En los últimos años, un poderoso discurso, originado en los campus universitarios angloamericanos y amplificado por los grandes medios corporativos, ha logrado presentarse como la vanguardia del pensamiento progresista. Hablamos del fenómeno conocido como “woke”, un conjunto de teorías y prácticas centradas en la identidad, el lenguaje y la deconstrucción de privilegios, que ha permeado profundamente las izquierdas occidentales, especialmente en el ámbito académico y cultural. Desde una posición supuestamente crítica, este modelo promete una lucha contra la opresión a través de un marco liberal-democrático renovado, pero en su esencia, contiene una profunda contradicción: se postula como antiimperialista mientras reproduce un colonialismo cultural, abandona el análisis de clase y se erige en un gendarme ideológico dentro de la propia izquierda. Este artículo pretende, sin descalificaciones fáciles pero con claridad, desentrañar esta contradicción, confrontar este paradigma con la tradición del internacionalismo proletario y la visión del Sur Global, y reivindicar el papel insustituible de la lucha de clases y un antiimperialismo materialista.
El Antiimperialismo Liberal: Una Paradoja Colonial
El núcleo del “woke” académico y mediático es un antiimperialismo de formulario. Su crítica al colonialismo no se fundamenta en un análisis económico, histórico-materialista de la extracción de plusvalía, el saqueo de recursos o la geopolítica de la deuda, sino en una moralización de la historia y en la imposición de un patrón cultural universal. El pacifismo que se predica desde esos movimientos e ilustres académicos que los teorizan, en realidad lo que hace es tratar de imponer que el sur global o los movimientos de liberación, no ejerzan la fuerza para conquistar su soberanía o defenderla, lo cual facilita o lleva a la conclusión de que solo los EEUU están capacitados para utilizarla y tienen derecho a hacerlo, puesto que ya sea con presidentes republicanos o demócratas ejerce la violencia. Se quiera o no esa es la conclusión histórica. La acusación de “colonial” se convierte, con frecuencia, en un instrumento para “cancelar”, es decir, para censurar o despreciar posiciones, personas o movimientos que no se ajustan a su modelo, predominantemente anglocéntrico y encerrado en los esquemas de la democracia liberal y la percepción cultural judeocristiana.
Este mecanismo lleva necesariamente a plantear un debate crucial: ¿qué significa realmente ser colonialista? Para el pensamiento marxista y las luchas de liberación del Sur Global, el colonialismo es, ante todo, un sistema material de dominación y explotación económica, mantenido por la fuerza militar y las instituciones financieras internacionales. Para el discurso “woke”, a menudo se reduce a una falta de reconocimiento cultural, a una insuficiente diversidad en los elencos cinematográficos o a un lenguaje no depurado. Mientras la primera definición apunta a cambiar las estructuras de poder material, la segunda puede ser acomodada –y de hecho lo es– por el capitalismo corporativo, que abraza la “diversidad” en sus juntas directivas mientras externaliza la producción a talleres de explotación en Bangladesh.
Esta concepción pequeño-burguesa, centrada en la representación y el discurso, se aplica con especial virulencia a los movimientos, partidos y revoluciones del Sur Global. Aquellos que no cumplen con los “parámetros occidentalistas” –una determinada concepción de los derechos individuales, una estructura política liberal pluripartidista, un laicismo de corte francés– son inmediatamente sospechosos, cuando no abiertamente denostados. Se los acusa de “autoritarios”, “populistas” o “atrasados”, cayendo en la misma ideología colonialista de siempre, ahora con un rostro progresista. Se desprecia así la complejidad histórica de luchas que enfrentaron el colonialismo brutal y que construyeron sus propios caminos hacia la soberanía, priorizando a menudo la independencia nacional, la unidad contra la agresión externa y la satisfacción de necesidades básicas colectivas sobre los dictados del liberalismo político occidental.
El Abandono de la Clase: La Gran Fractura
El pecado original del pensamiento “woke”, en su versión hegemónica, es su abandono constitutivo de la clase obrera como sujeto histórico. Es, en esencia, un fenómeno pequeño-burgués, emanado de la academia y las industrias culturales, que ha logrado cooptar a importantes sectores de las izquierdas universitarias y vaciar de contenido las propuestas de acción política de los movimientos sociales y sindicales, sustituyendo la acción organizada por el fetichismo del lenguaje. Lo peor no es el cambio de prioridades, sino la división y el desprecio. Este discurso ha penetrado incluso en partidos y sindicatos de tradición obrera, llevando a militantes provenientes de las clases trabajadoras a despreciar a su propio origen, tachando a la clase obrera “tradicional” de “conservadora”, “patriarcal” o “reaccionaria”.
Esta fractura es profundamente contraproducente. Divide a los oprimidos en una miríada de identidades en competencia, donde la opresión de clase, la única que atañe directamente a la condición material de vida de la inmensa mayoría y que es transversal a todas las demás, queda diluida o subordinada. Se combate el “privilegio blanco” de un obrero desempleado en Gijón, pero se ignora el poder de clase de un magnate financiero de cualquier etnia. Se establece una jerarquía de opresiones donde la lucha económica, la que puede unir a un trabajador migrante, a una mujer obrera y a un joven precario contra un enemigo común (el capital), queda fragmentada y debilitada.
Mientras esta invasión ideológica, anglosajona y universitaria, se expande, la democracia liberal que sirve de marco incuestionable para este discurso muestra su verdadero rostro. No garantiza la igualdad material –de hecho, la desigualdad se ha disparado en sus epicentros–, no combate el colonialismo –lo maquilla–, apoya incondicionalmente al sionismo como gendarme regional y se hunde en un autoritarismo interno creciente, donde la disidencia política real es vigilada y criminalizada. El “woke” corporativo no es una amenaza para este sistema; es su válvula de escape, su mecanismo de renovación cultural que deja intacto el núcleo duro de la explotación económica.
La Cancelación como Arma: La Derecha Impune, la Izquierda en el Punto de Mira
El problema no es que pequeños grupos o partidos asuman estas ideas. El problema es su difusión masiva por los grandes medios corporativos –los mismos que defienden el statu quo económico– y la instrumentalización de la “cancelación”. Esta práctica no se emplea fundamentalmente para combatir a la extrema derecha y el fascismo, con los cuales, paradójicamente, comparte un terreno común de guerra cultural identitaria (aunque desde polos opuestos). En cambio, se utiliza con frecuencia para acallar, desacreditar y aislar a la izquierda socialista de clase y de tradición marxista.
¿Por qué? Porque esta izquierda, la que aboga por un antiimperialismo basado en el internacionalismo proletario efectivo (solidaridad material, no tuits), la que pone en el centro la lucha de clases y la propiedad de los medios de producción, es la única que representa una amenaza estructural real para el capital. La crítica “woke” es absorbible; la organización obrera y popular que cuestiona los fundamentos de la ganancia privada, no. Así, asistimos al espectáculo surrealista de que, en nombre del antiimperialismo, se ataca a quienes denuncian los bloqueos criminales contra Cuba, Venezuela o Irán por no ajustarse a los cánones liberales de derechos humanos, mientras se blanquea la intervención imperialista en Siria o Ucrania bajo la retórica de la “defensa de la democracia”.
Por un Internacionalismo Proletario, Solidario y Efectivo: Una Propuesta en Positivo
Frente a este espejismo, es urgente recuperar y reformular un proyecto de izquierda con arraigo y potencia transformadora. Esto requiere: