En febrero pasado, publiqué una nota sobre el estado de la economía japonesa cuando Sanai Takaichi, la primera mujer primera ministra de Japón, convocó unas elecciones generales anticipadas, que ganó por mucho. Takaichi, que inspira sus puntos de vista en la británica Margaret Thatcher de la década de 1980 y ahora en el Trumpismo, afirmó que sería diferente de todos los primeros ministros que la precedieron. Reduciría los impuestos, en particular, el impuesto al consumo que hace subir los precios en las tiendas, pero al mismo tiempo aumentaría el gasto público en seguridad social y "defensa", incluso si eso significase mayores déficits presupuestarios. Takaichi quería "crecer" de una manera no muy distinta de la desafortunada y breve primera ministra conservadora británica británica, Liz Truss. Los planes de Truss de grandes aumentos en el déficit presupuestario del Reino Unido llevaron a un fuerte aumento en los rendimientos de los bonos del gobierno del Reino Unido y a ataques especulativos contra la libra. Duró poco más de un mes antes de que "los poderes fácticos" (los mercados de bonos) la expulsaran.
En febrero pasado, predije que algo similar sucedería en Japón, aunque a fuego lento. Y ahora ha ocurrido. Los rendimientos de los bonos del gobierno japonés se han disparado a máximos.

Mientras que el yen japonés se ha derrumbado a mínimos históricos cercanos.
El problema de Japón es que la expansión económica ha dependido cada vez más de los déficits gubernamentales permanentes, con el gasto público en construcción y otros proyectos; y, sin embargo, la economía de Japón ha seguido estancada. Con el sector corporativo de Japón nada dispuesto o incapaz de invertir, Takaichi ha estado tratando de poner fin al estancamiento de Japón gastando aún más en proyectos para impulsar el sector tecnológico, mientras pide al Banco de Japón que no aumente las tasas de interés, ¡ya que el servicio de la deuda pública existente ya está consumiendo una cuarta parte de todo el gasto del gobierno! Esta política tipo Truss-Trump ha preocupado mucho al Banco de Japón y a las instituciones financieras, así como a los inversores extranjeros.
Como dije en febrero pasado, la economía japonesa ahora se encuentra en estaflación, con precios crecientes, PIB y gasto de los consumidores planos y disminución de los salarios reales. Los precios al consumidor han aumentado un 12 % desde 2021. Al mismo tiempo, el PIB real es apenas mayor que en 2018. Los salarios reales han bajado un 7% con su nivel de 2018.
Las políticas de Takaichi no terminarán rompiendo el mercado de bonos del gobierno japonés como con Liz Truss en el Reino Unido. Eso se debe a que la mayor parte de la deuda del gobierno japonés está en manos de japoneses (88%), a diferencia del Reino Unido. El riesgo de fuga de capital solo radica en esa parte en poder de inversores privados, la deuda neta. Y esta última es más pequeña de lo que ha sido en décadas, principalmente porque el BoJ ha comprado gran parte de la deuda desde 2013.
En cambio, es la moneda la que se está hundiendo. Con una depreciación del 50 % del yen desde 2021 a su tasa más baja en 40 años. Lejos de dar un impulso al crecimiento económico y a las exportaciones, la caída del yen acelera la inflación. La tasa de inflación se dirige al 3 % anual, sin precedentes en Japón.
En la última semana, la caída del yen finalmente llevó al Banco de Japón a intervenir y comenzar a comprar yenes con sus reservas de dólares. Pero lo nuevo es que el Tesoro de los Estados Unidos también acudió en ayuda del BoJ y Takaichi y comenzó a comprar yenes. Esto ha ayudado a detener la depreciación de la moneda, al menos por ahora.
Estados Unidos entró en la refriega por dos razones. En primer lugar, al Secretario del Tesoro de los Estados Unidos, Scott Bessent, le preocupaba que el rápido aumento de los rendimientos de los bonos del gobierno japonés (2,86% en julio, su nivel más alto en unos 30 años) también condujese a un mayor aumento en los rendimientos de los bonos del gobierno de los Estados Unidos, ya en máximos. El coste de pagar la deuda del gobierno de los Estados Unidos aumentaría y otras tasas de interés en los Estados Unidos, como las tasas hipotecarias, subirían. Los costes de los préstamos del gobierno de los Estados Unidos están ahora en torno al 4,6 por ciento, y las tasas de los bonos a 30 años están por encima del 5 por ciento por primera vez desde la gran crisis financiera.

El aumento de las tasas de interés no es popular entre los hogares estadounidenses, donde la inflación también está aumentando, el mercado laboral se está estancando y los ingresos reales no crecen en el mejor de los casos.
La otra razón de la intervención estadounidense fue que un yen débil conduciría a un flujo acelerado de venta de yenes por parte de los inversores financieros y a la compra de dólares estadounidenses. Esto fortalecería el dólar y, por lo tanto, haría más dificil competir a las exportaciones estadounidenses en los mercados mundiales. Pero lo extraño de la intervención de los Estados Unidos es que el Tesoro de los Estados Unidos usó euros para comprar yenes, no dólares. Esto sugiere que el gobierno de los Estados Unidos ahora es reacio a imprimir más dólares porque los inversores extranjeros han perdido hasta cierto punto su entusiasmo por los activos en dólares, al menos por los bonos del gobierno de los Estados Unidos. Es una señal de un debilitamiento del "privilegio exorbitante" del dólar estadounidense en los mercados financieros mundiales.
¿Qué podemos aprender de estos sucesos de las divisas? En primer lugar, que todos los caminos están llevando ahora a la "estanflación", cuando la inflación aumenta, pero las economías no se expanden. Ocurre en Japón, Europa e incluso los Estados Unidos. En segundo lugar, que los gobiernos pro-empresariales no pueden estimular el crecimiento a través de la depreciación de la moneda o tratando de mantener bajas las tasas de interés si las empresas capitalistas no invierten. Las corporaciones japonesas pueden haber aumentado las ganancias a expensas de los salarios, pero no están invirtiendo ese capital extra en nuevas tecnologías y equipos que mejoren la productividad.
La actual crisis del yen solo podría resolverse mediante un fuerte aumento de las tasas de interés japonesas para alentar a los inversores a mantener activos financieros japoneses. Pero esto provocaría una recesión inmediata de la economía japonesa. Takaichi está atrapada en una trampa entre la inflación y la crisis.