Esta mañana de sol Gabriel Xirgu i Javaloyes --¡Barbará! Barbará. Barbarita sentada en la escalera del portón. Barbarita en el antejardín, mira la calle. Con sus ojos recorre fachadas. Las altas quillas parecen barcos hundidos por los piratas. Andenes solos. Autos que pasan, de vez en cuando. Descarada. Sonríe entretenida por sus propias ocurrencias. Levanta la cara y los hombros desnudos. Cierra los ojos y se entrega a la caricia del sol. Este día de fiesta nacional es luminoso, sorprendente para esta ciudad, apabullada por los cielos grises y los aguaceros imprevistos. Los deportistas de ocasión, fueron los primeros en apropiarse del inesperado verano. Ya salen para el Parque Central. Van en bicicletas, patines y a pie embobando balones. Desfilan solos o en pequeños grupos. La mayoría provistos de zapatos deportivos, sudaderas, cascos, rodilleras y coderas. Algunos llevan bolsas con frutas y botellas de líquido para hidratarse. Luego salieron otros y otros más. Una tribu de adolescentes, empieza a reunirse en la esquina. Llevan ropas negras que los diferencian y los uniforman como metaleros. Examinan las alternativas del maravilloso día. Discuten las opciones: Con el relumbrar de los remaches y los pelos parados en Creta de gallo. En algo, llegan a estar de acuerdo. Sí, en la negativa a seguir al rebaño de deportistas, aborregados por los pitos y las indicaciones de los policías de chocolate. Ellos quieren ir más allá. Finalmente, acuerdan ir a la montaña, Vuelven a las viviendas. Regresan con la bendición de papi y mami y el morral, donde llevan: naranjas, leche condensada, bocadillos, botellas de licor, equipos de música, navajas, cadenas y la dosis personal para completar o reforzar el disfrute. Siempre andan con las botas y la ropa adecuada. Por si acaso, algunos han agregado un sombrero para protegerse de los rayos del sol. Plásticos y carpas por si llueve, Nunca se sabe. En pocos minutos, todos están listos. Al ponerse en marcha, parecen un grupo de Boy scouts, mandados por el grandulón más aturdido, el que tiene más ruido en la cabezota. --¡Barbará! Barbará. Barbarita se sorprende. Los muchachos vienen, se acercan, A simple vista parecen o son, un desembarco de piratas en la Isla del Tesoro. O más bien, gitanos de camino a una noche de fandango. Sonríe. Cincuenta metros y tropiezan, vacilan, se empujan unos a otros, se detiene, El ritmo de aventura, da un traspiés, al descubrir que ella está en la escalera del antejardín. Desde la esquina no alcanzaban a ver su belleza enigmática. Sólo ahora, al acercarse. Tanta es la sorpresa, como si la hubiesen encontrado ahí, ante sus ojos a Cleopatra sentada en la balaustrada de la Esfinge. Aunque hay algo más. Saben que esa casa, herencia del viejo Arsenio Lupino, es un gueto de gitanos, instalado en ese barrio residencial. ¡Una calamidad pública! Por la época de los abuelos, era una casa decente, representación desterritorializada de Francia, con todo y Marsellesa. Pero, ahora es un antro de prostitución y brujería. ¡Sinvergüenzas! En todo caso, un centro de pecado. “Agencia de Satanás”, dice el párroco Idelfonso. Por eso, se detienen a ver a Barbarita. “Es una de ellas”, comentan en voz baja. Disimulan el asombro y la risa, Tan bella y tan lanzada. Ninguno da el primer paso, para dejarla atrás y continuar hacia la montaña, También ella los mira. Ante sí, tiene una manada de niñitos estúpidos, de esos que juegan a ser rebeldes, siguiendo las consignas de los mercaderes de la radio. Son conducidos como bobos. Pero en un futuro, se mostrarán mandones, intensos e intolerantes. Ya se les ve en la cara, la vocación para desempeñarse, a las mil maravillas, en el arte de joder a todo el mundo. ¡Estos niños de mami y papi , esclavitos de la moda y de la joda. Ríe de buena gana. Mientras al otro lado de la verja, los muchachos miran a Barbarita. Desde la puntilla de las botas, suben por las piernas, cubiertas por el vuelo multicolor de las faralaes de la falda. Hermosas y largas piernas. Los ojos se detienen en la blusa celeste y los hombros desnudos. Piel de bronce. La posición discreta, inclinada hacia adelante, logra disimular el tamaño y la redondez de los senos. El delta del escote, sugiere la claridad y la rosa de los pezones, ¿desnudos? Sólo algunos llegan más arriba, al cabello negro, recogido por la diadema dorada, despejando el bronce reluciente del rostro y los ojos glaucos semicerrados, no ven los rayos del sol y tampoco a ellos. --¡Barbará! Barbará. Barbarita piel en mariposeo, iluminada por el sol. Disfruta el momento. Nada le importa, Desde que decidió sentarse ahí, media hora antes, sabía que iba a ser observada. “Provocadora”. ¿De qué? Los conductores la miran, con mal disimulada curiosidad. Tan intensos, pasan los ojos por encima de la humanidad de los hijos y las esposas. Igual las mujeres, camino al supermercado. Fastidiadas, comprueban que es más bonita que ellas, en cualquier época de sus aburridas vidas. Los niños se asombran al verla: “¿En la casa del fantasma vive gente?” Los deportistas, los metaleros y los que pasan, al verla, algo dicen. ¿Escucha? ¿Entiende? Por toda respuesta, reciben una mirada vacía. Ella sigue al sol. Con los audífonos escucha, la voz cantante de Antonio Carmona, su hermano de sangre. Nada la interrumpe. Nada le importa. --¡Barbará! Barbará. Barbarita aquí en está mañana de sol, frente a la casa más bonita del barrio. ¿La casa encantada? En el aspecto exterior supera a todas las demás. ¡Qué envidia! Salvo por un detalle, causa inquietud a los vecinos: El misterio de las oscuras cortinas cerradas día y noche. Corre el rumor de ser la sede de un burdel o de una secta de espiritistas. Establecimientos como esos, no deben funcionar en un sector residencial, decente. Por la misma razón, se hizo una recolección de firmas. Protestas promovidas por la junta de acción comunal. Peticiones respaldadas por los vecinos, dirigidas a los ediles, los concejales, el alcalde local y al alcalde mayor. Nada ha funcionado ni siquiera la querella promovida en la comisaria, alegando que la entrada y salida de autos lujosos y de otros que se detienen un momento, para dejar o recoger personas. Indicio suficiente, para señalar a los habitantes de la casa, como sospechosos de ejercer actividades al margen de la ley. Todo en vano. ¿Los visitantes interfieren las acciones de la autoridad? Personas importantes, según su apariencia y vestidos. Nadie tiene en el barrio tanto poder. Agotadas las gestiones, la casa en morada de un mal inevitable. Hasta el cura Idelfonso, vuelve la espalda, cuando le mencionan ese centro del mal, Los habitantes de la casa, han puesto de su parte. Discreción total. Nada de escándalos o charlas amenas con las gentes del barrio. Entran y salen en sus carros o en taxis llamados por teléfono, Cuando han sido vistas las muchachas, visten faldas largas, abrigos y gafas. Nadie se atreve a decir, cuántas hay o cómo son. Hasta ahora, no se había visto lo de hoy. De semejantes antecedentes, está hecha la novedad de esta mañana. El asombro que pasma los rostros, ante el atrevimiento de Barbarita, en esta mañana de sol. --¡Barbará! Barbará. Barbarita salió de la penumbra y las luces pequeñas. La suponen juiciosa en el estudio de las Ciencias Herméticas. Muchos días de silencio. Princesa, de seguro, por herencia materna. Maga por tradición paterna y bailarina circense por el impulso de su propia sangre. ¿Bruja? La mente en blanco en busca de la revelación. Debe ser arduo el trabajo con la lectura del tarot egipcio y los rituales para enmendar los destinos ajenos. De cualquier modo, una suma de actos demoniacos. Vida de pecado, predicó el cura Idelfonso. Barbarita lo sabe, sonríe y se da cuenta de la situación. Todos los mirones, la imaginan bruja o prostituta. ¡Qué ricura de sol, esté sol! --¿A dónde está Barbará? Barbará. Barbarita, la luz del sol alegra el antejardín. Siente los rayos del sol, masculino. Disfruta. Los mirones, nada le importan. Lelos, no avanzan los metaleros. Forman un pequeño tumulto, al otro lado de la calle. Ni tan cerca, para quedar en evidencia. Ni tan lejos para perder los detalles de su presencia. Levanta el rostro. Los ojos entrecerrados. Recibe los besos del sol. Coqueta. A cada movimiento suyo, suscita un suspiro, una sonrisa, algún comentario: <<Hace gestos ¿eróticos? El sol en su piel es un placer sensual>>. Está sola, vestida como una princesa árabe, con todo y joyas. La caricia del sol, la sacó del getto. Y por un momento, reencuentra la libertad del viaje, las miradas de asombro y el aplauso bajo la carpa del circo. --¡Barbará! Barbará. Barbarita, la voz sonora de una mujer, la llama desde adentro. Responde, incorporándose lenta, muy lentamente. Abre los ojos, arrulla la sonrisa. Balbucea una disculpa. No la pueden escuchar ni entender los mirones. Camina, como si bailará un vals. Los hace muy despacio. A propósito. Procura alargar el tiempo y llevar los rayos del sol sobre la piel. Antes de entrar, lanza la última mirada a la calle. Sonríe a los muchachos, como Lady Di sonreía ante los niños de África. ¿Los compadece o se burla de ellos? Al cerrar la puerta, los muchachos quedan con la sensación de haber estado en la presencia de una reina de oriente. ¿Cleopatra al pie de la Esfinge de su reino? Discuten. <<No, no es una prostituta. ¡Cómo puede ser una puta! ¡Respeten!>> Barbarita. Barbará princesa de cuento y fabula, salida del ensueño a está mañana de sol. ---------------------------------------------------------------------------------------------- GABRIEL XIRGU I JAVALOYES GITANOS DEL TERCER MILENIO BARCELONA - ESPAÑA
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