43 / 26 - Posiciones ante la ofensiva trumpista / Ref. 42

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Red GeoEcon

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Jan 9, 2026, 12:29:59 AM (6 days ago) Jan 9
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RGE 43 / 26


Posiciones ante la ofensiva trumpista

ste 2026 ha comenzado con una sacudida de alcance mundial. El secuestro de Nicolás Maduro en Venezuela por parte del ejército estadounidense ha impactado a escala global y expone de forma descarnada la nueva fase en la que hemos entrado. En esta breve nota queremos señalar algunas cuestiones clave que, a nuestro juicio, pueden servir como base para la discusión política en el campo del socialismo internacional.

La agresión de Estados Unidos contra Venezuela es una agresión imperialista totalmente repudiable. El secuestro del presidente de un país soberano inaugura un nuevo método de disciplinamiento y terror que tendrá efectos duraderos en la vida política de muchos países. El imperialismo estadounidense vuelve a tratar a América Latina como su patio trasero. Sin embargo, y contra lo que Trump anunciaba, Estados Unidos no ha invadido Venezuela: ha descabezado a su gobierno y ha forzado al aparato del Estado poschavista a negociar desde una relación de fuerzas completamente desfavorable. El control del petróleo y del comercio, así como el aislamiento de China, son objetivos centrales, aunque no los únicos. Lo que se busca es establecer una relación de vasallaje que discipline cualquier intento de soberanía o independencia respecto a Washington. Algo que la oposición fascista venezolana empieza a comprender a través de sucesivas humillaciones: en un mundo neocolonial, donde la soberanía de un país periférico puede ser pisoteada, también lo son las fracciones de la clase dominante que, en un momento dado, dejan de ser útiles al imperialismo.

En este contexto, se abren varios debates en torno a Venezuela. El primero es inmediato y urgente: es imprescindible conformar un gran frente unido contra el imperialismo que exija la libertad de Maduro y el fin de las amenazas contra otros países de América Latina, especialmente Cuba y Colombia. Ninguna fuerza de izquierda debería dudar en este punto.

El segundo debate tiene que ver con el fracaso y la debilidad de los restos de la llamada Revolución Bolivariana. Aquí confluyen varias cuestiones. En primer lugar, el carácter del régimen. La Venezuela actual tiene poco o nada que ver con una democracia socialista. No existe ningún proceso revolucionario socialista abierto, al menos desde la muerte de Chávez, quien ya alertó de los riesgos y los retos que tenía por delante el proceso bolivariano en su documento Golpe de timón. No hay un proceso de transferencia del poder de una clase a otra, sino más bien la consolidación de una casta burocrático-empresarial ligada al ejército y a los negocios del petróleo. Desde categorías marxistas, este régimen puede caracterizarse como una forma de bonapartismo regresivo, que consolida una nueva configuración burguesa y se distancia del cesarismo progresivo del chavismo inicial, el cual abrió, de forma indeterminada y finalmente frustrada, la posibilidad de una transición al socialismo. El madurismo ha cercenado la libertad política de la izquierda crítica y no ha construido un sistema de participación popular alternativo a la democracia burguesa. Como comunistas, defendemos una concepción de la democracia que puede, si es necesario, restringir la libertad política de la clase enemiga para destruir su monopolio sobre la propiedad privada; pero ese proceso debe ser dialéctico, abriendo el campo a la construcción de formas de poder desde abajo, capaces de servir de base a un nuevo tipo de Estado y a una legitimidad alternativa que sustituya a la burguesa. Nada de esto ha ocurrido durante los últimos años en Venezuela.

Sin embargo, el marxismo no determina su posición internacional únicamente por el carácter socialista de un régimen. Venezuela no forma parte del bloque imperialista y se ha convertido en un objetivo colonial. Ciertamente, el balance del gobierno madurista en este terreno tampoco es brillante: el país se enfrenta a una derrota estrepitosa, con la movilización popular cercenada (basta comparar la situación actual con la energía desatada en 2002 tras el golpe contra Chávez) y con la obligación de ceder ante las exigencias de Trump, pese a la retórica resistente que el gobierno intenta sostener con escasa credibilidad. Por eso, insistimos en la idea central: el marxismo revolucionario no define su apoyo a un país frente a otro exclusivamente por el carácter de su gobierno, sino por su posición en el sistema-mundo y su relación con el imperialismo. En ese sentido, el apoyo a Venezuela debe ser total y sin fisuras. La movilización global y la derrota del imperialismo norteamericano son condiciones sine qua non para que en Venezuela pueda abrirse un nuevo margen de libertad socialista. Esta debe ser la base política sobre la que articular una alianza en la coyuntura actual.

La ofensiva trumpista también apunta contra la Unión Europea. La UE es una estructura imperialista en declive, y Trump busca provocar su implosión interna. Groenlandia es un ejemplo reciente. La UE se sabe impotente ante esta ofensiva, que debilita a sus líderes y los muestra incapaces de defender su propia esfera de influencia. Esto fortalece a la extrema derecha, que actúa como un auténtico “partido del extranjero” trumpista, ofreciendo sumisión a Washington y prometiendo a los europeos que, con ellos, Europa dejará de ser débil. Esta dinámica introduce una profunda fisura en la clase dominante, con repercusiones en todos los países. Véase el caso del Estado español, donde el PP ha quedado completamente descolocado tras el golpe de Trump en Venezuela  (al no contar con la oposición venezolana) y el anuncio de la conquista de Groenlandia. Mientras el caso venezolano se inscribe en un conflicto entre un país imperialista y otro sometido a dominación colonial, el conflicto en Groenlandia es netamente imperialista. La izquierda debe oponerse desde una posición propia: independencia de Groenlandia, no alineamiento con ninguno de los bloques y rechazo a la explotación destructiva de sus recursos. También, por supuesto, seguir exigiendo la salida de la OTAN, y oponiéndose de forma intransigente al rearme militarista que impulsa la UE.

Por último, el ataque de Trump contra Venezuela se inscribe también en una ofensiva más amplia, que busca reestructurar la vida social en EEUU y tiene como objetivo inmediato la migración latinoamericana. El asesinato de una madre blanca en Minneapolis mientras se oponía a una redada del ICE muestra que, bajo la prolongada crisis de rentabilidad del capitalismo, la agudización de las políticas imperialistas en el extranjero no va acompañada de una redistribución interna de la riqueza, sino de un aumento de la estratificación social y de una violencia cada vez más fascistizante. La clase dirigente ya no puede ofrecer otra cosa, y por ello las contradicciones se agudizarán. Hoy la extrema derecha se encuentra en su punto álgido, pero su propia política sienta las bases de una resistencia futura. El caso de la migración latinoamericana es ilustrativo: una parte significativa giró a la derecha en los últimos años, empujada por el fracaso de los populismos en América Latina, las ilusiones de ascenso social en el nuevo país y la influencia ideológica de dispositivos como el evangelismo. Sin embargo, esa combinación puede verse sustituida por la experiencia directa de las redadas del ICE, el desprecio político absoluto (como el trato dispensado por Trump a Corina Machado y su entorno) y una vida cotidiana marcada por la humillación. Esto no afectará solo a Estados Unidos: también tendrá efectos en el Estado español, abriendo la posibilidad de desplazamientos y mutaciones entre bloques históricos. Hoy la derecha está en ascenso, pero mientras asciende, va sentando las bases de su propia crisis.

Brais Fernández es militante de Anticapitalistas.

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