LOS CONTRIBUYENTES
SON PUEBLO
Columna desde el llano
Por: Marco Aurelio Lozano Fernandez / Ciudadano Constructor
En su recién estrenada web Rosa María Palacios narra sus penurias con la SUNAT, lo que desató una reacción de historias de
cobranzas coactivas, cuentas embargadas e incluso quiebras de pequeñas y
medianas empresas (El Útero recoge una muestra aquí). Mi padre quien se autodefinía como “pequeño
industrial” venido de abajo, sufrió la maraña de impuestos de Alan I que sin
embargo era más fácil de evadir (por ello el 4,5% de presión tributaria en el
primer aprismo) que después de la reforma tributaria de Manuel Estela en los noventas. Desde entonces, la SUNAT ha ganado
prestigio como una “isla de eficiencia” del Estado, aunque también fue la
“maldita SUNAT” cuando fue utilizada por el fujimontesinismo para perseguir
adversarios y proteger a sus compinches, vía el llamado RUC sensible.
Además de los que pagamos impuestos regularmente, la gente reconoce a la SUNAT
porque cierra la bodega o la botica del barrio o por casos mediáticos como la administración
del club Alianza Lima por deudas tributarias o su intervención a los restaurantes de Brad Pizza. Con la expansión del empleo formal asociado al
crecimiento de los últimos años, son más los que ahora pagan impuestos. A
diferencia de RMP y los que se identifican con su caso, sólo una vez he tenido
que hacer un fraccionamiento y varios años seguidos he tramitado mi devolución
de impuesto a la renta por ingresos de cuarta categoría (Recibo por
Honorarios). Siempre me han ayudado con amabilidad, no he tenido que recurrir a
un contador y cada año se simplifica la devolución de este pago.
Sin embargo, hoy creo que no cabe ser indulgentes con este cobro
“preventivo” que significa menos dinero en nuestros bolsillos aunque después te
lo devuelvan. Peor aun después de leer un informe publicado en El Comercio
titulado Empresarios informales: Entre Héroes y
Villanos, donde empresarios
formales, con pagos de hasta 50 mil soles mensuales por IGV y residencia en
barrios bien de Lima, se ven obligados a tener un pie en la informalidad. O tal
vez un pie y medio. Reseño dos casos:
“Un día la SUNAT me empezó a
fiscalizar por todo. Yo llevaba mis papeles, pero me buscaban la sinrazón
permanentemente. Tanto iba a la SUNAT que me hice amigo de la señorita
funcionaria. Yo le preguntaba por qué solo me buscaban a mí si todos mis
vecinos estaban en la misma situación. Un día me respondió: No eres tú, es la
meta. Esta unidad tiene que recaudar 10 millones de soles y tú ya estas
detectado”.
Luego un testimonio más crudo, lindando con el cinismo:
“¿Y la fiscalización? A la SUNAT no
le importa. Ellos se contentan con el ITF (Impuesto a las Transacciones
Financieras) que cobran sin esfuerzo […] Tú ves que la SUNAT cierra tienditas
en los barrios. ¿Sabes por qué? Porque sabe que ellos no tienen abogados ni
quien los asesore contablemente”
Tal vez el tema tributario no alcance para ganar una
elección pero de hecho habrá público (o un pueblo cada vez más indignado) interesado
en escuchar voces distintas a la de Hernando De Soto o sobre cómo evitar la
amenaza de una informalidad económica cada vez más cerca de la ilegalidad
(lavado de activos, narcotráfico) o de un lumpen empresariado, como el de Lelio Balarezo. Si bien son pocos los
políticos de izquierda y derecha que han pagado una planilla (ojalá fueran más,
especialmente los dueños de MYPE como lo fue mi padre), se supone que todos han
pagado impuestos. Las demandas sobre impuestos de la nueva clase media peruana
podrían convertirse pronto en demandas políticas si es que, precisamente, un
sector político las entiende y las representa. ¿Quién dice yo?