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El Ojo al Centro del Delta Masónico Como masón humilde que trabaja a la Gloria del Gran Arquitecto del Universo, he recorrido un camino que va del conocimiento empírico al intuitivo, del análisis a la síntesis, del simple punto al delta sagrado, y de lo profano a lo divino. En este viaje, el ojo del corazón se erige en el centro del triángulo, simbolizando la sabiduría divina y el don de la autoconciencia, ese fuego interior que nos distingue a los masones como seres pensantes racionalistas y a la vez espirituales. La primera vez que crucé el umbral del Templo Masónico, y se me retiró la venda que cubría mis ojos , mi mirada se posaron en el Delta Luminoso, un triángulo equilátero suspendido en lo alto, entre las columnas simbólicas, con un ojo vigilante en su centro. Este ojo, que todo lo observa, domina los rituales de la logia desde su posición elevada, recordándonos que nada escapa a la mirada de Dios. En algunas logias, brilla en el Oriente; en otras, ocupa un lugar especial, pero su esencia permanece: un faro que guía los trabajos augustos hacia la perfección. ¿Qué representa ese ojo en el centro del Delta? ¿Es el de un dios omnipresente, el de la sabiduría ancestral, el de la conciencia despierta o el de la razón iluminada? En mi etapa actual como masón, lo interpreto como el ojo de la percepción interior, ese que ve todo en la simultaneidad perfecta del presente eterno, trascendiendo el tiempo lineal. Como bien expresó el erudito René Guénon en sus escritos sobre simbolismo masónico: "En la masonería, este triángulo se designa a menudo con el nombre de delta... Para que el simbolismo sea enteramente correcto, ese ojo debe ser un ojo 'frontal' o 'central', es decir, un 'tercer ojo', cuya semejanza con el yod es más notable todavía; y, en efecto, ese 'tercer ojo' es el que 'lo ve todo' en la perfecta simultaneidad del eterno presente". Esta cita refuerza la idea de que el Delta no es mero adorno, sino un portal a la omnisciencia. Originalmente, la letra delta, cuarta del alfabeto griego, simbolizaba para los pitagóricos el nacimiento cósmico, por su forma triangular que evoca la creación. En el siglo XIII, el cabalista judío Abraham Abulafia lo describió como "letra universal, síntesis del universo, figura de la creación". En el espacio masónico, emerge en el Oriente, el Santo de los Santos de la tradición salomónica, sede del corazón y del Espíritu que se manifiesta a través del ternario: esa tríada que une, conecta y genera acción creativa, como un dinamismo primordial. El ternario, pilar de nuestra iniciación, resuelve las dualidades del mundo manifestado. Todo par de opuestos —complementarios pero en conflicto— encuentra equilibrio en un tercer elemento, el principio de armonía que refleja la unidad originaria. Así, el Padre y la Madre engendran al Hijo; Osiris e Isis dan vida a Horus; el azufre y la sal producen el mercurio. En palabras del Tao: "El sentido engendra Uno, Uno engendra Dos, Dos engendra Tres, Tres engendra todas las cosas". Esta superación de la dualidad nos prepara para un impulso evolutivo, constructivo y progresista, cesando el conflicto y fecundando la realidad. 2 + 1 = 3. Sólo introduciendo un tercer término entre fuerzas antinómicas pero complementarias, el binario regresa a la unidad. Lejos del mundo profano regido por la ley del talión, la masonería nos invita a la lucidez y la vigilancia, pactando tiempo para la reflexión antes que para la acción impulsiva. Giramos el triángulo —tesis, antítesis, síntesis— reorientándonos en su centro, morada del principio eterno, punto sin dimensión en la rueda de las cosas. El Delta, iluminado tras una cortina que mantiene el recinto en penumbra, incorpora el número 5 como creador de formas. Al trazar una mediana desde la base, surgen dos triángulos rectángulos: uno de valor 3 (Osiris, el padre), otro de 4 (Isis, la madre) y la hipotenusa de 5 (Horus, el hijo). El vértice suspendido sobre el cuaternario terrestre expresa la unión entre lo divino y lo material, proyectando la luz de la divinidad hacia los hombres. Osiris, Isis y Horus encarnan cualidades a construir en armonía: voluntad, amor y rigor, esenciales en nuestro sendero iniciático. El Padre enseña la voluntad, ese ímpetu creador que impulsa toda realización, primer criterio para el postulante que llama a la puerta del Templo. La Madre Viuda imparte el amor, que une elementos dispares en una construcción sólida, presente desde los cimientos hasta la culminación. El Hijo insta al rigor, construyendo según reglas de armonía y rectificando lo necesario. Así, la tradición egipcia revela a través del Delta el principio en acto de edificar. Como masón del rito escocés, me entrego a un trabajo incesante en mí mismo, navegando mis entrañas gracias a la verticalidad inicial, participando en la Gran Obra según el plan del Gran Arquitecto. Durante el ascenso al tercer grado, al descubrir la estrella en occidente caminando hacia atrás, me encontré ante la puerta estrecha del cenit cósmico, al final de un ciclo de construcción material. Un último examen de conciencia bajo el ojo, órgano de percepción externa e interna, me recordó que lo visto adentro debe transmitirse afuera. El juramento masónico mide las consecuencias del camino, bajo la mirada del principio creador, desde mediodía hasta medianoche. El mito de Hiram ofrece superación: resistiendo la ignorancia, el fanatismo y la ambición —los tres malos compañeros—, muero físicamente, afectivamente y psíquicamente para renacer. El viejo hombre profano perece, dando paso al nuevo Maestro Masón. Desde entonces, extiendo mi investigación del exterior al interior y viceversa, trascendiendo lo físico. El maestro Hiram asesinado por fuerzas oscuras resucita por los cinco puntos de maestría, cruzando de la escuadra al compás. Todo germina en el tercer grado, pero la obra inconclusa y la palabra perdida exigen dominio propio. ¿Está mi conciencia despierta para buscar la verdad, reuniendo lo disperso? En la lucha contra pasiones destructivas, muero para renacer puro. No es casual que los asesinos devuelvan la vida, ni que dirijan la logia; sus herramientas —escuadra, regla— preparan esta muerte necesaria. Levantado del ataúd, mi cuerpo astral brilla, habiendo superado la muerte. Aún debo elevar mi conciencia, vislumbrando sombras opuestas a la luz. Sólo cerrando los ojos del cuerpo se abre el del conocimiento, la clarividencia ligada a la iluminación interior del ojo del corazón. Como Maestro Masón, sigo el camino a la luz mediante el conocimiento, midiendo con escuadra y compás. La rectitud del corazón accede al Lugar Santísimo; purificamos para la perfección. El corazón, centro del ser, es divino y humano: en la tradición bíblica, asiento de inteligencia y sabiduría. Por analogía, como el sol: "Las relaciones entre el ojo, el corazón y el sol son múltiples y profundas, lo que a menudo permite considerarlos como sinónimos", según expertos en simbolismo. El ojo simbólico es clarividencia espiritual, el ojo del corazón, centro de inteligencia, intuición y fe hacia la sabiduría. ¿Ha desaparecido en nosotros la ignorancia, el fanatismo y la ambición? El ojo alegórico recuerda que el Gran Arquitecto del Universo pesa acciones, palabras y pensamientos en la balanza de justicia, juzgándonos con nuestras propias medidas. ¿Puedo presentarme ante Dios sin reproche? ¿Encarnan mis actos las virtudes masónicas: justicia, templanza, prudencia, fortaleza? ¿Soy digno de pasar a las divinas: fe, esperanza, caridad? Si vivo como verdadero masón, mi corazón se convertirá en arca del principio, prevaleciendo la voluntad de servir, la pureza y la abnegación. Al entrar en la Orden, busqué alianza con el Gran Ordenador del Universo, siendo "portador de la luz de Oriente a Occidente y por toda la tierra, buscando lo perdido, recogiendo lo disperso y esparciendo la luz", bajo la mirada de celo masónico de masones pasados al eterno Oriente, que guían nuestra tradición de libertad, igualdad y fraternidad. Y ahora, querido lector, llega el momento de la revelación, el secreto que ha impulsado estas líneas: el ojo dentro del triángulo no es sólo un símbolo divino o masónico; es el tercer ojo de la providencia interior, el despertar de la conciencia que une al hombre con el cosmos. Como explica el experto en esoterismo Manly P. Hall en sus obras: "El ojo en el triángulo representa la eterna vigilancia de la divinidad sobre la creación, pero en lo profundo, es el ojo de la mente iluminada, que ve más allá de las ilusiones materiales". Este secreto desvela que, al activar este ojo del corazón, el masón trasciende la dualidad, alcanzando la unidad con el Gran Arquitecto, convirtiéndose en co-creador de un mundo más perfecto. Es tu invitación a mirar dentro: ¿estás listo para ver? Alcoseri