No sólo fue un extraordinario actor.
Como algunos de sus colegas, además,
Héctor Alterio encarnó un compromiso, permanente,
con los derechos fundamentales, la dignidad humana,
la democracia y el respeto a la diversidad.
Le tocó vivir en carne propia el ataque de la intolerancia,
cuando, amenazado en pleno período constitucional,
bajo la presidencia de María Estela Martínez de Perón,
por la infausta "Triple A", que se movía con total impunidad,
sembrando el terrorismo que se prolongaría en la dictadura,
debió exiliarse en España junto con su familia.
A menudo sus personajes fueron villanos,
violadores de los derechos fundamentales,
como el deleznable juez del Crimen de Cuenca,
el explotador británico Mr. Murphy de Quebracho,
el sanguinario Tte. Cnel. Zavala en La Patagonia rebelde,
o el apropiador de niños de La historia oficial, primer Oscar argentino.
La manera impecable, convincente y psicológicamente profunda,
con que les puso piel, ayudó a poner en evidencia ante el público,
haciendo cumplir al cine una función pedagógica insuperable,
las consecuencias que arrojan la prepotencia y el autoritarismo.

Hizo de la actuación una didáctica de la vida respetuosa.
No en vano los terroristas neofascistas de aquella Triple A,
según se cuenta, y luego algún representante de la dictadura,
le recomendaron que cambiara el tipo de películas que tomaba.
Por suerte, Alterio no lo hizo.
Para quienes amamos el cine y los derechos fundamentales,
hoy se ha extinguido la vida de un gigante,
cuya obra seguirá mientras puedan verse sus películas.
Ricardo Rabinovich-Berkman