[La mayoría de análisis del capitalismo contemporáneo omiten o minimizan el papel estructurador de las industrias de armamentos, y más en general de los sistemas militar-industriales. El economista Claude Serfati demuestra su centralidad en lo que llama la dinámica “totalitaria” en curso.]
Se ha convertido en un lugar común observar que gran parte del planeta está evolucionando a un ritmo acelerado hacia regímenes calificados de iliberales por las corrientes dominantes, o de estatismo autoritario, según la expresión utilizada por Nicos Poulantzas.
En este contexto, el presente artículo se centra en el papel de los sistemas militar-industriales (SMI) en esta evolución autocrática del capitalismo. Se centra principalmente en EE UU, no solo porque lo que en este país se denomina complejo militar-industrial (CMI) está mucho más documentado que en otros países, sino, sobre todo, porque, desde su creación en 1945, el CMI, que cuenta con un presupuesto militar que representa el 40 % del gasto militar mundial, ocupa un lugar determinante en el espacio mundial, que Donald Trump se esfuerza por conformar a su visión liberticida.
La hipótesis teórica que guía este artículo es la siguiente. Los aparatos militar-industriales de los países más poderosos del planeta comparten la profunda singularidad de estar situados en la intersección entre lo económico y lo político. Es cierto que la intervención masiva de los Estados en la actividad económica es una constante histórica del capitalismo, pero aquí se trata de algo muy diferente, ya que los aparatos militar-industriales funcionan sobre la base de una integración orgánica de lo económico y lo político.
De este modo, gozan de un gran poder y aprovechan la ausencia de un control democrático, ya que combinan el rendimiento tecnológico y la legitimidad política suprema, la de constituir el último recurso para la defensa del orden social. En suma, los SMI cristalizan en su estructura las dos dimensiones del capitalismo, que es al mismo tiempo un régimen de acumulación y un modo de dominación social.
Esta integración político-económica está contenida, por otra parte, en la propia expresión “complejo militar-industrial”, formulada por el presidente Eisenhower en su discurso de 19611/. De hecho, todos los SMI tienen en común que están compuestos por la institución militar, las empresas de defensa y el poder político (ejecutivo y legislativo). Estos tres componentes se denominan a veces “triángulo de hierro” (iron triangle)2/, pero esta definición subestima el hecho de que estos componentes forman un sistema y que poseen varias propiedades3/. El peso respectivo de estos tres componentes varía evidentemente según los países, ya que depende de su historia y del lugar que ocupan en la jerarquía mundial.
El hecho de que los SMI se sitúen en la intersección entre lo económico y lo político supone un reto para las teorías dominantes, ya que estas erigen la separación entre el mercado y el Estado en un dogma normativo y, cuando sus pensadores observan una transgresión, lamentan que el Estado se salga de sus funciones soberanas. Pero esta singular posición de los SMI también supone un desafío para el análisis marxista. De hecho, es bien sabido que la separación entre los ámbitos económico y político es un rasgo distintivo del capitalismo.
Para el pensamiento marxista dominante, esta separación se materializa en la existencia de una estructura, determinada por las relaciones de producción, y una superestructura, ámbito de la política, el ejército y la ley, que está sometida a la primacía de la estructura. De modo que, en este enfoque, “los actores (agency) pueden quedar rigurosamente excluidos de la ciencia de las sociedades debido a determinaciones totalmente estructurales”4/.
Esta historia sin sujetos ha llevado a los y las pensadoras marxistas a prestar una atención muy insuficiente a las SMI como objetos de estudio específicos, así como a su capacidad de autoexpansión, que, como en todos los sistemas, se basa en parte en mecanismos endógenos. Por el contrario, la corriente institucionalista, inspirada en los trabajos de T. Veblen, se interesó por los rasgos nuevos y singulares del SMI estadounidense.
Sin embargo, existe otra lectura de las relaciones entre la economía y la política en el capitalismo que puede inspirarse en Marx, como veremos más adelante. Basta con señalar aquí que, tras leer la entrada “Ejército” redactada por Engels para la New American Encyclopedia, Marx le pidió que redactara una contribución sobre “la industria del exterminio humano” (industry for human slaughter), que incluiría en el libro 1 de El capital5/, a pesar de que este se considere un tratado sobre “el capital en general”6/.
La integración orgánica de la legitimidad política y el poder industrial y tecnológico convierte los SMI en núcleo totalitario de sus sociedades. El adjetivo “totalitario” que se utiliza en este artículo se refiere aquí a un proceso en curso y no al triunfo del totalitarismo, ese “concepto camaleónico”, como lo denomina Enzo Traverso7/. En otras palabras, no se trata de afirmar que las sociedades modernas estén hoy en día dominadas por regímenes de tipo fascista.
Sin embargo, las tendencias totalitarias en marcha se exacerban en relación con el endurecimiento de las rivalidades intercapitalistas. Hoy en día se manifiestan en el hecho de que el bloque social que controla los SMI, regenerado por las tecnologías basadas en la inteligencia artificial (IA), refuerza, mucho más allá del ámbito militar, su control sobre la sociedad en su conjunto.
En el caso de Estados Unidos, la ideología explícitamente totalitaria de los dirigentes de los grupos digitales refuerza la aventura bonapartista de D. Trump. La IA se revela hoy como la tecnología genérica de un mundo en guerra8/, ya que actualmente es apropiada por Estados rivales que la utilizan conjuntamente como vector de supremacía militar y competitividad tecnológica. Las rivalidades imperialistas y la insostenibilidad ecológica se ven exacerbadas por las insaciables necesidades de energía, agua y elementos de metales raros de los centros cálculo.
La trayectoria de desarrollo que los grandes grupos y sus Estados imponen a la IA amenaza hoy en día a los seres humanos en tres planos: como asalariados, víctimas de la supresión de puestos de trabajo; como ciudadanos, vigilados por sus Estados y, por último, como civiles, víctimas de la incorporación de la IA en las armas utilizadas, como demuestran ampliamente las guerras de Gaza y Ucrania. Estos desarrollos totalitarios de los SMI son más que una consecuencia de la evolución de los Estados democráticos hacia regímenes autoritarios, un poderoso estímulo para este proceso.
La contribución de la corriente institucionalista al análisis del complejo militar-industrial
Como corriente de investigación académica ‒aunque las ONG también han contribuido en gran medida a documentar las prácticas del CMI estadounidense‒, las y los institucionalistas han tenido el mérito de interesarse por el CMI, analizar su composición y destacar su peligroso poder. A partir de la década de 1970, demostraron en particular que las estrategias adoptadas por los grandes grupos de defensa reforzaban su aislamiento en el ámbito militar y los alejaban de las trayectorias tecnológicas que surgían entonces en el sector comercial. Su incapacidad para innovar gracias a la IA es el ejemplo más reciente.
Hay que destacar especialmente al sociólogo C. Wright Mills, que propuso un marco de análisis del CMI de EE UU en una obra publicada unos años antes del discurso de Eisenhower. Wright Mills describe en ella estas nuevas clases dirigentes, a las que califica de “élite en el poder”9/, una expresión que prefiere al concepto de clases dirigentes, demasiado influenciado, en su opinión, por un “determinismo económico”, cuando estas élites se basan al menos en igual medida en factores políticos y militares10/. Las élites en el poder “dirigen el aparato del Estado y se arrogan prerrogativas”11/.
Más concretamente, estas élites han unificado las esferas política, económica y militar bajo su control y han conquistado un poder sin igual gracias a la entrada decisiva de los militares12/. Este auge del poder militar es una causa fundamental del “gran cambio estructural del capitalismo estadounidense hacia una economía de guerra permanente”13/. Por último, Mills subraya que el ascenso del ejército se produce en el seno de un sistema aparentemente democrático, pero debilitado (weakened and formal democratic system), estructurado por la institución militar, que se ha convertido en una fuerza política en sus perspectivas y su conducta14/.
Seymour Melman, que realizó análisis pioneros que documentaban los efectos nocivos del CMI sobre el rendimiento de la industria manufacturera estadounidense, se inspira en el análisis de Mills y considera que el capitalismo estadounidense ha caído bajo el dominio de la “gestión pública”. Este término evoca una burocracia estatal, incluso un “capitalismo de Estado”, expresión también utilizada por Melman15/. El corazón de este “capitalismo de Estado” se encuentra en el Pentágono, que, bajo el impulso de R. McNamara, secretario de Defensa de J. Kennedy, estableció “una gestión centralizada del imperio militar-industrial”. En realidad, concluye Melman, el Pentágono se ha convertido en “un Estado dentro del Estado, una institución paraestatal”16/.
En resumen, estas tesis gerenciales no cuestionan la existencia de estructuras capitalistas, pero consideran que estas se han transformado bajo el impulso del militarismo y han dado lugar a nuevos centros de poder. Además, Mills y Melman no dudan en vincular el papel omnipresente del Complejo en la sociedad estadounidense con las guerras libradas por el ejército de este país.
Las críticas marxistas formuladas contra las hipótesis institucionalistas del CMI son numerosas. Algunos marxistas reprochan a Mills que inscriba su noción de “élite en el poder” en la corriente dominante de la sociología política estadounidense. En consecuencia, “el complejo militar-industrial se analiza desde la perspectiva antimarxista, inspirada inicialmente en el pensamiento neomaquiavélico y weberiano”. También se reprocha a Melman considerar que el principal objetivo del Departamento de Defensa es la expansión de su propio poder dentro de la sociedad estadounidense, [en lugar de considerar] que el complejo militar-industrial está dominado por oligarcas económicos17/.
La reseña de la obra de Mills realizada por A. Sweezy, bajo el evocador título: Elite power or Ruling class?, es más sutil y apreciativa. Observa que Mills “cabalga” constantemente entre dos posiciones diferentes con respecto a la élite: la de una clase dominante ‒en el sentido marxista‒ y la de las élites presentes en las “principales órdenes institucionales” de la economía, la política y el ejército. Sweezy critica esta segunda interpretación. Cuestiona la existencia de una autonomía del ejército e incluso, escribe, de una “semiautonomía” (p. 24), ya que, por el contrario, los militares dependen totalmente del poder económico18/. Domhoff, en Who rules the USA?, llega a las mismas conclusiones y añade que el complejo militar-industrial no es independiente del resto de las empresas, ya que “no es capaz de obtener la financiación presupuestaria que necesita para mantener en cierta medida esa independencia”19/.
La crítica de Mills realizada por N. Poulantzas constituye la forma teórica más elaborada de esta literatura marxista que niega la existencia de una autonomía institucional y de un poder propio del complejo militar-industrial. La radicalidad de su crítica se debe sin duda al hecho de que Poulantzas estuvo influenciado por el marxismo estructuralista, aunque evolucionó en esta cuestión20/.
Poulantzas reprocha a Mills que descubra “el fundamento del poder político en la propia existencia del aparato del Estado y [atribuya], mediante una confusión entre poder del Estado y aparato del Estado, un poder político propio de la burocracia del Estado” (cursiva en el texto)21/. Por el contrario, Poulantzas niega a esta última cualquier poder propio, ya que este solo puede referirse al de las clases sociales que detentan el poder. En su intercambio con Miliband sobre la naturaleza del Estado, precisa que “la burocracia estatal, como categoría social relativamente unificada, es la sirvienta de la clase dominante”22/ (cursiva en el texto).
Esta afirmación revela el carácter incompleto de la conocida definición de Poulantzas del Estado como “condensación material de las relaciones de fuerza entre clases y fracciones de clases”23/. Esta fórmula constituye sin duda un punto de partida para el análisis del Estado, pero este debe centrarse a continuación en la naturaleza de las instituciones estatales, las modalidades de sus relaciones con las clases y las relaciones sociales que las organizan24/.
Sin embargo, Poulantzas descuida el análisis de la densidad institucional de la burocracia estatal y los sistemas militar-industriales (SMI). Menciona episódicamente al ejército, presentado como “una rama del aparato estatal”, pero este no es más que uno de los tres componentes de los SMI25/. Solo aborda una vez la cuestión del gasto militar, y es para expresar su escepticismo sobre el hecho de que su aumento induzca cambios estructurales en las relaciones entre el ejército y la economía.
De hecho, duda de que “el crecimiento del gasto militar y la intensificación de los vínculos interpersonales entre los industriales y los militares sean suficientes para hablar de un cambio significativo del papel del ejército en el aparato estatal contemporáneo” (cursiva en el texto). Poulantzas tiene razón al subrayar que los vínculos interpersonales no son el motor de la historia, pero esta crítica no justifica ignorar la aparición de los sistemas militar-industriales como institución sui generis surgida del período posterior a la Segunda Guerra Mundial.
Como economista, A. Sweezy, en colaboración con P. Baran, a diferencia de Poulantzas, se preocupa mucho por el gasto militar e inaugura un enfoque que a veces se califica de keynesiano-marxista. En este marco analítico, el gasto militar permite, además de apoyar el militarismo estadounidense de dominación mundial, la absorción del “excedente” ‒este concepto sustituye en su caso al de beneficio‒ que produce en exceso el capitalismo26/. Una vez más, en este análisis macroeconómico se echa en falta una atención al Complejo como subsistema institucional específico, pero central, ya que se encuentra en el corazón del Estado federal de EE UU.
Por lo tanto, los marxistas a veces han acertado al criticar las teorías que identifican la autonomía del Estado y el dominio de una élite sobre las relaciones sociales. Sin embargo, todo parece indicar que han querido erigir un cordón sanitario teórico ‒el del dominio de una clase capitalista‒ que oponen a la existencia del SMI como bloque social dotado de capacidades económicas, políticas e ideológicas propias.
Marx, Engels y la excrecencia burocrático-militar del Estado
Para comprender y analizar la densidad institucional de los SMI, propongo dos hipótesis sobre el Estado. En primer lugar, las instituciones estatales están incrustadas en la sociedad, es decir, en las relaciones sociales cuya reproducción garantizan gracias a sus funciones de cohesión y represión. Las relaciones sociales incluyen dos componentes estrechamente entrelazados: por un lado, las relaciones de producción, que son relaciones de explotación del trabajo por el capital y en las que se basan la producción y la distribución de bienes y servicios y, por otro lado, las relaciones políticas (poder, cultura, ideología, etc.), que en la filosofía política se caracterizan por la diferenciación entre la sociedad civil (en alemán bürgerliche Gesellschaft, sociedad burguesa) y el Estado. Sin embargo, como subraya Gramsci, esta separación entre sociedad civil y Estado “no es orgánica, [ya que] en realidad se trata de una sola y misma cosa”27/.
Marx resume así las relaciones entre las relaciones de producción y la esfera política en el seno de las sociedades: “la anatomía de la sociedad civil debe buscarse a su vez en la economía política”28/. En Contribución a la crítica de la economía política escribe que “el conjunto de estas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base concreta sobre la que se eleva una superestructura jurídica y política29/.
Esta metáfora de Marx fue transformada por el marxismo dominante en una separación entre instancias o regiones ‒económicas y políticas‒ cuando las instituciones estatales son totalmente constitutivas de las relaciones sociales y no solo están presentes en el nivel de la instancia política. Sin embargo, afirmar que una casa se construye a partir de sus cimientos no significa que su estructura y su tejado sean elementos secundarios.
Meszaros criticó enérgicamente esta idea de confinar el lugar del Estado a la esfera de la superestructura, ya que constituye el “control político totalizador de la estructura del capital” y está “indisolublemente ligado a él”30/. El historiador Edward Thompson también refutó la relegación de la ley y el sistema jurídico a un nivel superestructural. En su análisis de la “guerra de los bosques”, librada en el siglo XVIII para proteger la propiedad privada, señala que “la ley no se mantenía educadamente en un ‘nivel’, sino que se encontraba en cada uno de los niveles, incluso en los más sangrientos; estaba entrelazada con las propias relaciones de producción (como los derechos de propiedad y las definiciones de las prácticas agrarias)” (cursiva en el texto)31/.
Lo que dice Thompson sobre el derecho y la magistratura es igualmente válido para la policía, el ejército y la burocracia civil. De modo que no se puede comprender la historia del capitalismo francés si no se tiene en cuenta el hecho de que, desde hace siglos, las instituciones estatales ‒principalmente la alta administración y el ejército‒ saturan el espacio de las relaciones sociales32/. ¿Cómo interpretar de otra manera las siguientes observaciones de Marx sobre Francia: “El Estado encierra, controla, regula, vigila y tutela a la sociedad civil, desde sus manifestaciones de existencia más amplias hasta sus movimientos más insignificantes, desde sus modos de existencia más generales hasta la vida privada de los individuos, donde este cuerpo parásito, gracias a la centralización más extraordinaria, adquiere una omnipresencia, una omnisciencia, una capacidad de movimiento y un impulso aumentados, que solo tienen su equivalente en el estado de dependencia absoluta, la deformidad incoherente del cuerpo social”33/?
Engels resumía así la importancia determinante de la superestructura: “¿Por qué luchamos entonces por la dictadura política del proletariado [cuyo prototipo Engels y Marx veían en la Comuna de París] si el poder político es económicamente impotente? ¡La violencia (es decir, el poder del Estado) es también un poder económico!”34/.
La segunda hipótesis que propongo es que el Estado está dotado de un poder propio que se encarna en instituciones militares y civiles, contrariamente al argumento de Poulantzas mencionado anteriormente, que distingue entre el poder del Estado y el poder de los aparatos estatales para negar a estos últimos un poder propio. Estas instituciones tratan de sacar provecho de este poder ampliando su control sobre la sociedad35/. Este poder propio de las instituciones estatales permite a la burocracia estatal, en nombre del interés general, consolidar su posición y aumentar sus ventajas materiales. Dentro de ella, el ejército ocupa un lugar excepcional en todos los Estados modernos, ya que cumple la misión existencial de defender el orden social.
Desde sus primeros escritos, Marx formula una crítica del dominio de la burocracia sobre la sociedad: “el espíritu general […] es el secreto, el misterio, que se preserva en el interior gracias a su organización jerárquica y frente al exterior como una corporación cerrada”. En estos comentarios críticos sobre Hegel, Marx sigue estando en un nivel abstracto, filosófico, pero ya queda claro que para él la burocracia no es una excrecencia tumoral injertada en el Estado, una especie de desviación de las funciones colectivas de una institución que, por lo demás, sería benévola. El Estado moderno que se forma con el dominio del capital sobre la sociedad es un “Estado representativo” que se manifiesta en el triunfo de la figura del “ciudadano”. Sin embargo, como señala A. Artous, la ciudadanía y la burocracia son “las dos caras de la estructura institucional del Estado moderno”36/.
Hemos visto que, apenas unos años más tarde, Marx ofrece en El 18 de brumario de Luis Bonaparte un análisis más explícitamente político del Estado y su burocracia. Marx insiste en que el ejército constituye la base de esta burocracia estatal y llama la atención sobre su capacidad de autogestión. “En los regímenes que precedieron a Napoleón III predominaban intereses sociales específicos, mientras que en el Segundo Imperio predominan los intereses del propio ejército37/. En un marco analítico evidentemente muy diferente del de Marx, Max Weber también atribuía una importancia central al ejército en su modelo de burocracia racional y eficaz, y se mostraba preocupado por las amenazas que este suponía para la democracia38/.
Estas fórmulas de Marx sobre la burocracia y el ejército confieren su verdadera dimensión institucional al Estado, subrayan la capacidad de la burocracia estatal para reforzar su control sobre la sociedad y promover al mismo tiempo el enriquecimiento de la clase capitalista. Jessop considera acertadamente que El 18 de brumario es “un aspecto fundamental de su visión antiinstrumentalista del Estado”39/.
Sin embargo, sería erróneo considerar que las críticas de Marx a la burocracia opresiva son específicas de Francia. A principios de la década de 1890, Engels señala en su reedición de los textos de Marx sobre la guerra civil en Francia que la formación de un aparato estatal que se emancipa de todo control está presente en todos los países democráticos40/. Estas observaciones de Engels se ven confirmadas por varias cartas escritas durante la década de 1890 en las que advierte a los lectores de Marx sobre la falta de atención prestada al papel de la política.
Sin embargo, la contribución de Engels sobre la formación del aparato del Estado como poder autónomo no se detiene ahí. Durante las décadas de 1880 y 1890, percibió claramente los mecanismos endógenos del capitalismo que favorecen el autodesarrollo de los sistemas militar-industriales, mucho antes de que estos se arraigaran de forma duradera al término de la Segunda Guerra Mundial. El punto de vista formulado por Luxemburg es aún más claro sobre la formación del militarismo capitalista como un espacio político-económico singular, ya que, por un lado, “crea la forma de inversión más indispensable y rentable y, por otro, es un medio sangriento de represión contra las luchas de los trabajadores para mejorar su situación (huelgas, alianzas, etc.)41//.
Sin embargo, tras la Segunda Guerra Mundial, a pesar del arraigo de los SMI en los grandes países capitalistas (y en la URSS), no se siguieron las fructíferas pistas abiertas por Engels y Luxemburg sobre la especificidad del militarismo como lugar de convergencia de lo económico y lo político. Lo que primó fue un debate más o menos sofisticado sobre la contribución del gasto militar a la acumulación de capital42/.
El núcleo totalitario de los SMI
Hubo que esperar a la barbarie del siglo XX, con sus guerras, el nazismo, el fascismo y el estalinismo, para que se planteara la cuestión de la fusión entre política y economía, que surgió con fuerza y se consagró en el término totalitarismo. Este término fue utilizado por primera vez en 1928 por Giovanni Gentile, teórico del fascismo, y el de Estado total fue utilizado a partir de 1931 por Carl Schmidt, teórico del nazismo, pero obtuvo su reconocimiento gracias a los trabajos de Hannah Arendt. Según ella, la evolución del imperialismo hacia el totalitarismo es el resultado de la acumulación ilimitada de poder político por parte de la burguesía. Afirma, en referencia a Luxemburg, pero desde una perspectiva alejada de la suya, que “el imperialismo debe considerarse la primera etapa de la dominación política de la burguesía más que la última etapa del capitalismo43/. Según Arendt, esta voluntad de expansión ilimitada del capital explica la transformación del Estado en un órgano totalitario.
Antes de estos análisis de Arendt, el jurista Franz Neumann, como marxista cercano a la escuela de Frankfurt, había conectado la economía y la política de una manera diferente a la suya44/. Critica las tesis del “colectivismo burocrático” que anuncian el dominio de una clase gerente, lo que, en su opinión, equivale a afirmar que el capitalismo como relación de producción ya no existe, “sino que ha sido sustituido por el poder político omnipotente”. Por las mismas razones, critica las tesis de F. Pollock, otra figura destacada de la Escuela de Frankfurt, que considera que el beneficio ha perdido su papel principal de orientación de los flujos de capital y que el “capitalismo de Estado”45/ sustituye ahora al capitalismo monopolista tal y como lo analizaron los marxistas de principios del siglo XX.
Por el contrario, Neumann subraya la importancia de la base económica del régimen nazi, que define como un “capitalismo monopolista totalitario”. Analiza con precisión la nueva configuración de las clases dominantes, constituida por un aglomerado de cuatro grupos: “el partido, el ejército, la burocracia y la industria”. De manera totalmente pionera, niega la existencia de un Estado centralizado que posea en Alemania el “monopolio de la violencia” y afirma que estos cuatro componentes “sólidos y centralizados operan cada uno de manera soberana, ya que todos ellos poseen poder legislativo, administrativo y judicial. La unidad de estos cuatro componentes se basa en un acuerdo informal sobre la política a seguir”46/.
Wright Mills toma prestadas varias ideas clave de Neumann para elaborar su teoría de la “élite en el poder” mencionada anteriormente. En la reseña del libro que escribe en 194247/ señala que este “arroja luz sobre el capitalismo en los países democráticos. Si leemos con atención [el libro], encontraremos en él los inquietantes rasgos de los posibles futuros que nos esperan”48/.
Por último, Trotsky utiliza el calificativo en relación con la Italia de Mussolini, donde “el centralismo estatal bajo la cobertura del fascismo ha adquirido un carácter totalitario […] y subordina todos los aspectos económicos, políticos y culturales al capital financiero”. En otros escritos califica en varias ocasiones la burocracia de Moscú de “régimen [que] había tomado un rumbo ‘totalitario’ en su forma varios años antes de que este término apareciera en Alemania49/.
Unos años antes incluso había esbozado una perspectiva sombría para el período posterior a la Segunda Guerra Mundial. En caso de declive del proletariado después de la guerra, se abriría la posibilidad de una “descomposición posterior del capital monopolista, su posterior fusión con el Estado y la sustitución de la democracia, allí donde aún se mantuviera, por un régimen totalitario [‒] que marcaría el ocaso de la civilización”50/. La fuerza del Estado totalitario le permitiría, en esta coyuntura excepcional, fusionarse con el capital.
He ampliado considerablemente el espectro de autores que utilizan los términos totalitario o totalitarismo para indicar sus diferentes y, en parte, contradictorios usos. Una diferencia importante entre estos enfoques reside en la existencia o no del concepto camaleónico de totalitarismo señalado por E. Traverso. En realidad, tras los trabajos de Arendt, el debate sobre este concepto se vio sobredeterminado por la hipótesis de una convergencia entre los regímenes nazi y estalinista, que fue instrumentalizada políticamente durante la Guerra Fría. De hecho, para evitar su instrumentalización, Ian Kershaw y Moshe Lewin prefirieron el término más neutro de dictadura en su comparación entre la Alemania nazi y la URSS estalinista51/.
Sin embargo, todos los autores que he mencionado coinciden en que las sociedades totalitarias se caracterizan por una fusión entre lo político y lo económico, acompañada del uso de métodos represivos contra el conjunto de la sociedad52/.
En 1941, Harold Lasswell también describía un proyecto distópico de evolución de las sociedades hacia un “Estado cuartel” (Garrison State), que G. Orwell representaría de forma impactante unos años más tarde en su inolvidable novela 1984. Según Lasswell, el Estado cuartel anunciaba la llegada de un mundo en el que “los especialistas en violencia constituyen el grupo más poderoso de la sociedad”.
Cuando la maquinaria bélica estadounidense apenas comenzaba a ponerse en marcha, ya concluía que en la historia “no hay ningún ejemplo [aparte del de EE UU] de un Estado militarizado combinado con tecnologías modernas”. Lasswell conjeturaba que “aunque los dirigentes del Estado cuartel controlen la regulación de la tasa de producción, sin duda tratarán de impedir la plena utilización de las capacidades productivas modernas para el consumo no militar”53/.
Sin embargo, ni la conjetura totalitaria ni la del Estado cuartel se generalizaron después de la Segunda Guerra Mundial. Se produjo una nueva era de expansión del capitalismo, respaldada por el poder omnímodo de EE UU, por varias razones.
En primer lugar, el nivel de destrucción de las fuerzas productivas provocado por la guerra, mucho mayor de lo que cabía imaginar antes de su estallido, había allanado en cierto modo el terreno para un nuevo ciclo de acumulación de capital. Este nuevo régimen se basaba en considerables ganancias de productividad gracias a la aplicación de los numerosos descubrimientos científicos acumulados durante décadas, algunos de los cuales dieron lugar a nuevas tecnologías durante la guerra (electrónica/informática, aeronáutica).
A continuación, los levantamientos populares en Europa, en países cuyos aparatos estatales se desintegraban, sacudieron los cimientos mismos del capitalismo y obligaron a EE UU a apoyar la reconstrucción de los países europeos. Por último, la URSS salió de la guerra menos debilitada de lo esperado y Stalin exigió su parte del botín, que obtuvo en los acuerdos negociados en Yalta. Esta coyuntura mundial incitó a los dirigentes estadounidenses a asociar a las clases dirigentes europeas a la construcción de un orden liberal internacional basado en compromisos sociales que frenaran la expansión de la URSS.
Por lo tanto, el totalitarismo no invadió las sociedades de la posguerra, pero sí encontró un punto de apoyo en el dinamismo del militarismo. De hecho, el SMI estadounidense surgió después de la Segunda Guerra Mundial como producto de la nueva coyuntura internacional y del lugar que EE UU pretendía ocupar en ella. Pero también se construyó y se arraigó gracias a la importancia que adquirieron la ciencia y la tecnología en el régimen de acumulación de capital establecido desde 1945. El SMI estadounidense basó su poder en los dos objetivos asignados a la tecnología, la supremacía militar y la competitividad económica, consolidando así la influencia política y económica de EE UU en el mundo.
El arraigo de los SMI en EE UU y en algunos otros países en el seno del régimen de acumulación que se instauró tras la Segunda Guerra Mundial constituye un hecho cualitativamente nuevo. Basándome en la observación común sobre el calificativo totalitario resumido anteriormente, considero que la integración político-económica de los SMI constituye un enclave totalitario en las sociedades contemporáneas, incluidas aquellas que se reivindican del Estado de derecho y la democracia. Los SMI han estimulado el militarismo, que es a la vez una ideología basada en la violencia y una práctica de los gobiernos destinada a someter por la fuerza armada a otros países, pero también a su propia población.
La singular posición de los SMI, basada en la integración orgánica de lo político y lo económico, ha dado lugar en todos los países donde existen a un modo de funcionamiento bastante similar, caracterizado por la opacidad, la omnipotencia y la irresponsabilidad. No es ceder a las teorías conspirativas afirmar que la misión de los SMI es promover la militarización.
Desde hace algunos años, la inteliencia artificial (IA) se ha convertido en un potente motor de regeneración de los SMI. Bajo el efecto de la competencia económica y las rivalidades militares, se impone como la tecnología genérica de un mundo en guerra social, securitaria y militar, y traza así las líneas de un orden totalitario. Es sorprendente observar que, a pesar de sus rivalidades estructurales, las estrategias de los SMI seguidas por los gobiernos de EE UU y China y denominadas respectivamente integración militar-civil y fusión militar-civil, presentan numerosas analogías desde el punto de vista tecnológico54/. De hecho, en la investigación cuántica, uno de los campos científicos más prometedores para el progreso de la IA generativa, EE UU y China son los países con una colaboración científica más intensa55/.
Las fuerzas endógenas que refuerzan las disposiciones totalitarias de los SMI no están aisladas de las transformaciones de su entorno. Más bien al contrario. Los SMI evolucionan en consonancia con los vaivenes de la coyuntura mundial. Así, en la nueva coyuntura histórica que surgió a finales de la década de 2000 ‒que denomino “el momento 2008”56/‒, caracterizada por una competencia económica combinada con rivalidades militares y una insostenibilidad ecológica cada vez más evidente, los SMI actúan como una fuerza de atracción de la IA, sobredeterminando su evolución hacia usos militares y de seguridad, lo que aumenta su potencial liberticida.
En EE UU, el orden social propuesto por las empresas tecnológicas se basa en una ideología tecnoliberticida (o totalitaria) que resume así P. Thiel, figura clave del sistema trumpista y fundador de Paypal y Palantir: “Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”57/. O por el fundador de Anduril de la siguiente manera: “Las sociedades siempre han necesitado una clase de guerreros entusiastas y deseosos de usar la violencia contra otros para imponer objetivos nobles”58/.
Esta ideología, calificada de “fascismo del fin de los tiempos”59/, facilita la convergencia entre los impulsos totalitarios del SMI estadounidense y la evolución autoritaria del régimen político de EE UU. D. Trump, haciéndose eco de la ideología tecnoliberticida, resume su filosofía política con esta frase atribuida a Napoleón Bonaparte: “Quien salva a su patria no viola la ley”60/.
Sería infantil atribuir la evolución política de EE UU a los rasgos psicológicos de D. Trump sin tener en cuenta los profundos cambios que explican que haya podido surgir un personaje así. La radicalización de su política, incluso en comparación con su primer mandato, demuestra que ya no es posible para EE UU preservar su dominación mundial basándose en el orden liberal internacional, el respeto al Estado de derecho o su papel de hegemón benevolente que ejerce desde 1945, según la literatura dominante en materia de economía política internacional. En realidad, EE UU ya no puede contentarse con continuar las políticas aplicadas desde finales de la década de 2000 por Obama, Trump 1 (2016-2020) y Biden si quiere contrarrestar el ascenso económico y geopolítico de China. Tiene que cambiar de marcha, por emplear una metáfora ciclista.
En el marco de esta lucha contra el ascenso chino, percibido como una amenaza existencial por las élites económicas y políticas, D. Trump, reelegido en 2024, cumple todos los requisitos de un candidato bonapartista debido a las decenas de decretos basados en el estado de emergencia (emergency powers) que ya ha publicado, el uso de las redes sociales para difundir verdades alternativas y la represión contra los “enemigos del interior” que hay que “controlar antes de que se descontrolen” (migrantes, antifas, etc.)61/.
En cuanto al militarismo externo, completando el cuadro del Bonaparte de la Casa Blanca, cabe destacar su apoyo a la guerra genocida llevada a cabo por Israel (proseguida al amparo de su plan neocolonial para Gaza, aprobado por unanimidad por el Consejo de Seguridad), el bombardeo de Irán, las amenazas de cambio de régimen en América Central y el anuncio de la apropiación por parte de EE UU de los recursos que poseen algunos países.
En su camino hacia el bonapartismo, Trump ha forjado una alianza casi personal con los grandes grupos tecnológicos. Esta alianza, que muestra rasgos de nepotismo y prevaricación, mantiene una larga tradición estadounidense de colusión entre el Estado y las empresas, inaugurada a principios del siglo XX por los barones ladrones. Sin embargo, más allá de estas formas malolientes de funcionamiento político, el auge de los grupos tecnológicos dentro del aparato estatal federal es el resultado de dos factores estructurales, económico y militar, íntimamente relacionados. En primer lugar, estos grupos son el motor indispensable del crecimiento económico de EE UU, al que contribuyen en un 35 %-45 %62/.
Además, constituyen una figura dominante del capital financiero contemporáneo, cuya fisonomía es bastante diferente de la descrita por Hilferding a principios del siglo XX63/. Los siete grandes grupos tecnológicos (Apple, Microsoft, Amazon, Alphabet, Meta, Nvidia y Tesla), llamados los siete magníficos64/, representaban en mayo de 2025 el 34,1 % de la capitalización bursátil de Wall Street65/. Desarrollan una amplia gama de actividades financieras: crédito, gestión de activos financieros, servicios de criptomonedas, sin estar sujetos a regulaciones prudenciales66/. La alianza entre el gobierno y los grupos tecnológicos se ha vuelto tan estrecha que un ministro de Trump declaró (después de que el Estado federal se convirtiera en el principal accionista de Intel en septiembre de 2025) que EE UU es ahora un “capitalismo de Estado”67/.
Sin embargo, es imposible explicar esta alianza únicamente por motivos de restauración de la competitividad industrial de EE UU, por mucho que una parte notable de la literatura crítica limite su análisis de las transformaciones del capitalismo a esta única dimensión económica68/. Así, Alami y Dixon teorizan sobre el nuevo período histórico bajo el término híbrido capital-Estado. Según ellos, este concepto permite “problematizar la expansión global del Estado en la economía mundial en su papel de impulsor, supervisor y propietario del capital”69/. Se trata de una visión muy limitada de las transformaciones del capitalismo posteriores a 2008, ya que confinar el Estado a estas tres funciones, que por otra parte han sido destacadas desde hace tiempo por la economía política heterodoxa, equivale a ignorar el centro de gravedad militarista del supuesto “retorno del Estado”.
De hecho, la militarización del régimen político constituye la otra razón esencial de la alianza entre Trump y los grupos tecnológicos. Como se ha mencionado, estos dominan tecnologías que los convierten en actores clave del SMI estadounidense y, por esta razón, son indispensables para el éxito de la política exterior e interior del país. En el plano internacional, la carrera por la innovación tecnológica mantiene la supremacía militar del país, que se ve reforzada por un presupuesto que supera el total acumulado de los presupuestos militares de China y Rusia, incluso si se calcula en moneda que compara las paridades de poder adquisitivo entre países70/.
En el territorio estadounidense, las tecnologías de vigilancia y represión basadas en la IA demuestran su eficacia en la lucha contra los enemigos interiores. El presupuesto de la agencia federal encargada de la detención, el encarcelamiento y la deportación de migrantes (Immigration and Customs Enforcement, ICE) ascendió a 29.000 millones de dólares en 2025, el triple de la cantidad asignada en 2024. A esto hay que añadir el presupuesto de la agencia de protección de fronteras (Customs and Border Protection, CBP), que recibió aproximadamente la misma cantidad en 202571/. Las empresas especializadas en IA, incluidas las israelíes, son las principales beneficiarias de estos aumentos del presupuesto de la CBP, que perfeccionan la máquina denominada “vigilancia-detención-deportación”72/72/.
Contrariamente a lo que se afirma a menudo, no hay, por tanto, un declive del papel del Estado, ni en EE UU ni en otros países occidentales. Detrás de la lucha contra el Estado profundo (Deep State) que figura en el programa de Trump73/ se encuentra el objetivo de eviscerar sus funciones sociales y priorizar sus funciones represivas74/. Estas no se limitan al ámbito político-jurídico, sino que penetran en el corazón de la economía estadounidense y sirven de justificación para los programas militares y de seguridad de más de un billón de dólares que alimentan la carga de trabajo de los grandes grupos tecnológicos, aeronáuticos y espaciales.
Marx escribe en las primeras líneas de El 18 de brumario que “en lugar de que la sociedad se haya dotado de un nuevo contenido, es el Estado el que parece haber vuelto a su forma primitiva, a la simple dominación insolente de la espada y el cepillo”. Hoy en día, la espada está digitalizada y programada por la IA. Sustituyamos el aspersorio por la ideología racista y nativista de los dirigentes de los grupos tecnológicos para comprender los procesos en curso. En resumen, la consolidación totalitaria del SMI estadounidense llevada a cabo por la IA está estrechamente relacionada con el endurecimiento del régimen político trumpista.
En un artículo publicado recientemente en la página web Contretemps75/, Cédric Durand describe las relaciones entre Trump y los grupos tecnológicos de una manera muy diferente a la que propongo en este artículo. Escribe: “Menos Estado, más Big Tech. O, más bien, una dislocación de la autonomía de la política bajo el dominio del capital tecnológico: tal es la primera característica del tecnofeudalismo que se está instaurando en EE UU”.
La “dislocación de la política” se refiere sin duda, para Cédric Durand, al desmoronamiento de los contrapoderes (checks and balances) del Congreso, la tutela del poder judicial y toda una serie de medidas que aceleran el “retroceso democrático” (democratic backsliding), ampliamente analizado en los últimos meses por investigadores estadounidenses. Sin embargo, esta evolución no refleja en absoluto una “dislocación de la política”, sino que, por el contrario, revela su poderosa concentración en manos del presidente, un rasgo característico del bonapartismo. Esta concentración de poderes se justifica hoy en día en EE UU en nombre de una teoría del “poder ejecutivo unitario” (unitary executive power), cuyas raíces, por otra parte, son antiguas en la historia político-jurídica del país76/.
Cédric Durand añade que el nuevo trumpismo es “lo contrario del absolutismo, ya que no pretende llevar a cabo la unificación política de las clases dominantes en el Estado federal77/. Me pregunto cuál es el alcance de esta fórmula, ya que, en este momento, no existe una oposición política organizada por las grandes empresas contra Trump. Quizás se manifieste si, como es probable, la guerra comercial que ha iniciado no da los resultados esperados.
En un sentido más profundo, la existencia de un régimen que busca el absolutismo político y la existencia de disensiones dentro de las clases dominantes no son antinómicas. Como señalaba F. Neumann, incluso en el régimen nazi, una forma de absolutismo extremo, “la clase dirigente en la Alemania nacionalsocialista dista mucho de ser homogénea. Existen tantos intereses como grupos”78/.
Del mismo modo, en la fase inicial del fascismo, los financieros de Mussolini también estaban divididos entre los grandes industriales y los grandes terratenientes, cuyos “intereses estaban en conflicto directo en cuestiones como los impuestos, los aranceles aduaneros y las políticas fiscales”79/. Por lo tanto, el absolutismo político puede prosperar sin que exista una identidad de puntos de vista políticos entre las clases dominantes, salvo en lo que respecta a las medidas que deben adoptarse contra los explotados.
Por último, el artículo de Cédric Durand se titula: El tecnofeudalismo es un Leviatán de pacotilla80/. La ausencia de cualquier referencia al contenido militar y de seguridad de la alianza entre Trump y los grupos tecnológicos explica tal subestimación del poder devastador que encierra esta alianza81/.
Por las razones mencionadas en este artículo, mi hipótesis es, por el contrario, que la entrada masiva de los grupos tecnológicos en el SMI estadounidense refuerza considerablemente su base totalitaria. El auge de la IA acelera el acercamiento entre la competencia económica y el uso de la fuerza militar. El control de las cadenas de producción mundiales de IA y de las plataformas, que abarcan el software, los metales raros, los procesadores gráficos (GPU), etc., está en el centro de las rivalidades imperiales. Estas se ven exacerbadas por el violento antagonismo que opone las trayectorias de desarrollo de la IA a la preservación de los sistemas ecológicos.
Porque si la IA encarna la tecnología de un mundo en guerra, es sobre todo porque la trilogía energía-agua-elementos de tierras raras de la que depende para funcionar conduce a la humanidad por un camino ecológicamente insostenible que anuncia enfrentamientos entre las grandes potencias82/. A nivel interno en EE UU, los grupos tecnológicos proporcionan las herramientas tecnológicas que utilizan el ejército, la guardia nacional y los servicios de inteligencia para endurecer el régimen bonapartista vigente.
Este artículo ha planteado la hipótesis de que los SMI, instituciones sui generis creadas tras la Segunda Guerra Mundial, constituyen el núcleo totalitario de las sociedades contemporáneas. Los recientes avances de los SMI no solo reflejan el avance de las grandes potencias hacia regímenes autoritarios, sino que también lo estimulan poderosamente.
En este contexto, la llegada al poder de Trump no es fruto de una aventura individual, contrariamente a lo que cuentan los medios de comunicación dominantes. El camino bonapartista que ha emprendido es el resultado de la necesidad de cambiar radicalmente la política de Estados Unidos para frenar el ascenso económico y geopolítico de China. Trump ha construido una amplia base electoral (la MAGA o Make America Great Again) para hacer hegemónico este proyecto. Sin embargo, los éxitos del programa trumpista se basan fundamentalmente en las tecnologías militares y de seguridad desarrolladas por los grupos tecnológicos.
La posición que ocupa EE UU en las relaciones internacionales permite a D. Trump presentarse como portavoz de los regímenes autoritarios, movilizar a la extrema derecha latinoamericana, pero también desear reforzar “la creciente influencia de los partidos patrióticos europeos”83/ frente al declive de la “civilización occidental”, que, según él, se ve inundada por la inmigración. El orden internacional esbozado por Trump desde su elección pronostica un futuro prometedor para los impulsos totalitarios de los sistemas militar-industriales.
Claude Serfati
5/1/2026
Traducción: viento sur
1/ Serfati Claude, “Mes chers compatriotes, méfiez-vous du complexe militaro-industriel !” en Petitjean Olivier et Du Roy Ivan (2025), Multinationales – Une histoire du monde contemporain, La Découverte.
2/ Adams, Gordon (1981), “The Politics of Defense Contracting: The Iron Triangle” (Council on Economic Priorities).
3/ Según las teorías de sistemas, el todo (el sistema) representa más que la suma de sus partes, posee una cohesión que le permite reproducirse y está encaminado hacia un objetivo. Finalmente, los sistemas suelen estar abiertos a su entorno. Véase Von Bertalanffy, Ludwig (1950 ), “An Outline of General System Theory”, The British Journal for the Philosophy of Science, volumen I, n.º 2, 1 de agosto. Los sistemas militar-indiustriales poseen estas características.
4/ Wood Meiksins, Ellen (1995), Democracy against Capitalism, Cambridge University Press, p. 50.
5/ https://wikirouge.net/texts/en/Letter_to_Friedrich_Engels,_July_7,_1866.
6/ Rosdolsky, Roman (1977, primera edición en alemán 1968), The Making of Marx’s “Capital ”, Pluto Press, Londres.
7/ Traverso, Enzo (2001), Totalitarisme. Le vingtième siècle en débat, Points, París, p. 317.
8/ Serfati Claude, “L’intelligence artificielle, technologie d’un monde en guerres », AOC, 26 de septiembre de 2025.
9/ François Denord, quien hizo una nueva traducción de Elite power sustituyendo el título francés inicial L’Elite du pouvoir por el de L’élite au pouvoir, véase “Pourquoi rééditer L’Élite au pouvoir ?”, file:///C:/Users/Claudes/Downloads/classiques.pdf
10/ Serfati, Claude, “L’intelligence artificielle, technologie d’un monde en guerres”, AOC, 26 de septiembre de 2025.
11/ Ibid, p. 4.
12/ Ibid. p. 278.
13/ Ibid. p. 215.
14/14// Ibid. p. 276.
15/ Melman S., Pentagon Capitalism: the political economy of war, Nueva York, McGraw-Hill, 1970, p. 2.
16/ Ibid. p. 266.
17/ Moskos Charles C. , “The Concept of the Military-Industrial Complex: Radical Critique or Liberal Bogey?”, Social Problems, 1974, vol. 21, n.º 4, abril.
18/ Según William Hartung y Dillon Fisher, en 2023 más del 80 % de los generales y almirantes de cuatro estrellas de las fuerzas estadounidenses eran miembros, consejeros, consultores o lobistas de empresas de armamentos, 5 de octubre de 2023, https://responsiblestatecraft.org/pentagon-revolving-door/
19/ Domhoff, G. William (2006, 5ª de.) , Who rules America: power and politics, McGraw Hill, Nueva York.
20/ Jessop, B. (1985). Nicos Poulantzas: Marxist Theory and Political Strategy. Londres: Macmillan.
21/ Poulantzas, Nikos (2001) , Poder político y clases sociales en el Estado capitalista, Siglo XXI, México DF, tomo 2, p. 155.
22/ Poulantzas, Nikos “Le problème de l’État capitaliste” (1970) , reproducido en Contretemps, 22 de septiembre de 2015, https://www.contretemps.eu/le-probleme-de-letat-capitaliste/
23/ Poulantzas, Nikos (1979), Estado, poder y socialismo, Siglo XXI, Madrid, p.141.
24/ El carácter parcial de esta definición del Estado fue señalado por Jean-Marie Vincent en su reseña de la obra Las clases sociales en el capitalismo actual. “El Estado, se limita a decirnos [Poulantzas], es una condensación de las relaciones sociales, lo que no comporta ninguna indicación clara sobre el cómo y el porqué de esta condensación”. Siglo XXI, Madrid, 1977.
25/ Poulantzas, Nikos, “Le problème de l’État capitaliste”, op. cité.
26/ Baran, P.A. y Sweezy, A. (1966), “Monopoly Capital: An Essay on the American Economic and Social Order”, Monthly Review Press, p. 153.
27/ Forgacs, David (ed.) (2000) , The Antonio Gramsci reader: selected writings, 1916-1935, NYU Press, p. 210.
28/ Marx, Karl (1859), Contribución a la crítica de la economía política (versión en pdf) , p.19, https://archive.org/details/marx-karl.-contribucion-a-la-critica-de-la-economia-politica-2007/page/6/mode/2up
29/ Critique de l’économie politique (1859), https://www.marxists.org/francais/marx/works/1859/01/km18590100b.htm, p. 61 y 60.
30/ Mészáros, István (2010), Beyond Capital: Toward a Theory of Transition, NYU Press, Monthly Review Press.
31/ Thompson E.P. (1975), Whigs and Hunters, The Origins of the Black Act, p. 261. La Waltham Black Act, promulgada en 1723, fue un momento importante en la defensa de la gran propiedad de la tierra contra los cazadores furtivos que se pintaban la cara de negro, p.96.
32/ Abordo esta cuestión de la “saturación” por el Estado de las relaciones sociales en Francia en L’Etat radicalisé. La France à l’heure de la mondialisation armée, (2022) , La fabrique.
33/ Marx, Karl, El 18 Brumario, op. cit.
34/ Engels F., Lettre à Conrad Schmidt, 27 de octubre de 1890, https://www.marxists.org/francais/engels/works/1890/10/fe18901027.pdf
35/ Block Fed, “The Ruling Class Does Not Rule. Notes on the Marxist Theory of the State”, Socialist Revolution, mayo-junio de 1977.
36/ Antoine Artous, Marxisme. Nature et forme de l’Etat capitaliste, 29 de julio de 2015, https://alencontre.org/marxisme/marxisme-nature-et-forme-de-letat-capitaliste.html
37/ “The Rule of the Pretorians”, New York Daily Tribune, 12 de marzo de 1858, https://wikirouge.net/texts/en/The_Rule_of_the_Pretorians
38/38/ Cochrane, Glynn (2018), Max Weber’s Vision for Bureaucracy. A Casualty Of World War I, Palgrave Macmillan.
39/39/ https://bobjessop.wordpress.com/2014/01/12/marx-and-engels-on-the-state/
40/ Engels, Friedrich, “Introducción a La guerra civil en Francia, https://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/gcfran/1.htm
41/ Luxemburg, Rosa (1899), La milicia y el militarismo, https://inter-rev.foroactivo.com/t10791-rosa-luxemburgo-la-milicia-y-el-militarismo-1899-discursos-ante-el-congreso-de-hanover-1899
42/ Pienso aquí enla contribución de Kidron, quien abrió un amplio debate sobre las relaciones entre los gastos militares y la acumulación de capital, en los agudos intercambios prolongados entre E. Mandel y P. Mattick, etc. Alex Callinicos propuso una presentación de los trabajos de Kidron para el público francés, https://www.contretemps.eu/economie-armement-permanente-economie-politique-kidron/
43/ Arendt, Hannah (2006) , Los orígenes del totalitarismo, Alianza Editorial, Madrid, p. 138I.
44/ Neumann Franz, Behemoth: Pensamiento y acción en el nacional-socialismo 1933-1944, Anthropos, Barcelona, 2014.
45/ Pollock, Frederick, “Is National Socialism a New Order?”, Studies in Philosophy and Social Science 9:440, 1941, p. 450.
46/ Neumann, Franz, op. cit., p. 6-7, 214 y 382.
47/ Citado en Mabee, B., “The international politics of truth: C. Wright Mills and the sociology of the international”. Review of International Studies. 2022; 48(4).
48/ Mills, Wriht, “Locating the Enemy: The Nazi Behemoth Dissected”, (Review of Franz Neumann’s Behemoth: The Structure and Practice of National Socialism), vol. 4, Partizan Review (septiembre‑octubre de 1942), citado enHorowitz, Irving Louis [ed.], 1972. Power, Politics and People: The Collected Essays of C. Wright Mills. London: Oxford University Press. p. 177.
49/ Trotsky, León (1936), La Revolución traicionada: ¿Qué es y adónde va la URSS? , capítulo 5, Editorial Verbum, Madrid, 2020.
50/ La U.R.S.S en guera, 1937, https://www.marxists.org/espanol/trotsky/1930s/edm1.htm
51/ Citado en Baehr, Peter y Richter, Melvin (2004), Dictatorship in History and Theory bonapartism, caesarism, and totalitarianism, Cambridge University Press, p. 4-5.
52/ En la antesala de la Segunda Guerra Mundial, el uso del término totalitario devino más frecuente. En 1938, la filósofa Simone Weil, para protestar contra la detención del dirigente nacionalista argelino Messali Hadj por el gobierno del frente popular, escribió que su único delito era el de reivindicar “la extensión de las libertades democráticas a los pueblos indígenas, la supresión del Código del indigenado, ese conjunto de restricciones al lado de las cuales los regímenes totalitarios parecen, en comparación, casi liberales”, Simone Weil, Écrits historiques et politiques. 2. Deuxième partie: Politique, p.107, https://cras31.info/IMG/pdf/simone_weil_-_ecrits_2_–_politiques.pdf
53/ Lasswell, Harold D., “The Garrison State”, American Journal of Sociology, 1941, p. 455, 457, 464 y 465.
54/ Elsa B. Kania, “In Military-civil fusion, China is learning lessons from the United States and starting to innovate”, The Strategy Bridge, 27 de aosto de 2019, https:// thestrategybridge.org/the-bridge/2019/8/27/in-military-civil-fusion-china-is-learning-lessons-from-the-united-states-and-starting-to-innovate
55/ Edward Parker, Daniel Gonzales, Ajay K. Kochhar, Sydney Litterer, Kathryn O’Connor, Jon Schmid, Keller Scholl, Richard Silberglitt, Joan Chang, Christopher A. Eusebi y W. Harold, An Assessment of the U.S. and Chinese Industrial Bases in Quantum Technology, RAND Corporation, RR-A869-1, 2022, https://www.rand.org/pubs/research_reports/RRA869-1.html.
56/ Serfati, Claude, Un monde…, op. cit.
57/ Thiel, Peter, “The Education of A Libertarian”, Cato Unbound, 13 de abril de 2009, https://www.cato-unbound.org/2009/04/13/peter-thiel/education-libertarian/.
58/ Citado en Thomas Fazi, “Welcome to America’s techno-military future”, Unherd, 21 de enero de 2025, https://unherd.com/2025/01/welcome-to-americas-techno-military-future/
59/ Noémie Klein y Astra Taylor, “El auge del fascismo del fin de los tiempos”, viento sur, 19 de abril de 2025.
60/ https://www.theguardian.com/us-news/2025/feb/16/trump-napoleon-judges-government-firings
61/ Discurso de D. Trump a los generales, New York Post, 30 de septiembre de 2025, https://nypost.com/2025/09/30/us-news/trump-threatens-foes-and-enemy-from-within-while-demanding-nobel-peace-prize-in-speech-to-generals/
62/ Michael Cimbalest, “Eye on the markert, J.P. Morgan, septemnhttps://assets.jpmprivatebank.com/content/dam/jpm-pb-aem/global/en/documents/eotm/fair-shakes.pdf
63/ Hilferding, Rudolf (1910), El capital financiero, https://www.marxists.org/espanol/hilferding/1909/capital-financiero.pdf
64/ The Magnificent 7, por evocación apologética de la célebre película homónima.
65/ Lyle Daly, The Magnificent Seven’s Market Cap Vs. the S&P 500, 15 de mayo de 2025, https://www.fool.com/research/magnificent-seven-sp-500/
66/ Collot, Samuel, Alexis Machover, Emmanuel Rocher “Le développement des big techs dans le secteur financier: quels risques, quelles réponses réglementaires ?”, Autorité de contrôle prudentiel et de résolution (ACPR) et l’Autorité des marchés financiers (AMF), octubre de 2024, file:///C:/Users/Claudes/Downloads/Le%20d%C3%A9veloppement%20des%20big%20techs%20dans%20le%20secteur%20financier%20_%20quels%20risques_%20quelles%20r%C3%A9ponses%20r%C3%A9glementaires%20_.pdf
67/ Greg Ip, “The U.S. Marches Toward State Capitalism With American Characteristics”, Wall Street Journal, 11 de agosto de 2025.
68/ Robert Boyer, en el artículo “IA : les promesses de paradis pourraient tourner au cauchemar”, alternatives économiques, 9 de octubre de 2025, subraya que “la IA es una fuente importante de desigualdad entre capital y trabajo” y se muestra inquiero por la perspectiva de que “en última instancia cabe imaginar que se prescinda de lo que define lo humano”, si bien no menciona la estrecha imbricación entre la IA y lo militar.
69/ Alami, Ilias y Adam Dixon, “Uneven and combined state capitalism”, Environment and Planning A: Economy and Space, 2021, 55, nota 1, https://journals.sagepub.com/doi/epub/10.1177/0308518X211037688.
70/ Respectivamente, en 2024, 997.000, 554.000 y 411.000 millones de dólares, https://militaryppp.com/2025/05/12/real-military-spending-2024-military-ppp/
71/ Margy O’Herron, Big Budget Act Creates a “Deportation-Industrial Complex”, 13 de agosto de 2025, https://www.brennancenter.org/our-work/analysis-opinion/big-budget-act-creates-deportation-industrial-complex
72/ Jai Dulani, How Trump’s Budget Bill Sells Out The Future to Big Tech, 3 de julio de 2025, https://www.techpolicy.press/how-trumps-budget-bill-sells-out-the-future-to-big-tech/
73/ ACLU (American Civil Liberties Union) , Project 2025, Explained, https://www.aclu.org/project-2025-explained
74/ Nancy Frazer resume así esta contradicción en “La imposible democracia de mercado”, Le Monde diplomatique, diciembre de2024: “Por un lado, [el Estado] depende de los poderes públicos, aprovechando los regímenes jurídicos, las fuerzas represivas, las infraestructuras y los organismos reguladores. Por otro, el cebo del beneficio empuja regularmente a determinados segmentos de la clase capitalista a rebelarse contra el Estado.”
75/ Cédric Durand, “Le technoféodalisme est un Léviathan de pacotille”, Contretemps, 3 de febrero de 2025, https://www.contretemps.eu/techno-feodalisme-leviathan-trump-musk/
76/ Adam Littlestone-Luria, Executive Absolutism on Trial, 17 de agosto de 2020, https://www.justsecurity.org/71887/executive-absolutism-on-trial/
77/ Cédric Durand, “Le technoféodalisme…” , op. cit.
78/ Neumann Franz, op. cit., p. 223.
79/ Adamson Walter L., “Gramsci’s Interpretation of Fascism”, Journal of the History of Ideas, 41, 4, 1980, p. 625.
80/ Dejo de lado el concepto de ‘tecnofeudalismo’ en esta discusión. Para un debate sobre esta cuestión, véase el artículo de Cédric Durand, “Où le numérique nous emmène-t-il ? Réponse à Evgeny Morozov”, 4 de octubre de 2025, https://www.contretemps.eu/capitalisme-numerique-technofeodalisme-durand-morozov/ y el artículo de Jean-Marie Harribey, “Capitalisme productif et/ou capitalisme rentier ?”, 3 de diciembre de 2025, https://alencontre.org/economie/capitalisme-productif-et-ou-capitalisme-rentier.html
81/ Evgeny Morozov señala que “la dimensión geopolítica apenas es visible en la perspectiva tecno-feudal”; Morozov, Evgeny, “Critique de la raison techno-féodale”, Variations, 2023, 26, p. 21.
82/ Sobre las relaciones entre las guerras y las catástrofes ecológicas, véase Alexis Cukier, “Guerre impérialiste, militarisme environnemental et stratégie écosocialiste à l’heure du capitalisme des catastrophes”, Contretemps, https://www.contretemps.eu/militarisme-environnemental-ecosocialisme/
83/ The White House, National Security Strategy of the United States of America, noviembre de 2025, https://www.whitehouse.gov/wp-content/uploads/2025/12/2025-National-Security-Strategy.pdf
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