mero adorno estético ni de un código arbitrario, sino de un sistema profundo y multifacético que invita al individuo a una exploración progresiva de sí mismo y del cosmos. Este enfoque simbólico no es exclusivo de la Orden, pero en ella alcanza una síntesis única, integrando elementos de diversas herencias culturales y espirituales en un marco universal que trasciende dogmas particulares.

La Masonería incorpora símbolos que han resonado a lo largo de la historia humana: la luz como emblema de la verdad y la iluminación espiritual, presente desde los textos védicos hasta el Evangelio de Juan; un ejemplo de ello es el simbolismo del agua como agente de purificación y regeneración, común al Rig Veda, al taoísmo y a los rituales bíblicos; el simbolismo del fuego como fuerza transformadora, central en el zoroastrismo, el hinduismo y las liturgias cristianas. Estos arquetipos no se adoptan como préstamos literales que obliguen a adherirse a los valores teológicos de sus orígenes, sino como expresiones universales de realidades espirituales compartidas por la humanidad. La Orden actúa así como un depósito sintético, seleccionando y reinterpretando estos elementos para servir a su propósito esencial: el perfeccionamiento moral e interior del individuo.

¿Por qué, entonces, la Masonería recurre a símbolos y alegorías en lugar de enunciados directos y explícitos? La respuesta radica en la naturaleza misma del conocimiento esotérico y en la psicología profunda del ser humano. Un mensaje directo impone una interpretación única, limita la experiencia y puede convertirse en dogma rígido. El símbolo, en cambio, es vivo y polivalente: evoca en lugar de definir, sugiere en lugar de prescribir, y permite que cada iniciado se esfuerce y descubra significados acordes a su nivel de comprensión y madurez espiritual.

Carl Gustav Jung, en su exploración del inconsciente colectivo, afirmaba que “un símbolo no es una alegoría ni un signo, sino una imagen que describe de la mejor manera posible la naturaleza oscuramente percibida del espíritu”. Para Jung, los símbolos masónicos —como la escuadra y el compás, la piedra bruta o la logia como microcosmos del universo— emergen de los arquetipos profundos, conectando al individuo con capas de la psique que el lenguaje racional no alcanza. No se trata de enseñar una doctrina fija, sino de despertar una experiencia transformadora.

Mircea Eliade, historiador de las religiones, complementa esta visión al describir los símbolos como hierofanías: manifestaciones de lo sagrado que irrumpen en lo profano. “El símbolo habla al ser humano entero y no sólo  a la inteligencia”, señala Eliade, recordándonos que elementos como la luz o el fuego no son meras metáforas, sino revelaciones que reconectan al hombre con el centro sagrado del cosmos. En la Masonería, esta reconexión se logra precisamente porque el símbolo no impone, sino que invita a la participación activa del iniciado.

Juan Eduardo Cirlot, en su monumental Diccionario de símbolos, insiste en que el verdadero estudio simbólico debe trascender la superficie para alcanzar el concepto subyacente, integrando perspectivas psicológicas, antropológicas y espirituales. Los instrumentos de la antigua masonería operativa —regla, nivel, plomada, cincel— se convierten así en herramientas de autoconstrucción interior, cuyo significado no se agota en una explicación histórica, sino que se renueva en la reflexión personal de cada hermano.

James George Frazer, en La rama dorada, demostró cómo los mitos y rituales simbólicos se repiten a través de culturas aparentemente dispares, revelando patrones comunes en la experiencia humana ante lo numinoso. La Masonería, al apropiarse de estos patrones sin atarse a sus contextos dogmáticos originales, evita el riesgo del exclusivismo religioso y preserva su carácter universal y progresivo.

En última instancia, el simbolismo masónico protege el misterio al tiempo que lo revela gradualmente. Un enseñanza directa podría ser memorizada, pero no interiorizada; una alegoría, en cambio, exige trabajo personal, reflexión constante y apertura del corazón. La célebre definición de la Masonería como “un bello sistema de moral velado en alegorías e ilustrado por símbolos” resume esta sabiduría: no se trata de ocultar por ocultar, sino de guiar al buscador hacia la Gran Luz mediante un lenguaje que el alma comprende antes que la mente, y que cada uno debe descifrar en el silencio de su propio templo interior.

Arquetipos Junguianos en las  Estructuras Profundas del Psiquismo y su Resonancia en el Simbolismo Masónico. La masonería es una tradición filosófica y a través de su particular método nos invita a seguir el mandato del oráculo de Delfos—»conócete a ti mismo

 

Carl Gustav Jung postuló los arquetipos como contenidos primordiales del inconsciente colectivo, esa capa psíquica universal que trasciende la experiencia personal y conecta a toda la humanidad. No son imágenes concretas ni ideas heredadas, sino formas a priori —predisposiciones innatas— que organizan la experiencia humana y se manifiestan en símbolos, mitos, sueños y rituales a lo largo de todas las culturas y épocas.

Jung los describía como “órganos del psiquismo”: estructuras invisibles que, al activarse por la experiencia vital, generan imágenes arquetípicas cargadas de numinosidad (esa cualidad fascinante y aterradora de lo sagrado). El arquetipo en sí es vacío de contenido específico; sólo  adquiere forma al llenarse con material personal y cultural.

Principales arquetipos de la psique personal

 

La Persona: La máscara social, la fachada que presentamos al mundo. Es necesaria para la adaptación, pero su identificación excesiva provoca rigidez y alienación del yo auténtico.

La Sombra: Todo aquello que el yo consciente rechaza o no reconoce en sí mismo: impulsos, deseos, cualidades “oscuros”. Integrar la Sombra es el primer paso del proceso de individuación; ignorarla genera proyecciones destructivas.

El Ánima (en el hombre) / El Ánimus (en la mujer): La imagen del sexo opuesto en el inconsciente. Actúa como guía hacia la completitud psíquica, apareciendo en sueños y fantasías como figuras seductoras, sabias o amenazantes. Su integración abre la dimensión erótica y relacional profunda del ser.

El Self el si mismo : El arquetipo central de totalidad y regulación . Es el núcleo organizador de la psique, a la vez centro y circunferencia. Se representa clásicamente como mandala, cuadratura del círculo, o figuras de reconciliación de opuestos (Cristo, Buda, el anthropos gnóstico). La individuación consiste precisamente en la progresiva realización del Self.

 

Arquetipos de transformación y narrativa universal

Además de los estructurales, Jung identificó arquetipos funcionales que aparecen en los grandes relatos míticos:

 

El Niño Divino: Símbolo de potencialidad futura, renovación y vulnerabilidad creativa.

La Vieja Sabia / El Viejo Sabio: Portadores de sabiduría transpersonal.

El Héroe: Aquel que desciende al inconsciente, enfrenta la Sombra y regresa transformado.

La Gran Madre: Ambas nutricia y devoradora, fuente de vida y muerte.

 

Resonancia en el simbolismo masónico

La Masonería, con su riqueza simbólica, constituye un campo privilegiado para la emergencia y elaboración de estos arquetipos:

 

La Logia misma funciona como mandala: el pavimento mosaico (blanco y negro) representa la reconciliación de opuestos; el trazado rectangular con orientación Oriente Occidente y el centro simbólico en el Ara Sagrada evocan la estructura del Self como totalidad ordenada.

El rito de iniciación reproduce el viaje del Héroe: muerte simbólica (oscuridad, ojos vendados), enfrentamiento con lo desconocido, y resurrección a la Luz. El neófito desciende al inconsciente y emerge con una nueva identidad.

Hiram Abiff, figura central del grado de Maestro, encarna el arquetipo del Héroe sacrificado y resucitado, similar al Cristo, Osiris o Baldur. Su muerte y “resurrección” ritual simbolizan la integración de la Sombra y la realización del Self.

Las herramientas (escuadra, compás, regla, nivel) se convierten en operadores arquetípicos: la escuadra como rectitud moral (Persona), el compás como delimitación del caos interior (Sombra), y su unión como coniunctio oppositorum que apunta al Self.

 

Jung mismo reconoció que los símbolos masónicos, al igual que los alquímicos, expresan procesos de individuación. En su obra sobre alquimia advertía que los viejos tratados no trataban sólo  de transformar metales, sino de transformar el alma; del mismo modo, la Masonería ofrece un laboratorio simbólico donde el iniciado puede confrontar y armonizar sus arquetipos internos.

En síntesis, los arquetipos junguianos no son meras curiosidades psicológicas: son las raíces profundas de toda experiencia simbólica y religiosa. La Masonería, al trabajar conscientemente con ellos a través de alegorías y rituales, facilita ese encuentro transformador con el Self que Jung llamó individuación: el camino hacia la plenitud psíquica y espiritual que todo ser humano, consciente o inconscientemente, está llamado a recorrer.

Alcoseri 

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