Una Visita al Templo Interior

5 views
Skip to first unread message

Alcoseri Vicente

unread,
Nov 28, 2025, 7:06:45 PM (22 hours ago) Nov 28
to secreto-...@googlegroups.com
Una Visita al Templo Interior

La Gran Pregunta es : ¿Qué nos lleva, en un momento determinado de nuestra existencia, a buscar el marco ritual de la iniciación y el intercambio fraterno, a convivir con hermanos en un templo consagrado donde crecemos interiormente y bebemos del agua viva de una tradición milenaria?
La respuesta es sencilla y profunda a la vez: la caída. Si la humanidad se hubiera conservado en la pureza de su origen edénico, la verdad se ofrecería sin velo y no habría sido necesario ningún rito iniciático. Pero, al descender a una región opuesta a la luz, el hombre perdió su estado primordial y quedó sometido al trabajo de la iniciación para reconquistar su nivel original de conciencia objetiva. Como dice Carlos Castaneda refiriéndose al guerrero que busca el conocimiento: «El hombre común vive sólo para morir; el guerrero vive para saber». La iniciación masónica no es otra cosa que ese camino del saber, un largo proceso de despertar interior que exige purificación, muerte simbólica y resurrección.
Los antiguos lo sabían. Desde la India védica, Caldea, Egipto, Göbekli Tepe y las altas culturas del antiguo  México, los sabios establecieron pruebas rigurosas —muchas veces mortales— para confirmar la constancia y el amor por la verdad del aspirante. Antonella Fagetti, estudiosa del chamanismo huichol, describe cómo el candidato debía ayunar cuarenta días en el desierto, comer peyote bajo la vigilancia de los mara’akame y, en ocasiones, enfrentarse a visiones que podían romper la mente o el cuerpo: «Sólo quien estaba dispuesto a morir de verdad accedía al wirrikuta sagrado». Cora Ann Dobbs de Fierro, al analizar los ritos mayas de paso, recuerda que en ciertas cuevas de iniciación yucatecas los huesos encontrados pertenecían a jóvenes que no sobrevivieron a la prueba del cenote o al encuentro con los aluxob. Eran iniciaciones reales donde la muerte física era un riesgo posible y aceptado.
Comparadas con aquellas, las iniciaciones masónicas actuales resultan casi inofensivas: una venda que cubre los ojos del postulante , como prueba iniciática  tres sencillos viajes simbólicos, un juramento, un poco de teatro ritual. Nada que ponga en peligro la vida. Y, sin embargo, conservan la misma estructura arquetípica: muerte al mundo profano, purificación, resurrección a una nueva existencia. Lo que antes se lograba con sangre, ayuno extremo y alucinógenos, hoy se simboliza con mandil o delantal blanco y espada flamígera. El masón moderno no muere físicamente, pero se le exige morir a sus vicios, a su ego, a su «hombre viejo». El riesgo ya no es corporal, sino moral y espiritual: si el candidato no está preparado, la luz lo quema por dentro.
Así lo entendieron también los constructores del Tabernáculo y del Templo de Salomón. Todo comienza en el Éxodo (capítulos 24-30 y 36-40): Moisés recibe en el Sinaí las instrucciones precisas; el pueblo ofrece oro, plata, telas, especias; Bezalel, lleno del espíritu de Dios, dirige la obra; finalmente, la Gloria del Eterno llena el Tabernáculo. Tres templos sucesivos marcan la evolución de la conciencia humana:
El Arca de Noé, flotante e incierto, simboliza la oscuridad primordial.
El Tabernáculo, móvil, representa al hombre que comienza a caminar hacia la luz.
El Templo de Salomón, fijo, anuncia la estabilidad definitiva en la Verdad… aunque incluso ese templo fue destruido, recordándonos que nada externo es permanente.
Sólo hay un Templo indestructible: el hombre mismo cuando reconstruye su santuario interior. El Hijo del Hombre es el verdadero Templo no hecho por manos humanas. En palabras de Castaneda: «Un hombre va al conocimiento como va a la guerra: completamente despierto, con miedo, con respeto y con absoluta seguridad». El masón busca la Palabra Perdida —el Nombre inefable IEOVAH— porque pronunciarla correctamente es reunir en sí todas las potencialidades físicas, psíquicas y espirituales; es convertirse en hombre total, en Tekton, en Nagar, en Cristo – Hiram  en la Tierra.
Te invito a un Viaje astral guiado al Templo
Cierra los ojos. Toma mi mano. Nos encontramos frente al Templo de Jerusalén.
Primer recinto: el Pórtico
El aprendiz muere al mundo profano y recibe la luz. Contempla las cuatro herramientas: escuadra, nivel, plomada y mazo. Nace por segunda vez.
Segundo recinto: el Santuario
Para acceder debe purificarse en el Mar de Bronce (10 codos de diámetro, 5 de alto, 30 de circunferencia), símbolo de las aguas primordiales donde el Espíritu divino sopla la vida. Doce bueyes lo sostienen: las doce tribus, los doce signos, las doce puertas de la Jerusalén celestial.
Aquí brillan el Candelabro de siete brazos —la luz única en la multiplicidad—, la Mesa de los doce panes de proposición —la sustancia divina que alimenta el alma— y el Altar del Incienso —la oración que eleva el corazón.
En este nivel comienza la iniciación del  Masón  y se recibe el grado de Maestro Secreto en el Rito Escocés. El alma se vuelve activa en dos planos simultáneamente.
Tercer recinto: el Sanctasanctórum
Sólo se accede pronunciando el Nombre Sagrado. Más allá del velo está el Arca del Pacto, cubierta por los querubines. Allí mora la Shejiná, la Presencia. El tercer nacimiento —el bautismo de Espíritu— restituye al iniciado su cuerpo de luz y sus prerrogativas primordiales.
El Mar de Bronce purifica, el Candelabro ilumina, los Panes nutren, el Incienso eleva, el Tetragrama vivifica y el Arca contiene la Alianza eterna.
Queridos hermanos y compañeros de camino: la visita al Templo de Salomón no es un ejercicio arqueológico ni literario. Es la cartografía exacta de nuestra regeneración interior. Cada masón está llamado a reconstruir místicamente ese Templo en el santuario de su corazón, a purificar sus deseos en el Mar de Bronce, a alimentar su alma con los panes sagrados, a elevar su oración como incienso, a encontrar la Palabra Perdida y, finalmente, a convertirse él mismo en Arca viva donde descienda la Gloria.
Como escribió Carlos Castaneda: «No importa lo que uno revele o lo que uno guarde para sí mismo; todo lo que hacemos, cada acto, se registra para siempre en el águila». Que nuestro trabajo masónico sea digno de ser registrado en la Luz.
Y que el Gran Arquitecto del Universo nos conceda, al final del camino, escuchar en lo más íntimo de nuestro ser reconstruido la Voz que dijo un día sobre el Sinaí y que sigue diciendo en el silencio del corazón purificado:
«¡Yo Soy el que Soy!»
Gracias por haberme acompañado en esta visita al Templo interior.
Que la Gran Luz sea con vosotros.
 Alcoseri 


image.png

Libre de virus.www.avast.com
Reply all
Reply to author
Forward
0 new messages