Una Masonería Viva
A menudo he sentido que la Masonería no es sólo un conjunto de reglamentos, libros o rituales: tiene algo propio, algo que respira, que piensa y que nos envuelve en su presencia. He recorrido otros caminos: la fe religiosa, grupos de estudio, movimientos sociales, la vida académica y mercantil… pero en ninguno he encontrado esa misma sensación de estar frente a algo que vive. Y al conversar con otros hermanos, descubro que no soy el único: muchos compartimos esa intuición.
¿A qué se debe? No es cosa de magia ni de invocaciones extrañas, aunque sí hablamos de una fuerza colectiva —ese egregor o alma común que se forma con el trabajo, la intención y el compromiso de generaciones de iniciados. Durante más de tres siglos se han escrito más de cincuenta mil títulos sobre nosotros; unos nos alaban, otros nos atacan, pero casi siempre miran desde fuera, deformando la realidad para ajustarla a sus propios prejuicios.
Por eso, hablar de una Masonería Viva no es una metáfora vacía: es reconocer que la Orden no es una estatua de piedra, sino un cuerpo espiritual que se renueva con cada hermano que se integra y trabaja sobre sí mismo. No basta con repetir fórmulas ni asistir a tenidas por costumbre: lo que le da vida es que el ritual deje de ser una representación para convertirse en una experiencia interior.
Nuestra historia comienza mucho antes de 1717. Ya en el siglo XIV, el término “masón” definía al hombre libre, dueño de sí mismo, capaz de trabajar la piedra y comprender los secretos de la geometría sagrada. Como bien nos recuerdan los antiguos manuscritos —como el de Cooke, con más de 700 años de antigüedad—, el oficio no era sólo construir paredes: era conocer las leyes del universo, pues “las claves del conocimiento perfecto se encontraban en los números y sus combinaciones”.
En la Edad Media, la Logia era primero el lugar donde se preparaban los materiales, pero pronto se convirtió en la comunidad misma: allí se enseñaba, se juraba fidelidad y se transmitía el saber de boca en boca. Aquí aprendemos que nunca hubo separación entre lo que se hace con las manos y lo que se piensa con la mente: el arte de construir es al mismo tiempo búsqueda de la verdad.
Hoy, al ser especulativos, hemos cambiado la piedra del muro por la piedra bruta de nuestro propio carácter. Pero el fin sigue siendo el mismo: edificar con orden, proporción y sabiduría. Como dice el Libro de la Ley: “Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la construyen” (Salmos 127:1). Una obra hecha sin alma, sin intención interior, no es más que ruido y polvo.
¿Por qué necesitamos interiorizarnos en esta Masonería Viva?
Hay quienes creen que basta con saber de memoria el ritual o tener un título para ser masón. Pero eso es sólo la apariencia. La Masonería vive cuando pasa de ser algo que vemos a algo que somos.
- No es una institución estática: Ha sobrevivido a prohibiciones, persecuciones, imperios y revoluciones —desde la Rusia estalinista hasta la España franquista— porque su fuerza no está en el poder político, sino en la capacidad de transformar al ser humano. Si se quedara en normas escritas, hace siglos habría desaparecido.
- Es el sujeto y el objeto de su propia historia: No podemos contarla solo con fechas y nombres; su verdad está en lo que cada hermano lleva dentro. Como hijos de la Luz, heredamos una tradición tan antigua como la pregunta por el sentido de la existencia.
- Frente a los cambios de nuestra época: La tecnología, la inteligencia artificial, las nuevas formas de vida… no nos quitarán nada si tenemos cimientos firmes. Ninguna máquina puede darnos consciencia, ni fraternidad, ni el deseo de superarnos. La Masonería Viva nos enseña que la verdadera evolución no es exterior, sino interior.
Interiorizarnos significa entender que el templo de piedra es solo el reflejo del templo que debemos levantar en nuestro interior. Cuando trabajamos en nosotros mismos, cuando pulimos nuestras faltas y desarrollamos la virtud, la Orden entera cobra nueva fuerza. No somos miembros de una organización: somos sus células vivas.
El árbol que crece desde adentro
Un discípulo preguntó a su maestro:
—Maestro, ¿por qué hay tantas escuelas, tantas reglas, tantos libros, y sin embargo tan pocos que realmente cambien?
El anciano masón señaló un árbol viejo, de tronco grueso, hojas verdes y raíces profundas:
—Mira este árbol. Si sólo lo miras por fuera, ves su sombra, sus ramas, sus frutos. Pero lo que lo mantiene firme, lo que le da vida, está bajo tierra, oculto, trabajando en silencio.
—¿Y si sólo nos basamos en lo de afuera? —insistió el joven.
—Entonces es como el árbol que se seca —respondió el maestro—. Porque la vida no viene de lo que se ve, sino de lo que se hace crecer por dentro.
Así es nuestra Orden: mientras construimos desde adentro, mientras hacemos nuestro cada símbolo y cada enseñanza, la Masonería permanece viva, fuerte y eterna.
La Masonería Viva no es algo que buscamos en el pasado ni en el futuro: es lo que construimos hoy, en cada tenida, en cada acto, en cada esfuerzo por ser mejores. Ella nos da las herramientas, pero somos nosotros quienes decidimos si las usamos para labrar nuestra propia alma o si las dejamos oxidadas en un rincón.
Que cada uno de nosotros recuerde: la Orden vive mientras nosotros vivimos su enseñanza.
Alcoseri
