Recomendar el desarrollo de la agroindustria para mitigar los
efectos del cambio climático resulta cuando menos descabellado. El
modelo agrícola actual se sustenta en el petróleo, desde la elaboración
de insumos químicos hasta el transporte de mercancías. La agricultura y
los cambios del uso del suelo (deforestación) representan
respectivamente 14 y 18% de las emisiones de gases responsables del
calentamiento global. La conversión de las selvas en tierras de
cultivo, el uso de fertilizantes de nitrato, el cultivo a gran escala
de leguminosas como la soya y la descomposición de residuos orgánicos
han sido identificados como las causas de emisión de óxido nitroso, el
tercer gas de efecto invernadero.
Agrocombustibles: más un problema que una solución (1)
Desde inicios de ésta década, los agrocombustibles no solamente han
sido potenciados como una de las alternativas ante la crisis ambiental
planetaria, pero además han recibido importantes incentivos por parte
de los gobiernos de los países del Centro, y se ha acelerado su
producción. Al considerar esta problemática, proponemos aquí partir de
una perspectiva integral, considerando diversos ámbitos a partir de los
cuales se requiere implementar una reflexión responsable. Nos situamos
en el paradigma de la deuda ecológica, definida como la deuda contraída
por los países industrializados con el resto de los países debido al
expolio histórico y actual de los recursos naturales, a los impactos
ambientales exportados y la libre utilización del espacio ambiental
global.
Esta deuda se articula estrechamente con el modo de consumo y de
producción implementado por el sistema capitalista (Ortega, 2007: 20).
Asimismo, consideramos el caso específico de Bolivia, donde el sector
de agroempresarios y latifundistas del oriente, se ha convertido en el
puntal de una intensa campaña por la producción de agrocombustibles,
dirigiendo una parte importante de su propaganda hacia los pequeños
productores, con la promesa de precios altos por sus productos, empleo
y seguridad alimentaria.
Una solución milagrosa
Desde las reuniones del G8 y del Foro Económico Mundial hasta los
foros de las Naciones Unidas dos temáticas globales han sido reiteradas
en los últimos años: el cambio climático y el hambre. Tras años de
intensos debates y el desdén de los objetivos mínimos fijados por el
Protocolo de Kyoto, la responsabilidad de las actividades humanas en un
90% del primero fue formalmente establecida por el Cuarto Informe del
Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) en el mes de
febrero de 2007. Por otra parte, de acuerdo con la Organización de las
Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO),
actualmente cerca de mil millones de personas en el mundo padecen de
hambre y en 2015 serán 100 millones más. Si escuchamos a los diferentes
actores que promueven activamente el desarrollo de los agrocombustibles
(2), parecería que ahí radica una de las respuestas más adecuadas
frente a ambas problemáticas. ¿En qué consiste esta milagrosa solución?
Actualmente la producción de carburantes a partir de la biomasa se
concentra en el bioetanol y el biodiesel. El primero es obtenido a
partir de productos ricos en sacarosa (caña de azúcar, la melaza y el
sorgo dulce), de substancias ricas en almidón (cereales como el maíz,
el trigo o la cebada), y mediante la hidrólisis de substancias que
contienen celulosa (madera y residuos agrícolas) (3). Puede ser
utilizado para reemplazar la gasolina, pero requiere de una adaptación
previa de los motores. A su vez, el biodiesel proviene de aceites
vegetales (de palma aceitera, colza, soya y jatrofa) o de grasa animal.
Se destina al reemplazo del diesel y puede ser usado en estado puro o
mezclado (4).
Partiendo de una percepción, hoy cuestionada desde diferentes
ámbitos, según la cual los agrocombustibles no aumentarían la
concentración de CO2 en la atmósfera, varios países han legislado a
favor de una implementación obligatoria de estos carburantes en el
sector de los transportes, sin disponer de la capacidad de producción
necesaria. En Estados Unidos, se ha dispuesto que hacia 2030, por lo
menos 30% del combustible en el transporte se derive de
agrocombustibles (sobre todo etanol), lo que requerirá una producción
anual de 227 millones de litros anuales. Por su parte, la Unión Europea
ha optado por cuatro tipo de incentivos, todos ellos utilizando
recursos públicos: los subsidios agrícolas en el marco de la Política
Agraria Comunitaria, la desfiscalización, la obligación de mezclar un
porcentaje de 5.75% en 2010 y el doble en 2020 en los carburantes para
el transporte, el uso en proyectos pilotos por parte de empresas de
transporte público. Al respecto, cabe destacar que puesto que el
transporte constituye 30% del consumo total de energía, el objetivo del
5.75% corresponde únicamente a un 1.8% del consumo total, por lo que el
ahorro real sería de 36 millones de toneladas de CO2 equivalente, es
decir, menos de 1% de las emisiones europeas (Russi, 2007).
Actualmente, Europa produce 3 millones de toneladas de biodiesel,
aspira a alcanzar los 7 millones en 2010, lo que requerirá 13 millones
de toneladas de materia prima, y a mediano plazo cuenta con la segunda
generación basada en residuos lignocelulósicos para suplir 30% del
consumo. Europa no cuenta con las tierras necesarias para cumplir con
estas metas. Por ejemplo, se calcula que en países como Gran Bretaña,
el intentar alcanzar el objetivo de 2020 demandaría la utilización la
casi totalidad de las tierras de cultivo (Redes-AT y Grain, 2007b). Por
tanto, todos estos países deberán recurrir a la importación de materia
prima o de agro carburantes. Para responder a esta demanda, se ha
intensificado la producción de los commodities requeridos en países
como Brasil, Argentina, Colombia, Malasia e Indonesia, donde se sitúan
las mejores y más abundantes tierras.
Agricultura y cambio climático
Recomendar el desarrollo de la agroindustria para mitigar los
efectos del cambio climático resulta cuando menos descabellado. El
modelo agrícola actual se sustenta en el petróleo, desde la elaboración
de insumos químicos hasta el transporte de mercancías.
Además, tal como lo advirtió el Informe Stern, la agricultura y los
cambios del uso del suelo (deforestación) representan respectivamente
14 y 18% de las emisiones de gases responsables del calentamiento
global (Stern, 2006). En particular, la conversión de las selvas en
tierras de cultivo, el uso de fertilizantes de nitrato, el cultivo a
gran escala de leguminosas como la soya y la descomposición de residuos
orgánicos han sido identificados como las causas de emisión de óxido
nitroso, el tercer gas de efecto invernadero. Únicamente en Brasil, 59%
de las emisiones provienen de la deforestación debida a la expansión de
los cultivos de soya y de caña de azúcar. Además, se evalúa que la
destrucción de la turba vinculada con los monocultivos provocará la
liberación de cerca de 40 billones de toneladas de carbono en la
atmósfera (GRAIN, 2007).
Aumento de los precios de los cereales, especulación y concentración corporativa
El modelo agrícola industrial en su conjunto, actualmente potenciado
por el auge de los agrocombustibles, es en gran medida responsable de
la actual crisis alimentaria (5). En efecto, este modelo se sustenta en
la liberalización de los productos agrícolas, la cual ha permitido dos
fenómenos que han potenciado el incremento del precio de los alimentos:
la especulación en el mercado de futuros de los alimentos básicos y la
concentración corporativa en este sector. De acuerdo con la firma
consultora AgResourse Co., en los Estados Unidos, el mayor exportador
mundial de trigo, maíz y soya, el valor las compras de estos granos en
el mercado de futuros ha representado cerca de la mitad del valor de la
cosecha total (Wilson, 2008). Por otra parte, se estima que la cantidad
de dinero especulativo en el mercado de futuros de commodities aumentó
de 3.172 millones de euros en el año 2000 a 111.000 millones de euros
en 2007 (GRAIN, 2008). Las políticas de libre comercio impuestas por
actores como la OMC en el sector agrícola, al desmantelar los aranceles
y protecciones que tenían los países empobrecidos también son
responsables de la concentración empresarial en toda la cadena
productiva. En 2008, el crecimiento del volumen de negocios y de las
ganancias anunciado por las principales compañías que operan en la
agroindustria fue extraordinario. Los beneficios netos de la
estadounidense Cargill en abril aumentaron de 86% frente a las cifras
del año anterior, sumando 653 millones de euros (Cargill, 2008). Las
ventas de Bunge crecieron de 70% y las de ADM 64%. ¿Cuál es el grado de
incidencia de estas empresas a las cuales la crisis alimentaria no
parece afectar? Determinan lo que será producido, cómo será producido,
definen precios y seleccionan quién producirá los alimentos. Así por
ejemplo, Cargill, ADM, ConAgra, Bunge y Dreyfus dominan más del 80% del
comercio mundial de cereales, mientras que Monsanto es la principal
empresa de semillas comerciales y la quinta en el sector de los
agrotóxicos. En el caso específico de la soya, Bunge, ADM y Cargill
controlan 75% del mercado mundial y 80% de la industria procesadora en
la Unión Europea (6).
Impactos sociales: del despojo al malvivir
De por sí, la industrialización de la agricultura ha demostrado ser
un fracaso social en varios países. Se ha avanzado el tema de los
agrocombustibles como una alternativa laboral que permitiría a los
campesinos del Centro y de la Periferia incrementar sus ganancias y
alcanzar el bienestar social. Nada parece estar más alejado de la
realidad.
En el caso de la Unión Europea existe aún incertidumbre y algunos
estudios refieren que 1’000 toneladas de agrocombustibles pueden crear
entre 2 y 8 empleos de tiempo completo, concentrados esencialmente en
torno a refinerías y puertos (Biofuelwatch, Carbon Trade Watch/TNI,
Corporate Observatory, 2007). Pero en los países de la Periferia, de
donde finalmente vendrá gran parte de la materia prima, el desarrollo
de cosechas para combustibles automotores se sustenta en la creación de
economías de escala y en un modelo agrícola industrial altamente
centralizado, donde se estrechan las relaciones entre el capital
transnacional y las elites terratenientes locales (GRAIN, 2007).
Los habitantes de las comunidades rurales resultan cada vez más
prescindibles y tienen solo dos opciones: migrar o ser jornaleros
agrícolas.
El Grupo de Reflexión Rural (GRR) destaca que la Revolución Verde
aplicada en el campo argentino se vincula con el empobrecimiento de la
población. Así, en un país que fue considerado como “granero del
mundo”, la Encuesta Nacional de Nutrición y Salud de 2006 registró que
34% de los niños menores de dos años sufren de desnutrición y anemia.
De acuerdo con el GRR, parte de la explicación de este fenómeno se
ubica en la conversión de Argentina en un país productor de
transgénicos y exportador de forraje, con la implementación de
monocultivos a gran escala de soya RR. En este contexto, se produjo una
concentración empresarial de la tierra que arruinó a decenas de miles
de pequeños productores y provocó el éxodo rural engordando los
cordones de pobreza de las urbes (Rulli y Semino, 2007).
Durante el Foro Permanente de las Naciones Unidas sobre Poblaciones
Indígenas que sesionó en mayo de 2007, se subrayó que las poblaciones
originarias están siendo desplazadas de sus tierras por la expansión de
los cultivos energéticos, lo que contribuye en la destrucción de sus
culturas y la migración hacia las ciudades. Solo en una provincia
indonesa de West Kalimantan, ya son 5 millones de personas las que
tendrán que dejar sus territorios ancestrales (Biofuelwatch, Carbon
Trade Watch/TNI, Corporate Observatory, 2007).
En Paraguay, el avance de los monocultivos de soya transgénica y de
caña de azúcar se expresa también en un compulsivo proceso de
acaparamiento de las mejores tierras. El país destina 2.4 millones de
hectáreas a la producción de soya, pero contempla alcanzar los 4
millones para cumplir con sus compromisos de venta a la Unión Europea.
En un país donde 21% de la población vive en la extrema pobreza, 1% de
los propietarios posee 55% de la tierra, y 40% de los productores
cultivan lotes de entre 0.5 y 5 hectáreas.
Empero, otros métodos de descampesinización están siendo denunciados
por organizaciones civiles. Es el caso de las comunidades
afrodescendientes colombianas de Jiguamiandó y Curvaradó. La violencia
militar y paramilitar las forzó a dejar sus tierras, que fueron
ilegalmente ocupadas por la empresa Urapalma (Redes-AT y GRAIN, 2007b).
Los que se atrevieron a regresar a duras penas pudieron reconocer
sus casitas destruidas. La selva que habían estado preservando fue
arrasada por cultivos de palma aceitera que se extendían hasta el
horizonte. En lo que refiere a las condiciones laborales, nos
referiremos más adelante al considerar el caso de Bolivia.
En lo que atañe a las poblaciones aledañas a los cultivos de palma y
de soya, su salud se ve amenazada por la aplicación de potentes
herbicidas. Comunidades argentinas urbanas y rurales han lanzado la
campaña “Paren de Fumigar”, ante la dispersión aérea de herbicidas
sobre los campos sojeros vecinos. Más aún, un estudio del Ministerio de
Salud realizado en cinco ciudades del Sur de la provincia de Santa Fe
descubrió un número alarmante de casos de cáncer (Biofuelwatch, Carbon
Trade Watch/TNI, Corporate Observatory, 2007).
Megaproyectos y agrocombustibles
Un hecho innegable: el biodiesel y el bioetanol no suelen
tele-transportarse de los campos a los tanques de gasolina. Y aquí se
ubica otro aspecto muy poco “bio” en el auge de los agrocombustibles:
la creciente necesidad de integración de infraestructuras que implica
su transporte y exportación. Salen a la luz entonces el
–lamentablemente resucitado Plan Puebla Panamá (PPP) y la Iniciativa
para la Integración de las Infraestructuras Sudamericanas (IIRSA).
Estos megaproyectos consideran a la rebelde geografía latinoamericana
como un obstáculo para la extracción de materias primas y el transporte
de mercancías. Su misión es doblegarla mediante corredores intermodales
de autopistas, represas hidroeléctricas, hidrovías, tendidos
eléctricos, oleoductos, etc. Ni qué decir de los importantes beneficios
que estos proyectos traerán a empresas como las españolas Iberdrola y
Gamesa (parque eólico en México), ACS (gestión portuaria y dragados en
Brasil), e incluso a desconocidas consultoras como TYPSA o Norcontrol.
A pesar de las promesas de “desarrollo local” que hacen (evocando la
agotada teoría del “derrame de riqueza”), resultan nefastos porque se
sitúan sobre territorios indígenas y comunidades campesinas, y
atraviesan zonas de alta biodiversidad.
En su diseño ha participado, sin ninguna consulta de las poblaciones
locales, una de las principales entidades generadoras de deuda del
continente, y de la cual el Estado español es miembro: el Banco
Interamericano de Desarrollo (BID). Promueve hoy a los agrocombustibles
de distintas maneras. Estima que a América Latina le tomarán 14 años
convertirse en una zona productora de biodiesel y bioetanol y que se
requerirán 200’000 millones de dólares. El propio presidente del BID,
Luís Alberto Moreno, co-dirige un grupo del sector privado, la Comisión
Interamericana del Etanol, conjuntamente con Jeb Bush (ex – gobernador
del Estado de Florida) y el ex primer ministro japonés Junichiro
Kozumi. Así, el BID apoya la expansión de cultivos de palma de Colombia
y de caña de azúcar y soja en la amazonía brasileña. De hecho, este año
el Directorio Ejecutivo del BID aprobó el primer financiamiento al
sector privado para un proyecto de agrocombustibles en este país por un
total de 120 millones de dólares, concretamente para Usina Moema Açucar
e Alcohol Ltda. (Sao Paulo). Esta operación forma parte de una
iniciativa del banco para la promoción de la estructuración de
financiamiento de deuda prioritaria para cinco proyectos de bioetanol
que tendrán un costo de 997 millones de dólares (BID, 2007).
Por el otro lado importa asegurar un fluido vaciado de los
commodities hacia los puertos, no únicamente atlánticos, sino también
del Pacífico, de cara a los mercados asiáticos. Así, el banco
recomienda a Brasil gastar en infraestructuras 1’000 millones de
dólares por año durante 15 años. Aspira también a acelerar proyectos
del IIRSA rechazados por la sociedad civil, como por ejemplo la
Hidrovía Paraguay-Paraná-Plata, el proyecto de navegabilidad del Río
Meta, Ferro Norte (red ferrovial que conectaría a los estados sojeros
de Paraná, Mato Grosso, Rondonia y Sao Paolo), y el Complejo del Río
Madera.
Este último constituye uno de los principales proyectos del Eje de
IIRSA Perú-Brasil-Bolivia y se sitúa sobre la frontera
brasileño-boliviana. Actualmente consiste en la construcción de dos
mega-represas hidroeléctricas en territorio brasileño, en San Antonio y
en Jirau, con una capacidad de generación conjunta de 6’400 Megawats, y
un coste de 10’300 millones de dólares.
Comenzarían a construirse en 2008. La primera se encontraría a 190 kilómetros de Bolivia, y la segunda a 84 kilómetros.
Estudios independientes han demostrado que ambas represas tendrán
impactos sociales y ambientales graves, no solamente en Brasil, sino
también en Bolivia. El Banco Santander Central Hispano y el banco
portugués Banif participan activamente en este problemático
megaproyecto, y están creando un Fondo de Inversiones y Participaciones
(FIP) para financiar la construcción de la represa de San Antonio. El
Fondo aspira a captar 220 millones de dólares. El banco español asesora
a un consorcio liderado por la constructora brasileña Odebrecht que
competirá por la licitación del proyecto. Expertos del Servicio técnico
de protección ambiental brasileño recomendaron que no se diera licencia
al proyecto antes de realizar nuevos estudios de impacto ambiental y el
gobierno boliviano ha protestado y solicitado también nuevos estudios
para verificar los impactos de las represas en su país. Se establece en
este caso un vínculo importante con el auge de los agrocombustibles,
puesto que las hidroeléctricas abastecerán de energía a los Estados
brasileños de Rondonia y Matto Grosso, permitiendo la extensión de la
producción sojera de por sí muy importante en este último Estado,
gobernado por Blairo Maggi, uno de los más grandes productores de soja
del planeta.
El ámbito de los megaproyectos de integración de las infraestructuras
resulta, tal como lo vemos, crucial a la hora de considerar el
transporte de mercancías como los granos destinados a la producción de
agrocombustibles. No sólo implica el incremento de la deuda externa de
los países donde tienen lugar estos planes, puesto que además, por los
impactos sociales y ambientales que comportan, generan simultáneamente
una deuda ecológica considerable de las grandes corporaciones frente a
las poblaciones locales, que carecen de toda posibilidad de
participación o de ejercer su derecho de consulta.
A continuación destacaremos la problemática de los agrocombustibles en el caso específico de Bolivia.
Agrocombustibles y Separatismo en Bolivia
La Cámara de industria, Comercio, Servicios y Turismo de Santa Cruz
(CAINCO) y el Instituto Boliviano de Comercio Exterior (IBCE), se han
constituido en los principales impulsores de la producción de los
agrocombustibles en Bolivia. Según plantea uno de sus documentos a
principios del 2008, las tareas principales (IBCE, 2008a) del IBCE
eran:
a) Certificación “Libre de Trabajo Infantil” para empresas exportadoras; Estas actividades cuentan con el financiamiento del Centro de
Promoción de Importaciones de Holanda (CBI); La Secretaría de Estado de
Economía (SECO) de Suiza y USAID-EEUU.
En su campaña, el IBCE se ha empeñado en presentar la gran magnitud
del negocio, como una fiesta abierta a quien quiera; resaltando las
grandes posibilidades de cada uno los departamentos de Bolivia, los
cuales tendrían incluso materia prima autóctona para producirlos, como
la t’ola en el altiplano.
Suponiendo, según uno de sus cálculos, que tan solo entráramos al 1%
del mercado mundial de agrocombustibles significaría una inversión
acumulada de 2470,55 millones de dólares y una exportación de 5322,02
millones en 10 años. La argumentación es como sigue: “el Etanol si bien
tiene una estructura de costo desfavorable respecto de la gasolina,
cuando se compara -… entre Etanol de diversos cultivos- el mismo es
favorable para la caña de azúcar. Si además se considera que por
razones ambientales y estratégicas la tendencia mundial es a adoptarlo
como reemplazo o complemento de las gasolinas, … las oportunidades para
un país como el nuestro son más que evidentes; …, haríamos bien en
mirar al Etanol como…, “una oportunidad global” (Delius, 2008).
Obviamente, “oportunidad global”, ni nada de esto, es un planteamiento económico propiamente dicho.
El “Troyano” de los agrocombustibles: Los pequeños productores
En este mundo de oportunidades, lo más importante según el IBCE, es
que los agrocombustibles pueden ser también producidos por los pobres
de los países en desarrollo (Solares & Solares, 2008). Los
beneficios que más frecuentemente se citan son: buenos precios,
seguridad alimentaria y empleo.
Zaratti (2008), ex delegado presidencial de Mesa (7), se ha referido
a los altos precios que obtendrían los productores como una revancha
histórica del campo contra la ciudad.
Como fundamentación de este tipo de argumentos, empero, no hallamos
más que una cuestión de fe: “…la tendencia en los mercados de
combustibles es hacia una mayor transparencia y libertad, menos
barreras de acceso y por lo tanto, comercio más libre, algo que cuando
de alimentos se trata, definitivamente no se da con frecuencia”
(Delius, 2008). Con esta base se evade el análisis del proceso de
fijación de precios, y cómo estos se diferencian desde lo que reciben
los pequeños productores, hasta los comercializadores finales. Se evade
el hecho de que el origen del mercado de agrocombustibles, no ha sido
natural, sino impuesto por la fuerza de la ley; y que en todos los
niveles de la economía de los agrocombustibles, es el monopolio el que
impone sus propias reglas de fijación de precios (8).
El monopolio impera también en la tenencia de la tierra y los
agrocombustibles avanzan donde ya esta constituido. En Bolivia existen
14.000 productores de soya (Soyabolivia.blogspot.com, en Ribera, 2008),
y un 70% de sus tierras está en manos de 300 grandes empresarios, sólo
30 de ellos bolivianos (Montes de Oca, 2005), esto es que la
extranjerización es parte del monopolio. Según Amorim (2006), el
canciller del Brasil, los soyeros brasileños en Bolivia, responden por
el 40% de la producción de soya en Bolivia y por el 60% de la
exportación de este producto.
El IBCE plantea el problema de la tierra solo como una cuestión de
su disponibilidad física, ocultando su carácter económico, el cual es
un campo donde los terratenientes y capitalistas son la parte poderosa.
En el contexto económico, la tierra como cualquier mercancía, puede
aparecer y desaparecer aunque la tengamos frente a nosotros, y ante
estos hechos los pequeños propietarios, los sin tierra, y la economía
nacional son siempre las víctimas (9).
Los agroempresarios nacionales se han hecho de las mejores tierras,
con agua y acceso a infraestructura y en estas condiciones, su mayor
producción y bajos costos compiten con la peor tierra, la de los
pequeños propietarios. Las ventajas de las buenas tierras han sido
adquiridas por influencias políticas y para encubrirlo se ha creado el
mito de un “pujante empresariado agroindustrial” frente a una
producción campesina retrasada y de baja productividad.
En los gráficos, vemos que la caña en Bolivia ha experimentado una
productividad creciente, correlativa con una ampliación de la
superficie cultivada. La soya experimenta una productividad decadente y
una expansión extrema de la superficie cultivada; actualmente 38% del
total nacional.
Nota: (1) Incluye campaña de invierno anterior, en el caso de maíz se toma en cuenta a partir de 2003 En cambio, los cultivos tradicionales como la papa y la yuca,
experimentaron una extensión con tendencia decadente pero con una
creciente productividad. Lo mismo ocurre con muchos otros cultivos, no
industriales, como la haba y la cebada. En los casos del café y la
quinua los cuadros son muchos más positivos (11).
Nota: Año 1991=100%. - Fuente: Elaboración propia en base a INE.
Esto demuestra que la agroindustria debe sus méritos al pirateo de
un recurso natural nacional, la fertilidad de las tierras nuevas, y de
otros recursos como el agua, a los cuales accede por política, mientras
los pequeños productores permanecen por centurias trabajando la misma
tierra.
Ocultando el carácter económico de la tierra se pretende hacer creer
a la gente que grandes y pequeños productores y propietarios gozaran de
una relación idílica en torno a los agrocombustibles. Contrariamente,
Carlos León (2008), Presidente del CIOEC, ha declarado: “Cuando estas
grandes empresas nos invadan van a requerir grandes extensiones de
tierras y de productos,… los pequeños productores seremos sometidos…
empleados, explotados”. Es la voz de la experiencia. La relación entre
grandes y pequeños ya se daba en Santa Cruz hace varias décadas, en un
sistema donde casas importadoras de insumos y equipo y fábricas de
aceite financian a los pequeños productores de soya y caña; estas
obtenían su producto y descargaban en aquellos los riesgos de la
producción y los costos sociales que corresponderían si se tratara de
asalariados. Este sistema trabaja para las transnacionales del rubro.
En el Brasil, este sistema de financiamiento de los cultivos y
control de la logística de distribución, ha puesto el mercado de granos
en manos de las trasnacionales. Las empresas nacionales de soya y
también las cooperativas, como las de agricultores familiares de la
región sur, dependen de las negociaciones con estas transnacionales
para acceder al mercado. (Ortíz, 2008). Tal como se señaló
anteriormente, al considerar las condiciones laborales, como resultado
de su situación desventajosa, los pequeños productores se convierten en
una especie de empleados de las financieras, trabajando
autoexplotados”, en condiciones en que –por algo- las financieras no
invierten directamente, y a la larga, quiebran y se quedan sin tierra.
En Bolivia, los latifundistas no ocultan su deseo de acaparar las
tierras de los pequeños propietarios (12); y el IBCE (CAINCO &
IBCE, 2008) propone una legislación de la tierra “sin perjuicio de su
libre disposición por parte del propietario”.(13)
Seguridad y soberanía
Ante el impacto de los agrocombustibles en la seguridad alimentaria,
se sostiene que la seguridad alimentaria es simplemente la
disponibilidad de dinero para comprar alimentos, cosa que esta
garantizada con el empleo generado por los agrocombustibles.
Esto coincide con el discurso de Lula, pero no con la realidad de
los zafreros de caña del Brasil. En los años 80, estos cortaban 4 t.,
por R$ 9,09/día, y ahora cortan 15 t., por R$ 6,88/día. Tratándose de
caña transgénica, deben cortar un área tres veces mayor, porque pesa
tres veces menos. Siendo que el zafrero gana por peso cortado, antes
obtenía 10 t macheteando 100 m2, ahora debe machetear 300m2 para
obtener el mismo peso. (CPT & RSJDH, 2007) Para dar una idea del
poder adquisitivo de aquella suma, un almuerzo de regular calidad en
San Pablo cuesta $R 9, o sea, que los ingresos de la zafra no
garantizan la alimentación.
El concepto de seguridad alimentaria manejado por el IBCE, excluye
la soberanía nacional sobre la alimentación, que se justifica, entre
otras cosas, porque la dependencia alimentaria constituye un efectivo
instrumento de presión de los países ricos sobre los pobres.
“Lo mejor de todo”: Los empleos para los bolivianos
Lo mejor de todo, nos dicen, en la campaña, son los empleos. Para el
supuesto caso de la participación boliviana en el 1% del mercado
mundial de agrocombustibles, se prevé para el año 2019 (14), un total
de 138.368 empleos correspondientes a 219.632 has, asumiendo un
crecimiento del 6% de la demanda; y si fuera del 14%, se prevén 272.136
empleos (431.962 has). El problema es que este cálculo se basa en 0,63
empleos/ha que se aplica a cultivos no mecanizados, como si el cultivo
de la caña no fuera a mecanizarse ni en 10 años. Si lo fuera,
aplicaríamos 0,3 empleos/ha; entonces tendríamos 142.547 empleos menos.
Esto es solo para dar una idea de la posible diferencia, porque la
introducción de maquinaria depende en parte de cuanto pueden soportar
los zafreros la explotación para no ser “despedidos” por las máquinas
(15). En el Brasil, han soportado tanto que su vida activa en el
cañaveral ha resultado inferior a la de los esclavos (Zafalon, 2007, en
Corina, 2008). Con todo, entre 1970 y el 2000 la agricultura paulista,
principal centro cañero, eliminó aproximadamente 700.000 empleos
(Schlesinger et al, 2008); esto, hablando de caña; y peor, en el caso
de la soya, por cada 300 has se crea solo 1 a 4 empleos. Esas son las
perspectivas reales de “lo mejor de todo”.
No todo es positivo, reconocen los consultores del IBCE; existe el
riesgo de que el pequeño productor sea objeto de condiciones de compra
prefijadas, de endeudamiento forzado, y que se convierta en un empleado
sin derechos laborales ni sociales (Solares & Solares, 2008). Su
solución es simple: elaboración de normas legales apropiadas. Pero la
verdad es que este “riesgo”, es también una vieja realidad, como lo
certifica un estudio de la OIT el 2005 (Bedoya & Bedoya, 2005). El
trabajo en la zafra de la caña, según otro estudio, es una de las
peores formas de trabajo infantil; los niños desde los 6 años, trabajan
con sus padres (Flores, 2008). Los grupos de migrantes llegan a la
zafra en familia. Viven amontonados en carpas de plástico, sus
condiciones de salud son deplorables y deben correr con los gastos de
atención ellos mismos. El 32% de la mano de obra en las agroindustrias
del norte cruceño, tiene una edad inferior a los catorce años (CEDLA,
2003, en Flores, 2008). Los contratos de trabajo están tercerizados
(Bedoya & Bedoya, 2005), y la jornada laboral es de 12 a 14 horas.;
la paga es por producción, y es común que se engañe en el pesaje. La
situación es similar en la cosecha de algodón, pero se basa en el
trabajo infantil, adolescente y de mujeres mayores (Flores, 2008).
Vemos así, que los abusos laborales los comete justamente el sector
que ahora promociona los agrocombustibles y plantea la elaboración de
una normativa para impedir esos abusos en la producción de
agrocombustibles. Parte de esta estrategia para acceder a mercados
acaudalados y “consientes” es la pretendida certificación “libre de
trabajo infantil” para tapar un hueco y ocultar 10, porque los niños
son una de las víctimas humanas y ambientales de este sistema. La
experiencia de Bolivia con las certificaciones es elocuente: ocupa el
primer lugar del mundo en área forestal certificada, pero solo un 5,7%
del total corresponde a comunidades, el resto a empresas privadas. Esto
ha empeorado porque en 1999, correspondía a las comunidades, un 9% de
la extensión certificada (Villegas, 1999). Ahí vemos quienes se
benefician; los grandes exportadores y sus acaudalados clientes del
mundo desarrollado.
Connotaciones políticas de la campaña por los agrocombustibles
La campaña por los agrocombustibles, no es un objetivo económico
aislado; es parte de una estrategia mayor manifiesta en el “Decálogo”:
una serie de directivas que se envía al gobierno boliviano, que surge
de más de 20 Foros de Diálogo con la Sociedad Civil realizados desde el
año 2006 (IBCE, 2008b) financiados por USAID.
Sintéticamente, el Decálogo se refiere sobre todo a cuestiones de
mercado de exportación; exige al gobierno la firma de un TLC con los
EEUU y censura el acercamiento al MERCOSUR, ALBA, TCP y a Irán; exige
que el gobierno aplique las demandas de los “actores productivos” y le
critica su “fuerte orientación hacia un Estado Socialista-Comunitario,
subsidiador y paternalista” (16); cuestiona su política de tierras (17)
y, como anticipamos, abriga el tema de los agrocombustibles.
Otro aspecto de importancia es que la Directiva del IBCE es
exclusivamente regional. La integran representantes de la Cámara
Agropecuaria del Oriente (CAO), la Cámara Forestal de Bolivia, la
Cámara de Exportadores de Santa Cruz, y la Cámara de Industria,
Comercio, Servicios y Turismo de Santa Cruz (CAINCO). La participación
de estos sectores en el movimiento separatista es un hecho público.
Como es sabido, los separatistas, debido al sufragio popular, quedaron
en minoría en la Asamblea Constituyente, pero lograron por otros
medios, introducir cambios sustanciales en la nueva Constitución.
Con todo, la Constitución aprobada por la Constituyente y el
Estatuto Autonómico (EA) de Santa Cruz compartían su interés por los
agrocombustibles, pero el EA se atribuía una competencia exclusiva
sobre el tema. Ahora la Constitución reformada en el parlamento les ha
reconocido esa competencia. El EA está a favor de los transgénicos
(Arts: 97-II; 98; 97-III); la Constitución parlamentaria también los ha
aceptado. Con esto se han abierto las puertas, más que ha cierta
tecnología, a un modelo de producción que no solo es anti ecológico
sino que por su vinculación estrecha con el capital transnacional pone
en riesgo la soberanía nacional. Un elemento clave de la influencia del
EA en la nueva constitución es que se ha eliminado la posibilidad del
monopolio de Estado (Art. 316;4), de su intervención directa en la
producción (Art. 316;3), y conducción de la economía (Art. 316;2)
(Villegas, 2009). Por lo demás, allá donde este modelo se establece,
socaba seriamente los derechos laborales y humanos, y genera un
ambiente de violencia y, en Bolivia, ha hecho carne en los sectores que
buscan implantar un régimen fascista.
Parte central de la campaña por los agrocombustibles, es el enfoque
en los pequeños propietarios y el empleo, y su argumentación pobre
desde el punto de vista económico y en frecuentemente encubierta por
una jerga izquierdista, hace evidente que su objetivo no es el
declarado sino el ablandamiento de la resistencia social a los
agrocombustibles y la seducción de los intelectuales, las ONGs y la
gente del gobierno. En todo esto, el rol de cierta cooperación
internacional es por demás claro.
A manera de conclusión
Hemos podido constatar hasta aquí que los agrocombustibles
constituyen una respuesta cuando menos inadecuada ante problemáticas
globales como el calentamiento global y el hambre. En efecto, la
producción de estos carburantes a gran escala no representa ningún
deslinde frente a los combustibles fósiles, que son requeridos para su
elaboración y transporte. Además, implica una intensificación del
modelo agrícola industrial, responsable de manera sustancial de la
actual crisis ambiental y del empeoramiento de las condiciones de vida
de las poblaciones más empobrecidas. Los únicos beneficiarios de esta
propuesta resultan ser conglomerados de grandes grupos empresariales,
varios de los cuales han contribuido de hecho en la generación del
cambio climático y de una deuda ecológica no asumida, mediante su
participación en la industria petrolera, automovilística,
agroalimentaria y constructora. A partir de todos los elementos
considerados, pensando también en la obsesión por el crecimiento
sostenido –y no sostenible-, pilar de la lógica capitalista, la
propuesta de la FAO nos sitúa ante una ecuación imposible de resolver.
Además, parte de una consideración simplista tanto del medio ambiente
como de las poblaciones afectadas.
Esto se debe a que desdeña un parámetro clave: los seres humanos
todavía no somos autómatas. Los millones de personas empobrecidas en
todo el planeta no pueden ser consideradas como máquinas que requieren
una fuente de energía adecuada. Por ejemplo, las comunidades andinas
pugnan por la introducción en la naciente Constitución boliviana, del
Suma Qamaña, entendido como el “vivir bien”, en un territorio que para
ellos es sagrado y donde la diversidad de la naturaleza y sus
divinidades conviven con la especie humana. Tras años de estudio de
diversas culturas indígenas en América Latina, la antropóloga Alicia
Barabas señala que las representaciones sobre el espacio y las pautas
culturales de construcción constituyen categorías estructurantes en una
cultura puesto que sus significados y orientaciones resultan claves
para la reproducción social (Barabas, 2003). Por tanto, es a partir del
reconocimiento de la complejidad y diversidad cultural de los seres
humanos que podemos acercarnos a dilemas como el cambio climático y a
las contradicciones generadas por el sistema capitalista. Ante ello,
las posibilidades de actuar son múltiples. Las organizaciones indígenas
y campesinas han plasmado sus reivindicaciones en el concepto abarcador
e integral de la soberanía alimentaria y más recientemente de la
soberanía energética. Existen también campañas populares que demandan
que sea detenida la plantación de cultivos energéticos y piden una
moratoria frente a las políticas de la UE de incentivos a los
agrocombustibles, importaciones de agrocombustibles y monocultivos
agroenergéticos de la UE o que trabajan sobre la deuda ecológica y la
soberanía alimentaria (18).
Es a partir de este tipo de iniciativas, y en un esfuerzo de
empatía, escucha y colaboración entre las diferentes resistencias al
sistema capitalista que podremos sin duda encarar de manera responsable
los actuales problemas globales y recuperar la posibilidad de una vida
digna para todos los pobladores del planeta. www.ecoportal.net
Pablo Villegas es Investigador en antropología y salud pública y Mónica Vargas
es Investigadora en el Observatorio de la Deuda en la Globalización,
Cátedra UNESCO de Sostenibilidad (Universidad Politécnica de Cataluña).
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Notas:
1 -Una parte de este artículo fue publicada inicialmente en el
libro: Agrocombustibles. Llenando tanques, vaciando territorios, 2008,
Censat Agua-Viva y Proceso de Comunidades Negras en Colombia, Bogotá,
pp. 59-79.
2 -No utilizaremos aquí la denominación “biocombustible” ni
“biocarburante”. Adoptamos la postura de cientos de organizaciones
campesinas reunidas en el Foro Social Mundial sobre Soberanía
Alimentaria de Nyeleni, según las cuales se trata de una industria que
constituye una agresión para el medio ambiente.
3 -Se trata esencialmente de los agrocombustibles de segunda generación, que serán considerados más adelante.
4 -Por ejemplo, el término B30 indica que el diesel contiene 30% de biodiesel (GRAIN, 2007)
5 -Para una exhaustiva explicación de este fenómeno véase: García, F., Rivera-Ferre, M. y Ortega M. (2008).
6 -Para más información véase: García, F., Rivera-Ferre, M. y Ortega M. (2008) y Ribeiro, S. (2008).
7 -Francesco Zaratti, cuando era delegado presidencial para la
revisión y mejora de la capitalización, se movilizaba con viáticos
pagados por Petrobras y Total. (Bolpress, 2004). Así, no extraña que
declarara que: “No se puede obligar a las empresas a abastecer primero
el mercado interno porque por precios y volúmenes es marginal con
relación al mercado externo”, y que “No son empresas de caridad”.
(Bolpress, 2008)
8 -Ante recientes restricciones de la UE a la importación de
agrocombustibles, la informalmente llamada "OPEP de los
Biocombustibles" integrada por Brasil, Argentina, Colombia, Malawi,
Mozambique, Sierra Leona, Indonesia y Malasia tuvo que iniciar una
campaña para que la UE revise sus exigencias ambientales para las
importaciones de etanol, argumentando que estas congelarían la
expansión de la producción de etanol en Sudamérica y en África (www.radioamerica.hn.
Newsletter Nº 2, 14-11-2008). Esta situación muestra la extrema
sensibilidad de los agrocombustibles al capricho de sus clientes, que
no se guía, como queda claro de la decisión de la UE, por cuestiones de
mercado. Como dice la tal “OPEP”, esto puede congelar nada menos que
dos continentes, mientras la UE puede tranquilamente seguir viviendo
sin agrocombustibles. Lula también se ha visto obligado a reclamar:
“Hemos dicho que si queremos tener éxito en la ronda de Doha es preciso
que los países ricos flexibilicen los precios agrícolas para que los
productos de los países pobres entren a ese mercado. Entonces, dejen la
9 -La disponibilidad física de tierras puede ser alterada, como ya
ocurre en países como Argentina y Brasil, por la magnitud de capital
volcado, en este caso, en cultivos para agrocombustibles, lo cual
desalienta otro tipo de cultivos, genera demanda de tierras y produce
un incremento de su precio y la especulación, que puede tornarse más
importante que la producción misma. Por otra parte, para los pequeños
propietarios pobres, no basta tener la tierra. Sin dinero para hacerla
producir estos terminan de jornaleros, como ocurre con los guaraní en
el Chaco boliviano, según constata Ormachea (2008).
10 -Los datos del INE muestran una baja de productividad generalizada entre los años 1993-1995.
11 -En general, los productos, tradicionales, es decir alimenticios
y forrajeros, han aumentado su productividad y su extensión aunque
todos han retrocedido en su participación relativa frente a los
cultivos industriales que ya llegan al 50% del total cultivado.
12 -El Estatuto Autonómico de Santa Cruz anuncia la reagrupación,
distribución y redistribución de las tierras para evitar el minifundio
improductivo (Art. 105). Esto amenaza con reeditar la política iniciada
por Melgarejo en 1867, que con el pretexto de salvar la tierra de las
“manos muertas” de los indios, (que en el Estatuto aparecen como
“minifundio improductivo”), desató una guerra por la tierra que
desangró el área rural por décadas. (Villegas, 2008).
13 -Juan Carlos Lijerón, Coordinador del Proyecto “Bolivia – Estudio
de Caso para la Mesa Redonda Global sobre Biocombustibles Sostenibles”,
por su parte, plantea recuperar tierras degradadas o abandonadas por la
migración. Aquí se trata evidentemente de la propiedad del pequeño
productor, ni una palabra sobre las tierras “degradadas o abandonadas”
de los latifundistas.
14 -No tomamos el 2020 porque el autor cometió errores de cálculo.
15 -Una cosechadora mecánica de caña hace el trabajo de 100 personas
16 -Su fundamentación es digna de leerse: “dejando de lado el hecho
que el Muro de Berlín se vino abajo el año 1989, y que la Unión
Soviética no existe más…” “históricamente se demostró que (el Estado)
es un mal administrador”.
17 -Christian Sattori Ivanovic, Presidente de CONFEAGRO, a tiempo de
criticar ácidamente la Ley 3545 (“Reconducción Comunitaria”) y su
Reglamentación que genera inseguridad jurídica para el factor
productivo “tierra” advirtió que sin medidas de fondo para producir más
alimentos, ello condenará a los pobres a morir de inanición, cuando lo
lógico sería que Bolivia con todo el potencial productivo con que
cuenta, se dé a la tarea, no de hacer política con la economía, sino a
generar más producción para atender no solo el mercado interno, sino la
creciente demanda mundial. (IBCE, 2008c)
18 -Véase http://www.biofuelwatch.org.uk/; http://www.noetmengiselmon.org
Recuadros
Partiendo de una percepción, hoy cuestionada desde diferentes
ámbitos, según la cual los agrocombustibles no aumentarían la
concentración de CO2 en la atmósfera, varios países han legislado a
favor de una implementación obligatoria de estos carburantes en el
sector de los transportes, sin disponer de la capacidad de producción
necesaria.
Únicamente en Brasil, 59% de las emisiones provienen de la
deforestación debida a la expansión de los cultivos de soya y de caña
de azúcar.
La agricultura y los cambios del uso del suelo (deforestación)
representan respectivamente 14 y 18% de las emisiones de gases
responsables del calentamiento global (Stern, 2006)
Cargill, ADM, ConAgra, Bunge y Dreyfus dominan más del 80% del
comercio mundial de cereales, mientras que Monsanto es la principal
empresa de semillas comerciales y la quinta en el sector de los
agrotóxicos. Cargill, ADM, ConAgra, Bunge y Dreyfus dominan más del 80%
del comercio mundial de cereales, mientras que Monsanto es la principal
empresa de semillas comerciales y la quinta en el sector de los
agrotóxicos.
En Paraguay, el avance de los monocultivos de soya transgénica y de
caña de azúcar se expresa también en un compulsivo proceso de
acaparamiento de las mejores tierras.
El Plan Puebla Panamá (PPP) y la Iniciativa para la Integración de
las Infraestructuras Sudamericanas (IIRSA) son megaproyectos que
consideran a la rebelde geografía latinoamericana como un obstáculo
para la extracción de materias primas y el transporte de mercancías.
El monopolio impera también en la tenencia de la tierra y los
agrocombustibles avanzan donde ya esta constituido. En Bolivia existen
14.000 productores de soya (Soyabolivia.blogspot.com, en Ribera, 2008),
y un 70% de sus tierras está en manos de 300 grandes empresarios, sólo
30 de ellos bolivianos (Montes de Oca, 2005), esto es que la
extranjerización es parte del monopolio.
El concepto de seguridad alimentaria manejado por el IBCE, excluye
la soberanía nacional sobre la alimentación, que se justifica, entre
otras cosas, porque la dependencia alimentaria constituye un efectivo
instrumento de presión de los países ricos sobre los pobres.
b) Diálogo con la sociedad civil y estudios sobre producción, comercio exterior e integración;
c) Biocombustibles, juntamente con CAINCO.
Año 1991=100%.(10) - Fuente: Elaboración propia con datos del INE.
(http://www.cargill.com/news/news_releases/080414_earnings.htm).
hipocresía y comiencen a comprar biocombustible” (La Razón Abril 28 de 2008).