Baphomet y la Masonería

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Alcoseri Vicente

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Baphomet y la Masonería
 El esoterismo y la Cábala hunden sus raíces en las profundidades de la psicología humana. El simbolismo, siempre polivalente, se adapta al contexto en que se manifiesta, y nunca debemos olvidar que el símbolo no es la realidad misma, sino una representación plástica y abierta de ella, un puente hacia lo invisible que invita a la interpretación personal.
Las antiguas teogonías y sistemas místicos religiosos que preservan su tradición auténtica no escapan a esta verdad. Un ejemplo revelador lo encontramos en el Libro de Job (40:15-19): "He aquí ahora Behemot, el cual hice como a ti; hierba come como buey. He aquí ahora que su fuerza está en sus lomos, y su vigor en los músculos de su vientre. Su cola se mueve como un cedro, y los nervios de sus músculos están entretejidos. Sus huesos son fuertes como bronce, y sus miembros como barras de hierro. Él es el principio de los caminos de Dios". Inmediatamente después, Jehová advierte: "Nadie hay tan osado que lo despierte; ¿quién, pues, podrá estar delante de mí?" (Job 41:10). Aquí, Behemot —a menudo interpretado como precursor de Baphomet— simboliza la fuerza primordial de la materia, un guardián que debe ser confrontado en el camino espiritual.
En la mayoría de las escuelas iniciáticas que custodian una tradición genuina, sus ceremoniales se convierten en psicodramas alegóricos, representaciones vivas de procesos internos del ser humano. Dado que el hombre es un microcosmos reflejado en el macrocosmos, estos ritos también evocan dinámicas cósmicas, uniendo lo individual con lo universal en un baile de energías invisibles.
Jehová nos presenta a Baphomet como el principio de los caminos hacia Dios —o hacia la vida misma—, señor de la esfera material. Para alcanzar lo divino, primero hay que enfrentar y vencer a esta naturaleza inferior, esa bestia interior que nos ata a lo terrenal. Como reza en el Apocalipsis (22:13): "Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último. Bienaventurados los que lavan sus ropas, para tener derecho al Árbol de la Vida, y para entrar por las puertas de la ciudad". Y en el versículo 16: "Yo, Jesús, he enviado mi ángel para daros testimonio de estas cosas en las iglesias. Yo soy la raíz y el linaje de David, la estrella de la mañana". Esta estrella matutina es Venus, el lucero brillante, conocido como Lucifer —"el portador de la luz"—, que ilumina el alba de la conciencia.
Los antiguos observan que, antes de que Venus aparezca, Mercurio, el mensajero de los dioses, se deja ver como guía. Luego surge Venus, anunciando el amanecer. Así, cuando la conciencia despierta, crucificada en la materia como Cristo el Dios solar, surge la luz interior. Venus, emblema de la belleza perfecta, se asocia con Iblis, Baphomet, Lucifer y María —cuyo nombre evoca "mare", el mar como símbolo de la materia universal—. María, de pie sobre la luna, representa la virgen que reina sobre el caos, un útero cósmico listo para gestar al hombre-luz, al Cristo interior.
En la simbología masónica, la escuadra encarna el universo material, mientras el compás representa el espiritual. La letra "G" entre ambos alude a Genio, Génesis, Bereshit —el inicio—. ¿Acaso no apunta también a Baphomet, el andrógino que resuelve las dualidades?
Para enriquecer esta visión, recordemos las palabras de Eliphas Levi, el gran ocultista francés, quien en su obra Dogma y Ritual de la Alta Magia describe a Baphomet como "el jeroglífico de la Gran Obra, la síntesis de las fuerzas contrarias, el equilibrio entre la luz y la sombra". Levi lo retrata como una figura andrógina con cabeza de cabra, fusionando lo masculino y femenino, lo celestial y lo infernal, en un símbolo de redención a través de la unión de opuestos. Aleister Crowley, por su parte, adoptó Baphomet como nombre mágico y en Magick in Theory and Practice afirma: "Baphomet es el hierofante, el que une lo microcósmico y lo macrocósmico; es la fuerza que libera al iniciado de las cadenas de la ilusión material".
Esta figura de Baphomet guarda una profunda conexión con el chivo expiatorio del Yom Kippur judío, el Día de la Expiación, el más sagrado del calendario hebreo, observado en el mes de Tishrei (septiembre/octubre). Su propósito es la autoevaluación, el arrepentimiento y la reconciliación con Dios, culminando los Diez Días de Arrepentimiento que comienzan en Rosh Hashaná. En el ritual antiguo del Templo, se elegían dos machos cabríos: uno se sacrificaba a Dios como ofrenda por los pecados, mientras el otro —el chivo para Azazel— cargaba simbólicamente las transgresiones del pueblo. El Sumo Sacerdote confesaba sobre él las culpas colectivas y lo enviaba al desierto, representando la purificación total y la expulsión del mal.
La relación entre Baphomet y este chivo expiatorio radica en su rol como portador de pecados y mediador de redención. Levi vincula explícitamente a Baphomet con el "Cabra de Mendes" egipcio y el chivo de Azazel, viéndolo como un símbolo esotérico del equilibrio: el chivo absorbe la oscuridad (pecados) para permitir la ascensión espiritual, similar a cómo Baphomet encarna la reconciliación de opuestos —bien y mal, luz y sombra—. Azazel, un ángel caído en tradiciones apócrifas, evoca a Lucifer, el portador de luz rebelde. Así, ambos representan la "caída" necesaria para la elevación: el chivo expía en el desierto (materia), liberando al pueblo, mientras Baphomet, como andrógino alquímico, enseña que integrar la "bestia" interior es clave para trascender. Crowley amplía esto al ver en Baphomet la "Gran Bestia" que devora ilusiones, liberando la voluntad divina en el hombre.
En conclusión, la única verdad absoluta es Dios, y nada existe fuera de Él. Todo lo que fue, es y será ha surgido de Su mente eterna, moldeado con Su esencia. Comprender lo absoluto —eterno y perfecto— resulta arduo para la mente finita y relativa del hombre. En este plano de relatividades, lo absoluto se desmorona ante la lógica racional, como si un ser bidimensional intentara abarcar la tridimensionalidad. Sin embargo, al ser parte de Dios y la naturaleza, el hombre comparte sus facultades divinas. La paradoja parece insoluble, pero es mejor errar en la búsqueda que permanecer inerte ante el anhelo de saber. En lo esotérico, "el conocimiento no se enseña", pues la gnosis de Dios solo se alcanza por experiencia propia.
Se rumorea que la venganza sutil de rabinos y cabalistas ante el plagio del clero romano fue dejarlos en la ignorancia, sin revelar las verdades del Génesis o el Apocalipsis. El hombre percibe el universo a través de sí mismo, y este responde según sus preguntas. No es Dios quien niega la verdad, sino las limitaciones de la conciencia y la pereza ante el saber. Es más fácil abrazar dogmas ajenos que emprender la búsqueda.
Friedrich Nietzsche, en El Anticristo, pregunta: "¿Y ahora quién salvará al hombre de su salvador?". La libertad es una carga pesada, pues trae responsabilidad. Al liberarse de unas cadenas, el hombre corre a forjar otras. Las más tenaces son las mentales, psicológicas. Muchas religiones nos inculcan culpa desde el nacimiento, convirtiéndonos en pecadores perpetuos. Para buscar a Dios, se necesita libertad, que solo se conquista uno mismo.
Dios ha dotado al hombre de recursos para evolucionar y reintegrarse al Padre. En realidad, atribuimos triunfos y fracasos a Dios o Lucifer, evadiendo nuestra responsabilidad, como niños eternos. Nietzsche añade en Así Habló Zaratustra: "Universo imperfecto, creación de un Dios imperfecto". Olvidamos que tanto el cosmos como la humanidad son procesos en marcha; al evolucionar, tal vez impulsamos una evolución mayor.
Contemplar un cielo estrellado, más allá de lo visible —galaxias, soles, meteoritos—, es abrumador y sublime. Los reinos mineral, vegetal y animal asombran: la transición de lo inorgánico a lo orgánico, el simple deseo de mover un dedo activando cascadas eléctricas y químicas. La formación de un ser humano desde una célula es un milagro. Un ocaso dorado y púrpura, o la danza de una llama, elevan el espíritu, despertando una voz interna de verdad sutil. El día que dejemos de asombrarnos, cesaremos de aprender y evolucionar.
Mateo (24:27) dice: "Porque como el relámpago que sale del oriente y se muestra hasta el occidente, así será también la venida del Hijo del Hombre". Y Lucas (10:18): "Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo". ¿Hablan del mismo ser? En el fulgor del rayo, se funden la llegada del Mesías y la caída de lo infernal, recordándonos que la iluminación surge de confrontar las sombras, como Baphomet enseña a través de su dualidad expiatoria.

Alcoseri 
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