HUMILDES REFLEXIONES A 50 AÑOS DEL 24 DE MARZO DE 1976

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Ricardo Rabinovich-Berkman

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Mar 23, 2026, 12:33:06 PMMar 23
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El 24 de marzo de 2026 se cumplirán 50 años
(parece mentira) del golpe de estado de 1976, 
que instaló una horrible dictadura sangrienta, 
con secuestros, torturas, violaciones, asesinatos,
desapariciones forzadas de miles de personas, 
apropiaciones de niños y más atrocidades.

En medio siglo, lamentablemente, 
los argentinos no hemos conseguido, 
en general, como sociedad, como grupo, 
encarar el golpe y la dictadura con calma.
Se les reivindica a veces, directamente o no, 
se establecen intocables cifras de muertos,
se echan culpas, se cierran los diálogos.

El mundo ingresó en el siglo XX sumido, 
feliz, en el sueño positivista del progreso, 
europeo, imperialista, racista y prepotente, 
biologista desde Darwin y tecnológico con Marx.

La supuesta estabilidad política de ese embeleso, 
derivada de un contrapeso de poderes coloniales, 
se quebró la mañana del 28 de junio de 1914, 
cuando Gavrilo Printzip disparó en Sarajevo, 
y sobrevino la primera Gran Guerra. 

La confianza en una democracia liberal, 
respetuosa, que crecería en repúblicas y monarquías, 
al ritmo del avance cultural impulsado por la enseñanza pública
fue otra víctima de aquella conflagración planetaria.

Cuando las ametralladoras callaron finalmente, 
la violencia despertaba del sueño del respeto. 
Se consolidaba ya en Rusia un estado comunista, 
que en 1921 triunfaría tras una acérrima lucha civil,
victoria que fomentaría alzamientos en varios países.

Al año siguiente, Mussolini marcharía sobre Roma, 
dando inicio a la otra refutación violenta de la democracia, 
llamada a tener un eco enorme en Europa y en América.

A su evidente calor, los militares argentinos, en 1930, 
hirieron de muerte al proceso republicano del país, 
que se internó en décadas de fraudes, persecuciones, 
proscripciones, dictaduras y violencia.

La agresividad, el insulto, la prepotencia, 
el ejercicio abusivo y descarado del poder, 
que se veía preponderante a las instituciones,
se fueron encarnando en el ser político argentino, 
al compás de una esperable corrupción, ya as.

En ese caldo de soberbia y de violencia descarnada, 
se gestaron las organizaciones guerrilleras locales, 
enmarcadas en la guerra fría, y la represión atroz, 
ejercida como un abierto terrorismo de estado.

Las miles de víctimas de esa dictadura equivocada 
(que engañó a la mayoría de quienes la apoyaron, 
aquella madrugada nebulosa del 24 de marzo, 
sin imaginar la salvajada que se desataría), 
las personas asesinadas por la guerrilla, 
y por fin los caídos en el Atlántico Sur, 
cimentaron con su dolor el amanecer, 
en 1983, de una Argentina renacida, 
que en la década siguiente hallaría, 
con una flamante Constitución, 
el marco de la nueva república. 

Si deseamos preservar la convivencia en paz, 
porque creemos que la concordia, en la diversidad, 
es fundamental para construir un contexto de esperanza, 
deberíamos aprender la lección de aquellas décadas tristes. 

Levantar como bandera compartida el respeto y la humildad, 
sepultar para siempre los insultos, por más seguros que estemos, 
desterrar la agresividad, las expresiones y las actitudes violentas,
que suelen ser equipaje de quienes se han quedado sin razones, 
y cultivar el diálogo fraterno con quienes piensan diferente.

Ojalá estos 50 años, que se nos hacen tan frescos, 
como si uno, al entrecerrar los ojos, volviera a esa noche aciaga, 
a las órdenes institucionales de "aniquilamiento" que la precedieron, 
y a todo el infierno que fueron aquellos tiempos, antes y después, 
nos sirvan para reflexionar sobre el valor de la coexistencia.

Fraternalmente, 
Ricardo
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