Muy buenas tardes.
He dudado bastante antes de escribir este mensaje.
Porque hace muy poco envié otro a partir del atentado de Janucá en Australia.
No me gusta repetir contenidos, y nada auspiciosos, con tan breve intervalo,
empeorando la calificación de pesimistas que mis misivas han ganado.
El momento que vive nuestra especie es, probablemente,
el más cercano a su extinción, o a un colapso sin precedentes,
en toda su historia, con guerras prolongadas en curso, otras en ciernes,
un clima generalizado de violencia verbal y física, ayudado por las redes,
y un poder de destrucción masiva colosal, que crece minuto a minuto.
En el curso de este año que termina,
he experimentado, en persona, sin estar en zonas de guerra,
un simulacro de alerta por ataque nuclear en Alemania,
una crisis en Estonia por unos aviones rusos,
que al parecer violaron su espacio aéreo,
y otra en Polonia por globos, tal vez bielorrusos,
que se habrían introducido al país con fines de espionaje.
He estado en Francia cuando se dieron instrucciones, claras,
tranquilas, sobre cómo preparar la mochila para un refugio atómico.
Si una sola persona, en apenas unos meses,
puede vivir todo aquello sin estar en una guerra
(ni hablemos de quienes sí estuvieron bajo fuego)
es que evidentemente hay motivos para preocuparse.
Liderazgos políticos agresivos, megalomaníacos, belicistas,
han tomado el control de una cantidad significativa de países,
incluyendo algunos de los más poderosos del planeta,
o se preparan para hacerlo, con apoyo importante,
incluso de sectores que sufrirían especialmente,
en un escenario de guerra.
El respeto se vislumbra como cobardía,
el deseo genuino de paz como flaqueza
(no me refiero a la paz que proclamaba,
en sus consignas políticas, Adolf Hitler).
Los derechos humanos son un gasto inútil.
El estado se recluye en las armas y la represión,
pero se escurre de sus funciones de apoyo social.
Nuevas formas de eugenesia nietzscheana
(bases, guste o no, del ideario libertario)
van ganando predominio por doquier.
El mundo será de los osados, de los emprendedores,
de los valientes, de los fuertes, de los jóvenes y sanos.
Será la Atlántida de Ayn Rand, y los demás a obedecer:
son los φύσει δοῦλοι, los siervos naturales de Aristóteles.
Entonces, en ese escenario wagneriano,
nos disfrazamos de abrigados gnomos nórdicos,
decoramos pinos con luces, armamos pacíficos pesebres,
nos reunimos alrededor de mesas tan surtidas como se pueda,
y brindamos deseándonos felicidad, prosperidad y otras bienaventuranzas.
¿Somos los músicos del Titanic, o sólo los campeones de la ingenuidad?
La Navidad (pido disculpas) conlleva una cierta contradicción.
Conjuga una metafísica hermosa, de paz, hermandad y respeto,
con una física teñida de sangre, de masacres y humillación.
Jesús nace en el seno de un pueblo sometido por un imperio,
que flirtea y seduce a la clase dominante con nuevos beneficios,
al tiempo que desprecia profundamente al resto de esa gente.
Ese resentimiento cuajaría seguramente, años más tarde,
en el apoyo popular al joven rabino hijo de María,
y después en la Primera Guerra de los Judíos,
que terminaría con una masacre horrenda.
La Sagrada Familia debe huir al exilio,
porque a un gobernante, sumido en delirios,
se le ocurre exterminar a los recién nacidos,
y sus secuaces lo obedecen sin escrúpulos,
tiñendo de sangre esa tierra que ya es roja.
José, su esposa y el Niño, entonces,
pasan a ser inmigrantes ilegales, fugitivos,
en el poderoso Egipto, tal vez con identidad falsa,
para que no se descubra que han escapado de Judea.
¿Habrá limpiado casas la dulce María, al borde del Nilo?
¿Habrá trabajado José como obrero en Alejandría?
¿Habrán sentido cada mañana el miedo pánico,
el terror del extranjero bueno sin papeles?
Nada dicen de eso los Evangelios,
pero José se me presenta recio, curtido,
asombrosamente latinoamericano, mirando,
con un esbozo de sonrisa preocupada, a María,
de manos callosas y piel cobriza, que da el pecho,
en una vivienda pobre de un suburbio de inmigrantes,
al ser humano más grande de todas las épocas.
Les propongo alzar la copa por aquella metafísica,
la de esa esperanza que amanece en cada solsticio,
con la fecha asumida para la llegada del Salvador,
pero sin olvidar que está la física de lágrimas,
que se cierne como una tormenta rugiente,
que no se ha ido, sino que va creciendo,
y comprometiéndonos, en el corazón,
a poner nuestro grano de arena,
para que la metafísica venza.
¡FELICES FIESTAS!
CREAS EN LO QUE CREAS,
FESTEJA LA DIGNIDAD HUMANA,
Y SONRÍELE PARA QUE RENAZCA.
Fraternalmente,
Ricardo