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Hermes Trismegisto y la Masonería En el alma misma de los esotéricos misterios antiguos, hay una figura que ha caminado entre dioses, sabios e iniciados: Thoth Hermes Trismegisto, el Tres Veces Grande. Su historia no es sólo una leyenda, sino un relato vivo que conecta Egipto, Grecia y todas las tradiciones de sabiduría, y que está profundamente ligado al origen mismo de la Francmasonería. Lo que vas a leer es un viaje esotérico, un cuento lleno de símbolos, donde descubriremos cómo este ser extraordinario entregó a la humanidad las claves para comprender el universo y a nosotros mismos, y cómo nuestra Orden Masónica ha sido siempre su heredera más fiel y digna. La luz de Hermes y el secreto de los iniciados Todo ocurrió en los tiempos en que los dioses aún caminaban entre los hombres, y los templos y pirámides eran verdaderas puertas entre el cielo y la tierra. En una sala inmensa, rodeada de columnas que tocaban el cielo, el velo sagrado se rasgó entre truenos y relámpagos. Ante el candidato a la iniciación , vestido de blanco puro, apareció una luz que no venía del sol, sino de la esencia misma de la verdad. El anciano iniciador levantó su vara enjoyada y dijo con voz profunda: «Contempla la Luz de Egipto, la luz que sólo conoce el Maestro de la Sabiduría». De entre la brilla luminosa surgió una figura imponente, más alta que cualquier ser humano, de cuerpo casi transparente donde se veían brillar el corazón y la mente: uno transformándose en ave sagrada, el otro en una esmeralda viva. En su mano llevaba el bastón alado, entrelazado de serpientes, símbolo de la vida que sube y baja, que une lo alto y lo bajo. Y todos gritaron con reverencia: «¡Salve, Thoth Hermes, Tres Veces Grande, Príncipe de los hombres, el que triunfó sobre la oscuridad y la confusión!». A sus pies yació vencido el gran dragón, el caos, la ignorancia y la violencia. Hermes había conquistado lo que hay dentro y fuera de nosotros, y nos enseñó que la verdadera fuerza no es dominar a otros, sino dominarse a sí mismo y comprender el orden del universo. Se cuenta que Hermes escribió más de treinta y seis mil tratados: libros que contenían todo: medicina, geometría, astrología, leyes, música, magia, filosofía, y sobre todo, el conocimiento de Dios y del alma. Para los egipcios fue Thoth: dios de la sabiduría, de la escritura y de la medida; el que anotaba el peso de las almas y guardaba los secretos del tiempo. Para los griegos fue Hermes: mensajero de los dioses, el que lleva y trae el conocimiento entre lo divino y lo humano. Para los latinos fue Mercurio: el que está más cerca del Sol, igual que él estaba más cerca de la verdad absoluta. También se le reconoce como Enoc, el que caminó con Dios y no murió, sino que pasó al misterio. Un día, mientras meditaba en soledad, se le apareció Poimandres: la Mente Universal, el Gran Dragón de Luz, el pensamiento de todo lo que existe. Le reveló entonces el secreto de la creación: cómo de la Luz nació la Palabra, cómo se separó la luz de la oscuridad, cómo el espíritu se unió a la materia y cómo el ser humano, hecho a imagen del cielo, cayó enamorado de su propia sombra, olvidando su origen divino. «Todo lo que está arriba es igual a lo que está abajo; todo lo que está abajo es igual a lo que está arriba» —esta fue la gran ley que escribió en la Tabla de Esmeralda, la joya de su sabiduría. Nos enseñó que somos hijos de la Luz, pero que estamos vestidos de materia, y que nuestro gran trabajo es despertar, recordar quiénes somos, y volver a unir lo que está separado en nosotros: mente, alma y espíritu. Dejó escritos maravillosos, como el Poimandres o El Pastor de los Hombres, guía espiritual para todo aquel que busca salir de la ignorancia. Sus libros se guardaron en Alejandría, pero muchos se perdieron o se ocultaron para protegerlos de quienes no estaban preparados. Se dice que su obra principal, el Libro de Thoth, que contiene las claves para la regeneración humana y el dominio de las fuerzas invisibles, aún existe y se transmite de maestro a discípulo, tal vez bajo la forma del Tarot, esas 78 hojas llenas de símbolos que cuentan todo el camino del alma. Hermes nos enseñó que el conocimiento no es sólo saber cosas, sino transformarse. Que el iniciado es aquel que atraviesa las puertas de los siete gobernadores —los planetas, las pasiones, las leyes del destino— y llega a la Octava Esfera: el lugar donde ya no hay tiempo ni muerte, sólo luz y unión con todo lo que es. Nos dijo: «Despertad, hijos de la luz. Recordad que sois inmortales, y que la muerte es sólo el olvido. Subid por los peldaños del pensamiento, purificaos y volved a casa». Sentido esotérico, ocultista y gnóstico Para la visión esotérica, Thoth Hermes no es sólo una persona o un dios, sino el principio mismo de la Sabiduría Activa. Es la inteligencia que organiza el caos, la palabra que crea, el conocimiento que libera. En la corriente gnóstica, representa al Salvador, al Maestro Interior, al que nos trajo la memoria de nuestro origen divino para que no nos quedemos atrapados en la materia y la ignorancia. Su enseñanza central es que el ser humano es una mezcla de cielo y tierra, luz y sombra, y que nuestra misión es separar lo eterno de lo pasajero. Esto coincide perfectamente con la enseñanza masónica: nosotros también trabajamos la piedra bruta para quitarle lo imperfecto, para descubrir la forma perfecta que ya está ahí, esperando ser despertada. Hermes nos dice que lo que construimos aquí se refleja allá arriba, y que la verdadera iniciación no es un rito externo, sino un cambio interno, una resurrección espiritual. En este sentido, su filosofía es la base de toda la idea masónica actual. —Hermes es el padre de todos los símbolos y ritos—, y efectivamente, casi todo lo que usamos en logia masónica viene de su tradición. —El hermetismo es el alma de la masonería—, porque ambas buscan lo mismo: comprender el universo y perfeccionar al hombre. —Hermes es el maestro que nunca muere—, porque su enseñanza sigue viva en cada uno de nosotros. Hermes en la Masonería Es imposible hablar de Hermes sin asociarlo profundamente a nuestra Orden Iniciática Masónica. La Francmasonería es, sin duda, la heredera legítima y más fiel de esta corriente de sabiduría. Hemos guardado intacto puro y sin mancha su mensaje: que el conocimiento es poder, que la verdad nos hace libres, que todo está conectado y que el trabajo constante y la búsqueda de la luz son el único camino. Nosotros practicamos cada día lo que él enseñó: construimos templos, pero no de piedra, sino de conciencia. Usamos sus símbolos: la escuadra y el compás, el ojo que todo lo ve, la estrella, las columnas, la luz y la oscuridad. Somos herméticos en el mejor sentido: guardamos lo profundo para quienes están preparados, pero difundimos la luz para todos. Nuestra grandeza está en haber mantenido vivo este legado durante siglos, atravesando guerras, cambios y olvidos, siempre fieles a la idea de que el ser humano puede y debe elevarse, comprender y transformarse. La masonería no es una invención moderna; es el río donde desembocan todas las fuentes antiguas, y Thoth Hermes es una de las fuentes más puras y profundas. Thoth Hermes Trismegisto es una figura que une al dios egipcio de la sabiduría y al mensajero griego de los dioses, considerado Tres Veces Grande por ser el mayor sabio, sacerdote y maestro. Dejó enseñanzas fundamentales como la ley “lo de arriba es como lo de abajo”, textos sagrados como la Tabla de Esmeralda y el Poimandres, y explicó el origen del universo y del ser humano: mezcla de luz y materia, con el destino de despertar y volver a su origen divino. Su legado dio origen al hermetismo, y es la base de gran parte de la simbología, los ritos y la filosofía que hoy guarda y practica la Francmasonería. (Un cuento para todas las edades) Hace muchísimo tiempo, cuando las pirámides eran jóvenes y el desierto era de un color dorado más brillante que el de hoy, vivía un ser muy especial. Tenía cuerpo de hombre, pero su mente era tan grande como el cielo entero, y su corazón tan sabio como los ríos que nunca dejan de correr. Los antiguos lo llamaban Thoth, el que sabe leer en las estrellas, y también Hermes, el mensajero que trae regalos de sabiduría. Pero su nombre más hermoso era Trismegisto: el Tres Veces Grande, porque era grande en saber, grande en bondad y grande en magia. Se decía que Hermes no era como los demás. Donde él caminaba, crecían flores de palabras y brotaban fuentes de ideas claras. En su mano llevaba un bastón maravilloso: tenía dos alas en la punta, como si quisiera volar, y dos serpientes entrelazadas que subían y bajaban. —Esta vara no es para golpear —decía él con una sonrisa—, es para recordar que todo sube y baja, que todo se conecta, y que lo que está arriba es igual a lo que está abajo. Un día, Hermes subió a una montaña alta donde las nubes no podían ocultar nada. Allí, habló con el Gran Espíritu del Mundo, que le mostró un secreto guardado desde siempre: el diseño perfecto de todas las cosas. Vio cómo el sol daba luz, cómo la luna cambiaba, cómo las semillas se hacían árboles y cómo el alma de los niños venía de lejos para aprender y crecer. —Tienes que llevar esto a los hombres —le dijo la voz profunda—. Pero no se lo des a cualquiera. Dáselo sólo a quienes quieran construir, ayudar y ser mejores cada día. Entonces Hermes tomó una esmeralda, una piedra verde tan brillante que parecía un trozo de bosque congelado, y grabó en ella, con letras de fuego, las reglas de oro de la vida. Esa fue la Tabla de Esmeralda, el tesoro más valioso que existe. Pasaron los años, los siglos y los milenios. Hermes, que no envejecía porque su sabiduría lo mantenía joven, caminó por todo el mundo. Vio que los hombres a veces olvidaban lo que es bueno, que se peleaban y que vivían en casas oscuras y tristes. —¡Ya sé qué haré! —pensó—. Enseñaré a construir Templos, pero no hechos de piedras de montaña, sino de piedras brillantes que están dentro de cada persona. Entonces reunió a los primeros constructores, a los buscadores de luz y a los amigos de la verdad. Les entregó dos herramientas mágicas: La Escuadra: para que todo lo que hicieran fuera recto, justo y sin trampas. El Compás: para que supieran hasta dónde llega su libertad y dónde empieza el respeto por los demás. —Mirad —les dijo señalando el cielo con su bastón alado—. He dejado aquí, entre vosotros, una luz que nunca se apaga. Llamad a vuestra reunión Logia, que significa “lugar de encuentro”, y guardad siempre la llama viva. Enseñad que no importa de dónde viene nadie, ni qué color tiene su piel, ni qué nombre le da a Dios. Lo único que importa es: ¿Es bueno? ¿Es justo? ¿Ayuda a crecer? Les contó también el secreto de los colores: El Azul: como el cielo, es el color del pensamiento, de la lealtad y de la amistad. El Negro: como la noche antes del amanecer, es el color del silencio, del misterio y de todo lo que aún tenemos que aprender. La Luz Blanca: que está encima de todos, es la verdad que brilla cuando todos trabajan juntos. Y así nació la Francmasonería: la familia que construye, que busca la luz y que sigue las huellas de Hermes. Se dice que, aunque él ya no se ve caminando por las calles de Egipto o de Grecia, sigue estando allí. ¿Dónde? Está en el corazón del que ayuda sin pedir nada. Está en la mente del que quiere saber más para entender mejor. Está en las manos del que construye paz donde había guerra. Cada vez que ves una estrella brillar muy fuerte, o una columna que sostiene algo con fuerza, o alguien que dice “¡Voy a intentarlo de nuevo, con más paciencia!”, ahí está Hermes sonriendo. Porque él sabe que su mayor obra de arte no fue un templo de piedra, sino el corazón del ser humano transformado en luz. Y dicen que, si un día entras en una sala donde hay luces suaves, herramientas de constructor y gente que se habla como hermanos, y prestas mucha atención... escucharás un susurro muy bajito que dice: «Lo que está arriba es como lo que está abajo. Construye bien tu vida, hijo mío, porque tú eres la obra maestra más grande del universo».
Las grandes preguntas que nos podemos hacer ¿Qué tanto influyó realmente Thoth Hermes Trismegisto en la filosofía y enseñanzas masónicas, o son caminos paralelos que se parecen sin estar conectados? ¿Es el hermetismo lo mismo que la masonería, o sólo una de sus fuentes antiguas? Y sobre todo: ¿Quién es en realidad Thoth Hermes Trismegisto, del que habla y guarda memoria la Francmasonería? Alcoseri