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(IVÁN): EL CIELO

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Ivan Valarezo

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Feb 13, 2006, 3:20:43 PM2/13/06
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Sábado, 11 de febrero, año 2006 de Nuestro Salvador
Jesucristo, Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica


(Este Libro fue Escrito por Iván Valarezo)


EL CIELO


Nuestro Padre Celestial desea que no acumulemos tesoros en la
tierra, sino en el cielo. Porque en el cielo nadie podrá
jamás robar de ti, lo que hayas hecho en tu vida para Dios y
para su Jesucristo o para los demás en la tierra. Ciertamente
todas tus cosas, en el cielo, han de estar aseguradas y bien
resguardadas para la eternidad venidera. Ya que en el cielo
no existe el pecado de la polilla y del oxido, que suelen
corromper las cosas del hombre y de la tierra, también.

Más bien, Dios desea que hagamos obras que permanecen para
siempre, en el corazón de Dios, en donde el hombre no ha de
perder nada de él, ni de los suyos, tampoco, para siempre.
Porque en el corazón de Dios el hombre malvado y mentiroso,
el dueño de lo ajeno, no puede entrar para robar y para
destituir a nadie de todo lo que sea de sus pertenencias. Y,
además, de todo, todo lo que hagas para Dios, entonces ha de
ser para tu misma eternidad venidera, en el más allá.

Puesto que Dios ha de bendecir en gran medida espiritual cada
una de tus muchas buenas obras, de las que hayas hecho con tu
corazón, con tus labios, con tus manos y con tu alma, para el
bien de otros, en el nombre de su Hijo amado, ¡el Señor
Jesucristo! En verdad, Dios jamás ha llamado al hombre a que
sea pobre en la tierra, por ninguna razón, ni por ningún modo
de vida. Ahora, el hombre es pobre porque no cose a Dios y el
poder sobrenatural de su Jesucristo y de su Espíritu Santo,
para con su vida y la vida de los suyos, también, en todos
los lugares de la tierra.

Realmente Dios no desea que ningún hombre, mujer, niño o niña
de todas las familias de la tierra sea pobre ante él, sino
todo lo contrario. Dios ciertamente desea que cada uno de sus
hijos e hijas sea rico para con él y para con su Espíritu
Santo, en la tierra y en el cielo también, para miles de
siglos venideros, en el más allá celestial. Porque Dios desea
ser siempre un Dios de los ricos de la tierra y del reino de
los cielos.

Y esta es una verdad eterna, en el cielo y en la tierra: Por
la simple razón de que él mismo es rico eternamente y para
siempre; es más, en él jamás ha existido la pobreza por
ninguna razón. Sólo ha existido en él riquezas incalculables,
como hoy en día por ejemplo, con su evangelio, su Ley Santa y
la vida gloriosa y sublimemente santa de su Hijo amado, ¡el
Señor Jesucristo! Y todas estas riquezas de él, de su
Espíritu, de su Hijo amado y de su reino eterno son para cada
uno de sus hijos e hijas fieles, del nombre santo de su Hijo
amado, el Señor Jesucristo.

Ya que Dios desea tener hijos e hijas en su nuevo reino
celestial que sean tan solos ricos para con su Hijo amado, el
Señor Jesucristo. Y si el Señor Jesucristo y sus riquezas
inescrutables de su Espíritu, de su sangre y de su agua de
vida eterna no están en el hombre o en la mujer, entonces
Dios no puede tener ningún tipo de relación con tal persona o
ángel del cielo, hoy en día, ni jamás en la eternidad
venidera.

Es por eso, que es muy bueno que todo hombre, mujer, niño y
niña de todas las familias de la tierra, entonces reciba en
su corazón y confiese con sus labios, para gloria y para
honra eterna del nombre de Dios, a su Hijo amado, ¡el Señor
Jesucristo! Para que entonces así llegue a ser eternamente
rico para con Dios y para con su Espíritu Santo, en la tierra
y en cielo, también, para miles de siglos venideros en el más
allá, en el nuevo reino de Dios y de su Jesucristo.

Por lo tanto, todas nuestras riquezas son para con Dios en la
tierra y en el cielo, también, para la eternidad venidera en
el más allá, en el nuevo reino de los cielos. Porque el cielo
es el trono de Dios y la tierra es el estrado de sus pies.
Por lo tanto, ¿Qué casa le podrá el hombre edificar en la
tierra, en donde pueda sentar su trono y descansar sus pies
de tanto caminar por el firmamento? Esto es algo imposible
para todo hombre, mujer, niño o niña de la tierra hacer para
Dios; no hay manera posible, que el hombre haga un trono en
la tierra para Dios, ni un lugar para descansar sus pies
santos.

En verdad, el hombre es muy pobre para crear un trono para
Dios y un lugar de descanso para su cuerpo santo, en toda la
tierra. Es más, la tierra esta manchada por las tinieblas del
pecado de Adán y de todo hombre, mujer, niño y niña; es
decir, que la tierra está muy impura para que Dios pueda
vivir en ella, como ha vivido en el cielo, a través de los
siglos, hasta el día de hoy, por ejemplo, en perfecta
santidad y gran eterna.

En verdad, sólo en la vida de su Hijo amado, el Señor
Jesucristo, Dios mismo ha de poder descender a la tierra, y
vivir en el corazón de él. Porque el corazón del Señor
Jesucristo es santo y libre toda macha de pecado de Adán y de
Eva; por lo tanto, Dios puede entrar en el corazón de su Hijo
amado y establecer su trono santo para miles de siglos
venideros, en el más allá, sin ningún problema alguno, jamás.
Porque el corazón santo del Señor Jesucristo, en su perfecta
santidad, es mayor que todo el reino de los cielos y que toda
la tierra de nuestros días, también.

Ahora, si el corazón del Señor Jesucristo es mayor en
*santidad, verdad y justicia eterna, que todas las cosas más
bellas y gloriosas del reino de los cielos y de la tierra con
su vasto firmamento, entonces verdaderamente Dios ha de morar
con cada hombre, mujer, niño y niña de todas las familias de
las naciones del mundo entero. Es por eso, que Dios mismo le
ha estado urgiendo al hombre de la tierra, desde los primeros
días de la antigüedad, como en el paraíso con Adán y Eva, por
ejemplo, a que coman y beban de su Hijo amado.

Dado que, el Señor Jesucristo es verdadera bebida y verdadera
comida para el corazón y para el alma viviente de todo
hombre, mujer, niño y niña de todas las familias, de las
naciones del mundo entero. Y si el hombre comiese y bebiese
de su Jesucristo, entonces esa santidad perfecta de su
corazón, de su cuerpo y de su sangre eternamente gloriosa y
sublimemente sobrenatural, ha de llegar a ser parte eterna de
cada uno de ellos, para transformarse en una nueva criatura
celestial, y apta para vivir en el cielo.

Entonces sólo así, Dios mismo ha de descender del cielo para
morar en el corazón, en el cuerpo, en el espíritu humano de
todo hombre, mujer, niño y niña de toda la tierra, mucho
antes de entrar en la nueva vida eterna, en el cielo, en el
más allá de Dios y de su Árbol de vida eterna, su
Jesucristo. Por lo tanto, nuestro Señor Jesucristo no ha
entrado en un lugar hecho de manos del hombre pecador, en
nuestros corazones, sino que ha entrado en un lugar hecho por
las manos santas de Dios.

Realmente éste lugar santo que Dios mismo lo ha formado con
sus manos santas, en los días de la antigüedad, en la hora
que formaba al primer hombre de la tierra, como Adán, por
ejemplo, es tu corazón. Si, así es, mi estimado hermano y mi
estimada hermana: tu mismo corazón es un lugar santo y
sumamente honrado, por el cual Dios se tomo el trabajo de
formarlo muy cuidadosamente y con toda su sabiduría
celestial, para que sea el lugar de su trono eterno en toda
la tierra, de nuestros días.

Y es por eso, que el Señor Jesucristo sabe muy bien, que cada
vez que entra en el corazón de algún hombre, mujer, niño o
niña de todas las familias de la tierra, entonces realmente
está entrando en un lugar sumamente santo y eternamente
glorioso formado por las manos santísimas de su Padre
Celestial. Y él hace muchos rituales y reverencias muy
sagradas para el Padre Celestial cada vez que él da un paso
hacia delante para entrar por fin, al lugar "santo de los
santos", en el corazón del hombre de la tierra.

Por lo tanto, el corazón del hombre, para el Señor
Jesucristo, en su pensamiento, en sus sentimientos divinos,
es un lugar sublimemente santísimo de Dios y de su Espíritu
Santo, en la tierra y en el cielo para siempre. Es por eso,
que cuando el Señor Jesucristo entra en el corazón del hombre
pecador, entonces entra con gran reverencia divina, ni
conocida por los ángeles del cielo, sino sólo por Dios, -
honrando así la presencia del trono santo y su lugar
santísimo-, el altar de Dios, en toda la tierra.

Es más, para el Señor Jesucristo, cuando entra en el corazón
del hombre pecador de la tierra, entonces su espíritu sabe
muy bien que esta pisando un lugar "muy santo del Padre
Celestial y de su Espíritu Santo". Por lo tanto, dobla sus
rodillas y ora al Padre Celestial para darle gloria y honra
por tan gran honor de él haber sido hallado digno por él de
entrar en un lugar tan santísimo y tan glorioso para Dios y
para la eternidad venidera, en el más allá, en el nuevo reino
de los cielos.

Además, éste lugar santísimo hecho por las manos de Dios, hoy
en día, mi estimado hermano y mi estimada hermana, es tu
corazón perdido en la mancha de las muchas tinieblas, del
pecado de Adán y de Eva, también. Pero para Dios no es ningún
problema redimir tu corazón; en verdad, él lo puede salvar
con el espíritu de fe, del poder sobrenatural de la sangre
bendita del Señor Jesucristo.

Por cuanto, la sangre del Señor Jesucristo es como el jabón y
el agua, que puede limpiar no sólo tu corazón, sino también,
toda tu alma y todo tu cuerpo de toda mancha de las profundas
tinieblas, del pecado de Lucifer y de sus ángeles caídos. Es
más, fue por esta razón, que el Señor Jesucristo deja correr
su sangre santa sobre la cima de la roca eterna, en las
afueras de Jerusalén, en Israel, para él entonces poder
entrar, en un día como hoy, al trono y al lugar santísimo del
nombre del Padre Celestial, en tu corazón, mi estimado
hermano y mi estimada hermana.

Ya que, sin la sangre bendita de su corazón y de su cuerpo
santo, entonces el Señor Jesucristo jamás hubiese podido
entrar en tu corazón, para limpiarlo y adorar aquel que vive
por los siglos de los siglos, en el cielo, desde su lugar
santísimo de tu corazón. Por ello, damos gracias a Dios y al
Señor Jesucristo, por su sangre santa, que nos ha redimido
del poder del enemigo y a limpiado nuestro corazón, nuestra
alma y nuestro cuerpo de la mancha del pecado y del poder de
la muerte de la tierra y del poder de las llamas ardientes
del infierno, en el más allá.

Es por eso, que hoy en día, por ejemplo, podemos dar gloria y
honra a Dios desde lo profundo de nuestros corazones, por la
gran obra que Jesucristo ha hecho por nosotros, en su vida y
en su sangre santa y eternamente sobrenatural, para ponerle
fin, de una vez por todas y para siempre, a las tinieblas de
nuestros pecados. En verdad, por todo lo que el Señor
Jesucristo es para con Dios y para con su Espíritu santo,
realmente, somos de la vida santísima y eterna del cielo,
desde hoy mismo y por siempre, en la eternidad venidera, en
el más allá, en el nuevo reino de los cielos.

Por lo tanto, son tres los que dan testimonio en el cielo
ante Dios y su Espíritu Santo: el espíritu, el agua y la
sangre del Señor Jesucristo; y estos tres en cada uno de
nosotros es un sólo cuerpo eterno y celestial, para gloria y
para honra eterna de Dios y de su nuevo reino celestial. Es
por eso que el Espíritu, el agua y la sangre del Señor
Jesucristo viven en ti, mi estimado hermano, mi estimada
hermana, si es que has recibido en tu corazón y confesado con
tus labios su nombre bendito y salvador del Señor Jesucristo.
Porque hay poderes especiales que actúan en la tierra desde
el cielo, para bendecir, ayudar, proteger y muchas cosas más,
sólo a los que aman a Dios.

DIOS HA PREPARADO GRANESAS PARA LOS QUE LE AMAN EN JESUCRISTO

Más bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído
oyó, que ni han nacido en el corazón del hombre, son las que
Dios ha preparado para los que le aman. Por que el *misterio
del espíritu de amor de Dios, hacia su Hijo amado, el Señor
Jesucristo, y cada hombre, mujer, niño y niña, de todas las
familias de las naciones del mundo entero, es muy grande, tan
grande como el reino de los cielos y todas sus cosas más
preciadas del más allá.

En verdad, sólo el corazón de Dios lo puede entender todo muy
bien, en su gran plenitud; por lo tanto, no es tan fácil para
el corazón del hombre pecador entender el espíritu del amor
de Dios hacia él, por medio de la vida y de la sangre sagrada
del Señor Jesucristo. De hecho, este espíritu de amor de Dios
hacia nosotros, ni aun los ángeles del cielo lo han podido
entender, ni mucho menos descifrar, desde los días de la
antigüedad, hasta nuestros días, por ejemplo.

Para los ángeles es inconcebible en sus corazones, en sus
santidades y glorias celestiales de cada uno de ellos, de que
Dios "ame al pecador", a pesar de su terrible estado
espiritual en que se encuentra. Y luego pueda así vivir su
vida día a día en un mundo que todo lo que siempre hace en su
derredor es para separarlo de Dios y quitarle la vida. Es por
eso, que los ángeles del cielo se maravillan ante la
presencia del espíritu de misericordia y de gracia de Dios,
de su Espíritu, de su Hijo amado y de su sangre sublime y
*redentora, para con el hombre y para con la mujer de toda la
tierra.

En verdad, para el conocimiento de los ángeles del cielo, es
totalmente imposible que Dios le perdone los pecados al
hombre, eternamente y para siempre. Pero, sin embargo, en su
poder sobrenatural y la sangre honrada de su Hijo amado, el
Señor Jesucristo, entonces Dios puede hacer lo que es
imposible para los ángeles, posible en los corazones de cada
hombre, mujer, niño y niña, que se acerque a él, por medio de
la vida y de la sangre gloriosa de su Hijo amado.

En efecto, el poder sobrenatural del espíritu del amor
antiguo de Dios, con la sangre derramada de su Hijo amado, el
Señor Jesucristo, sobre la cima de la roca eterna, en las
afueras de Jerusalén, en Israel, en el día del gran
sacrificio eterno, entonces Dios pudo ponerle fin, de una vez
por todas y para siempre, a todo pecado. Por lo tanto, el
pecado ya tiene poder sobre tu corazón y sobre toda tu vida;
realmente eres libre de todo su mal en la tierra y en el más
allá también, para siempre.

Es decir, que Dios le ha puesto punto final a tu pecado y a
su enfermedad mortal de tu corazón y asimismo del corazón y
del cuerpo, también, de cada hombre, mujer, niño y niña, de
todas las familias de las naciones del mundo. Para que
entonces cada uno de ellos conozca en su corazón, hoy en día,
por ejemplo, como tú mismo, mi estimado hermano y mi estimada
hermana, de que hay un Dios que todo lo puede y todo lo ve,
en el cielo y por toda la tierra, también. Y que para él no
hay nada imposible hacer para el bien del hombre y de la
mujer, si tan sólo le amase y le obedeciese por medio de su
Jesucristo, el único *plan y camino de salvación de la
humanidad entera.

EL QUE TIENE OÍDO, ENTONCES OIGA AL ESPÍRITU DE DIOS

Por lo tanto, todo aquel que tiene oído, oiga lo que el
Espíritu le dice a su corazón y a su alma viviente, por medio
del *misterio de la palabra viva, de su evangelio santo y
celestial. Porque al que venza el mal del pecado, y esto es
de no conocer el nombre sagrado de su Hijo amado, el Señor
Jesucristo, en su corazón, entonces Dios mismo le ha de dar,
en su gran día de gloria y de victoria eterna ante la maldad
y el primer pecado de Adán, de comer de su mesa celestial.

Y esto es de comer de su fruto de vida y de salud, de su
único Árbol de la vida eterna, el cual está en el epicentro
del paraíso de Dios. Y éste fruto de vida eterna, es el mismo
fruto de vida y de salud eterna, que en su día de gran pecado
y de rebelión, Adán y Eva lo rechazaron para mal de ellos y
de sus descendientes por doquier, en el paraíso y por toda la
tierra de nuestros días, también.

Por lo tanto, es Dios quien te está dando de comer, hoy en
día, de su fruto de vida eterna, de su Árbol frondoso de vida
y de salud eterna del paraíso, mi estimado hermano y mi
estimada hermana. Además, Dios te está dando de comer de su
comida celestial, porque sin ésta comida de Dios y de su
Jesucristo, entonces jamás has de volver a tu lugar eterno de
tus primeros pasos, en el más allá, en el paraíso celestial
de Adán y de Eva.

En vista de que, ha sido en éste lugar celestial, en donde
Dios comenzó a amarte y a formarte en la imagen y conforme a
la semejanza de su Árbol de vida y de salud eterna, su Hijo
amado, ¡el Gran Rey Mesías del paraíso, de Israel y de la
humanidad entera! Por lo tanto, el Señor Jesucristo no sólo
es el Árbol de vida eterna del paraíso, sino que también, él
es el Gran Rey Mesías, el Hijo de David, que nos ha de
pastorear para Dios a cada uno de nosotros, en nuestros
millares, en toda la tierra, de todas las razas, pueblos,
linajes, tribus, y reinos del mundo entero.

Y el Señor Jesucristo nos ha de llevar tomado de su mano aun
más allá del infinito, en donde Dios habita en perfecta
santidad y gran gloria celestial. Porque el Señor Jesucristo
no sólo es el *camino de regreso al paraíso, para todo
hombre, mujer, niño y niña de toda la tierra, sino mucho más
que esto. Realmente sólo él es el *camino de la eternidad, el
camino que nos ha de llevar a los lugares remotos de los
primeros días de la antigüedad, en donde nuestro Padre
Celestial habita en gran gloria y majestad, para que le
conozcamos a él cara a cara, tal como él es, y siempre ha de
ser eternamente y para siempre.

Realmente, una vez que nosotros lleguemos a éste lugar
glorioso y eternamente honrado de nuestro Padre Celestial y
de su Espíritu Santo, entonces hemos de vivir con él
eternamente y para siempre, siempre comiendo de su fruto, y
bebiendo de su agua de vida y de salud eterna, de su Hijo
amado, ¡el Señor Jesucristo! De hecho, sólo esta comida
celestial es para vida y salud eterna de cada ángel,
arcángel, serafín, querubín, y demás seres santos del reino
de Dios; pues ellos comen del Árbol día a día para complacer
al Padre Celestial, en su lugar santo, en el cielo.

En verdad, con ésta comida celestial del Árbol de vida de
Dios, entonces nuestros corazones ya no vivirán en tinieblas,
ni nuestros espíritus y almas humanas ya no sufrirán la
amenaza del día a día, de morir y descender a los lugares
terribles del más allá, del infierno y del Lago de Fuego.
Sino que realmente viviremos en paz y en eterna felicidad de
nuestro Dios, de su Espíritu y de su Jesucristo, eternamente
y para siempre, en el nuevo reino de los cielos, lleno de la
gloria de todos sus ángeles santos, en sus millares, por
doquier. Y así jamás hemos de volver a conocer el pecado.

SOMOS CIUDADONOS LEGÍTIMOS DEL CIELO

Porque nuestra ciudadanía está en el paraíso, en los cielos
remotos del más allá, de donde también esperamos
ardientemente a nuestro único Salvador, el Señor Jesucristo,
para que nos bendiga como nunca antes ha bendecido a ninguno
de sus seres creados, del reino de los cielos. Porque en
aquel día de gloria y de majestad celestial: el mismo Señor
Jesucristo transformará nuestro cuerpo de humillación por la
mancha del pecado, para que tenga la misma forma de su cuerpo
de gloria y sin pecado, según la evolución de su poder, para
sujetar también a sí mismo todas las cosas, en el cielo y en
la tierra.

En verdad, este día se acerca cada vez más y más a nosotros,
cuando un pecador se arrepiente de su mal y acepta en su
corazón a su único salvador de su vida, ¡el Señor Jesucristo!
Y al mismo tiempo todo lo que era antes oscuridad sobre la
tierra, entonces ahora es un poco más de luz y de verdad
eterna, para ver y entender mejor lo que Dios ha estado
haciendo todos estos tiempos, en la vida del hombre, hasta
hoy en día, por ejemplo.

Puesto que, sin la luz de Dios y de su Espíritu, entonces
nosotros no podremos entender casi nada, si no todo, lo que
sea de él y de su Jesucristo, en nuestras vidas y en toda su
creación también. Es por esta razón, que cada vez que el
corazón del hombre, de la mujer, del niño o de la niña de la
tierra de la tierra, se une a aquellos corazones que ya
alumbran en su luz celestial, entonces hay menos oscuridad
que antes sobre la tierra.

Es decir, que el alma del hombre alumbra eternamente y para
siempre, en la luz de la vida celestial de Dios y de su
Jesucristo, entonces nosotros podemos ver mejor el camino
hacia el cielo, hacia nuestro lugar celestial, en el más
allá, al lado de nuestro Dios y Padre Celestial, el Creador
del cielo y de toda la tierra. Porque ha sido el mismo Señor
Jesucristo quien a manifestado a sus apóstoles, por ejemplo,
y a todo hombre, mujer, niño y niña, de todas las familias de
la tierra, también, de que sólo él es el camino, la vida y la
verdad celestial hacia el cielo.

Por tanto, fuera de él, nuestro Jesucristo, entonces no hay
camino posible para que el ángel del cielo y el hombre de la
tierra se encuentre, en un día no muy lejano con su Dios y
con su Hacedor, el Todopoderoso del cielo y de la tierra,
nuestro Padre Celestial. Porque aun los ángeles del cielo
confían en el Señor Jesucristo, de que algún día no muy
lejano, no sólo han de ver al Padre Celestial, sino que lo
han de conocer también cara a cara, tal como él siempre ha
sido y siempre ha de ser en la nueva eternidad venidera, del
más allá, del nuevo reino de Dios.

Dado que, para que el ángel del cielo y el hombre de la
tierra legue a conocer a su Dios y a su Creador eterno,
entonces tendrá que haber nuevos cielos y nuevas tierras que
sean reinadas por un Gran Rey Mesías, no de la tierra, sino
del más allá, del mismo reino de Dios. Y éste gran Rey Mesías
de la tierra santa con sus nuevos cielos eternos, en el más
allá, por cierto, ha de ser el mismo de siempre, el Hijo de
David, el Hijo amado de Dios, el Señor Jesucristo.

Porque sólo el Señor Jesucristo es el Árbol de vida eterna,
que ha estado siempre en su lugar eterno, en el medio del
Jardín del Edén, siempre esperando por el hombre y la mujer,
que coman y se sacien de él, hoy en día y eternamente y para
siempre, en la eternidad venidera. Porque no es posible que
los ángeles y los hombres, mujeres, niños y niñas de todas
las familias de la tierra vivan sus vidas, en la tierra o en
el paraíso, sin jamás comer y beber, del Árbol de vida de
Dios, el Señor Jesucristo. Es por eso que todo aquel que viva
en el cielo tiene que comer y beber de Jesucristo, para
permanecer delante de Dios y de su Espíritu, en la tierra y
en el cielo, también.

DIOS NOS ESCUCHA EN LOS CIELOS, Y JESUCRISTO TAMBIÉN

Es por eso, que nuestro Señor Jesucristo vive día a día,
desde el día que ascendió a los cielos, al lado del Padre
Celestial para interceder, por cada uno de sus discípulos y
de sus discípulas, de todas las familias, razas, pueblos,
linajes, tribus, pueblos y reinos de la tierra. Porque la
verdad es que el Señor Jesucristo no sólo ha sido elegido por
Dios para que sea nuestro "Cordero Escogido por el sacrificio
eterno de nuestros pecados", sino que también es nuestro sumo
sacerdote en movimiento, en el cielo, para abogar por
nosotros, desde hoy mismo y por los siglos de los siglos, en
el más allá.

En verdad, el Señor Jesucristo está en los cielos, hoy en
día, para interceder siempre por el bien de cada uno de
nosotros, en todos los lugares de la tierra, delante de
nuestro Dios y Padre Celestial, el Todopoderoso del cielo y
de la tierra. Por lo tanto, nuestro Padre Celestial, como en
los días de la antigüedad, por ejemplo, sólo escucha nuestras
oraciones, peticiones, ruegos, adoraciones, alabanzas e
intercesiones por medio de su Árbol de vida, el Señor
Jesucristo.

Ya que, nuestro Padre Celestial sólo puede confiar en cada
uno de nosotros, si creemos en nuestros corazones y
confesamos con nuestros labios: la verdad y la justicia
celestial de su nombre redentor. Y éste nombre redentor de
Dios, es el de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Por eso,
nuestro Padre Celestial sólo nos puede oír y recibir en su
presencia santa, si tan sólo confiamos en su Hijo amado y en
su obra santa y eternamente perfecta.

La obra eterna de su sacrificio celestial, la cual ha llevado
acabo sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de
Jerusalén, en Israel, para derramar su sangre santa y
eternamente gloriosa, con el fin de abrir el *camino hacia
todo conocimiento de nuestros corazones, para con el Padre
Celestial y para con su Espíritu Santo, también. Pues
entonces escucha tú en los cielos, Padre Celestial, en el
lugar de tu morada, para perdonar y actuar siempre a favor de
cada uno de nosotros, tus siervos y tus siervas, de los que
han llegado a honrar el nombre de Jesucristo en nuestros
corazones, hoy en día y para la eternidad de tu reino
celestial, en el cielo.

Por lo tanto, da a cada uno conforme a todos sus caminos,
Padre Santo, que estas en los cielos, pues sólo tú conoces su
corazón (porque sólo tú eres el formador de él y de su vida
eterna). Si, Padre Celestial, bendícelos tú también, en el
nombre de tu Hijo amado, el Señor Jesucristo, desde el cielo,
desde tu lugar santo y eternamente glorioso: A fin de que te
teman todos los días que vivan sobre la faz de la tierra, la
cual tú mismo has dado a nuestros padres, para que moremos en
ella.

Porque toda bendición del cielo, la cual ha salido de ti,
Dios Santo y Todopoderoso, ha sido sólo por medio de tu fruto
de vida y de salud eterna, tu Árbol de vida, el Señor
Jesucristo. Y sin los frutos de vida eterna de tu Hijo amado,
entonces tú no podrás jamás bendecir la vida de ningún
hombre, mujer, niño o niña, en toda la tierra, salvo los que
creen en sus corazones y confiesan con sus labios, en sus
oraciones y en sus espíritus de fe, el nombre del Señor
Jesucristo. Para que tú entonces, oh Dios santo del cielo y
de la tierra, puedas bendecirlos día y noche para perdón de
pecados y sanidad eterna de sus corazones y de sus almas
vivientes, también.

DIOS NOS HA HECHO NACER DE NUEVO DE SU ESPÍRITU, EN SU
JESUCRISTO

Bendito sea el Dios y Padre Celestial de nuestro Señor
Jesucristo, quien según su grande misericordia nos ha hecho
nacer de nuevo, para su nueva gloria y santidad infinita,
para una esperanza gloriosa, la cual jamás ha de morir en
ninguno de nosotros, sólo posible por medio de la
resurrección de su Hijo amado de entre los muertos. Porque la
verdad es que Dios tiene una herencia decente, incontaminable
e imperecedera, reservada en los cielos para ustedes, mis
estimados hermanos y mis estimadas hermanas, que son
guardados por el poder de Dios mediante la fe, para la
salvación preparada para ser revelada en los últimos días.

Dado que, esta salvación de Dios es sólo para los que se han
lavado de todos sus pecados, al creer en sus corazones y
confesar con sus labios: el nombre bendito de nuestro único
posible redentor eterno, ¡el Señor Jesucristo! Porque
solamente en el Señor Jesucristo habitan todos los poderes,
autoridades y bendiciones celestiales y terrenales de cada
ángel, hombre, mujer, niño y niña, de todas las familias de
la tierra.

Por cuanto, el Señor Jesucristo es el epicentro de la vida
santísima del Padre Celestial, de su Espíritu y de cada
ángel, arcángel, serafín, querubín y demás seres santos del
reino de los cielos. Porque sólo el Señor Jesucristo tiene el
*pan de vida para cada ser creado por la palabra, el nombre,
o las manos de Dios, en el cielo y en la tierra, hoy en día y
por siempre, en la eternidad venidera, del más allá, en el
nuevo reino de los cielos.

Es decir, que sin el fruto de vida, del Árbol de Dios, el
Señor Jesucristo, entonces todo ser creado, sea quien sea la
persona o ángel del cielo ha de morir, de la misma manera que
Lucifer con sus ángeles caídos tuvo que morir, delante de
Dios y de su Árbol de vida, en el día de su rebelión, en el
cielo. Y lo mismo es verdad para Adán y cada uno de sus
descendientes, en toda la creación de Dios, comenzando en la
tierra santa del paraíso.

Es por esta razón mi estimado hermano y mi estimada hermana,
que tu corazón y el corazón de todo ser creado mueren día a
día, porque le falta el *pan del cielo, fruto de vida y de
salud eterna del Árbol de Dios, el Señor Jesucristo. En
verdad, en el día que Adán y Eva no desearon de comer del
fruto de vida, del Árbol de Dios, entonces comenzaron a morir
para Dios y para la vida santa del paraíso; por lo tanto,
tuvieron que descender del cielo, para morir en la tierra de
nuestros días.

Puesto que, todo ángel, como Lucifer, o todo hombre, como
Adán, por ejemplo, ha de morir eternamente y para siempre
para Dios y para su reino celestial, si no come del fruto de
vida y de santidad eterna del Árbol de vida, del Señor
Jesucristo. Es por eso que el Señor Jesucristo les decía a
sus apóstoles una y otra vez: Yo soy el pan de vida, que Dios
le ha dado al hombre para que viva y vea la vida eterna, en
la tierra y en el más allá, también, en su nuevo lugar
eterno, en el reino de los cielos.

Es más, el Señor Jesucristo les hablaba a sus discípulos, ya
no en secreto, sino abiertamente y delante toda la gente en
los mercaderes y por las calles de las ciudades de Israel. Y
les decía: Yo soy el pan del cielo, que Dios mismo le
regalado al hombre de la tierra. Y el que coma de mí, no
volverá a tener hambre jamás. Además, el que de mí beba su
agua de salud eterna, la sangre del pacto eterno, no ha de
volver a tener sed jamás, en todo su ser en la tierra, ni en
el más allá, tampoco, para siempre.

Porque todo aquel que cree en mí y confiesa mi nombre con sus
labios delante de Dios, entonces ríos de agua viva
sobresaltaran de su vientre para vida eterna, les decía el
Señor Jesucristo a todos sus apóstoles y discípulos, de entre
el gentío de Israel. Y de seguro, no morirá jamás, en esta
vida, ni menos en la vida venidera, en el más allá, en el
nuevo reino de los cielos y de su Hijo amado, ¡el Gran Rey
Mesías de Israel y de las naciones del mundo entero!

En verdad, muchos que le creían al Señor Jesucristo, entonces
eran sanados de sus enfermedades y hasta sus familiares, en
sus casas y hasta en tierras lejanas eran, también, sanados,
y dejados libres por el poder del pecado y de sus muchas
tinieblas del más allá. La gente veía la gloria de Dios
moverse en sus corazones, en sus vidas y en las vidas de los
suyos también, porque salían poderes sobrenaturales de sus
lugares de escondite en el cielo y en la tierra, para
bendecir a todo aquel que le había creído a Jesucristo, en
cada una de sus palabras y en sus promesas eternas.

LAS RIQUEZAS MUNDANAS DE LA TIERRA NO SON PARA LA ETERNIDAD,
EN EL CIELO

Por lo tanto, mis estimados hermanos y mis estimadas
hermanas, no acumulen para ustedes tesoros en la tierra,
donde la polilla y el óxido corrompen, y donde los ladrones
se meten y roban. Porque todo lo que hagas con tus manos, en
todos los días de tu vida, jamás ha de redimir tu alma del
poder de la muerte, ni mucho menos del poder de las llamas
ardientes del fuego eterno, en el infierno o en el Lago de
Fuego (la cual es la segunda muerte y final del alma pecadora
del hombre).

Es más, de que te vale ganar todo el mundo, y no poder pagar
el precio de tu salvación con todas tus riquezas mundanas. O
también te podrías preguntar, por ejemplo: ¿que precio le
podrías poner a la salvación de tu alma delante de Dios, de
su Espíritu y de su Hijo amado, el Señor Jesucristo? En
verdad, el precio de tu alma es muy alto. Ningún hombre en
toda la creación de Dios, por más sabio que fuese su corazón,
o por más rico que fuese con todos sus bienes de su vida,
jamás podría saldar el precio de la salvación de tu alma, en
la tierra, ni menos en el más allá.

Realmente sólo por medio del poder sobrenatural, de la sangre
divina del altar de Dios, es que se puede pagar por el
precio, de la salvación del alma del hombre, en toda la
tierra y en el más allá, también. Y sin derramamiento de
sangre, realmente, no hay paga de pecados, ni mucho menos el
perdón de Dios existe para ningún hombre, mujer, niño o niña,
de todas las familias, razas, linajes, tribus, pueblos y
reinos de la tierra.

Pero gracias a nuestro salvador Jesucristo, porque su sangre
ha saldado el precio eterno de nuestra redención delante de
Dios y de su Espíritu Santo, no por un tiempo tan sólo, sino
para toda la eternidad. Es decir, que la sangre del Señor
Jesucristo nos limpia del poder terrible del pecado y de su
muerte eterna, en el hoyo de la tierra y en el más allá,
también, del poder del Lago de Fuego y su segunda muerte
eterna, para toda alma perdida del hombre pecador de la
tierra, de hoy en día y de siempre.

En verdad, con el Señor Jesucristo viviendo en nuestros
corazones, con tan sólo creer en él y en su obra redentora,
la cual ha llevado acabo en su día de gloria, sobre la cima
de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, en Israel,
para pagar por la culpa de nuestros pecados, entonces somos
"muy rico" en Dios.

Verdaderamente somos tan ricos para con Dios y para con su
Espíritu Santísimo, porque al creer en su Jesucristo y en su
gran amor celestial, entonces nos hace los seres más ricos,
no sólo de la tierra de nuestros días, sino de la tierra
santa del reino de Dios, en los cielos, con todos sus seres
santos del más allá.

Es decir, que nosotros hoy en día, por tan sólo amar a Dios,
por medio de su Jesucristo, entonces hemos llegado a ser más
ricos que todos los hombres de la tierra y aun mucho más
ricos que todos los ángeles, serafines, querubines,
arcángeles y demás seres santos del reino de Dios, en los
cielos. Y si nosotros somos tan ricos, por las virtudes y los
poderes sobrenaturales de la sangre y del nombre santo del
Señor Jesucristo, entonces nosotros somos mucho más ricos que
Lucifer y sus ángeles caídos del bajo mundo, por ejemplo.

Y lo único que tenemos que hacer delante de Dios y de su
Espíritu Santo para ser mayores que Lucifer y sus ángeles
caídos, es tan sólo creer en el Señor Jesucristo y confesar
su nombre santo con nuestros labios, en nuestros momentos de
oración y de fe, en cualquier tiempo y lugar de toda la
tierra. Realmente, eso es todo lo que Dios siempre le ha
pedido a los ángeles y a los hombres, mujeres, niños y niñas
de la tierra, que hagan delante de él, para cumplir toda
verdad y toda justicia en sus corazones y en sus almas
vivientes para su nueva vida gloriosa en el más allá, en el
nuevo reino de Dios.

Es por eso, que Dios desea que hoy en día más que nunca,
entonces creas en tu corazón en su Hijo amado y en su gran
obra redentora, para tu corazón eterno y para tu alma
viviente, también. Y entonces así confieses su nombre santo
en cada momento de oración y de alabanza, delante de su
presencia santa y de la presencia gloriosa de su Espíritu
Santo con todas sus huestes, de ángeles eternos y sumamente
gloriosos del reino de los cielos. Porque esta confesión de
fe, del nombre del Señor Jesucristo, en tu corazón y con tus
labios, realmente, es para la eternidad; es decir, que tu
confesión de fe, delante de Dios y de su Espíritu Santo jamás
ha de morir en tu corazón, ni menos en el corazón del Señor
Jesucristo.

DIOS DESEA QUE TODO HOMBRE Y TODA MUJER ACUMULEN RIQUEZAS EN
EL CIELO

Por lo tanto, mis estimados hermanos y mis estimadas
hermanas: Antes bien, acumulen para ustedes tesoros en el
cielo, creyendo siempre en el nombre del Señor Jesucristo,
porque en el cielo la mariposa nocturna, ni el moho daña, y
donde los hurtadores no se meten, ni pueden robar, tampoco.
Porque donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón.

Ahora, si en tu corazón, mi estimado hermano, está el nombre
del Señor Jesucristo, entonces eres eternamente rico para con
Dios, en la tierra y en el reino de los cielos, para siempre.
Porque nadie jamás podrá ser más rico que tú en la tierra, ni
en el reino de los cielos, tampoco. Y esto es obra de Dios y
no de ningún otro ser del cielo o de la tierra. Porque
realmente Dios te ha formado a ti, para que seas eternamente
rico en la vida, en el amor, en el espíritu y en la sangre
gloriosa y eternamente honrada de su Hijo amado, ¡el Señor
Jesucristo!

Ya que, fuera de éste amor sublime e inigualable de Dios y de
su Jesucristo, no puede existir otro jamás, en el cielo, ni
menos en la tierra; es decir, que no hay mayor riqueza que
este amor de Dios, manifestado a cada uno de nosotros, por
medio de la vida de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Por
lo tanto, si el espíritu del amor divino de Dios y de su Hijo
amado ha tocado tu corazón y la puerta de tu casa, entonces
prepárate, porque Dios mismo ha de hacer maravillas en tu
vida y en la vida de cada uno de los tuyos, también, sin
jamás escatimar de su poder sobrenatural para ti.

Puesto que, Dios ha creado a cada hombre, a cada mujer, a
cada niño y a cada niña, de todas las familias de la tierra,
para manifestar su gloria y cada una de sus muy grandes
maravillas del más allá de su vida gloriosa y eternamente
santa del reino de los cielos. Y ésta gloria y maravillas
infinitas de Dios y de su Jesucristo, vienen cada una de
ellas, desde los días de la antigüedad, de su corazón y de su
vida santísima en el cielo y por toda su creación, también,
hasta siempre, hasta aun más allá de la nueva eternidad
venidera, para vivir con nosotros y en nosotros, para
siempre.

Es por esta razón, de que Dios nos ha llamado a cada uno de
nosotros, desde el corazón de la tierra, es decir, desde
mucho antes de que fuésemos formados en sus manos santas,
para recibir de él mucho, si no todo lo que es de él y de su
Jesucristo. Es decir, también, recibir desde hoy mismo y
hasta siempre, en el infinito: Toda su vida santísima y cada
una de sus más ricas bendiciones de su corazón y de su alma
viviente, para vivir la vida en gran apogeo en la eternidad,
para miles de siglos venideros, en el más allá, en el nuevo
reino de los cielos.

Además, Dios nos ha dado un corazón exacto como el de él
mismo, para que le amenos de verdad y en el espíritu viviente
de la *justicia infinita de su Hijo amado, ¡el Señor
Jesucristo! Y esto es gloria para Dios, de ver que un corazón
como el de él mismo, entonces verdaderamente le ame en
espíritu y en verdad de la vida santísima de su Hijo amado, ¡
el Señor Jesucristo! Porque ciertamente Dios busca día a día
de que los ángeles del cielo y los hombres de la tierra le
amen a él, y solamente a él, en el espíritu y en la verdad
viviente de su Jesucristo.

Porque esta verdad y esta justicia celestial no existen otras
iguales o mayores delante de la presencia santa de Dios, en
el cielo o en toda la tierra. Por lo tanto, esta es la
justicia y esta es la verdad que complace ricamente por
siempre en el corazón de Dios: cada palabra, cada letra, cada
tilde y cada significado de su Ley Santa y Eterna. Y esta es
la Ley antigua de Moisés y de Israel, la cual descendió de la
mano de Dios, para que fuese entregada ante los ojos y los
corazones de todo el pueblo de Israel, con el fin de que la
honrasen día a día y por siempre, hasta la eternidad
venidera, en el más allá.

Por tanto, desde que Moisés la recibió en la cima del Sinaí,
de las manos de nuestro Padre Celestial, jamás ningún hombre
de la tierra la ha podido honrar y cumplir con verdadera
justicia y con verdadera verdad de su corazón y de su vida,
salvo el Hijo de David y en la misma tierra de Israel. Es
decir, que la tierra de Israel es verdaderamente la única
tierra en donde "la Ley de Moisés y de Dios" fue finalmente
"cumplida y sublimemente honrada" por la vida de uno los
israelíes de la antiguedad, el Hijo de David, ¡el Cristo de
Dios para las naciones del mundo entero, para siempre!

Es por eso, que Dios tiene a todo hombre, mujer, niño y niña,
llamado a creer en su corazón y confesar con sus labios, de
que el Señor Jesucristo es el Hijo amado de Dios. Porque todo
aquel que crea en su corazón y confiese con sus labios, de
que el Señor Jesucristo ha descendido del cielo, de parte de
Dios, por lo tanto, es el Hijo amado de Dios, entonces tiene
bendición y vida eterna, para con él o para con ella,
eternamente, en la tierra y en el cielo, en el más allá.

Porque desde el momento que el hombre, la mujer, el niño o la
niña, de todas las familias del mundo, comienza a creer en su
corazón y a confesar con sus labios, de que el Señor
Jesucristo es el Hijo amado de Dios, entonces el *camino de
regreso al cielo se abre. Y se abre por vez primera en su
vida, para nunca más volverse a cerrar para él, ni para
ninguno de los suyos, también, como le sucedió a Adán y Eva,
por ejemplo, en el día que creyeron en sus corazones y
confesaron con sus labios mentira y maldad ante Dios y su
Árbol de vida, el Señor Jesucristo.

Además, todas las puertas y las ventanas del cielo se abren,
también, para derramar sobre su vida muchas y poderosas
bendiciones celestiales del mismo paraíso antiguo, hasta que
sobreabunde en su corazón y en toda su alma viviente,
bendición tras bendición celestial, hasta tocar la vida de
los suyos y de los demás, también, en toda la tierra. Porque
la verdad es que, realmente, cada una de las bendiciones de
Dios es para cada uno de sus hijos y de sus hijas de todas
las familias, razas, pueblos, linajes, tribus, y reinos de la
tierra, también, hoy en día y por siempre, en la eternidad
venidera de su nuevo reino celestial, en el más allá.

TU CORAZÓN ES LA CASA CELESTIAL, EN LA CUAL DIOS SIEMPRE HA
DESEADO VIVIR

Es por esta razón, de que Dios mismo ha hecho el cielo su
trono eterno, y la tierra el estrado de sus pies, hasta tocar
a la puerta de tu corazón, mi estimado hermano para vivir
contigo y los tuyos, en perfecta paz y armonía toda una
eternidad. Y si esto es así, entonces: ¿Qué casa le edificara
el hombre de la tierra a un Dios tan grande y tan sublime,
como lo es nuestro Padre Celestial? Pregunta el SEÑOR al
hombre de todos los tiempos: O, también: ¿Cuál será el lugar
del reposo eterno, de entre todos los hombres de la tierra?

En verdad, la tierra es demasiado pequeña, para un Dios tan
grande y tan sublime, como lo ha sido desde los siglos de la
antigüedad hasta nuestros días, nuestro Padre Celestial, ¡el
Todopoderoso de Israel y de las naciones! Entonces ¿en qué
lugar podría nuestro Padre Celestial jamás sentar su trono de
gran gloria y de gran honra eterna, como lo ha sido en la
tierra santa y vasta del reino de los cielos, en el más allá?

Realmente el único lugar en donde Dios ha de morar en la
tierra ha de ser en el corazón santo de su Hijo amado. Porque
el corazón del Señor Jesucristo es limpio y libre de todo
pecado y de toda maldad y, además, de todo mayor en gloria,
en santidad, en perfección, en pureza que el reino de los
cielos y toda la tierra con su universo vasto e insondable de
nuestros días, por ejemplo. Por lo tanto, en él jamás Dios ha
encontrado ninguna maldad hacia ningún ángel, ni menos hacia
el hombre de la tierra.

En verdad, en el corazón del Señor Jesucristo sólo ha
existido verdad y justicia eterna para Dios y para cada uno
de sus seres creados, en la tierra y en el más allá, también,
en el reino de los cielos. Por lo tanto, el corazón del Señor
Jesucristo es vasto y mayor en santidad y en pureza eterna
que el mismo reino de los cielos y nuestro universo también
con su tierra, en su corazón. Porque, pienso yo, que el
corazón del universo es nuestra tierra, de hoy y de siempre,
en donde hemos nacido en el pecado de Adán, para conocer al
Hijo amado de Dios, ¡el Señor Jesucristo! Y volver a nuestra
vida antigua y celestial, en el más allá, en el paraíso de
Dios y de su Árbol de vida y de salud eterna.

Es por eso, que el nombre del Padre Celestial puede habitar
en perfecta santidad en el corazón y en el nombre bendito del
Señor Jesucristo. Y sólo así entonces el Padre Celestial
podría habitar en la tierra y con el hombre; es decir, si es
que el corazón del hombre creyese y confesase el nombre del
Señor Jesucristo delante de Dios y de sus ángeles santos, en
la tierra y en el cielo, también. Y no hacer como Adán hizo,
por ejemplo, en su día de error, de negar el nombre del Señor
Jesucristo delante de Dios, algo que jamás debió haber hecho
en su corazón, ni en su vida celestial, tampoco, para no
alejarse de su Dios y morir en la manera que suele morir todo
pecador en toda la tierra.

Porque ciertamente el Señor Jesucristo mismo ha prometido, de
que si el hombre obedeciese a su palabra y la guardase en su
corazón, entonces él mismo ha de venir al corazón de aquel
hombre o de aquella mujer a morar con su Padre Celestial,
eternamente y para siempre. Es decir, que para nosotros poder
conocer al Padre Celestial en el cielo, primero tenemos que
conocerle en nuestros corazones, durante los días de nuestra
vida por la tierra, para que cuando regresemos al paraíso, al
nuevo reino de los cielos, entonces nos hemos de ver con Dios
y con su Jesucristo cara a cara.

Y desde aquel día en adelante jamás nos hemos de separar del
amor, de la verdad y de la justicia eterna de nuestro Dios y
de nuestro redentor, el Señor Jesucristo. Sino que hemos de
vivir por los siglos de los siglos hasta aun más allá de la
eternidad venidera juntos, para nunca más volvernos a separar
por culpa del pecado, como sucedió con Adán y Eva, por
ejemplo, en el paraíso. Sólo entonces Dios ha de morar y, a
la misma vez, ha de establecer su trono en la tierra, si es
que el corazón de todo hombre, mujer, niño y niña de toda la
tierra, le honrasen y le glorificasen, como es debido a él y
a su Espíritu en sus corazones y en sus almas, eternamente y
para siempre.

COMPADÉCETE DE LOS POBRES, POBRES DE ESPÍRITU, DÁNDOLES DE
TUS RIQUEZAS

También se han de compadecerse de los cautivos, de los
eternamente cautivos a muerte por el poder de Satanás, porque
con gozo padecieron ser despojados de sus bienes, a pesar de
que no tenían mucho en la tierra, sabiendo que ustedes mismos
tenían una posesión mejor y perdurable en sus corazones, de
parte de Dios y de su Árbol de vida y de salud eterna. Y esto
ha sido, en cada uno de ustedes, en todos los lugares de la
tierra, de hoy en día, por haber honrado el nombre del Señor
Jesucristo en sus corazones, en el día que el espíritu del
evangelio de Dios toco sus puertas, las puertas de sus
corazones y las puertas de sus hogares para recibirle, para
siempre.

Porque todo aquel que recibe la palabra del evangelio,
entonces está recibiendo al Señor Jesucristo; por lo tanto,
el que recibe en su corazón al Señor Jesucristo, entonces ha
recibido al SEÑOR del cielo y de toda la tierra, también,
para la eternidad venidera, en el más allá. Y esto es vida y
el cumplimiento perfecto de la palabra de bendición y de
salvación, en el corazón de aquel hombre, mujer, niño o niña,
del espíritu de fe, del nombre salvador del Señor Jesucristo,
en todos los lugares de la tierra hasta tocar el paraíso, en
el lugar de sus primeros pasos, en el más allá.

Es por esta razón, que toda la tierra ha de ser envuelta en
las llamas eternas del Espíritu de Dios y de bendición
eterna, porque el corazón del hombre ha de despertar de sus
profundas tinieblas al creer y confesar con su espíritu
humano el nombre de la luz viviente y eterna de Dios. Y esta
luz es realmente la luz de la vida y de la salud eterna, de
la tierra santa del reino de los cielos. La misma tierra del
más allá, la cual nos vio nacer de lo profundo de su corazón,
en su día de gran gloria y de honra celestial, para agradar
al Padre Celestial, en el poder sobrenatural de su nombre
santo y de su nuevo reino celestial, también.

Porque Dios ha sacado a todo ser humano del corazón de la
tierra, para que en un día como hoy, por ejemplo, cada uno de
ellos sea entonces convertido, en un momento de fe y de
oración, en un hijo o en una hija de Dios, para su nuevo
reino celestial, en el más allá. Y nos ha hecho nacer ricos,
muy ricos, en la vida perfecta y eternamente gloriosa de su
Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

Dado que, en el día que el Señor Jesucristo nació en la
tierra de Israel, del vientre virgen, de una de las hijas de
David, fue para entonces hacernos volver a nacer, no de la
carne, ni de la sangre de nuestros padres, sino del Espíritu
y de la sangre de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Para
que entonces ya nosotros no tengamos que vivir en la tierra
de nuestros días, por ejemplo, perdidos en sus profundas
tinieblas y pecados eternos, sino lo contrario.

Realmente nuestro Padre Celestial nos ha vuelto hacer nacer,
no de la carne humana de Adán y de Eva, sino del Espíritu
Santo de su Hijo amado, para que vivamos con él libres y
limpios de toda mancha del pecado y de la muerte eterna de la
tierra y del más allá, también. Es decir, de la muerte eterna
del más allá, como el infierno o el Abadón o el Seol o el
Lago de Fuego, por ejemplo, con su segunda muerte eterna,
para el alma pecadora del hombre rebelde, rebelde al nombre
salvador, y lleno de gracia celestial del Señor Jesucristo,
para toda la humanidad, para siempre.

EL SEÑOR JESUCRISTO HA ENTRADO EN SU LUGAR SANTÍSIMO EN EL
CIELO

Porque la verdad es que nuestro salvador, el Señor
Jesucristo, no entró en un lugar santísimo hecho de manos de
hombres, figura del verdadero, como "el Tabernáculo de la
antigüedad de Moisés y de Israel", sino en el cielo mismo del
más allá, para presentarse ahora y por siempre delante de
nuestro Padre Celestial día y noche a nuestro favor.

Por lo tanto, tenemos al "Cordero escogido de Dios" y su
sangre santísima, sobre el altar de Dios y delante de su
presencia santa para abogar día y noche por nuestros pecados
y por nuestras enfermedades, con el fin de que estemos
siempre libres de todos los poderes del mal del más allá, de
Lucifer y de sus ángeles caídos. Porque Dios no desea vernos
a ninguno de nosotros atados a las tinieblas del mal del más
allá, por ninguna razón, ni por ningún pecado, sino lo
contrario.

Realmente Dios desea vernos y libres, y libres eternamente y
para siempre, de todos y cada uno de los males de su enemigo
eterno, Lucifer y sus ángeles caídos. Porque en el paraíso no
podemos tener atados a nuestros corazones y a nuestras almas
eternas, ninguno de los males de Adán y de Eva, por ejemplo,
sino que tenemos que ser libres. Y libres de verdad, limpios
de todos los males del pecado y de la muerte eterna del más
allá, del infierno y de la segunda muerte del alma pecadora
del hombre, en el Lago de Fuego.

Puesto que, si no somos limpios del poder del primer pecado
de Adán, el cual cometió cuando creyó en su corazón y confeso
con sus labios: las palabras llenas de mentira y de muerte de
Lucifer y de la serpiente antigua en contra de Jesucristo,
entonces no podremos jamás regresar a seguir viviendo
nuestras vidas, en el paraíso. Sino que hemos de ser
separados para siempre del reino de Dios y de su nuevo reino
celestial sobre toda la tierra, de nuestros días, por
ejemplo.

Dado que, Dios ha de recrear a la tierra con sus nuevos
cielos para limpiarla, con el poder sobrenatural del
evangelio y del nombre del Señor Jesucristo, de todos los
poderes de las tinieblas del más allá, para que entonces sea
habitable para Dios, el hombre y todos sus ángeles del cielo,
también. Por lo tanto, Dios ha de volver a formar nuevas
tierras con nuevos cielos, libres eternamente y para siempre,
del poder del pecado y de la muerte, también.

Y sólo así entonces hemos de vivir feliz con nuestro Dios y
Padre Celestial para siempre, siempre comiendo de sus frutos
y bebiendo de sus aguas vivas, aguas de salud divina que
sobresaltan para la vida eterna de su frondoso Árbol de
vida, el cual es el Señor Jesucristo, y que está en el centro
del reino de Dios. Por lo tanto, tenemos en el cielo a
alguien que ha vivido nuestra vida terrenal día y noche con
todas sus cosas, hasta que la muerte finalmente le llega a su
vida, para llevarlo a su lugar, en el corazón de la tierra,
con el fin de desatarnos, del poder del infierno, de una vez
por todas y para siempre.

Pero el corazón de la tierra, con la Ley de Moisés, no lo
pudo contener por no más de tres días, y luego lo dejo ir.
Entonces en el Tercer Día, su misma santidad delante de Dios
y de la Ley de Moisés lo soltó, para que se elevase de
regreso, no sólo a la vida de la tierra, sino también a la
vida eterna del más allá, del reino de los cielos. Y esta
vez, el Señor Jesucristo regresa a su vida santa, en el
cielo, con grandes poderes y bendiciones eternas de cada
hombre, mujer, niño y niña, de todas las familias del mundo
entero, con el fin de exaltar el nombre de Dios, mucho más
alto que todas las cosas más sagradas del reino de Dios, en
el más allá.

Realmente, éste ser santo del hombre y de Dios, es su Hijo
amado, el Hijo de David, sin duda alguna, ¡el Señor
Jesucristo! Por lo tanto, él si se puede compadecerse de cada
uno de nosotros, en nuestros millares, en toda la tierra,
para bendecirnos día a día delante de Dios y de su Espíritu
Santo. Y Dios siempre le oye, y le responde, sin más tardar a
cada una de sus muchas solicitudes, también; en verdad, Dios
jamás se ha cansado de oír a su Hijo amado, de orar,
interceder, rogar, pedir y suplicar por el bien y el perdón
eterno, de cada uno de nuestros pecados.

Por cuanto, nuestro Señor Jesucristo no sólo murió por los
pecados de unos cuantos en el mundo, sino por los pecados de
todos los hombres, mujeres, niños y niñas, de todas las
familias de las naciones del mundo entero, comenzando con
Adán y Eva, primero. Y es por eso, que hoy en día, mi
estimado hermano y mi estimada hermana, cada uno de tus
pecados te son perdonados eternamente y para siempre, si tan
sólo crees en tu corazón y confiesas con tus labios, de que
el Señor Jesucristo es "el Hijo amado de Dios".

Y sólo así, en un día como hoy, por ejemplo, y delante de ti,
Dios pueda perdonar todos tus pecados, y borrarlos
eternamente y para siempre de su libro y hasta de tu misma
memoria divina, para que nunca más te vuelvas acordar de
ellos, en el más allá, en tu nueva vida celestial, en el
reino de los cielos. Porque Dios tiene un libro en el cielo,
en donde están escritos cada uno de todos los pecados de Adán
y de cada uno de sus descendientes, en sus millares, de todas
las razas, pueblos, linajes, tribus, y reinos de la tierra.

Por lo tanto, en el día del gran juicio de Dios y de todas
las cosas, entonces éste libro ha de ser abierto por los
ángeles, para leer por fin detalle por detalle, el pecado y
la rebelión del corazón del hombre, ante Dios y ante el
nombre sagrado de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Y todo
aquel que se encuentre escrito en éste libro del juicio final
de Dios y de su Cordero Escogido, entonces ha de ser lanzado
al Lago de Fuego, en el más allá, en donde no habrá más
promesa de salvación para su alma, ni menos el perdón de sus
pecados.

Ya que, la misma sangre del Señor Jesucristo, que una vez lo
trato de redimir de sus pecados, entonces ahora ya lo habrá
juzgado eternamente y para siempre, de acuerdo a cada una de
sus palabras y de sus obras malas, ante Dios y de su Hijo
amado, el Señor Jesucristo. Es por eso, que la bendición y el
perdón de pecados de todo hombre, mujer, niño y niña de todas
las familias de la tierra, es hoy en día o cuanto más antes
mejor, para ti y para cada uno de los tuyos, en todos los
lugares de la tierra. Porque Adán y Eva ya encontraron el
perdón de sus pecados, al creer en el Señor Jesucristo en sus
corazones, y finalmente confesado su nombre santo, para
salvación eterna de sus almas vivientes, en la tierra y en el
paraíso, también.

EL ESPÍRITU, EL AGUA Y LA SANGRE DE JESUCRISTO DAN TESTIMONIO
DE TI A DIOS

Por cuanto, tres son los que dan testimonio en el cielo: el
Espíritu, el agua y la sangre; y estos tres concuerdan en
uno, en el corazón de fe, de cada hombre, de cada mujer, de
cada niño y de cada niña de todas las familias, de las
naciones del mundo entero, hoy en día y por siempre. El
Espíritu de Dios, es verdaderamente aquel ser santo que
descendió del cielo con poderes sobrenaturales, para subyugar
a cada una de las profundas tinieblas de Lucifer y de sus
ángeles caídos, con el fin de que Dios pueda entonces
librarnos del poder de las tinieblas y de la muerte eterna
del más allá, en el corazón de la tierra.

Puesto que, antes que Dios nos rescatase del lodo de la
tierra, nosotros ya éramos seres del más allá y amarrados a
las cadenas eternas de la esclavitud, de las tinieblas de
Lucifer y de sus ángeles caídos, también; es más éramos
eternamente parte del fuego del infierno candente y
eternamente tormentoso. Es decir, que el Espíritu de Dios
limpio y despejo la tierra, para que entonces Dios pueda
introducir sus manos santas en perfecta santidad, en el
corazón de la tierra y sacar un poco del lodo, y así entonces
formar al primer hombre en su imagen y conforme su semejanza
celestial.

El agua es la misma tierra de nuestros días, porque del agua
Dios nos saco, en el corazón del lodo cenagoso, para
formarnos con sus manos santas en la perfecta imagen y
conforme a la semejanza celestial, no de sus ángeles del
cielo, lo cual es muy glorioso y eternamente honroso,
también, pero mucho más que todo esto. Realmente Dios nos ha
formado en la imagen y conforme a la semejanza celestial de
su Espíritu Santo y de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

Por tanto, el Padre Celestial ha hecho esta gran obra
perfecta en cada uno de nosotros, comenzando con Adán, por
ejemplo, para su nueva vida, para su nuevo reino celestial.
Con el fin de que en un día como hoy, mi estimado hermano y
mi estimada hermana, tú puedas entonces recibir esa sangre
del pacto eterno, el agua viva del más allá, entre Dios y el
hombre de la tierra, para limpiarte aun mucho más que antes,
de todas esas profundas tinieblas del más allá.

Es decir, de las profundas tinieblas del más allá, del hoyo
de la tierra, de las cuales muchas de ellas se han quedado en
el cuerpo del hombre, y en tu cuerpo de hoy en día, también.
Y esto es algo que sucedió en el cuerpo de todo hombre y de
toda mujer, en el día que Dios los formo en la imagen y
conforme a la semejanza santísima de su Hijo amado, ¡el Señor
Jesucristo!

Por tanto, es por eso, que el hombre siempre se ha rebelado
en contra de su Dios y de su Hijo amado, el Señor Jesucristo
día a día desde el día de la rebelión, en el paraíso hasta
hoy en día, por ejemplo, para perdición de su vida y
destrucción eterna de su alma viviente, en el Lago de Fuego.
Y estas tinieblas y su rebelión eterna del corazón de Adán y
de Eva están en ti, también, mi estimado hermano y mi
estimada hermana; por lo tanto, tienes que librarte de ellas
y de su poder infernal, solamente invocando la sangre bendita
y eternamente milagrosa y sobrenatural del Señor Jesucristo,
para que seas limpio de todo mal y de la muerte eterna, en el
más allá, también.

En realidad, Dios no desea este mal para ningún hombre,
entonces él busca la manera de limpiarlo y santificarlo para
él y para su reino santo, con la sangre bendita de su
Jesucristo. En verdad, estas son tinieblas, como cualquier
otra del más allá, y no pueden salir del cuerpo y de la vida
del hombre, a no ser que se convierta a Dios y a su
Jesucristo, en un momento de fe y de oración, en el nombre
del Señor Jesucristo.

Es decir, también, a no ser que el hombre vuelva a nacer, no
como en la primera vez con Adán de las tinieblas, del polvo
de la muerte de la tierra, o de cómo cualquier hombre de hoy
en día, por ejemplo, nacer de la tierra, sino mucho más que
esto. El hombre tiene que volver a nacer ante Dios y ante su
fruto de vida y de salud eterna, en la luz viviente del
espíritu de su nombre y de la palabra de su Ley Eternamente
honrada, por la sangre del pacto eterno de Jesucristo, para
luego entonces poder entrar en el cielo.

De otra manera, si el hombre no ha vuelvo a nacer en el
Espíritu de fe de Dios, en el agua de vida que sobresalta
para vida eterna del Señor Jesucristo, por el poder de su
sangre santa, entonces las primeras tinieblas del más allá
aun permanecen en la vida del hombre, para destrucción eterna
de su alma viviente. Es por eso que el corazón del hombre
tiene que creer en el nombre del Señor Jesucristo y
confesarlo delante de Dios y de su Espíritu Santo cada vez
que ore y le pida a Dios por su bendición y por la salvación
eterna de su alma viviente.

Además, este nuevo nacimiento del Espíritu, de la sangre y
del bautismo del agua, en el nombre del Padre, del Hijo y del
Espíritu, es de suma importancia para cada hombre, mujer,
niño y niña de la tierra, hoy en día, para nacer de nuevo y
así entonces seguir viviendo su vida eterna, en el más allá,
en el cielo. Porque de otra manera, no hay vida, ni salvación
posible para su alma viviente en esta vida, ni en la vida
venidera, en el más allá, en el nuevo reino de los cielos.

Ya que todo ser que vive, o que ha de vivir, en el cielo,
tiene que nacer verdaderamente del Espíritu de Dios. Y esto a
de ser, de la misma manera que Jesucristo, aun siendo el Hijo
de Dios, de todos modos, tuvo que nacer por segunda vez del
poder sobrenatural del Espíritu, para entonces resucitar en
el Tercer Día, eternamente y para siempre, para su nueva vida
celestial, con cada hombre, mujer, niño y niña de toda la
tierra.

ESCRITO ESTÁ EN EL BUEN LIBRO DEL SEÑOR DEL CIELO Y DE TODA
LA TIERRA

En verdad, mi estimado hermano, como está escrito, en el buen
libro eterno del SEÑOR: ojo que no vio, ni oído que haya
oído, ni menos ha surgido jamás en el corazón del hombre de
la tierra, las cosas que ha preparado el Padre Celestial en
los cielos, para todos lo que aman a su Hijo amado, ¡el Señor
Jesucristo! Porque grande es el *misterio del amor del Padre
Celestial para todo aquel que le ama, en espíritu y en verdad
a su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

En efecto, este es un gran *misterio celestial, que los
ángeles del cielo jamás lo han podido descifrar, desde los
primeros días de la antigüedad, hasta nuestros días; ellos
solamente se quedan pasmados ante la presencia de Dios, cada
vez que piensan en el amor de Dios y de Jesucristo, hacia
cada hombre, mujer, niño y niña, de toda la tierra.

Por lo tanto, éste amor celestial de Dios, el cual el Señor
Jesucristo lo manifestó sobre la cima de la roca eterna, con
todos los colores del cielo, en las afueras de Jerusalén, no
es de este mundo, ni jamás ha surgido en el corazón de ningún
hombre, desde los días de la antigüedad hasta nuestros días,
por ejemplo. En verdad, éste es el mismo amor que Dios tuvo
en su corazón, en el día que nos formaba a cada uno de
nosotros, del polvo de la tierra, en su imagen y conforme a
su semejanza celestial, en el reino de los cielos, para la
miles de siglos venideros en el más allá, en su nuevo
eternidad venidera.

Realmente éste es un amor divino, tan puro y tan único, que
sólo el corazón del Señor Jesucristo lo pudo haber traído del
cielo a la tierra, para manifestarlo y entregarlo, en el día
señalado por Dios mismo y su Espíritu Santo, en el corazón de
cada hombre, mujer, niño y niña, de todas las familias del
mundo entero. Además, éste es un amor único y antiguo de Dios
hacia su Hijo amado y la humanidad entera, el cual jamás ha
de morir, en la tierra, ni menos en el más allá, en la nueva
vida celestial del nuevo reino de los cielos.

Porque en el reino de Dios toda vida ha nacido, en el poder
sobrenatural del Espíritu Santo, de éste amor de Padre a Hijo
con el fin, de que se prolifere eternamente y para siempre,
en cada uno de sus hijos e hijas de todas las familias,
razas, pueblos, linajes, tribus, y reinos de toda la tierra.
Por esta razón, el evangelio del Señor Jesucristo corre por
los lugares de la tierra, hasta aun en sus lugares más
recónditos, para dejarle conocer ésta gran verdad celestial,
de parte del corazón del Padre Celestial y de su Jesucristo,
a todo hombre, mujer, niño y niña, de toda la tierra, con el
fin de que viva su alma eterna.

Y así no tenga que jamás morir ninguno de ellos, por culpa de
su pecado, ni por culpa del pecado de nadie, como el pecado
de Adán o de Eva, por ejemplo, sino lo contrario. Además,
esto es, que cada uno de ellos, en sus millares, en toda la
tierra y de todas las familias de la humanidad, desde Adán
mismo hasta el ultimo ser que nazca en el mundo, para que
viva eternamente y para siempre, en su lugar eterno, al lado
de Dios y de su Árbol de vida, Jesucristo, en el cielo.

Es decir, para que su alma viva en perfecta santidad y en
perfecto gozo, del amor divino de Dios y de su Hijo amado,
hoy en día y por siempre, en los días largos y eternos del
más allá, del nuevo reino de los cielos. Porque la vida santa
del reino es de gozo y de felicidad insondable del corazón,
del hombre de la tierra o del ángel del cielo, que ha llegado
a conocer y a creer en el nombre bendito del Señor
Jesucristo, ¡el Todopoderoso de Israel y de las naciones del
mundo entero, para miles de siglos venideros, en el más allá!

Dado que, la verdad es que todo ángel que no pueda creer en
su corazón, ni confesar con sus labios: el nombre del Señor
Jesucristo, entonces no tiene su lugar seguro en la vida
santa del reino de Dios, en el más allá. Y esto fue lo que le
sucedió a Lucifer, con todos sus ángeles caídos, por ejemplo,
en el día de su gran rebelión, hacia el nombre sagrado del
Señor Jesucristo ante el Padre Celestial.

Ya que, ninguno de ellos, de los ángeles caídos del bajo
mundo, pudo realmente creer en su corazón, ni confesar con
sus labios: el nombre bendito del Señor Jesucristo, para
gloria y para honra del Padre Celestial. Y esta falta de fe,
los mato a cada uno de ellos aun siendo ángeles del reino de
los cielos ante Dios y ante su Espíritu santo; como también
mataría a cualquier otro ser hoy en día, sea ángel u hombre,
por no creer en su corazón, ni confesar con sus labios: la
vida gloriosa de Jesucristo. Porque realmente la vida del
Señor Jesucristo en Israel, es la única salvación posible
para todo hombre, mujer, niño y niña de toda la tierra, hoy
en día y por siempre.

De hecho, esto es verdad para con todo hombre de toda la
tierra, hoy en día y por siempre, también, en el más allá, en
el nuevo reino de Dios y de su Árbol de vida y de salud
eterna. Porque Adán y Eva tuvieron que creer en sus corazones
y confesar con sus labios el nombre del Señor Jesucristo, el
Árbol de vida del reino de los cielos, para ser redimidos
por Dios de todas sus profundas tinieblas, del pecado
terrible de no haberlo confesado con sus labios antes, en el
paraíso.

Puesto que, la verdad fue que en el principio de toda la
humanidad, en el más allá, en el Jardín del Edén, de que Adán
y Eva no pudieron hacerlo así, como era necesario hacerlo en
sus vidas angelicales, para agradar el corazón y el alma
viviente del Padre Celestial. Y esto fue, en aquel día, de
tan sólo confesar a Cristo con sus corazones y con sus labios
para amar a Dios, por la eternidad; y ambos no lo pudieron
hacer así: aunque Dios mismo se los pidió, porque sus
corazones no estaban en comer, ni beber, del Árbol de la
vida. Realmente ellos estaban lejos del corazón del Padre
Celestial, el Señor Jesucristo.

Cuando la verdad es que el Señor Jesucristo es el corazón del
Padre Celestial, desde siempre, desde los primeros días de la
antigüedad, hasta nuestros días. Por lo tanto, Dios deseaba
que el corazón del hombre fuese también, el Señor Jesucristo,
para entonces él poder vivir en paz y en eterna armonía
celestial con todos sus descendientes por doquier, en su
reino celestial, en el más allá. Pero como Adán y Eva
rehusaron hacer al Señor Jesucristo su corazón, como el
corazón de Dios, por ejemplo, entonces pecaron y cayeron de
la gracia de Dios, para comenzar a morir delante de Dios y de
su Espíritu Santo, por falta de la bendición y presencia sin
igual, en sus vidas, del Señor Jesucristo.

Además, como se encontró maldad en sus corazones al creer en
Lucifer y confesar sus palabras, entonces la tierra santa del
paraíso ya no pudo retenerlos, ni un momento más; por lo
tanto, fueron transportados de su habita original, ha vivir
en la tierra de nuestros días, hasta que reconozcan que el
Señor Jesucristo es SEÑOR, para gloria y para honra del Padre
Celestial, en los cielos y por toda la tierra, para siempre.

Y, hoy en día, también nosotros tenemos que comer y beber
siempre del Árbol de vida de Dios, porque somos "ciudadanos
legítimos" del reino de los cielos, el paraíso de Adán y Eva,
por ejemplo, en el más allá. Porque nuestra verdadera
ciudadanía eterna es en el más allá, y esto no es de ahora,
sino desde siempre, desde los primeros días de la tierra,
desde mucho antes de nuestros primeros pasos, en el corazón
de Dios y de su Jesucristo, en el Jardín del Edén, de Adán y
Eva.

Por lo tanto, éste salvador nuestro, no es un salvador que
nosotros hemos escogido al azar, sino que Dios mismo lo
destino divinamente desde mucho antes, de la fundación del
reino de los cielos, del paraíso y de la tierra de nuestros
días, también, con su vasto universo por doquier. Es más,
nuestro Señor Jesucristo es el único dador de la vida, en el
cielo, en el paraíso y en toda la tierra de nuestros días, y
aun más que esto.

Por cierto, sólo el Señor Jesucristo es el único dador de la
vida eterna, para la eternidad venidera, en el más allá, en
la nueva eternidad del nuevo reino de los cielos, de todo
ángel, hombre, mujer, niño y niña, de todas las familias,
razas, pueblos, linajes, tribus y reinos del mundo entero,
eternamente y para siempre. Por eso, fuera de la vida sagrada
y eternamente honrada del Señor Jesucristo, no hay vida
posible en el cielo, ni en el paraíso, ni mucho menos en la
tierra, ni en el nuevo reino de los cielos: La Nueva
Jerusalén Celestial de Dios y de su Árbol de vida eterna.

Por esta razón, esperamos ardientemente por nuestro Señor
Jesucristo, porque él mismo nos ha de transformar de nuestro
cuerpo humillado por las palabras pecadoras de Lucifer, por
su cuerpo santo y lleno de la palabra de verdad y de justicia
infinita, del nombre sagrado de nuestro Padre Celestial. Y
hasta que aquel día llegue a la vida de cada uno de nosotros,
en nuestros millares, de todas las familias, razas, linajes,
tribus, pueblos y reinos, entonces debemos de permanecer fiel
hacia él y hacia el nombre sagrado de nuestro Dios y Creador
del cielo y de la tierra, ¡el Todopoderoso, el Santo de
Israel y de las naciones!

En vista de que, es nuestro Señor Jesucristo quien oye cada
una de nuestras oraciones y peticiones día y noche, para
dejárselas saber a nuestro Padre Celestial, en su lugar
santo, en el cielo. Con el propósito de que siempre tengamos
en nuestras vidas, cada una de todas las cosas que
necesitemos de él y de su vida santa, en cada uno de
nosotros, para ponerle fin a cada una de las obras de las
profundas tinieblas de Lucifer y de sus ángeles caídos, en
nuestras vidas y las vidas de los demás, también.

Por lo tanto, es el Señor Jesucristo quien siempre nos
escucha día a día y por siempre, para actuar en todo momento
a favor, de cada uno de nosotros, en toda la tierra. Por esta
razón, damos gracias a nuestro Dios y Padre Celestial de
nuestras almas vivientes, porque nos ha hecho renacer; en
verdad, nos ha creado de la tierra para hacernos nacer de
nuevo, por voluntad propia, de su Espíritu Santo, en un día
como hoy, por ejemplo, lleno del espíritu de fe, del nombre
del Señor Jesucristo.

Realmente esto era necesario hacerlo todo muy bien, en
nuestros corazones, desde el principio de todas las cosas, en
el Jardín del Edén, para salud eterna de nuestras almas
vivientes; es por eso, que en su día, Dios mismo le enseña a
Adán a comer siempre de todos los frutos del huerto del Edén
y de su Árbol de vida, también, excepto del árbol de la
ciencia, del bien y del mal. Porque en el día que ellos
comiesen de su fruto prohibido, entonces dejarían de vivir
sus vidas santas con Dios y con su Espíritu Santo, en el
paraíso.

En verdad, esto fue algo que Adán entendió muy bien en su
corazón, pero Eva no. Y Lucifer sabia muy bien que Adán le
conocía, por lo tanto, no podía acercarse a él, para hablarle
y hacerle creer a la mentira, de que si podía comer del fruto
prohibido para seguir viviendo para siempre, en el paraíso.
En verdad, en el día que Adán y Eva comieron del fruto
prohibido, entonces ellos nacieron para vivir sus vidas, no
en el paraíso con Dios y sus huestes de espíritus santos,
sino para vivir en el bajo mundo.

Es decir, que cuando ambos creyeron ante las palabras llenas
de mentira y de gran engaño de la serpiente antigua, entonces
en aquel momento comenzaron a nacer por vez primera, no del
espíritu de Dios, sino del espíritu del engaño y del pecado
de muerte en la tierra y en el bajo mundo, en el más allá, el
infierno. Además, en el día que Adán y Eva fueron formados
por las manos de Dios, ninguno de ellos había nacido, sino
que habían sido formados directamente de la tierra; en
verdad, Adán fue formado del lodo de la tierra, y Eva fue
formada de su quinta costilla, en el día de su creación.

Por lo tanto, ninguno de ellos había nacido del Espíritu de
Dios todavía; realmente habían sido creados por las manos de
Dios, pero no nacidos del Espíritu de vida eterna de Dios o
del Señor Jesucristo. Entonces es por eso que el Padre
Celestial siempre busco en ellos, para que naciesen del fruto
de vida y de salud eterna de su Árbol de vida, el Señor
Jesucristo, que estaba en medio del Jardín del Edén.

Por cuanto, en el día que Adán y Eva hubiesen comido y bebido
del fruto de vida y de su agua eterna del Árbol de Dios,
entonces hubiesen nacidos realmente de Dios, es decir,
nacidos del Espíritu Santo de Dios, para seguir viviendo sus
vidas normales, en el cielo. Pero esto jamás sucedió con Adán
ni con Eva, porque ellos fueron engañados por las palabras de
mentira de Lucifer, para que naciesen de su espíritu de
maldad.

En verdad, éste espíritu de maldad de Lucifer, es, realmente,
el espíritu de mentira y de gran engaño, el cual vive en el
corazón de cada hombre, mujer, niño y niña, de toda la
tierra. Porque en el día que ellos han nacido, como cualquier
otro ser humano de toda la tierra, en verdad, han nacido en
el espíritu engañado de Adán y de Eva, para creer en la
mentira y luego morir y descender a su lugar eterno, entre
las llamas del fuego, en el infierno.

Por lo tanto, "el espíritu de mentira y de gran engaño" del
corazón, de cada uno de ellos, en sus millares, en toda la
tierra, vive, y vive en ellos hasta que el Espíritu de Dios
con el Señor Jesucristo entre en sus corazones. Para que
entonces la palabra antigua de gran maldad y del engaño
eterno de Lucifer y de la serpiente antigua del paraíso ya no
reine en sus corazones y en sus espíritus humanos, sino el
Espíritu de Dios y de su Jesucristo.

Y sólo así, cuando el Espíritu de Dios entre en sus corazones
en el nombre del Señor Jesucristo, entonces todas las
tinieblas que estén viviendo en ellos tendrán que salir, para
regresar a sus lugares de origen, en el más allá, en el bajo
mundo de Lucifer y de sus ángeles caídos, de donde jamás
debieron haber salido. Y Dios se agradara de cada uno de
ustedes, desde aquel momento y eternamente y para siempre,
por haberle creído a él, por medio de su Hijo amado, el Señor
Jesucristo.

Por lo tanto, todo hombre, mujer, niño y niña, de todas las
familias de la tierra, que le crean a Dios y a su Jesucristo,
entonces tiene vida eterna, desde hoy mismo en toda la
tierra, hasta finalmente entrar a su nuevo lugar eterno, en
el más allá, en el nuevo reino de los cielos. Porque cuando
le creemos a Dios y a su Jesucristo, en nuestros corazones,
como dice la escritura, entonces todos nuestros cuerpos
corporales e espirituales han de ser transformados en un
momento de fe, por los muchos poderes sobrenaturales del más
allá, de la vida santa del Señor Jesucristo y de su Espíritu
Santo, en el reino de los cielos. (Y esto es algo muy bueno,
que es sólo para ti, mi estimado hermano y mi estimada
hermana.)

Realmente, cuando le creemos a Dios y a su Jesucristo por su
gran labor, hacia cada uno de nosotros en toda la tierra y en
el cielo, también, entonces hemos vuelvo a nacer, no de la
carne, sino del Espíritu, para llegar a ser ese ser completo,
santo y justo, para Dios y para su reino celestial, en el
cielo. Porque la verdad es que en el día que el Señor
Jesucristo resucito en el Tercer Día, de entre los muertos
del bajo mundo, entonces en aquella misma hora, cada hombre,
mujer, niño y niña, de todas las familias de la tierra,
también, volvieron a nacer de nuevo, pero esta vez del
Espíritu de la vida santa del cielo.

Es decir, que gracias a la obra redentora del Señor
Jesucristo sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de
Jerusalén, en Israel, es que nosotros podemos, desde hoy
mismo, no sólo volver a nacer de nuevo, en el Espíritu Santo,
sino que podemos comenzar a gozar nuestra nueva vida
espiritual y celestial del reino de los cielos. Y esto es
precisamente del porque Dios nos comenzó a formar del fango
de la tierra, en el día de nuestra formación en su imagen y
conforme a su semejanza celestial, también, en el reino de
los cielos.

Porque Dios nos ha creado del barro, nos ha creado de la
nada, en su lugar santo, para que en un día como hoy, por
ejemplo, entonces cada uno de nosotros vuelva a nacer, no del
polvo o de la carne, como en el principio, sino del Espíritu
de vida y de salud eterna de su nuevo reino, en los cielos. Y
esta vida totalmente nueva del reino de los cielos es su
mismo Hijo amado, como siempre, como en los primeros días de
la antigüedad, ¡el Señor Jesucristo!

Por lo tanto, hoy en día, tú puedes hacer también lo mismo en
tu vida, de que el Señor Jesucristo sea tu verdadero corazón,
tal como él lo es eternamente y por siempre, el corazón del
Padre Celestial, en el reino de los cielos, para miles de
siglos venideros, en su nueva eternidad celestial. Amen.


¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!


Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en
el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman,
Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras
almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y
sobrenatural, en la tierra y en el cielo también, para
siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el
Señor Jesucristo.

LOS ÍDOLOS SON, UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE
DIOS

Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo
a la verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un
tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en
tu vida de acuerdo, a la voluntad perfecta del Padre
Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un
fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de
pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos
termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es
verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán
atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego
del infierno, por haber desobedecido a la ley viviente de
Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí
contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo.
Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en
Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos
de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de
espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de
los tuyos también, en la eternidad del reino de Dios. Porque
en el reino de Dios su ley santa es de día en día honrada y
exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos
ángeles. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimado
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra,
cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de
bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad,
cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada
vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas
bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa
del más allá, también, en el reino santo de Dios y de su Hijo
amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de
las naciones!

SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA), ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS

Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en
tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en
abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha
venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde
los lugares muy altos y santos del reino de los cielos:

PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí".

SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza
de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni
en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas
ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios
celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos,
sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me
aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a
los que me aman y guardan mis mandamientos".

TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de Jehová
tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre
en vano".

CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para
santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero
el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en
ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu
siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está
dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los
cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del
sábado y lo santificó".

QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que
tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te
da".

SEXTO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio".

SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio".

OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás".

NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de
tu prójimo".

DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su
sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu
prójimo".


Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos
estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno
de los tuyos, también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por
amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los
tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus
ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así,
en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos,
también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde
los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas,
en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos
males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en
abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas
familias, por toda la tierra.

Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y
digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de
la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y
salvador de todas nuestras almas:

ORACIÓN DEL PERDÓN

Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la
memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo
amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el
cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día,
dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también
nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en
tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el
poder y la gloria por todos los siglos. Amén.

Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre
Celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no
perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará
vuestras ofensas.

Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la
VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO,
sino es POR MÍ". Juan 14:

NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.

¡CONFÍA EN JESÚS HOY!

MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.

YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA
TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.

- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de
éste MUNDO y su MUERTE.

Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):

Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al
tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que
entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.

QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ
DECIRLE AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di:
Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que
Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi
pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a
venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR.

¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No
_____?

¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____?

Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de
una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:

Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con
Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate
en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y
sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es
predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de
Cristo a los demás.

Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee Libros
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del
evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender
mas de Jesús y su palabra sagrada, la Biblia. Libros
cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes
temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio,
entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia,
para ver que clase de Libros está a tu disposición, para que
te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.

Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti,
para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su
Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de
hoy y para siempre.

El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la
paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras
oraciones. Porque ésta es la tierra, desde donde Dios lanzo
hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras
bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y
nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: "Vivan tranquilos
los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén". Por causa de mis
hermanos y de mis amigos, diré yo: "Haya paz en ti, siempre
Jerusalén". Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en
el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre.

El libro de salmos 150, en la Santa Biblia, declara el
Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y
asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de
Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda
letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo
corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y
loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas,
como antes y como siempre, por la eternidad.

http://www.supercadenacristiana.com/listen/player-wm.asp?
playertype=wm%20%20///


http://radiovision.net/envivo.htm


http://radioalerta.com


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