En la reunión de CLIPSAS que tuvo lugar en New York en mayo 2010 fue presentada esta plancha por parte del Gran Maestre de la Gran Logia Simbólica Española (GLSE) Jordi Farrerons.
Masonería en la Sociedad del Espectáculo
En 1967, cuando aún no se intuía Internet, ni las comunicaciones globales, ni la telefonía móvil, ni el capitalismo sin frenos que marca nuestra agenda diaria, el pensador francés Guy Débord predijo que el siguiente paso de la sociedad capitalista era convertirse en Sociedad del Espectáculo: «todo aquello que antes se vivía», afirmó, «se ha convertido en mera representación». Según Débord y gran parte de la crítica situacionista la premisa característica de esta nueva sociedad es que se dejan de vivir o experimentar los acontecimientos para presenciarlos a través de espejos y lentes superpuestas, los medios de comunicación. Así, los actores se convierten en espectadores; lo activo se convierte en pasivo y miles de millones de personas caen bajo el control de las grandes corporaciones como los protagonistas de Un mundo feliz, dependientes de la droga y la fiesta-espectáculo continuos.
El «soma» de nuestros días es la televisión, dios indiscutible de cada casa. El espacio antaño dedicado al hogar de leña, donde la familia se reunía para explicarse historias a la lumbre, se reserva ahora a los rayos catódicos. Es más: Internet, que debía ser la gran esperanza democratizadora de la comunicación de masas, corre el riesgo de convertirse en un nuevo impuesto a la realidad: las cosas y las personas no son de manera oficial hasta que no lo refrendan públicamente las redes sociales.
La sociedad del espectáculo no es sino una consecuencia lógica de la mercantilización de todo: lo que Marx llamara «fetichismo de la mercancía» llega hasta cada uno de nosotros gracias al efecto multiplicador de una sociedad de masas. Somos mercancía, y como tal, somos mercancía mesurable, comparable y descartable. La realidad entera nos llega mediatizada por el show que se nos ofrece como tal, y los debates de todo tipo (ideológicos, sociales, económicos, simbólicos) vienen predeterminados por un proceso de creación de la historia (noticias, propaganda, publicidad) en la que el consumo, la parte final del proceso, es el corolario necesario para su realización. La realidad es, por tanto, ilusoria, y tan sólo válida en tanto los medios la reconozcan y difundan como tal. Nuestra sociedad prefiere la simulación a lo real.
En esta sociedad del espectáculo se exige que todo sea público: es el fin de la privacidad como valor individual. Hace tiempo que se cruzó la fina línea que separa transparencia de invasión. Sólo hace falta un mero ejercicio de análisis de producción cultural para cerciorarlo. Fíjense en las últimas 50, 100 o 150 películas que hayan visto emitidas por TV. En gran cantidad de ellas, el desenlace final (amoroso, de acción, de intriga) tiene lugar ante cientos de espectadores que aplauden finalmente a los héroes. Es la situación idealizada de la sociedad del espectáculo: el bien gana al mal, o los amantes se reúnen, o el asesino es descubierto, ante miles de espectadores (millones, en las escenas que ficticiamente se transmiten por TV) que, con su aplauso, dan el marchamo de oficialidad al desenlace. En nuestra sociedad, no es importante «ser», sino «parecer»: somos a través de la aprobación externa, es decir, somos porque los demás nos aprueban. Y en la sociedad de masas, somos, por tanto, espectáculo. O aspiramos a serlo, que es lo mismo. El mundo, pues, es real en cuanto a que existe, pero irreal e ilusorio por cuanto tan sólo lo que se emite por los medios existe en el consenso social.
Este fin de la privacidad, que obtiene su certificado masivo a través de los «reality shows» y de la localización constante a través de teléfonos móviles o Internet, implica la sospecha automática ante toda situación, individuo o grupo que impida el paso de los medios de comunicación o que defienda su derecho, cada vez más vulnerado, a la intimidad. Por carambolas del destino, el capitalismo avanzado y el estalinismo coinciden en la preferencia del «bien común» (espectáculo de masas, seguridad) ante los derechos individuales.
No hace falta ser filósofo ni haber leído a los situacionistas para ver el enorme abismo que separa la visión del mundo de la Francmasonería con respecto a esta nueva i-realidad impuesta por el capitalismo moderno. En efecto allá donde la Orden defiende la esencia, se opone a la apariencia; allá donde defiende la introspección, se opone al espectáculo; allá donde defiende el diálogo, se opone a la pasividad; allá donde exige su discreción, se opone al fin de la intimidad. La Francmasonería es hija de una época de Ilustración y progresos no sólo técnicos, sino también humanistas. Y está, hoy en día, inserta en una sociedad de lo aparente, una sociedad de la mercancía como bien máximo por sí mismo, y, por tanto, hostil a los valores de Rousseau, Montesquieu o Newton.
Ante este divorcio entre los intereses mayoritarios de sociedad y las características esenciales de nuestra Orden se plantean serias dudas acerca de nuestro papel en la actualidad.
La Masonería, un reducto de lo real
Como hemos dicho, la Masonería es ante todo vivencial. Vivencial, que no representacional: el misterio iniciático es algo tan íntimo que difícilmente se puede comunicar con imágenes, y mucho menos simular. La representación, lo irreal, no tiene lugar en una experiencia personal e intransferible. La experiencia vivida en la iniciación, pues, queda separada de la norma profana de la representación.
Y si esto ocurre en una sola ceremonia, ¿qué decir de la vivencia continuada, regular, habitual, de la vida en Logia? A fuerza del continuado contacto con los Hermanos y Hermanas, llegamos a conocerlos en una manera mucho más profunda e intuitiva de lo que llegarán a conocerlos sus compañeros de trabajo o sus vecinos. Porque en Logia no cabe la representación, y porque ninguna simulación podría pasar el largo escrutinio de una vida en común.
Por otra parte, cada Logia, cada taller, se define como un espacio abierto al diálogo entre pares, y, por tanto, un espacio en el que la norma unívoca del mundo profano (millones de espectadores, escasos emisores) no rige. Como hemos anticipado, donde hay diálogo, pluralidad, libre pensamiento, no puede haber pasividad. Cada hermano o hermana es imprescindible, cada hermano o hermana aporta y aprende, a lo largo de un diálogo que se extiende más allá de las puertas de cada templo. Lo que hagas, te hará, es uno de los lemas de nuestra Orden. Cada uno escoge y talla su piedra, en lugar de permitir que otros la tallen por él.
¿Qué caminos puede emprender la Masonería ante esta omnipresente Sociedad del Espectáculo, y qué peligros encierra cada uno?
La presencia en sociedad
Sin duda, una de las metas que la Orden ha intentado cumplir en los últimos tiempos podría definirse como una «presencia normalizada» en la Sociedad. Explicar a las fuerzas que componen el mundo en que vivimos que somos una organización civil, iniciática, racionalista, preocupada por los problemas vigentes de nuestro entorno desde una defensa absoluta de los Derechos Humanos y la justicia social. Se trata de una tarea ingente, por cuanto los viejos temores y leyendas propagados por ideologías totalitarias y dogmáticas perviven en la sociedad menos informada y, sobre todo, se nutren de la desinformación proveniente de minorías muy ruidosas o de auténticos especialistas de la conspiranoia, siempre muy vocales a la hora de propalar sus «descubrimientos» sin fundamento. Sin embargo, los peligros de una exposición poco cuidada a los medios de comunicación son graves: la banalización a la que incluso medios serios tienden, por razones de mercado, puede acabar deformando la imagen que ofrecemos: es decir, en palabras de Débord, puede acabar ofreciendo una simulación o espectáculo de la Masonería. En este campo, pues, nuestra tarea debe ser, ante todo, didáctica, pedagógica, incansable.
La conservación de la Modernidad
Uno de los logros del sistema capitalista avanzado es su aparente «superación» de los conceptos que caracterizan la modernidad. Se trata del «fin de la Historia» que tan atrevidamente propuso Francis Fukuyama. En este aparente «todo vale» preconizado por los ideólogos del posmodernismo, las bases en que se asienta la Masonería, y toda lucha por un mundo socialmente justo y solidario, pierden solidez ante el todopoderoso mercado que se autorregula. Sin embargo, justamente en esta separación radica nuestro valor más importante y caro: somos los portadores de la llama de la modernidad. Somos los herederos, y por tanto los encargados de mantener intactos, de los valores de Libertad, de Equidad, de Fraternidad, de Solidaridad, de Justicia social. Cada Masón, cada Logia, cada Obediencia, es depositaria viva de una manera de entender el mundo que dio a luz a la democracia, que acabó con tiranías seculares y que lucha contra la superstición y la ignorancia allá donde éstas atenazan al Ser Humano. Ésta es nuestra característica única, la piedra angular sobre la que construimos nuestro Edificio, y nuestro deber es cuidarla y mimarla para que, como la semilla que se nos presenta en la Cámara de Reflexión, perviva en las generaciones venideras. La labor es, pues, de conservación. Pero no al estilo de un museo, en que las piezas expuestas carecen de vida y son, por ello mismo, reflejos o representaciones de lo que fueron. Nuestra conservación es la de valores vivos, la de especímenes que respiran y crecen más allá de nuestros templos, por la propia esencia de la Masonería: llevad afuera la Luz recibida.
Una voz común
De las dos tareas anteriores se desprende, pues, una necesaria intervención en sociedad, en la medida en que cada Masón, cada Logia o cada Obediencia pueda y estime necesario hacerlo. Justamente porque nos encontramos nadando a contracorriente en una sociedad que, momentáneamente, adora la representación, es nuestro deber intentar cambiar este estatus quo. Y eso sólo lo podemos hacer desde la autenticidad que presupone la actividad cotidiana en los talleres: el debate, el intercambio riguroso y fraternal de ideas y puntos de vista, la reunión fraternal de Hermanos y a la vez amigos. Y la defensa pública de los valores que nos caracterizan, pese a quien pese, de una manera unívoca e inequívoca. La tarea es, en este caso, la de lograr una voz común y coherente que siente las bases comunes a toda la Masonería adogmática. En ese sentido, nunca como ahora ha sido tan necesaria la tarea de organismos interobedienciales como CLIPSAS, prestos a reunir aquello que está disperso, como dice nuestro Ritual, en un mundo que tiende a la dispersión, la fragmentación y la simulación.
Jordi Farrerons
G.·.M.·.
Gran Logia Simbólica Española
SECRETO MASONICO › La Resurrección del Solar Hiram Abiff en cada semana Santa.
https://groups.google.com/forum/… -
El Sol o el Belino Masónico es una deidad d...
Ver másLO COMPARTO POQUE ENCUENTRO UNA GRAN VERDAD........... https://www.facebook.com/groups/782484798494441/permalink/1314230278653221/
Sabían que cuando Einstein daba alguna conferencia en las numerosas universidades de USA, la pregunta recurrente que le hacían los estudiantes era:
-¿Cree Ud. en Dios?
Y él siempre respondía:
-Creo en el Dios de Spinoza.
El que no había leído a Spinoza se quedaba en las mismas…
Espero que esta joyita de la historia, les sirva tanto como a mi. Saludos, Rodrigo.
Baruch de Spinoza fue un filósofo Holandés considerado uno de los tres grandes racionalistas de la filosofía del siglo XVII, junto con el francés Descartes. Aquí algo de él.
Este es el Dios o Naturaleza de Spinoza:
Dios hubiera dicho:
"Deja ya de estar rezando y dándote golpes en el pecho! Lo que quiero que hagas es que salgas al mundo a disfrutar de tu vida.
Quiero que goces, que cantes, que te diviertas y que disfrutes de todo lo que he hecho para ti.
¡Deja ya de ir a esos templos lúgubres, obscuros y fríos que tú mismo construiste y que dices que son mi casa.
Mi casa está en las montañas, en los bosques, los ríos, los lagos, las
playas. Ahí es en donde vivo y ahí expreso mi amor por ti.
Deja ya de culparme de tu vida miserable; yo nunca te dije que había nada mal en ti o que eras un pecador, o que tu sexualidad fuera algo malo.
El sexo es un regalo que te he dado y con el que puedes expresar tu amor, tu éxtasis, tu alegría. Así que no me culpes a mí por todo lo que te han hecho creer.
Deja ya de estar leyendo supuestas escrituras sagradas que nada tienen que ver conmigo. Si no puedes leerme en un amanecer, en un paisaje, en la mirada de tus amigos, en los ojos de tu hijito...
¡No me encontrarás en ningún libro!
Confía en mí y deja de pedirme. ¿Me vas a decir a mí como hacer mi trabajo?
Deja de tenerme tanto miedo. Yo no te juzgo, ni te crítico, ni me enojo, ni me molesto, ni castigo. Yo soy puro amor.
Deja de pedirme perdón, no hay nada que perdonar. Si yo te hice... yo te llené de pasiones, de limitaciones, de placeres, de sentimientos, de necesidades, de incoherencias... de libre albedrío ¿Cómo puedo culparte si respondes a algo que yo puse en ti? ¿Cómo puedo castigarte por ser como eres, si yo soy el que te hice? ¿Crees que podría yo crear un lugar para quemar a todos mis hijos que se porten mal, por el resto de la eternidad?
¿Qué clase de dios puede hacer eso?
Olvídate de cualquier tipo de mandamientos, de cualquier tipo de leyes; esas son artimañas para manipularte, para controlarte, que sólo crean culpa en ti.
Respeta a tus semejantes y no hagas lo que no quieras para ti. Lo único que te pido es que pongas atención en tu vida, que tu estado de alerta sea tu guía.
Amado mío, esta vida no es una prueba, ni un escalón, ni un paso en el camino, ni un ensayo, ni un preludio hacia el paraíso. Esta vida es lo único que hay aquí y ahora y lo único que necesitas.
Te he hecho absolutamente libre, no hay premios ni castigos, no hay pecados ni virtudes, nadie lleva un marcador, nadie lleva un registro.
Eres absolutamente libre para crear en tu vida un cielo o un infierno.
No te podría decir si hay algo después de esta vida, pero te puedo dar un consejo. Vive como si no lo hubiera. Como si esta fuera tu única oportunidad de disfrutar, de amar, de existir.
Así, si no hay nada, pues habrás disfrutado de la oportunidad que te di. Y si lo hay, ten por seguro que no te voy a preguntar si te portaste bien o mal, te voy a preguntar ¿Te gustó?... ¿Te divertiste? ¿Qué fue lo que más disfrutaste? ¿Qué aprendiste?...
Deja de creer en mí; creer es suponer, adivinar, imaginar. Yo no quiero que creas en mí, quiero que me sientas en ti. Quiero que me sientas en ti cuando besas a tu amada, cuando arropas a tu hijita, cuando acaricias a tu perro, cuando te bañas en el mar.
Deja de alabarme, ¿Qué clase de Dios ególatra crees que soy?
Me aburre que me alaben, me harta que me agradezcan. ¿Te sientes agradecido? Demuéstralo cuidando de ti, de tu salud, de tus relaciones, del mundo. ¿Te sientes mirado, sobrecogido?... ¡Expresa tu alegría! Esa es la forma de alabarme.
Deja de complicarte las cosas y de repetir como perico lo que te han
enseñado acerca de mí.
Lo único seguro es que estás aquí, que estás vivo, que este mundo está lleno de maravillas.
¿Para qué necesitas más milagros? ¿Para qué tantas explicaciones?
No me busques afuera, no me encontrarás. Búscame dentro... ahí estoy, latiendo en ti".
Spinoza
Saludos, R.