Aunque parezca lo contrario, el ser humano no es dado a buscar de Dios, de hecho, por naturaleza tendemos a la autosuficiencia, solemos ser obstinados y prueba de ello es que aún cuando somos jóvenes tendemos a nadar contra la corriente.
Por eso, para que lleguemos al punto de ser sensibles a la voz de Dios, es necesario que él intervenga. De ahí que antes de hablarle de Dios a alguien, se vuelve no solo necesario, sino indispensable, que oremos antes por esa persona, que le pidamos a Dios que abra su corazón y ponga en ella disposición de recibir lo que tenemos que decirle.